La luz de Medina –V–
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De Fátima a Lubna

Medina Azahara, mes de muharram,351 de la Hégira (962 d. C.)

Querida hermana de tinta y de silencios compartidos:

Si esta carta llega a tus manos, sabrás que el mundo aquí no se ha detenido, aunque a veces, entre estas paredes de mármol, tengo la sensación de vivir en un reloj de agua que gotea siempre a la misma velocidad.

La gran novedad, que ya habrás oído resonar hasta en los zocos más remotos, tiene nombre: Abderramán.

El pequeño príncipe es el sol en el que quiere mirarse toda Córdoba, y su luz es tan cegadora que nadie se atreve a abrir los ojos para preguntarse cómo ha sido posible este milagro.

Subh, nuestra dulce Subh, ha aprendido a caminar sobre un filo de vidrio sin hacer ruido.

Se ha convertido en la reina madre con una naturalidad que me estremece.

A veces, cuando la veo en las recepciones, envuelta en ese halo de quietud poderosa, recuerdo a la muchacha que temblaba de miedo el día en que llegó, a la que lloraba recitando romanzas de su tierra o a la que se enfadaba porque no conseguía afinar las rimas.

Ahora los poetas se deshacen en alabanzas que ella acepta con una inclinación de cabeza, que es a la vez gratitud y distanciamiento infinito.

Es como si hubiera aceptado su propia divinidad.

La eché de menos al principio, cuando la sacaron del harén.

No ha vuelto, pero ahora está siempre omnipresente, y sin embargo inalcanzable.

Y, hablando de inalcanzables, nuestro común amigo, el joven halcón, ha mudado las plumas.

Abi Amir, el secretario humilde, es ahora el hombre de confianza de todos y de nadie.

El háyib lo tiene a su sombra, pero es una sombra que, sospecho, ha empezado a proyectar su propia luz.

Se mueve bien en el poder. Y rápido. Su nueva posición junto a los bienes del pequeño príncipe lo ha vuelto omnipresente también, y a la vez más inescrutable.

Si antes era como un acero desnudo, por lo ácido y transparente, ahora parece envainado en terciopelo. Mucho más peligroso, creo yo.

La biblioteca bulle de jóvenes aprendices, ávidas de conocimiento, y yo trato de imitar tu paciencia, aunque sin éxito.

Me falta tu calma. Aquí, entre tanto ritual y tanta sonrisa calculada, a veces me asfixio, pero el califa parece más feliz que nunca y eso, Alá sea loado, repercute en todas nosotras y en el ambiente de la biblioteca.

Por lo demás, extraño nuestras largas charlas hasta el amanecer, tu capacidad para enamorarte de hombres inalcanzables y tu risa contenida.

Regresa pronto, hermana en la distancia. Tras los vertiginosos ascensos de nuestra querida Subh y el alfaquí de tus sueños, me da la impresión de que, sin tu mirada lúcida para reinterpretar la realidad, este palacio se está llenando de espejos que sólo reflejan ambición.

Con el corazón anclado en este lado del mundo,

Fátima

De Abi Amir a Lubna

Medina Azahara, rabi al-Awwal del 353 H.(primavera del 963)

Para la viajera de los horizontes lejanos:

Escribo en una de esas resmas de papel que llegan desde tu molino de Xatiba.

Es mi pequeña forma de homenajear el momento en que nos conocimos.

Eres tan importante para mí que a veces olvido que no te lo digo.

Te fuiste tan de repente que tengo la sensación de que nos dejamos mil cosas por decirnos, aunque la mayoría tampoco puedan ponerse por escrito.

No escribiré de políticas o de nombramientos, ni del peso de las monedas que administro. Ésas son las telarañas en las que me muevo, no el aire que anhelo respirar. Te escribo desde el jardín alto, en el crepúsculo, cuando el valle se tiñe de un morado que parece arrancado de un sueño persa.

Hay una cualidad en la luz de esta hora que siempre me ha parecido nostálgica.

