–V–
Medina Azahara, 362 H. / 973 d.C.
Los fastos para la proclamación del príncipe heredero, aprovechando el Eid al-Adha, la fiesta del Sacrificio, teñían Medina Azahara de un color forzado.
No era la alegría espontánea que brotaba de un pueblo convencido, sino el brillo cuidadosamente aplicado de un estado que mostraba su músculo para ocultar sus flaquezas.
En el gran patio de armas, bajo el estandarte de los Omeya, la nobleza, el ejército y los funcionarios formaban un mosaico de sedas vivas y acero bruñido.
En el centro, sobre un caballo enano de pelaje blanco como la nieve, estaba Hisham.
A sus siete años, todavía un niño, parecía una muñeca preciosa y frágil ataviada con las insignias del poder.
Su rostro, pálido bajo la imama, el turbante blanco que definía a su dinastía, se contraía por un esfuerzo que todos veían y nadie se atrevía a señalar.
El caballo, mansísimo, dio un paso, titubeante.
Hisham se balanceó, inseguro, y sus pequeñas manos se aferraron con pánico a la silla, a punto de echarse a llorar.
Un susurro de inquietud recorrió la multitud.
El protocolo, mil veces ensayado, no había previsto la contingencia de que el heredero al trono de Córdoba no pudiera mantenerse a lomos de una bestia.
En la tribuna, Subh, a un paso del califa, sentía que el mundo se estrechaba hasta volverse del tamaño del cuerpo tambaleante de su hijo.
Se retorcía las manos con tanta fuerza que los nudillos, lívidos, parecían a punto de romperse.
Instintivamente, buscó con la mirada a Abi Amir entre la primera línea de funcionarios.
Él también la miraba, como exhortándola a no perder los nervios.
Su rostro era una máscara de calma oficial, pero, en sus ojos, fijos en los de ella, pudo vislumbrar un destello de idéntico terror.
El miedo los igualaba: el padre secreto, impotente, y la madre, expuesta.
Un hilo de angustia compartida, tan tangible y peligroso como un grito.
Fue entonces cuando al-Muguira, el hermano menor del califa, avanzó unos pasos.
Con una elegancia natural que desarmaba cualquier protocolo, hizo una levísima inclinación ante su sobrino y se colocó al lado de la montura.
Era una irregularidad manifiesta, y al-Mushafí pidió con una mirada instrucciones al califa, pero éste lo permitió con un asentimiento de cabeza.
El joven príncipe, a sus recién cumplidos veintidós años, puso una mano firme sobre el bridón y la otra, discreta, en la espalda de Hisham.
Así caminó, a su lado, guiando al caballo con suavidad y susurrándole algo al oído que hizo que el infantil rostro se relajara un poco.
Fue un acto de gracia, de generosidad inteligente.
La multitud exhaló un murmullo de admiración y alivio.
Al-Muguira no pretendía usurpar al heredero, sino apoyarlo y servirlo.
Y de esa forma recordaba a Córdoba su propia sangre omeya y su decencia.
El paseo que conducía el desfile militar fue ridículamente breve.
Subh, que no podía soportarlo más, transmitió su pánico a al-Mushafí con un leve movimiento de cabeza.
Éste, a su vez, que odiaba la improvisación en cualquier acto relacionado con el protocolo, susurró una orden a su esclavo personal.
Minutos después, una litera cubierta de ricos tapices apareció junto al caballo.
Con excusas murmuradas sobre «el cansancio del príncipe» y «la intensidad del día», el pequeño Hisham fue trasladado al interior del palacio, con las cortinas corridas, para ocultarlo de las miradas hasta el banquete de celebración, donde sólo saludaría brevemente.
Tampoco se quedó a presidir una comida de tres o cuatro horas entre ulemas, visires y oficiales.
El alivio en el rostro de Subh fue tan palpable como su desesperación.
¿Durante cuánto tiempo más podría ocultarle a Córdoba la escasa capacidad de su heredero?
* * *
El banquete era un río de luz, sonidos y olores.
En una mesa apartada, como si fueran dos veteranos compartiendo vino y recuerdos, conversaban al-Mushafí y el general Galib.
Este último, recién llegado de Madinat Salim, mantenía la apariencia de un lobo de la frontera, curtido y directo.
Sus ojos, agudos, escudriñaban la sala con la misma atención con que estudiaría un terreno enemigo.
–Me han dicho que vuestro pupilo ha plantado un árbol venenoso en el corazón del alcázar –comentó Galib, señalando con la mirada a Abi Amir, que charlaba animadamente con el jefe de la guardia del califa. Se permitió una sonrisa sardónica–. Y que lo ha regado con el oro de la ceca.
–Un árbol que habría que podar antes de que sus raíces rompan los cimientos de Medina Azahara –respondió al-Mushafí, en tono tan sedoso como cargado de veneno.
–He oído que nadie ha podido probar nada, que la acusación quizá fue sólo por venganza...
–Lo están investigando, pero no, no encontrarán nada –admitió en tono neutro al-Mushafí.
Se llevó la copa de vino a los labios, velando su participación en el asunto–.
Y no porque no sea culpable. En su insolencia, ha tratado de implicarme, ¡a mí!
El visir Hudayr, que me consta que ha puesto una cantidad de dinero indecente para salvarlo; el jefe de la guardia, que es su cuñado; su antiguo tutor el cadí de Córdoba...
, incluso el príncipe al-Muguira y la princesa Hind responden ciegamente por él.
