–IV–
Medina Azahara, 361 H. / 972 d. C.
El rumor de la mañana en la casa del háyib al-Mushafí era el de una colmena bien ordenada. El movimiento sin pausa de los sirvientes, el golpe lejano de los morteros en la cocina, el canto monocorde de un esclavo negro que regaba los naranjos del patio. Paz. La paz que precede al golpe maestro.
El primer anuncio fue un alboroto en el zaguán. Voces entrecortadas, el forcejeo de sandalias sobre el mármol. Al-Mushafí, que repasaba unos informes de impuestos en la galería superior, frunció el ceño. Al poco, oyó la voz de su consejero, Fader, con una urgencia que rayaba en el pánico.
–¡No podéis pasar así! ¡Ni siquiera vos, señor! ¡Esperad a que anuncie...!
El resto de las palabras se ahogaron en un torbellino de voces, pasos y movimiento.
Por la puerta principal, ahora abierta de par en par, y doblando el recodo de acceso para que el interior no fuese visto desde la calle, comenzó a entrar un séquito imposible.
Un desfile de ostentación calculada hasta el último detalle pasó ante sus ojos.
Por delante, dos esclavos bereberes, torsos desnudos y musculosos brillando de sudor, portaban entre ambos un cofre de madera aromática abierto.
En su interior, a la vista de cualquiera que pudiera asomarse desde la calle –y ya había quien se asomaba–, el fulgor frío de joyas acumuladas: collares de perlas del Índico, brazaletes de oro macizo con rubíes incrustados, diademas que parecían constelaciones en miniatura.
Tras ellos, otros dos esclavos, con más cuidado, sostenían un segundo cofre repleto de telas. No eran sederías corrientes, sino seda de Almiriya, con dibujos de hilos de oro, el lino más fino de Egipto y brocados bizantinos que pesaban como una armadura de belleza.
El espectáculo continuaba con un tercer hombre empujando una carretilla de madera noble en la que reposaban, con insultante descuido, ánforas de arcilla selladas con cera púrpura: el vino dulce y espeso de las viñas de Málaga, el más caro, el notorio favorito del háyib.
Otro esclavo, sudando a mares, arrastró seguidamente una pesada saca de lona que, por el sonido metálico y el bulto que formaba, sólo podía contener una cosa: monedas.
Y en el centro de aquel torrente de riqueza se situaba Abi Amir.
En vez del habitual atuendo propio del señor de la ceca, vestía una túnica de lino blanquísimo, bordada en los puños y el cuello con hilo de plata, y sobre los hombros, un manto de lana finísima del color de la arena al atardecer.
La barba oscura, recién recortada, resaltaba la perfección de su mandíbula. Su rostro estaba sereno, casi risueño.
Al-Mushafí, ya en el patio, lo observaba todo como tras una máscara, con una mueca de estupor que se agrietaba por los bordes, por donde la ira amenazaba con salir. Fader, su fiel portero, desenvainó una espada corta y se cruzó amenazante en el camino del cadí.
–¡Salid de aquí! ¡Largo!
Como surgido de la sombra misma, uno de los esclavos de Abi Amir se interpuso entre Fader y su señor. Ancho, con ojos tranquilos y manos fuertes de herrero, no tuvo que hacer ningún gesto violento. Simplemente se plantó en medio. Y su presencia fue un muro.
La gente se agolpaba ya en la puerta. Mendigos, vecinos curiosos, clientes que habían ido a pedir audiencia o prebendas al hombre más poderoso después del califa. Todos con la boca abierta y los ojos como platos prendidos en el río de tesoros.
Y entonces, ante la mirada congelada de al-Mushafí, ante la expectación de la multitud, Abi Amir hizo algo inconcebible.
Se acercó a él con pasos lentos, con la familiaridad de los años compartidos.
Alzó una mano y la posó en el hombro del háyib, en un gesto que podía ser de respeto o de complicidad.
Luego, inclinando el rostro con una lentitud deliberada, teatral casi, le deslizó dos besos en las mejillas y un tercero firme y breve en los labios.