Es como si el sol, al despedirse, arrastrara consigo todas las posibilidades del día, todos los caminos que no tomamos, todos los silencios que debieron ser palabras.

Extraño algo, Lubna. Algo que no tuvo nombre, que nunca llegó a ser y que, sin embargo, me duele como un miembro fantasma.

Tú crees que soy feliz entre los muros de Medina Azahara, y yo te imagino feliz a ti recorriendo los caminos del mundo.

¡Ojalá gozara yo de la libertad que vislumbro en tu viaje!

Me consuela el vuelo de los halcones. He comenzado a instruir al joven al-Muguira en la cetrería.

Hay una pureza en esa relación entre el hombre, el ave y el viento que no admite traiciones.

El muchacho tiene mirada ávida y corazón leal.

Enseñarle es como regar una planta en un terreno aún no envenenado.

El mundo aquí es un delicado equilibrio de miradas y susurros. Cuidaré de lo que me ha sido encomendado. Es un deber que acepto, una cadena que no elegí llevar, pero me enorgullece.

Que los caminos de Oriente que transitas estén llenos de sabiduría y de asombro.

Tuyo, en la quietud vigilante,

Abi Amir

De Lubna a Fátima

Qayrawan, Ifriqiya, yumada al-Thani del 353 H.(agosto del 963)

¡Oh, Fátima, alma gemela!

Si supieras lo maravilloso que es este viaje... Tus palabras me llegaron como un suspiro fresco de la sierra en medio del calor opresivo de Tilimsan. Pero déjame contarte desde el principio.

Antes de cruzar el mar, me detuve en Xatiba.

El corazón se me quería salir del pecho al ver de nuevo los tejados de la casa familiar, el humo saliendo del molino que mi tío aún maneja con manos temblorosas pero firmes.

Mi madre... ¡Ay, Fátima! Se me abrazó y no quiso soltarme, y lloramos todas, mis hermanas y yo, como si el tiempo no hubiera pasado.

Me trataron como a una gran señora, impresionadas por mi escolta y mis vestidos cordobeses, pero, en cuanto cerraron la puerta, volví a ser la niña que correteaba entre los baldes de pulpa de papel.

El anciano al-Nasri aún vive, como si hubiera estado esperándome desde el momento en que me marché hace casi siete años.

Ver el orgullo en sus ojos, la dicha de poder volver a verme antes de morir fue un dolor dulce y desgarrador.

Llegué luego a Ifriqiya. En Tilimsan, los fatimíes fueron fórmulas de cortesía talladas en hielo: respeto por el sello del califa, admiración por mi erudición, pero una frialdad de piedra hacia todo lo que huele a al-Ándalus.

El califa tenía razón: ser mujer me ha abierto puertas que a un hombre se le habrían cerrado de golpe.

A una mujer erudita la observan con curiosidad, pero la subestiman.

Mis preguntas no les parecen amenazadoras, sino fruto de la curiosidad y la falta de conocimientos.

Y en Qayrawan, en el corazón del falso califato fatimí, la luz es distinta.

No es la luz dorada y vertical de Córdoba, sino una blanca, difusa, que lo baña todo como en un sueño de leche y polvo.

Pero rezan igual que en casa, Fátima. No sé qué había esperado al pensar que son enemigos de nuestro credo.

El mismo cantico de «Allahu Akbar» se eleva desde minaretes que son como agujas en un cielo igual y diferente.

Es abrumador y hermoso a la vez. Te sientes diminuta y, a la vez, parte de algo inmenso.

He visto manuscritos que harían llorar de envidia al más estoico de nuestros copistas. He conseguido dos tratados de astronomía persa que no tenemos, una de las primeras copias de los Evangelios en arameo y una recopilación de fábulas hindúes que harán las delicias del califa.

Y ahora cuéntame tú. ¿Cómo crece nuestro pequeño príncipe? ¿A quién se parece?

