La luz de Medina –VII– #2
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–VII– #2

Lubna sintió que el suelo de mármol se movía bajo sus pies, y el vértigo que la hizo temblar de emoción. Era una tarea colosal, una misión para una vida entera, más ambiciosa que cualquier viaje físico. Era escribir el alma de un imperio.

–Es... descomunal, mi señor. Y maravilloso. Daré comienzo de inmediato. Necesitaré un equipo sólo para este proyecto: traductores, copistas, ilustradores... y fondos para viajar en busca de historias y documentos. Gente que sepa escuchar.

–Lo tendrás todo –afirmó él, con un gesto que abarcaba la biblioteca y, por extensión, las riquezas del califato–.

Mi autoridad plena, mi bolsa abierta. Viaja, entrevista, escucha.

Compra manuscritos, soborna a juglares si es necesario, pero escribe nuestra epopeya.

La epopeya de la luz que resurgió en Occidente cuando Oriente intentó apagarla.

Los días y semanas siguientes, Lubna se sumergió en un océano de pergaminos.

La biblioteca de al-Hakam, ya de por sí fabulosa, se convirtió en su territorio personal.

Releyó a Esopo en griego antiguo, sintiendo la sombra de Atenas y Esparta; descifró a Ovidio en latín, percibiendo el perfume decadente de Roma en sus metamorfosis; desempolvó crónicas mozárabes escritas con la letra temblorosa de monjes que vivían en fronteras cambiantes.

Pero sabía, con la certeza del viajero, que la savia viva, la verdadera sangre de las historias, no estaba en los códices, sino en la memoria de la gente.

En el susurro que pasa de la abuela al nieto junto al fuego.

Pronto comenzó un meticuloso trabajo de campo dentro del propio palacio.

Entrevistó a una cocinera del noroeste peninsular, una mujer de manos enrojecidas y ojos claros que, mientras deshuesaba un conejo, le cantó, en la lengua de su tierra, un romance dulce y quebrado, una nana triste sobre un niño robado por las mouras.

Contrató, con permiso del califa, a un soldado eslavo de la guardia personal, un hombre enorme de cabello como lino, que una noche, tras varios vasos de hidromiel, le narró con voz ebria la leyenda de un héroe del hielo cuyo corazón era tan duro que estaba hecho de pedernal.

Se sentó al atardecer con un anciano jardinero bereber, Mustafá, que cuidaba de los rosales del patio del harén, y con los ojos perdidos en la distancia, como si viera a través de los muros el desierto infinito, hiló un cuento antiguo: la historia de un pozo en medio del Sáhara que concedía deseos,

pero siempre pedía algo a cambio.

Lubna tomaba notas en árabe, pero a veces anotaba frases clave en la lengua original, tratando de capturar el ritmo, la música única de cada tradición.

Consultó sus notas. Le faltaba una de historia del norte. Una de ésas de montañas y bosques, doliente como una canción fúnebre. Y sabía quién podía brindársela.

* * *

Subh la recibió en sus aposentos privados, una colección infinita de estancias que fingían no ser una celda dorada de máxima seguridad.

El aire olía a azahar y a una quietud opresiva.

Eunucos impasibles, de miradas gélidas, recorrían los pasillos, mientras la guardia eslava defendía las puertas.

Subh estaba recostada en un diván, vestida con una túnica de seda color de mar profundo, bordada con hilos de plata que dibujaban constelaciones.

Su belleza, siempre espectacular, había madurado en una majestad serena, pero al ver a Lubna, por un instante, la máscara de la reina se resquebrajó y apareció la amiga a quien tanto había echado de menos.

–Lubna –dijo, y su voz destilaba una calidez genuina que la sorprendió–.

¡Me contaron que habías vuelto! Al fin una cara que no me pide favores o me vigila...

Cuánto me alegro de verte. Bienvenida a mi...

¿reino, debería decir? –Un gesto vago abarcó la lujosa estancia–.

Quiero que me lo cuentes todo sobre tu viaje.

Aquí dentro, las horas son todas iguales, pesadas y doradas.

Se miden por las oraciones, por las visitas del médico, por los ratos que paso con los niños... y poco más.

Se mostraba cercana, efusiva, pero Lubna, con su mirada entrenada para leer entre líneas en diez culturas distintas, notó la tensión en la línea de sus hombros, en la forma en que sus ojos verdes escudriñaban la habitación incluso en plena calma, como buscando salidas invisibles.

Se asfixiaba en su propio triunfo, adivinó.

Se aburría mortalmente, atrapada en el papel de icono viviente, y aguardaba con excitación infantil cualquier visita. Aunque, supuso, unas más que otras.

–Lo haré con mucho gusto, sayyida, pero hoy soy yo quien he venido a escucharos.

–¡Oh, no! ¡No me llames así tú también! El califa ya me ha contado el proyecto –la atajó, mientras la invitaba a sentarse y las esclavas les servían dátiles, dulces y leche caliente–. Así que necesitas historias...

–Me gustaría que compartieras conmigo de nuevo una de esas leyendas de tu tierra que nos contabas en el harén...

–Deja que recuerde... –murmuró con nostalgia–.

Aún me vienen a la mente en mi lengua –reconoció, risueña–, pero trataré de contártela en romance.

