La luz de Medina –V– #2
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–V– #2

La palabra «valor» resonó en el aire como un desafío.

Abi Amir miró a uno y a otro. Vio la satisfacción contenida en el rostro de Galib, el desprecio del militar profesional hacia el burócrata ascendido.

Y la sonrisa tranquila, casi paternal, de al-Mushafí, tras la cual se ocultaba la voluntad de probarlo hasta el límite, o de romperlo.

–Al-Magrib es un territorio conflictivo. –Galib parecía leerle el pensamiento–, lleno de imprevistos. Un hombre sin formación castrense podría... tener problemas...

Al-Mushafí asintió, fingiendo pesar.

–La deshidratación, dicen, nubla la mente. Un hombre puede alejarse de la columna y simplemente... desaparecer. Sería una tragedia –añadió, mirando directamente a Abi Amir–. La disciplina y la obediencia son claves.

–Perfecto –le dirigió una sonrisa helada–. El háyib sabe bien que ésas son mis áreas fuertes.

Galib y al-Mushafí intercambiaron una mirada. El chico tenía agallas, había que reconocerlo. Pero las agallas, en el desierto, se cocinaban al sol.

–Bien –concluyó Galib, levantándose–. Haz tus preparativos.

Yo partiré de Córdoba en tres meses. Tú te unirás al pequeño contingente que me alcanzará en Sebta cuando los campamentos estén montados y las posiciones identificadas.

Reza para tener un estómago fuerte. Y manda que te hagan un buen sirwal de cuero a medida –sonrió con malicia–. Lo vas a necesitar.

Abi Amir inclinó la cabeza, como era preceptivo, para despedirse del háyib. Al darle la espalda, se sintió tan vulnerable como si sobre él se deslizara el siseo del puñal. Pero se mantuvo impertérrito. Él hubiera hecho lo mismo.

Al-Magrib no era un destierro, como había creído en un principio. Pero tampoco era una oportunidad.

El que fuera una sentencia de muerte disfrazada dependía sólo de él.

* * *

El viento chergui soplaba desde el interior, trayendo consigo una nube de polvo que se metía en los ojos, la garganta, los pliegues de la ropa.

Abi Amir desmontó del caballo con una rigidez que trató de disimular, aunque con torpeza.

Todos los músculos se le quejaban. Y lo peor, los muslos, que le ardían pese a la badana de lana de oveja y las fricciones de aceite de oliva.

Nadie le había hablado del roce constante, de esa fricción humilde que acaba por doblegar al cuerpo antes de haber llegado a territorio enemigo.

Las cabalgadas con al-Muguira por los alrededores de Córdoba eran un juego de niños comparado con la marcha forzada desde Sebta hasta ese pedregal ardiente frente al territorio de las tribus zenata, clientes inestables de los fatimíes.

Hasta el último momento había conservado la esperanza de hacerse imprescindible para el califa o la um-Wallad, Subh, y evitar así la expedición sin comprometer su dignidad.

Pero había sido imposible. Al-Hakam no sólo había celebrado su presencia entre las tropas y alabado el buen criterio de al-Mushafí al pedirle a Galib que lo incorporara, sino que había pedido verlo a solas antes de partir.

Fue entonces cuando le hizo una petición, algo que nadie más debía saber, ni tan siquiera su propio háyib.

«Consigue alianzas, Abi Amir», le había pedido.

«No para el califato o para los Omeya. Para Hisham. Mi hijo necesitará un cuerpo de guardia propio. Soldados que sólo lo sirvan a él, no a la dinastía ni a la ciudad. Llevas oro y regalos para comprar voluntades.

Empléalos con sabiduría y sienta a los mejores jinetes del mundo a las puertas del alcázar de mi heredero».

El aparente destierro tenía ahora el atractivo aroma de una misión clandestina, y no parecía nada fácil.

El campamento era un organismo de cuero y acero.

Hombres curtidos, en su mayoría bereberes de las tropas regulares y mercenarios eslavos de mirada glacial, se movían con una economía de gestos que Abi Amir estudiaba con avidez y envidia.

No perdían energía ni en palabras. Él, en cambio, se sentía como un papiro valioso arrojado a una hoguera: fuera de lugar, frágil, inflamable.

Galib, el viejo lobo, lo presentó a sus oficiales al caer la tarde, cuando el sol empezaba a sangrar sobre las colinas. Y lo hizo sin ceremonia, con la socarronería cruel de un veterano ante un recluta novato.

–Éste es Abi Amir –dijo, con una sonrisa que enseñaba sus dientes amarillos–.

El amil de la ceca de Medina Azahara. Sabe de palabras, de leyes y monedas.

El háyib, en su infinita sabiduría, nos lo envía para que los fatimíes se rían de nosotros antes de que los ensartemos.

Fijaos en sus manos. –Señaló con desprecio las manos limpias, de uñas cuidadas–.

Manos de escribano; manos que saben contar dirhams, no empuñar una lanza.

Y mirad su rostro. –Se acercó, y Abi Amir aguantó sus ojos burlones–.

Ni una cicatriz. Parece una concubina de palacio perdida en el desierto.

La risotada que siguió fue un golpe para él. Abi Amir sintió el rubor subirle por el cuello, pero lo ahogó. Intentó defenderse con la retórica que tan bien dominaba:

–Un general tan sabio sin duda sabe que la victoria se forja también con la diplomacia: con lealtades compradas y traiciones anticipadas.