No te pregunto por nuestro alfaquí de mirada profunda porque, sorprendentemente, me ha escrito él. Le contestaré si tengo tiempo. Si te preguntara por mí, te permito enseñarle mis cartas.

Cuídate mucho, y cuida de todos los nuestros.

Tu hermana en la distancia,

Lubna

De Abi Amir a Lubna

Medina Azahara, shawwal del 353 H. (diciembre del 963)

Lubna, habibta:

Veo que de momento prefieres no escribirme. Pero agradezco que me permitas saber de ti a través de Fátima.

Quiero que sepas que, pese a todo, me siento extrañamente conectado a ti.

Más de lo que quizá sea prudente escribir.

Habitamos en juegos de poder cuyas reglas no escribimos nosotros, pero cuyas consecuencias cargamos.

Y hay secretos, Lubna, que son como pozos sin fondo.

Si uno se asoma demasiado, terminan por tragárselo para siempre.

No sería prudente arrastrarte a mi abismo.

No me quejo de mi suerte. Mi nuevo trabajo es prisión y refugio, y me permite horas de intimidad silenciosa con el pequeño príncipe Abderramán.

Es un niño serio, de una mirada observadora que parece ver más allá de su año y medio.

Ha celebrado su primera fiesta del nacimiento del profeta, un hecho íntimo y público del que pude participar.

Ya balbucea algunas palabras, y me siento privilegiado de enseñarle esas pequeñas cosas para las que el califa no dispone de tiempo: sostener un pajarillo con cuidado, escuchar el canto del agua en la fuente...

Con al-Muguira, que ya es casi un adolescente tan alto como lo fue su difunto abuelo, que Dios tenga en su gloria, salgo a cabalgar.

Tiene un instructor bereber que parece haber nacido a caballo.

Nunca hasta el momento había apreciado la sensación de libertad pura y salvaje que proporciona una montura.

Siempre había subestimado a los bereberes.

Responde a ésta, si tu camino y tu voluntad lo permiten. Necesito saber que desde Oriente aún hay puentes que te atan a tu casa.

Con la esperanza de tu tinta,

Abi Amir

De Fátima a Lubna

Medina Azahara, saffar del 353 H. (abril del 964)

¡Querida Lubna, exploradora incansable!

El pequeño león camina ya hacia los dos años...

Es travieso y sonriente. Vuelve a las nodrizas locas y se esconde en la biblioteca para hojear con cuidado los libros que copiamos.

Observa el trabajo de las muchachas impresionado, y cuando le dejamos un cálamo y una resma del precioso papel de tu tierra, trata de imitarlas.

Es muy precoz, pues ya ha escrito su primera palabra.

«Libro». Nuestro alfaquí paseó la obra de arte del príncipe por todo el harén con tanto orgullo como si fuera su propio hijo. ¿Puedes creértelo?

Te preguntarás qué hace Abi Amir en el harén.

Resulta que, como gestor de los bienes de la sayyida Subh, el califa le ha concedido acceso libre al gineceo.

Eso sí, muy respetuoso, nos colma de regalos a unas y a otras, y siempre se anuncia previamente.

Como podrás imaginarte, con su físico y su labia a nadie le molestan sus visitas más que frecuentes, pero creo que el háyib está que trina y se lo ha reprochado al califa: dejar a Abi Amir libre acceso al harén es como abrir a la zorra la puerta del gallinero, ha llegado a decir.

Si no conociera las preferencias del háyib, pensaría que se muere de envidia.

La biblioteca es un hervidero. El sueño del califa de un ejército de copistas empieza a tomar forma. Y hay tantas solicitudes para estudiar aquí que se está planteando crear otras bibliotecas en diferentes lugares de Córdoba...

¿Has encontrado ya lo que fuiste a buscar? Me temo que vamos a necesitarte aquí en breve.

Trae esos volúmenes, hermana. Trae el aire del mundo. Lo necesitamos. Y escribe pronto. Tus cartas son ventanas que abrimos con avidez para no ahogarnos en el perfume estático de los patios.

