–II–
Medina Azahara, 359 H. / 970 d. C.
Lo habían vestido de un blanco tan puro que había que cerrar los ojos para mirarlo.
El lino envolvía un cuerpo menudo que ya no ocupaba espacio en el mundo.
En el rostro, una paz antinatural, un mármol cerrado a los enigmas que había comenzado a intuir.
Los párpados, de una delicadeza de pétalo, ocultaban unos ojos oscuros que jamás volverían a brillar con la chispa traviesa de quien sabe ser el centro de todos los universos.
Tenía la nariz pequeña, perfecta, y los labios entreabiertos en un último suspiro que se había llevado consigo el futuro del califato.
Porque ese niño que yacía sobre el estrado de marfil, rodeado de flores de azahar y ramas de mirto, era el infante Abderramán, el heredero del califa al-Hakam.
No había cumplido aún nueve años.
El ambiente en la gran sala contigua a la mezquita palatina era espeso, cargado del aroma del agua de rosas y el peso insoportable de un destino truncado.
El imam recitaba las suras en tono monocorde; más que consuelo, era un martilleo fúnebre, un zumbido de enjambre sobre el que se elevaba un sonido desgarrado: el llanto de Subh.
La reina madre, o lo que quedaba de ella, era un espectáculo de puro dolor.
Se aferraba a los brazos de Fátima y Lubna, deshecha, para mantenerse a flote.
Vestida con el luto más severo, se sacudía en espasmos violentos, incontenibles.
No eran las lágrimas silenciosas de una viuda protocolaria; eran alaridos sordos, ahogados en la garganta, que emergían como gemidos de animal herido.
Su rostro era la imagen de la angustia misma, profunda; los ojos, aquellos lagos verdes y evocadores, ahora se veían rojos e hinchados, y de su boca escapaba un sollozo perpetuo.
Fátima, pálida y seria, la sostenía con firmeza, aun con sus propios ojos velados por una nube de horror y fatalismo.
Lubna, en cambio, lloraba en silencio, sin poder evitarlo.
Se sentía culpable por haber atraído la desgracia, por haber maldecido para sí aquella unión nefasta a los ojos de Dios.
Como a Córdoba entera, le dolía la pérdida del heredero; pero ella, además, sentía en carne propia el sufrimiento sin consuelo de la madre y la desesperación del califa.
Y, más que nada aún, el tormento de animal salvaje que presentía en Abi Amir.
De vez en cuando, miraba en derredor por si lo localizaba.
No estaba allí. No ocupaba su puesto en el cortejo.
Nadie lo había visto. Y nadie parecía dar importancia a su ausencia. Menos ella.
Junto al califa, el resto de la familia omeya presentaba un cuadro de duelo más contenido, pero no menos significativo.
La sobriedad de Hind, la hermana del califa; la feliz indiferencia de Radhia, que se preguntaba si el destino le brindaría otra oportunidad; el miedo de Mustaq, que veía conjuras palaciegas en cada esquina, y la conmoción genuina de al-Muguira.
El niño prodigio, el sobrino que era casi un hermano pequeño, la criatura con quien había aprendido a compartir el cariño de Abi Amir, yacía sin vida.
Las sirvientas susurraban entre ellas la versión oficial, las palabras que había balbuceado Ibn Saprut, el médico judío, que hubiera deseado morir antes que tener que dar la noticia al califa.
Hablaban de catarros mal curados, del frío capaz de enquistarse en los pulmones tras los baños en la engañosa alberca, pese a que el verano se solazaba en Córdoba.
De los designios de Alá. Pero, en el silencio de los corredores, los rumores que no tenían rostro contaban otra historia: una de secretos y pecado, de venenos difíciles de identificar; de venganza, de hijos ilegítimos y califas engañados.
Una historia en que quizás alguien había jugado a ser dios dando la vida para luego quitarla...
En el centro del dolor, como un pilar a punto de quebrarse, el califa al-Hakam.
Parecía haber envejecido diez años en una sola noche.
Su habitual melancolía había trocado en hundimiento.
La soledad y el peso del califato, de repente, se le hacían insufribles.
Permanecía en pie, aunque se tambaleaba levemente.
Su único sostén físico, y siempre inquietante, era el hombro de Yafar al-Mushafí.
El háyib, con una entereza férrea, mantenía en pie al Príncipe de los Creyentes con un brazo firme alrededor de su espalda, mientras en voz baja y cortante daba órdenes a un capitán de la guardia bereber.
–Doblad la vigilancia en las puertas. Que nadie entre o salga sin mi sello. Dispersad a los curiosos de los patios. Silencio y orden. Que Córdoba llore, pero desde lejos. El dolor debe ser privado. El caos es enemigo del Estado.
En ese momento, justo cuando el rezo del imam subía de tono, una figura irrumpió en el umbral de la gran sala.
Avanzaba a zancadas largas, torpes, casi borrachas, como si caminara contra un viento invisible.
Llevaba el turbante suelto y la túnica arrugada, y en su rostro no había dolor, sino una devastación absoluta, un vacío blanco y rabioso.
Abi Amir había llegado, pero no como el secretario pulcro de encendida oratoria o el administrador eficaz.
Era un espectro que proclamaba su ira y desesperación, y su palidez hacía que el blanco de los ropajes de luto pareciera sucio.
Lubna fue la primera en verlo. Lo había estado buscando entre la multitud desde que comenzara el velorio.
