La luz de Medina –IV–
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–IV–

El día 6 del mes de ramadán del año 351 apareció bañado en una luz dorada, cargada de promesas.

En el corazón de Medina Azahara, entre el murmullo de las fuentes y el perfume embriagador del azahar, un nuevo llanto se alzó de madrugada: el del príncipe Abderramán.

Nacía no tanto después de la muerte de su ilustre abuelo y del ascenso de su padre al trono, un símbolo que los ulemas no dejaron de pregonar como auspicio divino.

El niño era hermoso, de piel aceitunada y ojos oscuros, profundos como pozos en los que se reflejara la noche.

No había en él rastro del rubio cobrizo de Subh ni de la piel clara de los Omeya.

Un misterio silencioso, una pregunta que nadie, en su sano juicio, se atrevía a formular en voz alta.

La biología, en aquel palacio de sombras y espejismos, era la menos exacta de las ciencias.

Subh, transformada en una estatua nívea, aceptaba los honores con una gravedad esculpida en mármol.

La muchacha salvaje, la cantora que pulsaba en cada cuerda las emociones de quienes la escuchaban había sido sepultada bajo vestidos de brocado y joyas que pesaban como cadenas.

Su belleza, siempre espectacular, había adquirido una nueva dimensión, más madura y plena: fría, distante, impenetrable.

Al-Hakam, feliz, la lucía a su lado sin disimular su orgullo.

Durante las grandes fiestas por el nacimiento del heredero, bajo el gran arco del Salón Rico, su sonrisa perfecta parecía dibujada con la precisión de un artista, pero sus ojos verdes, aquellos lagos del norte, habían perdido la transparencia original.

Reflejaban la luz, pero no la dejaban entrar.

* * *

En medio de tanta fastuosidad, Abi Amir se movía como una sombra elegante.

Alabado, ascendido, cercano al núcleo de poder por su eficacia y, sobre todo, por la voluntad del háyib, vestía ahora túnicas de seda fina con brocados en hilo de oro y oscuras como la noche, que realzaban sus ojos oscuros,

la barba exquisitamente recortada que subrayaba una mandíbula perfecta y su porte vigilante de halcón.

Su mirada, sin embargo, también había cambiado.

Donde antes ardía el frío fuego del desdén o la rectitud, ahora se veía un pozo de goce silencioso, un secreto vasto que le henchía el pecho y le enderezaba la espalda de orgullo.

Su madre, la mujer que en al-Yazirat había soñado con un hijo del califa, no había estado tan desacertada, pese a que jamás podía haber imaginado un acto de justicia divina mayor.

Abi Amir, su primogénito, el niño al que ella llamaba «al-Mansur», acababa de engendrar a un omeya.

Su sangre corría ahora por las venas del futuro califa.

Era una vindicación monstruosa y sublime.

En un momento de la fiesta, mientras los músicos tañían y los poetas recitaban, sus miradas se encontraron furtivamente.

Fue un instante, un parpadeo en el que el tiempo se detuvo.

En él se dio un destello de reconocimiento, de triunfo compartido en el abismo.

En ella, un pánico tan intenso, un deseo tan atroz, que por un segundo se quebró la máscara, dejando al descubierto a la niña asustada.

Fue suficiente. Yafar al-Mushafí, desde su sitial a la derecha del trono, no lo pasó por alto; captó el intercambio, la comunicación silenciosa, la tensión contenida.

Se inclinó ligeramente hacia Abi Amir, a quien tenía cerca, y, sin dejar de sonreír para los invitados, murmuró con una voz que sólo él era capaz de escuchar:

–Felicidades, katib. El fruto maduró en el árbol correcto. Un trabajo impecable.

Sus palabras eran un veneno dulce. Reconocían el acto, lo cosificaban, y le recordaban quién sostenía las tijeras que podían podar la rama en cualquier momento.

El joven, no respondió. Inclinó levemente la cabeza como aceptación, pero en sus ojos el gozo secreto no se apagó.

Al revés: se transformó en un desafío silencioso.

Un orgullo ilegítimo y clandestino que lo hacía más atractivo, más magnético y mil veces más peligroso.

Al-Muguira, a su lado, observaba los fastos con curiosidad infantil.

Mustaq, su madre, lo había prevenido de que aquella criatura recién nacida era una amenaza para él, pero el príncipe sólo acertaba a ver en su sobrino a un bebé diminuto envuelto en amplios faldones que lloriqueaba en brazos de sus nodrizas.

Percibía, eso sí, el interés de Abi Amir, cuya atención hasta entonces había sido exclusivamente para él.

Pero no entendía mucho más, y menos áun la sorpresa de ver a toda la ciudad volcada en celebrar algo tan mínimo.

–¿No es demasiado pequeño?

