La luz de Medina –III–
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–III–

Córdoba, 361 H. / 972 d. C.

El silencio de la biblioteca real resonaba a diligencia.

Un pulso lento latía entre las hileras de códices, entre los rollos de pergamino que reposaban como testigos dormidos.

El aire olía a cedro, a piel curtida y al polvo sagrado del saber.

Abi Amir, cadí de Isbiliya y sahib al-Sikka –señor de la ceca–, atravesó el resguardo del lugar con un peso distinto al de su autoridad.

Era un peso íntimo, una losa de mármol negro que llevaba dentro del pecho y que sólo allí, entre tantas palabras ajenas, parecía encontrar el hueco para respirar.

En sus manos, envuelto en un paño de lino crudo, llevaba un tesoro: un libro de poemas de Abu Nawas, copiado en Isbiliya, que le había costado una pequeña fortuna. No era un regalo para el califa, sino para ese santuario. Para ella.

Lubna lo vio llegar desde su mesa de trabajo, la espalda erguida, la mirada perdida en la geometría de las sombras que los altos ventanales arrojaban sobre el mármol.

Un latido, antiguo y desobediente, la golpeó bajo las costillas.

Había aprendido a domarlo, a sepultarlo bajo tinta y caligrafía, pero la visión de aquel rostro cincelado por los años y la profunda tristeza que habitaba sus ojos como un huésped indeseado lo desenterraba todo.

Con el tiempo, era aún más atractivo. La juventud impetuosa se había transmutado en una fuerza contenida, magnética y peligrosa.

Y más fuerte, pese a que cada línea de su semblante parecía dibujar el rastro de una batalla perdida.

Por eso lo entendía todo. ¿Cómo podía juzgar a los demás?

Había aceptado la adoración abierta de al-Muguira, la secreta pasión de la sayyida, el deseo enfermizo del háyib.

–Cadí –saludó, levantándose. Su voz emanó como un hilo de plata–. La biblioteca se honra con tu visita.

Abi Amir dejó el paquete sobre la mesa. Un esbozo de sonrisa, cansada, tocó sus labios.

–Lubna, siempre un refugio. He traído esto. Creo que falta en vuestros anaqueles. –Desdobló el lino para desvelar el volumen de tintes oscuros y encuadernación en piel de cordero.

Ella acarició la cubierta con dedos reverentes. No era sólo el libro en sí, era también el gesto. El recuerdo de una amistad que una vez tuvo la textura de algo más.

–Es muy hermoso. Gracias. Sé lo que significa que el hombre más ocupado de al-Ándalus se detenga a pensar en nuestros anaqueles.

Abrió una página al azar.

Busca refugio en ramadán,

en el buen vino de las tinajas,

y pasa entero el mes de shawwal

entre orgías con las esclavas

y borracheras de par en par.

Conocía perfectamente la poesía erótica, báquica e irreverente del poeta bagdadí, que cantaba a los placeres y al amor, especialmente al que consideraba más puro, entre hombres, pero recitarla frente a la rigidez religiosa de Abi Amir en la quietud de la biblioteca coloreó sus mejillas.

–¡Oh, Abu Nawas! ¡Es tan... irreverente!

Abi Amir asintió con una comprensión infinita y una sonrisa.

–¡Es imperfectamente humano! –convino él–.

Y quizá no esté desencaminado. No sabemos en qué momento Alá nos llamará a su lado ni de qué mano caprichosa dependen nuestros días.

Creemos trascender en la búsqueda del amor y el bien, pero tal vez sólo sean las palabras con que llamamos al placer y a nuestro propio interés... ¿No crees?

–Lo que yo creo, cadí, es que depende de nosotros que el dolor nos haga débiles o nos fortalezca. Y que a lo mejor necesitarías cavar tu propio pozo de las lágrimas, como Jamshid.

–¿Quién es ése?

Lubna le dedicó una sonrisa. Se arrodilló, palmeó los cojines a su lado y le pidió que se sentase junto a ella. Abi Amir la obedeció.