–Que Dios os bendiga, háyib.
Un murmullo de absoluto asombro, mezcla de escándalo y fascinación, se elevó en torno a ellos. Al-Mushafí se quedó rígido, a punto de estallar. Aquel beso no era un gesto de afecto, sino una señal, una profanación pública, una marca de fuego, como el del Judas de los cristianos.
Abi Amir se separó un par de pasos, sonriendo con estudiada inocencia.
–Aquí está, señor, lo que me pedisteis –anunció con voz clara para que todos pudieran oírlo–.
Las sedas para el jefe de la shurta, como acordamos.
Las joyas para vuestras esposas, que Alá guarde.
Una exquisita túnica de lino para el asistente del cadí de Córdoba, tal y como especificasteis.
Y vuestro vino favorito, señor –hizo un gesto hacia las ánforas–: el de las viñas viejas de Málaga. El más caro.
La puerta permanecía abierta. Los esclavos de Abi Amir, hábilmente distribuidos, más parecían una guardia de honor que impedía cerrarla que unos simples portadores. Era un escenario abierto al coro de testigos que entraba y salía registrando cada detalle.
–¿Qué... qué es esto? –logró articular al-Mushafí, ronco, estrangulado por la furia.
–¿Los regalos, mi señor? –Abi Amir fingió perplejidad–.
Los que debía entregar a vuestra familia, a vuestros hijos y a algunas de las grandes personalidades que me enumerasteis.
¿No los guardamos en vuestros almacenes, como siempre?
¿Preferís que los mantenga en otro lugar?
No he querido tomarme esa libertad sin consultaros antes.
El escándalo había atraído también a los sirvientes y a las mujeres de la casa.
Asomaban desde las galerías superiores, ellas veladas, pero con los ojos brillando por encima de los niqabs; todos atraídos por el fulgor de las joyas y la tensión implícita del momento.
En la puerta, la multitud iba creciendo, agolpada, tratando de entrar.
Al-Mushafí, sabiendo que cada instante de aquella farsa le quemaba el prestigio como aceite derramado, forzó una sonrisa crispada. Agarró a Abi Amir del brazo con todas sus fuerzas y lo arrastró a un rincón del patio, junto a un jazmín trepador.
–¿Qué demonios es esta comedia? –le espetó al oído, con un siseo de víbora.
Abi Amir no perdió la sonrisa. Una sonrisa fría, de hielo afilado, que desde lejos podía parecer sincera y rendida pero que rezumaba traición.
–Una que puede convertirse en tragedia –susurró–. Podéis empujarme al infierno, pero no caeré solo –deslizó suavemente el dorso de la mano por el pecho tenso de al-Mushafí, fingiendo una intimidad casi obscena, y culminó la frase en un tono que sonaba a burla–, mi señor.
Al-Mushafí apretó los dientes. Cerró la mano alrededor del cuello de Abi Amir, no con fuerza suficiente para ahogarlo, pero sí como una amenaza tangible, un recordatorio de su poder.
–Saca todo esto de aquí –siseó–. Ya.
Sin arredrarse, Abi Amir le dedicó una nueva sonrisa, ahora provocativa.
–Acércate más –susurró–. Que el pueblo sepa que la lascivia y la ambición guían las decisiones del háyib. Si me arrancas de mi puesto, si me dejas sin nada, no me quedará nada que perder. Piénsalo.
La tensión llegaba al límite entre ellos, un arco a punto de ser disparado. Al-Mushafí respiraba con dificultad. Para sí, medía el alcance del desastre. Al fin, se apartó unos pasos, y su voz fue un rugido contenido:
–Acaba con esto.
–Retira la denuncia.
–No puedo. –Sacudió la cabeza, impotente–. Ya está hecha, sellada y presentada. Y he pedido que se te relegue de tu puesto. No es fácil volver atrás ahora.
Abi Amir sopesó sus palabras, tratando de pensar con rapidez.
–Imagino que no podré parar una investigación, entonces –admitió–.
