La luz de Medina –VI–
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–VI–

Medina Azahara, 354 H. (965 d. C.)

Cuatro años. Cuatro años son un suspiro apenas en la vida de un imperio, pero una eternidad en el corazón de una mujer que ha visto amaneceres sobre el Nilo, que ha cruzado el Mediterráneo y ha caminado entre las ruinas de Alejandría.

Lubna regresó a Córdoba cuando los almendros del jardín alto comenzaban a teñirse de rosa y la ciudad entera respiraba con el ritmo agitado de una nueva alegría.

Subh, la favorita, la reina madre, había dado a luz un segundo hijo varón: el príncipe Hisham.

El alborozo era genuino y también estridente.

En la mezquita aljama, el nombre del recién nacido resonó junto al de su padre y su hermano mayor en la jutba del viernes, sellando su lugar en el linaje.

El pueblo, aliviado, veía la descendencia asegurada por partida doble; la dinastía tenía raíces profundas.

Medina Azahara se vistió de fiesta. El aire olía a almizcle, a azahar y a la carne dulce de los corderos asados para el pueblo.

Lubna, con la soledad y la vastedad del mundo aún pegadas a la piel como una capa de polvo dorado, lo observaba todo, cualquier detalle.

Córdoba había cambiado. Y también ella. Su mirada, siempre aguda, se había vuelto más paciente, más capaz de discernir el significado de un pestañeo, la inclinación de un torso.

Y lo que veía la entristecía. La ciudad se deshacía en lujo y protocolos que mandaban un mensaje de riqueza, prestigio y legitimidad desde el corazón de Occidente.

Su objetivo no era ya albergar a la dinastía, Lubna lo entendió así, sino exportar una imagen de prosperidad y fuerza al mundo: al rey franco, al navarro, al de León, al emperador de Bizancio o al conde de Barshaluna.

Córdoba está aquí y aquí piensa quedarse.

No queremos luchar, por eso podemos dedicar a la ostentación parte de nuestras arcas, pero, si éste es nuestro nivel en tiempos de paz, tratad de imaginar cuál será el de nuestra tropa, el de nuestros ejércitos o el de nuestra flota.

Un mensaje que debía llegar también a los fatimíes en Egipto y a los abasíes en Bagdad.

Abandonad vuestras estúpidas pretensiones.

Someteos a Córdoba. Sólo puede haber un califato, como sólo hay un Dios.

En la ciudad, la mezquita había doblado su tamaño.

Sus arquerías se habían duplicado, y la quibla se había extendido aún más al sur, hasta donde el río suponía ya una frontera natural.

El mihrab, recién terminado, era un prodigio de belleza, con teselas de oro y lapislázuli generosamente enviadas por el emperador cristiano de Bizancio.

Cualquier hombre o mujer en Córdoba podía mirarlo e imaginar el paraíso allí mismo.

Y su gente...

Subh ya no era la muchacha que recordaba de belleza espectacular y dulzura conmovedora.

Era, sencillamente, un monumento vivo. Ataviada con sedas, hilos de oro y pedrería, presidía las celebraciones desde un sitial elevado, al lado del califa.

Su sonrisa era una obra de orfebrería, exacta, impoluta, inalcanzable.

Había aprendido a ser el centro sin parecer estar presente del todo. Una reina de hielo en un trono de luz.

Y luego estaba Abi Amir.

Cuando Lubna lo vio avanzar por el patio, contuvo el aliento.

El joven secretario complaciente había desaparecido, y en su lugar caminaba un hombre en la plenitud de su poder.

Seguía siendo atractivo, y lo sabía, pero ya no desde la ingenuidad adolescente, sino desde una seguridad nueva y peligrosa.

Vestía de discreto lujo con una naturalidad desafiante, pero no era eso lo que llamaba la atención. Era su ubicación.

No estaba entre los visires ni entre los generales.

Se movía, con una familiaridad discreta pero palpable, en la órbita doméstica de Subh.

Lo vio inclinarse para hablar con la nodriza que sostenía al pequeño Hisham, envuelto en telas preciosas.

Lo vio tender una mano para que el pequeño Abderramán, un niño moreno y vivaz de cuatro años, se agarrara a su dedo con confianza total, riendo mientras corría a sus pies.

Lo vio intercambiar unas palabras breves con al-Muguira, ya un adolescente de quince años con pelusa en la barbilla, que seguía a Abi Amir como un escudero fiel y admiración en la mirada.

Un cuadro doméstico poderoso, chocante en su intimidad pública.

Un hombre soltero que no era de la familia, ni un eunuco, en el corazón del gineceo real.

Y en los ojos de Abi Amir, cuando creía que nadie lo miraba, Lubna captó un destello.

No de simple ambición, sino de posesión, de una suficiencia profunda, silenciosa, casi paternal. Una satisfacción de raíz.

No necesitó ver los ojos del pequeño Abderramán ni los del recién nacido Hisham, que prometían ser igual de oscuros. Tampoco necesitó oír el rumor que ya se deslizaba como una serpiente por los rincones del harén, cuyo origen eran los labios secos y amargos de Radhia.

–El joven secretario Abi Amir visita a la reina con tanta diligencia –había murmurado esa misma mañana, en presencia de unas pocas damas que fingían no escuchar– que hasta al príncipe Abderramán se le están contagiando sus rasgos árabes. ¡A ver si van a pegársele también al pequeño Hisham!

