–VIII–
Medina Azahara, 357 H. (968 d. C.)
Yafar al-Mushafí estaba nervioso.
Él también conocía los rumores. Y le había pedido en incontables ocasiones a Abi Amir que espaciara sus visitas al harén y a las estancias de la reina madre.
Con escaso éxito. El joven secretario se movía en el gineceo con una seguridad rayana en el desafío, y, aunque no había recibido ninguna queja expresa, había momentos ciegos en que sus propios espías no sabían decirle dónde estaba o a quién visitaba.
De repente le regalaba una delicada joya a la hermana del califa, un broche a su favorita, una seda delicadísima a Radhia, unas bandejas de exquisitos dulces a las esclavas o unos extraordinarios aceites hidratantes para reconfortar las manos de lavanderas y escribas.
Y era así, suponía él, como compraba voluntades y conseguía tejer una intrincada red que ocultaba sus pasos ante los mismísimos ojos del háyib.
Su cercanía al príncipe heredero y a Subh ya estaba dando que hablar demasiado.
Y ya había adquirido la suficiente práctica en los temas relacionados con las finanzas de los príncipes como para no necesitar audiencias privadas con la favorita a diario.
Nadie había visto nada. Nadie le conocía un escarceo.
El califa sólo bromeaba ingenuamente con el éxito del joven secretario entre las mujeres de su harén...
–Abi Amir, habibi, te preguntarás por qué te he mandado llamar...
–Yo no estoy aquí para preguntarme nada, háyib –respondió él con un respeto helado–, sólo para obedeceros.
–Me alegra oír eso, porque tengo una gran noticia para ti.
Jefe de la ceca. Los ojos de Abi Amir chispearon, incapaz de disimular su excitación.
El háyib había cumplido su promesa y lo posicionaba al frente de la entidad que acuñaba el oro del califato.
Sabía que debería sentirse profundamente agradecido, pero, como conocía a al-Mushafí, decidió ser cauto hasta conocer el precio que le pediría por tal prebenda.
Algo escondía; algo debía de esconder. Y por ello no hizo ningún gesto explícito de agradecimiento.
Por contra, lo miró a los ojos, desafiante.
–¿Qué esperas que haga a cambio?
–Que te cases, que lleves una vida de funcionario ejemplar y que cesen tus continuas visitas al harén.
No era en absoluto lo que había esperado. Abi Amir abrió los ojos, sorprendido.
–¿Que me case?
El háyib le tendió un manojo de llaves, impasible.
–Tienes una casa a tu nombre en Rusafa. Te he prometido con al-Dalfa, la hermana de Ibn Zayd, el jefe de la guardia. A él lo conoces perfectamente. A ella –advirtió–, espero que no. La boda será en un mes, en Córdoba.
Abi Amir asintió lentamente.
–¿Me alejas entonces de Medina Azahara?
–Podrás venir a despachar asuntos, pero digamos que no hace falta que residas en la ciudad palatina... Y, por supuesto, restringirás las visitas al harén.
–¿Y ya no trabajaré para ti? –inquirió con tristeza fingida.
–Directamente, no –respondió al-Mushafí, rotundo.
–Ya..., pero imagino que mi futura esposa y su hermano son extremadamente afines a ti...
–Son de mi absoluta confianza, por supuesto. No te equivoques: sigues siendo mi creación, Abi Amir. Una inversión que tengo que cuidar.
El secretario asintió en silencio. Aquello era, indudablemente, un premio, pero, intuyó, también tendría sus inconvenientes.
La ventaja más notable para él sería la independencia, librarse del cerco casi físico que al-Mushafí tejía a su alrededor.
La mayor contrariedad, alejarse de Subh y de la corte.
Y, sin duda, tener los ojos de al-Mushafí clavados en su alcoba.
–Me gustaría seguir viendo a los niños... –admitió.
–¿Te refieres a los príncipes? –lo corrigió secamente el háyib–. Los verás, aunque quizá no con tanta frecuencia. Pero como tendrás tus propios hijos tampoco te parecerá tan interesante pasar tiempo con los hijos de otros...
Abi Amir recibió el mensaje. Se adelantó un paso, y lo miró entonces con un gesto de rendición.
–No sé qué decir, Yafar –empleó a conciencia su nombre, sin el trato cortés, sin el título–. Pensé que estabas contento conmigo. No imaginaba que me condenarías a una vida... convencional.
Yafar al-Mushafí hizo un esfuerzo ímprobo por no arrancarle las ropas allí mismo.
–Tu lealtad a mí no tiene nada que ver con tu estado civil.
Tu futuro sigue dependiendo de mí. Esto va al revés, habibi.
Lleva una vida convencional, sé discreto, no te signifiques con regalos costosos, apártate de la favorita y de los príncipes, acude a Medina Azahara cuando yo te necesite...
Y entonces..., yo estaré contento contigo.
* * *
Antes de que la noticia se filtrase como la humedad del patio en las paredes, Abi Amir acudió a ver a Subh.
Ella lo recibió tras el rezo del mediodía, con el sol en lo alto, en el templete alzado en los jardines, mientras el pequeño Abderramán correteaba cerca, siempre vigilado por sus nodrizas.
Cuando la favorita supo de las noticias, la vida pareció detenerse.