Muy bien. Dejaré mi puesto mientras se lleva a cabo, pero tú te encargarás personalmente de demostrar que es una acusación falsa.
Que yo no he tomado ni un dirham de las arcas del califato.
Y que todo esto –hizo un gesto amplio hacia los cofres– es parte de un encargo legítimo. Serás mi mejor testigo.
Al-Mushafí lo miró. Era la trampa perfecta.
Si negaba el encargo, Abi Amir usaría aquel espectáculo público como prueba de su corrupción.
Si lo aceptaba, se convertía en su cómplice y enterraba sus propias acusaciones.
No le quedaba ninguna jugada posible. Como cuando se enfrentaban ante un tablero de shitranj.
Tragándose la rabia, asintió. Una única y breve inclinación de cabeza. Aceptaba. Por ahora.
Abi Amir, satisfecho, se volvió hacia el centro del patio, donde sus esclavos aún custodiaban los tesoros.
–¡Y ahora, la última de las sacas! –anunció en voz alta, alegre.
Uno de sus hombres arrastró el pesado saco de lona hasta ponerlo a los pies de al-Mushafí.
Al abrirlo, un resplandor de plata destelló ante sus ojos.
Abi Amir tomó entre sus dedos uno de los dirhams firmados con su nombre y lo acarició con deleite, dedicándole una amplia sonrisa–.
Debéis testificar que sale directamente de la ceca de Medina Azahara bajo vuestra supervisión, mi señor.
Moneda recién acuñada, sin registrar aún, como me pedisteis expresamente.
Hizo una pausa para dejar que el murmullo creciera.
–Esta parte, como dijisteis, será para comprar a los perros cristianos –puso un énfasis despiadado en el insulto–, para recuperar el sagrado Corán que robaron a nuestro señor Abderramán en la batalla de al-Khandaq,
y pagar a los que arranquen de su ermita leonesa de Peñalba la cruz conmemorativa que los infieles le dedicaron a su apóstol Santiago.
En cuanto Córdoba tenga en su poder ambos objetos, serán un obsequio, como habéis ordenado, para nuestro príncipe heredero Hisham, a quien Dios guarde muchos años, en el día de su proclamación.
Un golpe maestro. No sólo envolvía a al-Mushafí en la transacción, sino que la elevaba a un acto de piadoso patriotismo. Cualquier pregunta sobre el origen de ese lote de monedas quedaría silenciada por la nobleza del fin: rescatar reliquias y honrar al débil heredero.
Al-Mushafí se quedó mirando el saco, a sus pies, y luego la sonrisa triunfal y serena de Abi Amir. La rabia había dado paso a algo más profundo: un respeto helado, mezclado con un odio que ahora adivinaba eterno.
–No me equivoqué –admitió a su pesar–. Siempre supe que eras endemoniadamente listo.
–Gracias, háyib –respondió Abi Amir sin ironía–. He aprendido del mejor.
–Recogedlo todo. –El háyib se dirigió a sus hombres, serio, haciéndose dueño al fin de la situación–. No lo dejéis en esta casa. Guardadlo en la ciudad. En los almacenes de la zona norte.
Abi Amir inclinó la cabeza, la viva imagen de la obediencia.
–Como ordenéis, mi señor.
Se volvió y, seguido de nuevo por sus esclavos, que se encargarían de trasladar los mismos tesoros hacia los almacenes, se dispuso a abandonar el patio.
Los sirvientes cerraron la saca de monedas y dispersaron a los curiosos.
Abi Amir se permitió dejar un par de jarras de vino de Málaga sobre la mesa, como un último regalo inculpatorio antes de marcharse, y al llegar a la puerta, se volvió una última vez.
Sus ojos se encontraron con los de al-Mushafí, que seguía cada uno de sus movimientos.
Los numerosos testigos los vieron sonreírse educadamente, como los altos representantes de la administración del califato que eran.
Con cierta... complicidad. Con un matiz de admiración, incluso.
Sólo ellos dos supieron que en aquella mirada brillaba el frío reconocimiento de los depredadores.