La luz de Medina –VII–
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–VII–

–Es una historia que enlaza con otra sin que puedas parar de leer. Es... ¡fascinante!

La luz del atardecer, que fundía el horizonte en miel, se colaba por el lucernario del despacho del califa, haciendo que las motas de polvo danzaran, inquietas, en el aire inmóvil.

Sobre la gran mesa de ébano, el libro que había traído Lubna no parecía un objeto, sino un fragmento de cosmos.

Sus lomos, forrados en tierno cuero de cordero teñido con añil profundo y espirales de oro bruñido, brillaban bajo la caricia lenta, casi amorosa, de los dedos de al-Hakam.

Sus yemas, finas y pálidas, seguían el relieve de la grafía cúfica como un ciego leyendo una cara amada.

–Aquí –murmuró el califa, y su voz, habitualmente tan melancólica, sonaba como un asombro puro e infantil–.

Justo aquí, donde el mercader, temblando, elige la vasija equivocada y el genio, humo y furia, surge rugiendo promesas de muerte.

Me reí... Me reí hasta que me dolió el costado, Lubna.

Sentí el miedo húmedo del hombre en mi propia nuca, y la risa estúpida del alivio cuando la astucia lo salva.

Y aquí... –pasó una página con veneración–, la historia de la mujer cuyo corazón era un nido de escorpiones...

Lloré. Derramé lágrimas calientes sobre el papiro.

Es como si hubieran capturado no historias, sino el alma humana misma.

Los miedos más hondos, las risas más vulgares, las astucias más gloriosas.

Y parece que todo lo han encerrado aquí, con tinta y paciencia infinita.

Lubna, de pie ante la mesa, con las manos juntas y el polvo del camino aún posado en las costuras de su sencilla túnica de viaje, sentía una satisfacción tan profunda que se le abría el pecho y le aligeraba los músculos fatigados.

Ver a aquel hombre, sobre cuyos hombros pesaba la administración de un imperio y la sombra de una dinastía exiliada, transportado, hechizado, por la magia simple y eterna del relato era el premio a todas las soledades,

a todos los miedos ante la posibilidad de caravanas asaltadas y gobernantes desconfiados. Era la recompensa del saber.

–Es un honor indescriptible, mi señor –dijo, y su voz sonó ronca por la emoción–.

Que estas páginas puedan daros un respiro, una sonrisa, un latido distinto...

es la mayor paga que un buscador de historias podría anhelar.

¿Debo, entonces, ponerlo en manos de las copistas para que se multiplique como las semillas al viento, para que su belleza sea patrimonio de todos los que aman la palabra en al-Ándalus?

La mano de al-Hakam se detuvo en pleno arco de una letra dorada.

La expresión de embeleso se nubló. La emoción dio paso, primero, a una sombra de duda, luego a una nube de melancolía calculadora, la misma que usaba para ponderar impuestos o evaluar el trabajo de sus subordinados.

Alzó la mirada hacia ella, y ya no era el hombre que podía emocionarse hasta las lágrimas con un cuento.

Era el todopoderoso califa, el Príncipe de los Creyentes en Occidente.

–Un esposo celoso –dijo, con una voz que ahora era otra, metálica y resonante, en la estancia llena de silencios encuadernados–.

Un esposo que posee una mujer de una belleza que le quita el aliento, cuya conversación es un manantial en el desierto de su día...

¿Permitiría ese esposo que otros ojos, ojos comunes, se posaran en ese rostro que es sólo suyo?

¿Que otras manos, toscas o ávidas, acariciaran el cabello que sólo él desenreda en la intimidad? ¿Sólo porque es bella?

Lubna tragó saliva. El símil, tan personal, tan desafortunado, la perturbó. No supo si la pregunta de al-Hakam tenía un doble significado.

–Quizá... quizá dependiera de lo que ambos consiguieran con ello, mi señor... –intentó buscar palabras que no sonaran a desafío–. A veces, la belleza, cuando se comparte, en lugar de dividirse, se multiplica.

Él se levantó con un suspiro con el que parecía arrastrar el peso de los siglos.

Caminó hacia el ventanal, desde donde Medina Azahara se desplegaba como un sueño de mármol hacia el valle.

Necesitaba el vasto horizonte, la belleza de aquella creación que su linaje había construido de la nada, para contener el vértigo de sus pensamientos.

–No es sólo su belleza, Lubna. Ni siquiera es sólo su moral, que en muchos pasajes es, cuando menos, cuestionable: la astucia por encima de la piedad, la lujuria, el robo y el engaño, a veces recompensados...

No. Es su aliento. Su origen. Estos cuentos, por más que me hayan hechizado, respiran Bagdad.

Exhalan el perfume de sus noches calientes junto al Tigris, la sabiduría mundana y decadente de sus cortesanos, la omnipresencia de su califa...

Mencionan innumerables territorios en África y en Asia, pero no hay un solo recuerdo para al-Ándalus.

No existimos para su propaganda cortesana.

Este libro es un canto, un himno de amor a la capital de los abasíes.

–Se volvió, y sus ojos oscuros centellearon con un fuego antiguo, un rencor de sangre–.

Los que degollaron a mis tatarabuelos. Los que persiguieron a mi linaje como a perros por desiertos y montañas.