La guardia, que sabía perfectamente quién era, no se planteó en modo alguno cerrarle el paso, pese a su aspecto, tan poco apropiado para un funeral.
Sólo ella vio, con un escalofrío de terror que le heló la sangre, mientras caminaba vacilante hacia el califa, el destello del acero en su mano derecha.
Una espada corta, una yanbia, desnuda y mortal.
–¡Señor! –gritó Lubna, sin poder contenerse.
Su voz aguda cortó el rezo monótono.
Fue la señal. La guardia bereber, alertada, se abalanzó hacia el hombre armado.
Para entonces, Abi Amir ya había cubierto la distancia que lo separaba de su objetivo, en pie junto al cuerpo.
Pero no se trataba del califa. Había ido directo, con la mirada fija de un demente, hacia Yafar al-Mushafí, su sostén y el arquitecto de su ascenso y de su infierno.
No llegó a alzar el arma. Yafar, con una rapidez sorprendente, soltó al califa, lo colocó a su espalda y se interpuso entre ambos.
Al instante siguiente, atrapó la muñeca armada de Abi Amir con una mano de hierro, al mismo tiempo que con el brazo derecho lo envolvía en un abrazo brutal, forzado, ahogado.
Lo atrajo contra su hombro con tanta fuerza que el aire escapó de los pulmones de Abi Amir con un gemido seco.
–Tranquilo. Ya está, habibi. Tranquilo –susurró contra su pelo desordenado.
Sus palabras eran un zumbido bajo y urgente que sólo él podía escuchar.
La mano que le sujetaba la muñeca se la torció con precisión profesional, y la yanbia cayó al suelo con un ruido metálico que resonó en el silencio de la sala.
De inmediato, Yafar puso el pie sobre ella e hizo un gesto rápido y autoritario con la cabeza hacia los soldados, que se habían detenido, confusos.
«Alejaos», decían sus ojos. «Proteged al califa y dejadnos solos. De esto me encargo yo».
Para los demás, era el háyib conteniendo a un subalterno enloquecido por el dolor.
Un acto público de piedad y firmeza. Sólo Lubna entendió la realidad: la tensión en los músculos de su cuello, la forma en que hundía los dedos, ahora garras, en la muñeca de Abi Amir, y cómo su abrazo era en realidad una inmovilización, una jaula.
Pero, sobre todo, se fijó en la clara mirada de Yafar.
No había sorpresa en ella, pero sí una expectación satisfecha.
Y tuvo la lúgubre sensación de que aquello era algo que había estado esperando.
–Mi niño... Traedme a mi niño... –El gemido de Subh, ronco y roto, se elevó de nuevo. Se dejó caer de rodillas y se arrastró hacia el estrado fúnebre–. ¡Es mío! ¡Devolvédmelo!
Hind intentó acercarse, le tocó el hombro y apeló a su majestad de reina.
–Subh, por piedad. Mantén la dignidad...
La norteña se revolvía como una pantera herida, escupiendo y arañando a quien tratara de acercarse a ella.
Fue Lubna quien logró arrodillarse a su lado y la abrazó con ternura, no para contenerla, sino para compartir el peso del derrumbe.
Fátima se unió a ellas, y ambas formaron un muro humano alrededor de su dolor.
Entonces, se elevó un llanto diferente, débil y asustado.
Era Hisham, el hijo menor, de apenas cuatro años, aferrado a los faldones de la nodriza; perdido y aterrorizado por los gritos, el gentío, parecía llamar a su madre y a su recién fallecido hermano.
Aún no tenía conciencia de cómo todo su mundo se había trastocado.
De que pasaba a ser el príncipe heredero, del miedo de su madre y de los ojos de Córdoba posados sobre él.
Al-Mushafí arrastró a Abi Amir fuera de la sala principal, hacia un nicho lateral. Éste no se resistió, y permitió que el háyib lo apoyara con fuerza contra la pared fría.
–¿Qué has hecho? –logró escupir, jadeante. Una voz rota, apenas un susurro, los ojos vidriosos clavados en al-Mushafí–. ¿Qué... le has hecho?
Éste le sostuvo la cara entre sus manos, acercándose tanto que sus alientos se mezclaron. Su voz sonó como un témpano cortante:
–Calla. Calla ahora mismo o te entierro con él.
Mira a tu alrededor, necio. El califa está destrozado.
Su heredero ha muerto. ¿Crees que es el momento de sospechas histéricas?
–Lo miró, implacable–. Tenía ocho años. Los niños enferman.
Los niños mueren. Es la voluntad de Alá.
Y tú, tú que debes ser sólo el administrador discreto, el alfaquí piadoso y reverente que acepta los designios de Dios, el más firme, el pilar...
, te conviertes en un peligro. Para ella, para ti, para todos.
–Lo sacudió ligeramente–. Usa la cabeza, habibi. O te la arrancaré yo mismo.
Abi Amir cerró los ojos para detener la lágrima gruesa y pesada que se deslizaba por su mejilla.
No era sólo dolor. Era la certeza de una derrota absoluta.
Su hijo, su secreto, su orgullo, su futuro...
Todo yacía bajo aquel sudario blanco. Jamás lo confesaría, pero tenía el convencimiento de que el hombre que lo sostenía contra la pared había sido su asesino, como también había sido su creador.
Y lo más dramático, lo absolutamente monstruoso era el tamaño de su rencor y el hecho de que no le hubiera temblado el pulso a la hora de destruir una vida, el futuro de una dinastía, un secreto guardado durante nueve largos años, sólo por castigarlo.