–I–
Córdoba, 358 H. / 969 d. C.
El sol trazaba sombras oblicuas y rotundas líneas por en las calles de la judería.
La llamada a la oración se había apagado sobre Córdoba, dejando un silencio cálido para la siesta.
El háyib al-Mushafí salió de la mezquita solo, con gesto grave.
Le gustaba rezar allí más que en la de Medina Azahara, quizá porque tenía la sensación de que el templo no era nuevo, como todo en la ciudad palatina.
En Córdoba, las columnas romanas y los relieves visigóticos le hablaban del pasado; un pasado que habían adoptado, que los había legitimado y había ayudado a construir los cimientos de al-Ándalus.
Había buscado la calma en ese pedazo arrancado al universo que era el nuevo mihrab, pero sabía que la anhelada paz sólo era un espejismo.
Meditó en el patio un largo rato, para retrasar el momento, hasta que ya no pudo posponerlo más.
Entonces había emprendido el camino hacia el arrabal de Rusafa.
Sus pasos, airados, lo condujeron directamente hacia la casa de la más preciada de sus creaciones.
La más rebelde, también. Como Fader se empeñaba en recordarle, era su más bello error.
Abi Amir regresaba a casa tarde, con la noche pisándole los talones.
Traía el aire libre en los ropajes y un olor nuevo a establo y a campo.
Al-Mushafí lo oyó llegar, riendo. Entró en el patio con un brazo echado sobre los hombros de un joven esbelto vestido con la burda túnica de un esclavo. Hablaban alto, alegres.
–Tu yegua blanca es un tesoro, lo admito –le decía el joven, con una sonrisa desenfadada–. Pero mi alazán la habría dejado atrás en la recta del río.
–Tú sueñas –replicó Abi Amir, soltando una carcajada. Revolvió desordenadamente el pelo de su acompañante–. Sólo seguía a la mía. Ese corcel tuyo tiene más vista para las yeguas que para el camino. Tendré que regalarte otro.
La escena, desde la penumbra del salón principal donde estaba, provocó en el háyib una punzada agria.
Aborrecía aquel afecto espontáneo que Abi Amir, siempre tan contenido y calculador con él, derrochaba sin pensar.
Un deseo frío y furioso lo atenazó: el deseo de poseer no sólo la obediencia, sino la calidez de ese muchacho al que había esculpido a su imagen y que ahora se le escapaba como agua entre los dedos.
Sin pensárselo más, salió de entre las sombras.
–¿Te sientes tan atado por tu nueva vida que abandonas a tu esposa y tu hijo recién nacido en mitad de la noche, Abi Amir?
–¡Háyib! –La sorpresa de encontrárselo en su hogar lo paralizó unos instantes, sólo hasta que se dio cuenta de que nadie se habría atrevido a negarle la entrada al hombre más poderoso de Córdoba después del califa–. ¿Con qué derecho entras en mi casa como un ladrón en la noche?
–¿Tu casa? –La voz de al-Mushafí era un hilillo de veneno–. Esta casa la paga Córdoba. Como esas ropas que te adornan, como el aire que respiras, como todo lo que tienes... y lo que eres.
El joven esclavo se embozó levemente con el turbante y bajó la mirada. Al-Mushafí desvió su furia hacia él.
–¿Y quién es este mocoso con el que te codeas? ¿Algún... protegido?
Abi Amir dio un paso al frente, interponiéndose entre él y el joven.
–Te estás equivocando, háyib. Cuidado con tus insinuaciones.
–¿Cuidado? ¡Tú sí que deberías tener cuidado!
–Al-Mushafí se acercó, ignorando al muchacho y centrando todo su desprecio en él–.
¿Quieres saber a qué he venido? He venido a preguntarte qué clase de demente envía un palacio fundido en plata al harén de su señor.
¡El alcázar de Medina Azahara hecho filigrana!
Un regalo tan ostentoso que toda la ciudad masculla ya tu nombre junto al de la sayyida.
¿Quieres que te saquen los ojos? ¿Quieres que nos los saquen a los dos?
–Le clavó una mirada furiosa–. ¿Qué favores esperas comprar? ¿Y de dónde ha salido el dinero?
–No tengo por qué dar explicaciones. –No se molestó en apartar la mirada–. Son... «semillas».
–¿Semillas? Yo sé mejor que nadie cuánto gana un amil.
Ni desviando los fondos de un año de la ceca podrías pagar ese derroche.
No quiero ni pensar qué es lo que has hecho...
Ahora la gente se hace preguntas, susurra.
Y yo también me pregunto cómo explicar al califa que el dinero del Estado, el dinero que yo administro, se desvía hacia su harén, ¡su espacio más sagrado! , en forma de regalos.
–Es mi dinero –lo cortó Abi Amir, fríamente–. Ganado y administrado lejos de tus arcas. No te compete...
–¡Todo lo que haces me compete! –rugió al-Mushafí, ya sin contenerse.
Lo agarró de la túnica, de un brocado carísimo, y lo zarandeó–.
¡Yo te saqué del polvo! ¡Te di un nombre, un cargo, una misión, una casa, una bonita esposa de buena familia...
! A cambio, sólo te pedí discreción. ¡Y ahora, con un hijo recién nacido en la cuna, pese a mis advertencias de que te mantuvieras alejado de Medina Azahara, te permites andar enviando regalos a las concubinas del califa y salir a beberte la noche en compañía de esclavos!
Abi Amir lo provocó con la mirada.