–Se cuenta que, en los días antiguos, cuando los genios aún hablaban con los hombres y los reyes de Persia gobernaban con la sabiduría aprendida de los astros, hubo un poderoso sah llamado Jamshid.

La fama le venía de su ejército invencible y de su palacio de blanquísimo mármol, pero también, y sobre todo, de su único hijo, el príncipe Cyrus, cuya belleza y bondad eran tan grandes que se decía que, al pasar por un jardín, las flores más mustias recuperaban su color.

Abi Amir estaba tan cerca que Lubna pudo notar su respiración contenida, y ella misma casi dejó de tomar aire.

–Un día, Cyrus partió a una batalla –prosiguió–, pero no regresó...

Un grupo de soldados volvió con el cuerpo sin vida del príncipe, atravesado por las flechas de sus enemigos.

La corte entera se vistió entonces de luto, pero Jamshid prohibió los cantos fúnebres y el llanto público.

«Mi dolor», dijo, «no es asunto del reino. Es como un río que corre bajo la tierra».

Así que ordenó construir, en el patio más secreto de su palacio, un pozo circular de la más pura obsidiana, tan profundo que ni al mediodía el sol alcanzaba su fondo.

Allí, cada noche, cuando la luna se posaba sobre el ciprés más alto, Jamshid bajaba a solas.

No llevaba ofrendas de incienso ni recitaba salmos.

Simplemente, se arrodillaba en el borde y dejaba caer, una a una, sus lágrimas en la oscuridad.

–Así me siento, Lubna –se confesó Abi Amir, aceptando el consuelo de la única persona que conocía su secreto–. Me escondo en el pozo más profundo de mi patio para que mi dolor no sea público.

–Así estuvo Jamshid diez años –prosiguió ella–, derramando su llanto en aquel pozo, lágrima a lágrima.

El pozo, sin embargo, nunca se llenaba, y los cortesanos comenzaron a susurrar que los djinn se alimentaban de su dolor.

Y entonces, cuando Jamshid empezaba a pensar que sus lágrimas no valían para nada, la voz de su hijo le habló.

–¿Y qué le dijo? –Los ojos de Abi Amir buscaron los suyos con intensidad, como si creyera que aquella antigua leyenda persa, o ella misma, podían tener las respuestas.

Lubna sintió un pinchazo en el corazón.

–«Sigue viniendo, padre», le dijo. «Pero no lo hagas sólo con lágrimas. Ven también con el recuerdo de mi risa, con el amor que llenó tus días, con el orgullo de mi valor. Incluso con el odio de mis enemigos. Así, este pozo no será un agujero de sombra, sino un recuerdo íntegro,

un espejo de estrellas».

Abi Amir se recostó en el hombro de Lubna. Ella bajó aún más la voz:

–Y se dice que, al cabo de un tiempo, todo el que se asomaba al Pozo de Lágrimas de Jamshid en una noche clara ya no veía oscuridad.

Por el contrario, reflejada en lo profundo, se podía ver la constelación completa de las estrellas, más brillante y cercana que en ningún otro lugar del mundo.

Como si el dolor, al ser regado con amor y no sólo con lágrimas, hubiera abierto una ventana al cielo.

Un temblor leve, casi imperceptible, recorrió al cadí.

Ella puso la mano sobre sus ojos cerrados y lo guio hasta su regazo, con ternura, como la recolectora de almas e historias que era.

Él se dejó hacer, vencido por una fatiga monumental.

Apoyó la frente contra el sencillo lino de su túnica, y un suspiro que era casi un gemido escapó de sus labios.

Ella lo acunó, sus dedos en su pelo, en un gesto de piedad infinita que trascendía el amor.

El consuelo que él no podía pedir y que nadie más que ella podía darle.

Quizá lo más cerca que podrían estar nunca.

El crujido de la puerta fue como el disparo de una ballesta.