–¡Tantas palabras! –rugió un soldado enorme, un bereber con la nariz rota–. ¿Escupirás sólo palabras a los fatimíes cuando nos cerquen?

Galib asintió. Claramente, disfrutaba con aquello.

–Probemos. Quizá nuestro «intendente» debería cabalgar con la vanguardia. A ver si convence a los jinetes enemigos recitándoles suras del Corán.

La carcajada general fue aún mayor. Abi Amir, con la garganta seca y el cuerpo magullado, sintió miedo. Si no conseguía el respeto de aquellas bestias, sería pasto del primer «accidente «fortuito».

–Dime, intendente, ¿sabes pelear? –lo retó Galib ante la hoguera–. ¿O sólo sabes repartir sobornos? Ven. Sin armas. Cuerpo a cuerpo.

Abi Amir tragó saliva. ¿Cuántas veces había vivido esa misma situación de niño y esquivado a sus vecinos en el arrabal?

Los rudos soldados guardaban ahora silencio, expectantes.

Era una trampa perfecta. Si luchaba, mostraría su debilidad y sería masacrado.

Si se negaba, confirmaba su cobardía. Abi Amir miró a Galib.

En sus ojos no había crueldad. Era, sencillamente, una prueba.

Un filtro de fuego y vergüenza por el que debía pasar.

Dejó el cuenco en el suelo con lentitud.

No se levantó siquiera. Se quedó en cuclillas, porque el dolor del simple hecho de sentarse hacía que se le saltaran las lágrimas.

Rescató su voz de lo más hondo, para que sonara más convincente de lo que él mismo se sentía.

Y sonrió. Sabía con una certeza feroz que el mundo funcionaba de otra manera cuando él sonreía.

Casi siempre, al menos.

–Conocí al general Galib hace ya tiempo, en las honras fúnebres por el califa Abderramán, que Dios tenga en su gloria.

–La estudiada mención al califa templó los ánimos de los soldados–.

Había oído hablar de él, ¿quién en Córdoba no lo había hecho?

Y, sin embargo, cuando lo vi en persona, sentado junto al háyib al-Mushafí, me decepcionó.

–Hubo un rumor en el corro de hombres, y entonces él se levantó–.

Supongo que esperaba a un gigante eslavo y no a un anciano calvo –algunos de los hombres rieron la audacia–, pero el caso es que me decepcionó.

Dio un par de pasos, dejando que su presencia mostrara una comodidad que no sentía, fingiendo que no le dolía hasta la última fibra de su cuerpo.

–Le dije que no sabía montar a caballo y que no tenía instrucción militar.

Es más, me jacté de ello... ¡Ante el general Galib!

¡Ante la espada del reino! –Se rieron todos, y él meneó la cabeza, como si lamentara su osadía–.

Y el general Galib, que me hubiera tumbado de un sencillo empujón, no tuvo que ponerse en pie ni sacar su yanbia ni retarme a un combate singular, no...

Me puso en mi lugar con una sola frase. Una frase que no sé si él recuerda –lo miró directamente a los ojos, consciente de que probablemente era al único hombre a quien esos soldados respetaban–.

¿Sabéis qué me dijo? Que me daría cuenta de lo necesarias que eran las armas cuando un ejército enemigo se plantara ante las murallas de Córdoba.

Y que los árabes nos quejábamos de que no ostentábamos cargos en el ejército, porque, como nuestras mujeres, preferíamos pagar para que otros nos hicieran el trabajo...

¡Así me lo dijo! Cualquier árabe le hubiera arrancado la cabeza a un saqaliba que hubiera dicho eso de él.

Cualquiera. ¡Incluso yo me lo hubiera planteado si no hubiera sido el general!

–bromeó–. No me atreví, lo confieso. Y ahora, años después, tampoco me atrevo...

Había conseguido eludir el enfrentamiento de manera elegante. Los hombres se avinieron y rieron la broma. El ambiente empezaba a ser algo más distendido. Alguien pasó un pellejo de vino que fue deslizándose por las gargantas sedientas. Abi Amir también notaba la suya seca. Podía mascar el polvo.

–Ahí. –Hizo una pausa y cambió el tono divertido a uno más personal–.

Ahí... –Lo señaló con el dedo–. Ahí fue cuando entendí que lo había subestimado, que me había permitido, en mi prejuicio, pensar que era peor que yo.

No se lo dije, pero me fui pensando que tenía razón.

Y tanto tiempo después aún me acuerdo de ese momento, porque tenía razón.

¡Si los árabes dormimos a salvo en nuestra ciudadela de ensueño, es porque hay generales eslavos que cuidan de nuestras fronteras al frente de un ejército bereber!

Aquel reconocimiento explícito e inesperado, expresado con manifiesta humildad, obró el milagro. Incluso aquellos que habían aparentado más desinterés al principio detuvieron lo que estaban haciendo para escucharlo. Él se volvió hacia el general.

–No, general Galib –reconoció, con una mano abierta sobre el pecho en señal de respeto–.

Ojalá pudiera, pero no sé pelear como vos.

Mis cicatrices son sólo de tinta. Tachan líneas en los libros de cuentas: el oro confiscado a los fatimíes, los traidores que creyeron que podían engañar a Córdoba...

–Volvió a callar unos instantes, mientras su mirada recorría los rostros duros que lo rodeaban–.

Y por eso estoy aquí. Porque el califato no es sólo una fantasía de árabes pulcros disfrutando en sus jardines.