–Estrictamente hablando, os he obedecido –dibujó una sonrisa socarrona–. No he pisado el harén...
Al-Mushafí tensó los puños. Fue entonces cuando el joven esclavo, con una serenidad impropia de su condición, se interpuso entre ambos y alzó la cabeza.
–Háyib, por favor, disculpadlo. La culpa de esta... travesura es sólo mía.
Al-Mushafí iba a apartarlo con tanto desdén como violencia cuando la luz de la lámpara incidió sobre su rostro.
Joven y altivo. Y esos ojos, la línea de la mandíbula...
Una cara familiar que había visto mil veces en la corte.
El reconocimiento le estalló en el pecho como un balde de agua fría.
Dio un paso atrás y se inclinó con respeto.
–Señor –balbuceó, la mirada hacia el suelo, avergonzado.
Al-Muguira, el mismísimo hermano de al-Hakam, sangre omeya pura y tercero en la orden de sucesión del califato, se encogió de hombros. En sus ojos, una chispa de diversión.
–La escriba Lubna nos contó esas historias de Bagdad en que los nobles pasean como plebeyos para vivir como vive su pueblo. Sólo quise ver Córdoba sin la pesada carga de mi nombre.
–¿Estás loco? –rugió al-Mushafí, dirigiéndose a Abi Amir, el pánico multiplicado–. Si le pasa algo...
–Nada le pasará –zanjó Abi Amir. Su tono, de repente, había cambiado: ya no hablaba el subordinado, sino que salía de él una voz plana, firme, propia del poder–. Nadie sabe que está aquí. Nadie lo reconocería. Excepto tú. Y no vas a contarlo...
Se respiraba hostilidad, palpable como el humo. Al-Mushafí supo que lo estaba desafiando y que, además, disfrutaba de la sensación del peligro. Como él. Jugaba con fuego, y eso lo excitaba, también como a él.
–No mides las consecuencias, Abi Amir –escupió, conteniendo su furia–. No te lo recordaré otra vez... Deja de hacer regalos que despierten preguntas, deja de jugar a ser poderoso. Tu lugar aún lo decido yo.
La cuerda, tensada durante años a base de humillaciones, poemas soeces, caricias borrachas y miradas lascivas, esa cuerda que anudaba el secreto que lo ataba a ese hombre de manera indisoluble comenzó a deshilacharse...
–¡Ya está bien! –No alzó el tono, quizá para no despertar a nadie, pero su voz vibraba con una intensidad desconocida–.
No eres tú el único que me ha ayudado a estar donde estoy.
Hay... otra mano. Una mano que me ha validado ante el califa de un modo que tú, en tu mezquindad envidiosa, nunca hubieras podido conseguir.
Ella me ha dado más poder con una sonrisa, con una palabra en el oído adecuado, que tú con todos tus decretos y tus nombramientos calculados.
¡Ella cree en mí! Y agradece tanto mis...
regalos, que me ha propuesto como cadí de Isbiliya.
Las palabras cayeron como losas en el silencioso patio. Al-Mushafí palideció. Isbiliya. Una posición de poder real, lejos de Córdoba, lejos de su control. Subh le estaba arrebatando a su instrumento.
–Ella no puede...
–¡Ella sí puede! –rugió Abi Amir, y dio un paso al frente, invadiendo el espacio del háyib–. Y tú lo sabes. Así que no vuelvas a mi casa a sermonearme, y no me hables de lo que debo o no debo hacer. Asume que ya soy adulto y que la cadena con que me ataste se ha quedado pequeña.
Al-Mushafí, sin decir palabra, le dedicó una última mirada, con la que se desvaneció el último vestigio de un afecto que nunca había sabido cómo calificar.
Sólo le quedaba el cálculo del político que ve escapar su mejor pieza.
Se dio la vuelta para marcharse, pero se giró de repente y lo aferró por la muñeca.
–Cuidado, Abi Amir –dijo, con una voz ahora gélida y controlada–. No se puede cruzar de nuevo por un puente ya quemado...
Éste se soltó con un gesto brusco, y el misbaha, el rosario de madera de olivo que siempre llevaba en la muñeca, se desgranó de golpe. Las cuentas pulidas cayeron al suelo de mármol con un ruido seco y rodaron, dispersándose, por todas partes, como insectos aterrados.
Abi Amir miró las cuentas desparramadas, luego su muñeca desnuda, y por último al háyib. En sus ojos se encendió una superstición profunda. Un mal presagio. Al ver el pálido horror en su rostro, al-Mushafí retrocedió.
–Mira lo que has hecho –susurró Abi Amir–. Has despertado la ira de Dios.
–¿Eso crees? –replicó el háyib, en tono venenoso–. Harías mejor en temer mi ira que la suya. La mía llegará antes.
Hizo una última reverencia a al-Muguira, giró sobre sus talones y abandonó el patio, dejando atrás el desorden de las cuentas de madera y un silencio cargado de profecía.
Abi Amir no se movió. Observó la puerta vacía; luego, una vez más, las cuentas esparcidas a sus pies con expresión de incredulidad. Al-Muguira recogió una y se la tendió.
–Abi Amir, es sólo un rosario –trató de consolarlo–. Te conseguiré otro mil veces más bello. De lapislázuli, o de marfil...
–No es el valor, sayyid. Ni siquiera es el misbaha –murmuró Abi Amir, apretando la cuenta en su puño hasta que los nudillos blanquearon–. Es el hilo. Al-Mushafí acaba de cortarlo.