Se separaron a la velocidad del rayo, y vieron a Fátima, cargada con un montón de libros. Su mirada perspicaz saltó de Lubna, ligeramente ruborizada, a Abi Amir, que se enderezaba con una tos fingida, limpiándose una inexistente mota de polvo de la túnica.

–Cadí..., qué sorpresa –los saludó, depositando los volúmenes sobre una de las mesas de estudio. Su sonrisa era cálida, pero sus ojos, divertidos, los estudiaban–. ¿Cómo van las cosas lejos de la corte? ¿Cómo crece tu hijo?

La palabra «hijo» golpeó a Abi Amir con la fuerza de un equívoco brutal.

Por un instante vertiginoso, un latigazo de dolor fresco le nubló la vista.

Vio el pequeño y pálido rostro de Abderramán, el hijo perdido, el fantasma.

Tardó un segundo fatal en reconducir sus pensamientos hacia el niño sano que dormía en Isbiliya, el fruto de su matrimonio político.

–Abdalá... –consiguió articular el nombre y acompañarlo de una sonrisa tibia– crece como un almendro joven. Gracias por preguntar.

Lubna intervino con presteza, para desviar el tema.

–El cadí nos ha hecho una donación magnífica.

Ahora estaba contándole nuestras últimas adquisiciones.

–Condujo a Abi Amir entre las estanterías, lejos de la mirada inquisitiva de su compañera–.

Aquí tenemos los volúmenes de astronomía de Maslama al-Mayriti, recién llegados...

Y estos poemas de al-Ghazal, ¿los conoces?

Fue embajador con los al-Mayus, los hombres del norte.

Debió de tener alguna experiencia interesante allí, porque hablan del amor con una precisión que duele.

Ojeó las páginas sin mirarlas. Su mente aún estaba en el sobresalto, en el abismo que se abría cada vez que rozaban el dolor secreto. Observó el escritorio, los textos latinos, la grafía griega, los evangelios miniados de los cristianos...

–Sigues con tu gran proyecto...

–La historia del califato de Occidente. Una tarea para toda una vida –respondió ella, animándose–.

Necesito entender de qué barro estamos hechos, hacia qué luz, o qué sombra, caminamos.

El califa... –bajó la voz y la mirada–. El luto por su primogénito lo tiene postrado.

Pero la maquinaria del Estado no puede parar.

–No –admitió él–. No puede. Aunque se rompa el alma. ¿Cómo lo sobrelleva la sayyida?

Lubna buscó sus ojos. Él no los bajó. Vio en ellos un interés tan genuino por ella que casi se sobresaltó. Le hubiera gustado ayudarlo, pese a todo, franquearle el acceso a sus estancias, pero sabía mejor que nadie que Subh, aferrada a su segundo hijo, no estaba preparada para recibir visitas.

–Me gustaría verla... –admitió como un escolar enamorado.

–No quiere ver a nadie –le confesó–, pero nunca se sabe. Transmitiré tu solicitud al harén.

* * *

La fuente lloraba en el centro del patio poniéndole música al eco de sus pasos.

Las estancias prohibidas le traían recuerdos que parecían lejanos.

Junto al acceso a las zonas privadas lo esperaba una silueta esbelta, cubierta en sedas del color del azafrán.

Los eunucos lo guiaron hasta ella. Subh no había aceptado recibirlo, pero, majestuosa como siempre, Hind, la hermana del califa, lo estaba esperando.

–El cadí de Isbiliya se honra a visitarnos –escuchó su voz antes de verla siquiera, tan afilada como una daga de Damasco–. ¿Tan urgentes son los asuntos de la ceca... o los del alma?

Su sonrisa era una media luna irónica. Abi Amir reajustó la suya para responder como mandaba la cortesía.

–Mi señora Hind –se inclinó–, vestida de luz para iluminar hasta las sombras más espesas.

–Ahórrame los halagos, Abi Amir –le respondió, seca–. Son moneda demasiado común en tus bolsillos, y yo ya tengo los míos llenos. Una grata coincidencia que te hayas acercado hoy a Córdoba. ¿Tienes un momento para conversar con una princesa olvidada?