Los que nos arrebataron Damasco y nos obligaron a esta huida hasta el último confín del mundo conocido.

¿Cómo voy a difundir por mi reino, a financiar con mi oro, la alabanza poética de mis verdugos?

Sería como vestir a mis hijos con los ropajes de los asesinos de su familia.

El aire se hizo pesado, cargado de la historia de sangre que siempre latía bajo los arcos de herradura y los versos de los poetas de corte.

Lubna sintió el frío del cálculo político, del rencor dinástico, enfriando el cálido triunfo literario.

Su tesoro traído del otro lado del mar era un artefacto envenenado.

En ese momento, al observar el perfil del califa contra la luz del ocaso, una chispa se encendió en su mente, una lectura que surgió de su propia sangre de conversa, de su mente viajada.

–Quizá, mi señor –dijo con calma–, todo ha sido un designio de Alá, y su sentido sólo ahora se revela.

Pensad: si el primer omeya, vuestro antepasado el emir Abderramán, a quien Dios le haya concedido el paraíso, no hubiera huido de aquella masacre como un proscrito, si no hubiera cruzado a nado ríos, desiertos y mares con el corazón roto y la espada como único compañero,

si no hubiera plantado la primera palmera en esta tierra extraña y hostil...

, vos no estaríais aquí hoy. No regiríais los destinos del más espléndido califato de Occidente.

Bagdad tiene su historia, sí. Una historia de usurpación y sangre.

Nosotros tenemos la nuestra: de supervivencia y renacimiento, un faro construido al otro lado del mar, desde la nada.

Ellos se quedaron con el trono antiguo. Nosotros hemos creado uno nuevo.

Quizás este libro para nosotros no sea un canto a Bagdad, sino un recordatorio de que ya no nos sentimos amenazados por ellos.

Al-Hakam se volvió hacia ella muy lentamente.

En sus ojos oscuros se libraba una batalla silenciosa pero feroz entre el resentimiento ancestral y una ambición nueva, rutilante.

La sombra del pasado se disipó, pero no vencida, sino transmutada.

Sustituida por una luz de inspiración repentina, tan potente que pareció iluminar la estancia.

–Claro... –murmuró, y luego, con fuerza creciente–: ¡Claro!

No copiaremos su canto. No seremos eco. ¡Crearemos nuestra propia sinfonía!

Nuestra propia propaganda. Más verdadera que cualquier verdad que ellos quieran contar.

–Se acercó a Lubna, y su voz adquirió un tono apasionado, visionario, el del constructor que ve un palacio donde otros ven un erial–.

Mostraremos Medina Azahara al mundo sin necesidad de que el mundo, con sus ojos sucios y sus prejuicios, tenga que llegar hasta ella.

Se lo mostraremos a quienes no pueden enviarnos hasta aquí a sus embajadas, y también a los agricultores y a las gentes de a pie.

A través de las palabras, de las historias, que son la verdadera alma de un pueblo.

La miró con los ojos chispeantes de emoción. Lubna sonrió, encantada. Habían pasado casi nueve años desde el día en que le enseñó el papel y cambió su destino, pero su mirada era la misma.

–Necesito que hagas un trabajo de recopilación mayor que cualquier viaje.

Un trabajo en el que disecciones el alma de quienes habitaron esta parte del mundo.

Reúne todo. Todo. Las fábulas de los antiguos griegos que nos legaron los romanos como un testamento roto; los mitos de esos mismos romanos, cuyos caminos aún nos conectan; las historias de los mártires cristianos que pueblan las iglesias mozárabes;

los cuentos ejemplarizantes que los pueblos godos trajeron desde sus bosques brumosos; las leyendas de los celtas que duermen en los corros de piedras de Yilliqiya; las enseñanzas bélicas de los francos, ásperas y directas como un hacha; las canciones capaces de hacer llorar de amor a los eslavos;

las romanzas de honor que se cantan en los reinos cristianos del norte; las historias de los bereberes, que traen en sus capas la arena del desierto abrasador, e incluso de los al-Mayus,

esos adoradores de cuervos venidos del hielo que se atreven a profanar nuestros ríos para amenazar nuestras fronteras...

Hizo una pausa, inflamado por la inmensidad de la idea, por su propia audacia.

–Y en medio de todo ese torrente de humanidad estará Córdoba.

No será ya más la ciudad conquistadora, sino el crisol.

Bella, abierta, generosa, cosmopolita. El eje del bien, de la cultura, la ciudad bendecida por Dios.

Y en su corazón, un califa. No un guerrero sediento de sangre, sino un hombre sabio que gobierna en paz, que anhela la justicia y que no desea más batallas que las necesarias para proteger este edén.

Un califa que quiere absorber, como la tierra absorbe la lluvia, todo lo bello, lo noble y lo bueno de los cien pueblos que viven bajo su cielo.

Ése será el libro, Lubna. Nuestra respuesta.

Una obra que será para al-Ándalus lo que Las mil y una noches es para Bagdad. Nuestro espejo, y nuestro escudo.

–Un compendio de esta parte del mundo –anticipó ella–. Las mil y una puertas de Occidente.

–Las mil y una puertas del paraíso...