El bordado se le resbaló de las manos, y el silencio fue tan absoluto que se podía oír el vuelo de una abeja entre los jazmines.
Y, de repente, el mundo estalló.
–¿QUÉ? –El grito de Subh casi no fue humano: un chillido agudo, desgarrado, propio de un ave rapaz herida en pleno vuelo. Se puso de pie de un salto. Sus ojos verdes se habían transformado en pozos de hielo hirviendo–. ¡NO! ¡No lo harás! ¡No puedes! ¡NO TE LO PERMITO!
No había razones, no había política. Sólo rabia visceral, el pánico de la posesión amenazada.
Tomó el jarrón de cristal de Alejandría que tenía al lado, una pieza de una transparencia azulada invaluable, y lo estrelló contra el suelo de mármol.
El fuerte estallido asustó a Abderramán, que corrió a esconderse detrás de la nodriza.
–¡No puedes hacer eso! –chilló Subh, avanzando hacia él–. ¡No puedes aceptar una boda de farsa con una donnadie!
En un torrente de dolor y furia, le arañó la cara, lo golpeó en el pecho con los puños, le rasgó la costosa túnica de lino fino de Egipto.
Sus lágrimas, calientes y saladas, se mezclaban con el kohl que se le corría en manchas oscuras por las mejillas.
Él la sujetó por las muñecas, tratando de contenerla; no sólo a ella, también a él mismo.
Olía su perfume, su piel, su ira, su miedo, y se aterró por la urgencia y el deseo animal que sentía.
–¡Subh, por Alá, escúchame! –le susurró con urgencia, mirando a su alrededor para asegurarse de que los eunucos que guardaban la puerta seguían allí, lo suficientemente lejos; rezó para que las nodrizas, ocupadas con los niños, no hicieran correr los rumores más tarde–.
El háyib tiene razón. Es lo más razonable.
¿Quieres que nos maten? ¿A los dos? ¿A los niños?
–Su voz se quebró–. Cada mirada que te lanzo en público es un riesgo calculado.
Cada palabra de más puede ser nuestra sentencia de muerte. ¿Es que no lo ves?
Ella se mordió los puños para controlar la ira.
Él, tras alisarse la túnica, fue en busca de Abderramán y volvió con el pequeño en brazos.
Subh se quedó mirándolos, y poco a poco la rabia se le fue apagando, sustituida por una extasiada ternura, por un orgullo materno envenenado.
Quizá fuera cierto. Quizás el háyib tenía razón.
El parecido del niño con Abi Amir, cada día más marcado, era su secreto más dulce y más amargo.
Era la prueba viva de que lo que había entre ellos duraría para siempre.
Pero era también una espada sobre sus cabezas.
–Quiero ver a Hisham antes de irme –le pidió Abi Amir, poniendo a Abderramán en el suelo con una última caricia en el cabello.
Subh se puso rígida. Una sombra de nerviosismo, diferente a la rabia anterior, le cruzó el rostro.
–Duerme... Es pronto, hace mucho calor. Otro día.
–Subh –insistió él con firmeza–, quiero verlo.
Ella titubeó, pero al fin, con un gesto resignado y temeroso, dio una orden a la nodriza principal, una esclava de las tierras del norte, de manos tiernas y rostro amable.
No tardó en volver la mujer con el pequeño Hisham, de casi dos años, en brazos, envuelto en finas gasas.
El niño era hermoso, de ojos oscuros y rasgos delicados.
Sin embargo, su mirada era vaga, evasiva, sin el fuego curioso de la de su hermano.
Se aferraba al cuello de la nodriza de tal modo que quedaba clara su inseguridad.
–Ya sayyidi –articuló él con ternura–. Voy a tener que irme. Te prometo que volveré muy pronto a verte. ¿Me dices adiós?
–Aún no habla, señor –murmuró la nodriza en voz baja, con un deje de pena–. Y no camina del todo firme. Es un niño... tranquilo.
Abi Amir suspiró. Aquello no dejaba de preocuparlo.
–¿Por qué no está en el suelo? Debe gatear, caminar, ensuciarse con la tierra, comer grillos... Sayyida –suplicó, dándole a Subh su título de señora delante de las sirvientas–, necesita aire libre, jugar con su hermano, con los otros niños... Nunca crecerá sano si lo proteges tanto.
El rencor volvió a los ojos de Subh como un relámpago verde.
–Abderramán ya es como tú. Se sube a los árboles, se escapa a la biblioteca, monta a caballo, se mete en las albercas...
Es vuestro. El heredero. No me pertenece a mí, sino a Córdoba.
Pero Hisham es mío. Es mi niño. ¿Quieres criarlo tú?
–Su tono era afilado como un cuchillo–. Pues quédate.
Quédate aquí, enjaulado conmigo, y críalo a tu manera, si de verdad te importa.
Pero, si te marchas, si eliges una vida fuera de estos muros, entonces será cosa mía.
Y lo mío es protegerlo. ¿Me entiendes? De miradas, de comparaciones, de peligros...
¡Y hasta del mismísimo diablo si pretende venir a arrebatármelo!
LA LUZ QUE SE VA
ASR
Oración que se reza
desde que la sombra
tiene la misma longitud que un objeto
hasta el atardecer
Años 358 a 366 de la Hégira
Años 969 a 976 d. C.