Lo condujo a un pequeño gabinete contiguo, privado y lleno de libros. Se sentó y, con un gesto, le ofreció asiento cerca.

–Vamos al grano –dijo sin preámbulos–. ¿Qué le has hecho, o quizá qué no has hecho, al háyib al-Mushafí para que mueva cielo y tierra para hundirte?

A Abi Amir se le heló la sangre. Un calor furioso le ascendió por el cuello.

–¿Qué ha sucedido?

–Te ha acusado ante mi hermano de corrupción y malversación de fondos de la ceca.

Habla de lingotes que desaparecen, de aleaciones adulteradas, de regalos que compran voluntades y de una riqueza personal que tu salario no justifica.

Dice tener testigos, no sé si comprados, y documentos, no sé si falsificados...

, y tampoco quiero saberlo. Con toda seguridad, irán a prenderte en los próximos días.

No creo que sea su guardia personal ni la del califa, sino la shurta, la fuerza policial de la ciudad.

Abi Amir sintió vértigo. Rabia y miedo a la vez. Negó con la cabeza.

–No hay nada que pueda probar –tragó saliva–. Todo es falso.

–Por supuesto –dijo Hind, con un gesto que dejaba entrever que no lo creía en absoluto–. Pero incluso una mentira bien presentada puede ser más útil que la verdad. El háyib es un maestro en eso. Tu puesto como sahib al-Sikka pende de un hilo, querido.

–¿Y cómo sabes tú todo esto, mi señora? –La miró, más calmado, intentando desentrañar su juego.

–Porque soy la hermana del califa –respondió ella con una sencillez devastadora–. Y no puedo permitirme el lujo de no tener ojos y oídos en la casa del hombre que susurra al oído del que lleva la corona.

–¿Y por qué me lo cuentas?

Hind lo estudió un largo momento. Toda ironía desapareció de su rostro.

–Podría decirte que porque soy una de las receptoras de tus generosos presentes, pero sinceramente no creo que eso deba preocuparme.

Lo hago por la dinastía, cadí. Mi sobrino, Hisham, si ésa es la voluntad de Alá, será califa algún día.

Y puede, querido, que sea la primera persona en esta corte, aparte de su madre y de su médico, en ser totalmente consciente de la... incapacidad que creo que padece.

Aquella palabra, «incapacidad», flotó entre ellos, enorme y terrible. Abi Amir ni siquiera pudo fingir sorpresa.

–Alguien tendrá que llevar las riendas del reino cuando mi hermano falte...

Podría ser al-Muguira. O podría ser él. En cualquier caso, tú estás cerca de ambos.

Al-Mushafí es viejo y rencoroso. Tú, sin embargo, eres joven, fuerte y tienes ambición.

Cuentas con el favor de Subh, y ahora, también, con el desprecio del háyib. Esa dualidad te hace... interesante.

Abi Amir la contempló, atónito. Le estaba ofreciendo un análisis frío y claro de la realidad.

Sin amistad, y también sin acritud. Al reconocer la debilidad del heredero, barría cualquier sentimentalismo sobre la dinastía y apostaba por el hombre fuerte que surgiría de las cenizas.

Era más peligrosa y más lúcida que cualquiera.

–Tengo la sensación, señora, de que estamos en una de esas carreras que organizan los bereberes en las campas los días de fiesta –se atrevió a decir, sin pizca de ironía–. En ella, vos estáis apostando en la grada, y yo soy uno de vuestros caballos.

–Veo que lo has entendido –sonrió ella, levantándose para dejar claro que la audiencia había terminado–.

Confío en tu astucia. A veces, el golpe más efectivo no es esquivar la acusación.

El háyib no es uno de esos santones cristianos.

Todo hombre que ha ascendido tan alto tiene cadáveres en sus armarios.

Sólo hay que encontrar la llave que los abra.