Empieza así... Había una mujer, una diosa, en realidad, que habitaba en mi tierra hace más de mil años, antes de la llegada del cristianismo, de los romanos incluso.

Vivía en una cueva en el monte de Anboto y se llamaba Mari.

Era bella y poderosa y se peinaba los cabellos larguísimos con un peine de oro.

Podía controlar el clima, hacer brotar manantiales y castigar a los hombres si mentían, pero estaba sola –suspiró–.

Y lo que más deseaba en el mundo era tener un hijo...

Quizás embebida por la historia, hizo un gesto a la nodriza para que le acercara al pequeño Hisham. El niño dormía, y ella comenzó a mecerlo contra su pecho. Lubna pensó que no sólo la habían entrenado para encandilar con sus historias, sino para vivirlas.

–Intentó seducir a varios hombres de la aldea cercana, pero ninguno resultó ser el adecuado.

Uno era débil, otro pobre, otro anciano...

Empezaba a perder la esperanza, cuando un día apareció un hombre por el camino del sur.

Era joven, de pelo muy oscuro y ojos como carbones encendidos.

Su sonrisa era capaz de encender un fuego en el pecho más marchito.

Y, cuando hablaba, sus palabras desprendían tanta belleza que era capaz de embrujar por igual a hombres y mujeres.

En la mente de Lubna se dibujaron las facciones de Abi Amir.

–¿Era un extranjero poderoso? –preguntó.

Subh no titubeó:

–Era el diablo.

Lubna la miró con un ligero sobresalto. Aquellas palabras le parecían teñidas de significado.

–El diablo le dijo que él podía cumplir su sueño –prosiguió, bajando la voz–, pero que un deseo así tenía un coste muy alto.

Ella, que estaba dispuesta a todo, le ofreció riquezas, tierras, esclavos y aldeas, pero el diablo no quería más dinero ni almas que conquistar.

Tenía más que suficiente. Era rico, inmensamente rico, influyente y temido.

Lo único que quería era lo mismo que ella: un hijo de alguien que estuviese a su altura. Un hijo de una diosa.

Hizo una pausa efectista y entreabrió los ropajes para mirar la carita de Hisham, como si necesitara asegurarse de que seguía allí.

–¿Y entonces?

–Le dijo que, si verdaderamente quería un hijo que acunar en sus brazos, se lo concedería, pero volvería a por él cuando ya fuera adulto, pasados veinte años.

Y que desde ese momento podría verlo sólo una vez al año, bajo la luz del último día del invierno.

Y Mari aceptó. Porque lo deseaba, porque veinte años parece mucho tiempo, porque entonces su hijo sería adulto y creyó que el anhelo de ser madre ya estaría saciado tantos años después...

Aceptó. Y funcionó –advirtió con voz metálica–.

Yació clandestinamente con el diablo. Tuvieron un hijo concebido del egoísmo y el pecado.

Y luego él se marchó; a seguir engañando a otros seres, seguramente.

Lubna la observaba con curiosidad. Sus ojos estaban turbios. Tuvo la escalofriante sensación de que, en aquella leyenda vascona, Subh le estaba contando su propia historia.

–Y pasó el tiempo, tanto que ella llegó a pensar que se olvidaría del pacto, pero, cuando iban a cumplirse los veinte años, lo vio desde su cueva del monte, caminando de nuevo por el sendero del sur, y supo que venía a reclamar lo que creía suyo.

Entonces, creó un cofre de cristal donde encerró a su hijo para preservarlo y se tragó la llave.

Estaba convencida de que, si no podía abrir la caja, el diablo se marcharía y no volvería jamás.

Pero no contó con su astucia ni con su insistencia.

El diablo, enfadadísimo porque ella no quería cumplir su parte del pacto, rompió en mil pedazos la caja de cristal y se llevó a su hijo con él para siempre.

Y ya ni siquiera pudo verlo en las horas de luz del último día del solsticio.

–Su voz se quebró–. En realidad, no volvió a verlo nunca más, porque ya había dejado de ser suyo...

Lubna guardaba silencio. La historia de aquella reina del norte que había sido madre en virtud de un pacto y no había podido mantener a su hijo consigo no le parecía casual. Subh parpadeó para borrar unas lágrimas delatoras. Ella se atrevió a tomarla de la mano.

–Es una historia muy triste –susurró.

–Nuestra profesora de retórica habría dicho que es una metáfora de la maternidad –afirmó Subh–.

El miedo a perder al hijo cuando crezca.

El miedo al poder del padre cuando el hijo entra en su órbita en la edad adulta...

Incluso el miedo a perder al padre también una vez que el objetivo ya está cumplido.

–La miró con rabia contenida–. Y dime, Lubna, ¿acaso no es así la historia de todas las madres?

Lubna le apretó la mano. Un nudo de compasión y de alarma se le formó en el alma.

Aquello no era el recuerdo de un acto cómplice.

Era el latido de un amor vivo, prohibido y desesperado.

La frialdad de la reina madre era una máscara, como sus vestidos costosos y su maquillaje perfecto, pero debajo de todo ello una mujer sufría.

«Y una mujer que sufre», pensó Lubna con un escalofrío, «es impredecible».