Se le ha relegado del cargo mientras dura la investigación, y él ha presentado todo el dinero que se echó en falta.
Imagino que a base de préstamos de todos aquellos que intenta atraerse con prebendas.
«Semillas», lo llama. Entiendo que en algún momento espera recoger la cosecha.
–¿Por qué lo apoyan? –se sorprendió Galib–. No es de familia ilustre, no posee nada. ¿Cómo ha conseguido unas redes tan potentes?
–Porque no nos soportan. –Al-Mushafí masticó un trozo de carne con fuerza, como si estuviera dando dentelladas de rabia a la idea misma–.
Nos odian, general. Las élites árabes. A los eslavos como vos y a los bereberes como yo...
Creen que copamos los puestos que les pertenecen.
Quizás ahora hayan decidido aupar a uno de los suyos.
–¿Y qué opina el califa?
–¿El califa? –Alzó la copa, visiblemente indignado–.
¡El califa le disculpa todo como se disculpa un error a un niño que aún está aprendiendo!
Cree que el talento de Abi Amir para identificar aliados y enemigos y hacer regalos sin que resulten ofensivos son dones que no aprovechamos convenientemente.
–¿Y a qué esperáis? –preguntó Galib–. Quizá vuestro árbol sólo necesite... un aire diferente. Un cambio de clima. El de al-Magrib, por ejemplo. Seco. Tan seco –sonrió con intención– que pueda poner en un aprieto a los mimados jazmines andalusíes.
Al-Mushafí lo miró con interés. ¿Al-Magrib? ¿Al otro lado del Bahr al-Zuqaq, el mar del Paso? La propuesta sonaba a exilio o a destierro. Extremadamente atractiva, en cualquier caso.
–Abi Amir se mueve bien entre pasillos, papeles y monedas –admitió al fin–. No entiendo muy bien cuál sería su función en una de vuestras expediciones militares.
–Sabéis que parto ahora a dar un escarmiento a Ibn Gannum, ese idrisí que Alá confunda, y a convencer de grado o a la fuerza a las tribus bereberes de al-Magrib al-Aqsa para que presten juramento a los Omeya.
Esas virtudes que tanto ponderáis pueden ser de un valor incalculable para asegurar la lealtad de quienes amenazan con inclinarse del lado de los fatimíes.
Dejádselo caer al califa. Que lo vea como un viaje de... intendencia diplomática.
–¿Tú lo ves así?
–¿Yo? ¿Para un hombre sin experiencia militar?
–se burló Galib–. Yo lo veo un infierno, pero siempre podéis proponérselo como un viaje educativo.
–En sus ojos brilló una chispa de crueldad fría–.
La instrucción que le falta. Al-Magrib no es Córdoba, amigo mío.
Allí los protocolos los escriben el hambre, la sed y la traición.
¿Y un perfumado burócrata árabe que mama de los pechos de Medina Azahara? ¡Mis tropas bereberes lo harán pedazos!
* * *
¡Al-Magrib!
Abi Amir no se arredró. En cambio, para sorpresa de los hombres, recibió la propuesta con modales impecables y la sonrisa cortés que tan bien empleaba.
Bajo la túnica, sin embargo, notó una corriente de inquietud helada.
Su mente calculó a la velocidad del rayo.
Lejos de Córdoba. Lejos de Subh, de la ceca, de sus redes de poder.
«Olvidaos de mí. Demasiado lejos de todo», hubiera querido decir.
–¿Y exactamente en qué consideráis que podría ser útil? –preguntó, sin embargo.
No le pasó desapercibida la sonrisa satisfecha de al-Mushafí, quien ya se lo debía imaginar tragando polvo en el desierto.
Desde al-Ándalus, a él, al-Magrib también le sonaba a exilio.
A destierro. Pero era cierto que ahí era donde se estaba escribiendo la historia en ese mismo momento.
Los herejes fatimíes, esos chiítas confundidos seguidores de Alí, acababan de arrancarle una nueva capital al desierto.
Al-Qahira, la nueva ciudadela desde donde podían combatir a los Omeya y los abasíes, parecía estar tan lejos de Córdoba como de Bagdad.
La lucha por la influencia se mantenía ahora en el norte de África.
Desde la vieja derrota de Simancas, a Córdoba le resultaba difícil extenderse al otro lado del río al-Duru, pero el norte de África, ese al-Magrib conquistado tres siglos antes, hablaba el mismo idioma que su ciudad y rezaba hacia el mismo lugar.
Era un territorio virgen. Únicamente debían convencer a esos líderes tribales belicosos, a esos pastores de cabras y camellos, de que su supervivencia sólo sería posible si prestaban juramento a los Omeya.
Quien allanara al-Magrib para Córdoba sería sin duda un héroe.
Si volvía con vida, claro.
–Al parecer –Galib evaluaba a Abi Amir con sus ojos de experto–, el califa, cuyo entendimiento está a prueba de toda duda, considera que tu ojo para las lealtades y tu mano para los obsequios pueden consolidar nuestra influencia entre las tribus.
–Es un honor... inesperado, general. –Su voz sonó serena–. Pero ¿qué sucedería con mis funciones aquí? La ceca, la administración de Isbiliya...
–Quedarán en manos capaces. –Al-Mushafí subrayó el adjetivo con una dulzura amenazadora–. Temporalmente, claro. Es una oportunidad única para demostrar esa versatilidad de la que ya nos has dado algunas muestras. Y tu... valor.