Nadie se había reído. La «broma» era veneno puro, una acusación velada que flotaba por toda Córdoba. Y Lubna, que había recorrido el mundo y aprendido a leer entre líneas en diez idiomas, presintió una certeza helada: ¿sería él también el padre del segundo?

La ocasión para un encuentro entre ambos llegó en el gran patio del Salón Rico, durante un interludio musical. Lubna, rodeada por una legión de escribas y discípulas que la acosaban a preguntas sobre Bagdad y Alejandría, sintió de repente una presencia a su espalda.

Allí estaba Abi Amir. Más alto de lo que recordaba, ancho de hombros.

Su rostro había perdido la última huella de juvenil delgadez, pero había ganado en autoridad.

Tendría veinticinco años ya, tres más que ella.

En sus ojos, la veta acerada que asomaba en ocasiones se había transformado en hierro templado.

Se miraron, casi sorprendidos. Él no le había perdonado que no hubiera contestado ninguna de sus cartas.

Ella no le había perdonado que aquellas llamadas de socorro desde el otro lado del mundo no le hubieran permitido olvidarlo.

–La viajera ha regresado –dijo, con voz más grave que en el pasado–. Córdoba ha estado incompleta sin ti.

–Córdoba ha estado muy ocupada fabricando príncipes –respondió Lubna, sin poder evitar el filo en sus palabras. Su propia voz le sonó extraña, más baja, con acentos nuevos prestados de otros desiertos.

Él esbozó una media sonrisa que no llegó a sus ojos.

–Es la principal industria del califato –presumió con ironía–. Mucho más crucial que la seda.

–O el papel –apuntó ella.

Se estudiaron. El aire entre ellos vibró con una química compartida, cargada de todo lo no dicho, de los años de ausencia y de los monstruosos secretos que ella ahora adivinaba y él cargaba a cuestas.

Ella había conocido a príncipes y sabios, había discutido de astronomía con ancianos ciegos en Mosul y de poesía con cortesanos ebrios en Palmira.

Él había comenzado a navegar en las aguas más turbias del poder, engendrado una dinastía en la sombra y se había erigido en el eje silencioso del harén a base de repartir favores.

Ambos habían madurado en la ausencia compartida.

Y esas experiencias los hacían a la vez extraños y profundamente familiares.

–Has cambiado –murmuró él. No era el pelo ni sus ropajes, que eran simples, prácticos. Sí la forma en que le sostenía la mirada, sin bajar los ojos, con una calma no sumisa, con más conciencia de su importancia.

–El mundo es ancho –dijo ella–. Aunque nos cueste creerlo, Medina Azahara es una corte minúscula en un rincón del mundo. Y eso, visto desde lejos, te otorga una claridad... particular.

Él asintió en silencio. A ella le divirtió darse cuenta de que podía dejar sin palabras al más diplomático de los alfaquíes.

–Estuve en La Meca –le confesó.

–¿Rezaste por mí?

–¿Tanto lo necesitas?

Él no contestó. Entonces, un movimiento en el estrado pareció llamar su atención.

Subh, desde su sitial, había girado ligeramente la cabeza.

No miraba a los músicos. Sus ojos, aquellos verdes lagos que Lubna recordaba llenos de miedo o dulzura, ahora reposaban sobre ellos.

Sobre Abi Amir, específicamente. Porque a ella, adivinó, vestida a la moda egipcia, con el cabello cubierto por el hiyab, ni siquiera la había reconocido.

No vio en ella amor ni gratitud, ni siquiera la fría camaradería de los conspiradores.

Distinguió una posesión serena y absoluta de algo que de modo alguno podía aceptar perder.

Abi Amir siguió la mirada de Lubna y captó la de Subh. Se le tensó la mandíbula. No era incomodidad ni reconocimiento, sino el rastro de una complicidad nacida en el miedo y la oscuridad, y ahora cementada en el poder y la luz pública.

–Debo regresar –dijo Abi Amir, rompiendo el hechizo. Su tono era formal de nuevo, la máscara del cortesano perfecto–. Los asuntos del príncipe no esperan.

–¿Los asuntos del príncipe o los de la reina madre? –quiso saber ella.

Él no pudo evitar una sonrisa. Aún le divertía su ironía.

–Te he echado de menos. Bienvenida a casa, Lubna.

Se inclinó levemente antes de alejarse. Su figura alta y segura se abrió paso entre la multitud, de vuelta hacia el círculo de luz donde los príncipes omeyas, la favorita del califa y su propio destino lo aguardaban.

Lubna se quedó inmóvil, sintiendo el peso del Mediterráneo, de los desiertos y de las bibliotecas polvorientas, aplastado de pronto por el denso, opresivo y peligroso aire de su hogar.

Había regresado con la historia de amor más bella del mundo entre sus manos para darse cuenta de que, en su propia casa, se estaba escribiendo otra en tiempo real.

Una historia de imperios fugitivos y de sangre legítima, de visires astutos y califas engañados; una historia de miedos y secretos, de alcobas clandestinas, de bastardos y dinastías condenadas a desaparecer bajo el polvo del desierto.

Una historia de amor, de sexo, de poder y amenazas a la que sólo le faltaban las lámparas maravillosas para hacer sombra al recopilatorio persa.

Una historia que podía acabar con el califato antes que cualquiera de aquellos djinn malignos.

Y ella, la escriba, la que tan bien se movía entre las palabras, quizá tuviera que aprender ahora a navegar entre los silencios.