Con anhelo,

Fátima

De Lubna a Fátima

Alejandría, rajab del 354 H. (julio del 964)

Mi querida hermana en Occidente:

Desde la ciudad que fue Alejandría, te escribo con la piel aún erizada.

Estuve hoy donde la gran biblioteca ardió.

No queda nada, sólo el viento del mar cargado de sal y de ecos.

Se siente una presencia, un vacío tan inmenso que parece pesar sobre todo.

Es el escalofrío de la historia cuando ha sido mutilada.

Esto ha reforzado en mí la convicción de que nuestro trabajo en Córdoba no es un lujo, sino una muralla contra la oscuridad.

He conocido a sabios chiíes cuya erudición me ha humillado y enriquecido.

Su odio hacia los Omeya es un fuego vivo aún.

Para ellos, al-Ándalus es una curiosidad lejana, un sueño exótico y un poco bárbaro en el confín del mundo.

Nos miran con esa mezcla de superioridad y fascinación con que se mira una joya de hechura extraña.

He conseguido auténticos tesoros: un compendio de medicina de al-Razi que completa nuestro ejemplar, un tratado de óptica asombroso y... el primer tomo de una colección de historias persas. No es aún el recopilatorio que persigue el califa, pero no podrás parar de leerlas.

El mundo es tan vasto... En la plegaria del viernes, todo el mundo se dobla hacia La Meca, menos nosotros en Córdoba.

No me había dado cuenta hasta ahora. Córdoba reza hacia el sur, como hacían los Omeya de Damasco.

Quiero pensar que no es un error, sino una reivindicación muda del primer Abderramán, que quiso reinventar su dinastía.

Sé que nací cristiana y en Xatiba, pero siento un extraño orgullo identitario en ello.

Tu viajera,

Lubna

De Abi Amir a Lubna

Medina Azahara, dhu al-Hiyyah del 354 H. (enero del 965)

Querida Lubna:

Tu silencio se ha extendido más de lo que mi paciencia creía posible. ¿Oriente se ha tragado tus palabras o sólo las dedicadas a mí?

Mi futuro va por delante de mis sueños. Soy ya el administrador único de los bienes del príncipe Abderramán.

Ese control sobre sus bienes, sus tierras y su futuro me produce vértigo.

¿Qué más podría desear? Cuando soñaba con servir al califato, jamás habría imaginado hacerlo desde tan alto.

No soy un ingrato. Sé perfectamente a quién debo mi fortuna: a la reina madre, al háyib al-Mushafí, al cadí Ibn al-Salim y en última instancia a ti, mi baraka. No creas que te olvido.

Sé que mi posición parece envidiable, pero es como vivir en uno de esos palacios de cristal donde cada gesto es observado continuamente.

Han empezado a llegar embajadas de todas partes del mundo para presentar sus respetos al califa, y vivimos en un mundo jerárquico de apariencias y protocolos donde todos nos sabemos perpetuamente observados.

Hasta a mí, que amo las palabras, me agota este esfuerzo diplomático constante.

Creo que entiendo al general Galib cuando decía que a veces hay que dejar hablar a las armas.

No sé si llegaste a abrazar el islam como para rezar en La Meca. Hazlo por mí si tienes la oportunidad. Mi vida es ya propiedad del califato. No creo que pueda hacer la peregrinación nunca.

Te debo una pequeña confesión que sólo me atrevo a depositar en esta hoja que quizá nunca leas.

He intentado escribir, como haces tú o como hace el háyib.

Poemas. Torpes, dubitativos, manchados de la sangre de unos secretos que debo volcar en algún sitio antes de que se me emponzoñen en el alma.

Son versos tristes, sueltos. No son dignos de nadie, pero me haría feliz que quisieras leerlos.

Por favor, no olvides nunca a aquel alfaquí del arrabal de Rusafa.

Yo nunca he olvidado nuestro primer y único hammam.

Con nostalgia,

Abi Amir