Abi Amir posó una mano en su hombro en un gesto protector.

–Todos los grandes príncipes empiezan siendo pequeños, sayyid. Tú también fuiste así, un cachorrito, y ahora te estás convirtiendo en un león.

El niño sonrió, halagado. Abi Amir era su tutor, el único que se ocupaba de él, su faro en un mundo de adultos incomprensibles. Y a Abi Amir le gustaba verse a través de su mirada límpida. Tenía la sensación de que el principito omeya era el único que no percibía las sombras que lo perseguían.

* * *

La tarde del segundo día, cuando los festejos ya decaían y la corte se relajaba, el califa al-Hakam hizo un gesto al háyib. Quería hablar directamente con su katib, Abi Amir. «A solas», recalcó. La mandíbula de al-Mushafí se tensó en un gesto apenas imperceptible.

–¿Ha hecho algo que os haya desairado, sayyid?

El califa rio con una risa alegre y transparente.

–Mi buen Yafar, siempre tan desconfiado. Imagino que por eso funciona el califato. ¿No confiáis en los hombres a vuestro cargo? –preguntó con una sonrisa burlona.

Yafar buscó el filo del cuchillo en la pregunta.

–Hasta la muerte, mi señor –respondió instantáneamente–. Pero, si alguno de ellos os falla, significa que os habré fallado yo.

Citó a Abi Amir en sus dependencias privadas.

El joven entró sereno, pero más tenso de lo habitual.

Al-Mushafí ni siquiera se permitió jugar a humillarlo.

No había tiempo. «El califa desea verte», le anunció sencillamente y, tras tomarle la mano, depositó en ella una minúscula ampolla de vidrio.

Entonces, le cerró el puño, en un gesto casi íntimo.

No hizo falta que le contara lo que era para que Abi Amir notara en su interior el rastro amenazador del veneno.

–Ignoro de qué quiere hablar contigo –le confesó–, pero, si la conversación toma sendas oscuras, ingiérelo. Sin pensar. No puede haber fisuras.

–Si el califa sospecha algo –sonaba angustiado–, en cualquier caso estoy condenado. ¿Por qué habría de salvaros?

–Porque, si no acabas con tu vida en ese mismo instante, lo haré yo en cuanto pueda. Y no seré tan rápido ni tan piadoso, créeme.

Abi Amir tragó saliva. Alá deploraba los actos suicidas, salvo que sirvieran a un bien mucho mayor. «Tal vez es el caso», se dijo. Su respiración se aceleró.

–Os creo. Sólo espero que no sea necesario..., señor.

–Y yo. –Al-Mushafí suavizó el tono y le acarició la barbilla en un gesto pretendidamente cariñoso–. No quisiera tener que desprenderme de ti... todavía.

Desde los jardines del alcázar, Yafar vio alejarse, juntos, sin escolta ni guardia, al califa y al alfaquí. Sus dedos, largos y pálidos, se crisparon ligeramente alrededor de la copa de cristal que sostenía. Fader, a su lado, sostuvo la mano de su señor para que nadie pudiera escuchar su tintineo.

Pasearon de forma indolente por las terrazas que miraban hacia el valle del al-Kabir. A la sombra de un ciprés que se alzaba como un obelisco verde, a cierta distancia ya, al-Hakam se detuvo. Su rostro, habitualmente velado por una suave melancolía, estaba ahora serio.

–Abi Amir, la confianza es un río de aguas extrañas. A veces fluye donde menos se espera.

–Mi señor... –Abi Amir bajó la mirada. Sentía el tacto de la ampolla encajada en su mano y el corazón martilleándole en los oídos.

–Subh –prosiguió el califa, mirando el horizonte–, la madre de mi hijo, me ha hablado mucho de ti. De tu capacidad de discernimiento, de tu ortodoxia y tu buen juicio a la hora de interpretar las leyes, de tu... inquebrantable lealtad a la dinastía.

Abi Amir guardó silencio. Continuaba mirando al suelo, en un gesto de respeto. Rezó porque el califa no notara su miedo.

–Me gustaría hacerte una pregunta –continuó al-Hakam, con la mirada perdida en los campos de cultivo que se extendían más allá de la ciudad palatina–.

Me desagrada profundamente la gente que es incapaz de practicar la contención.

La gente que se dice creyente, pero no puede resistirse a las tentaciones mundanas: un cuerpo prohibido, un trago de vino...

Gente que conoce la sharia y aun así la incumple...

¿Dirías que son buenos creyentes, Abi Amir?

Hubo un silencio denso cargado del olor del romero.

Abi Amir esbozó una sonrisa neutra y se preguntó cuanto tardaría el veneno en hacer efecto.

El háyib le había adelantado que sería una muerte rápida.

Pero ¿sería dolorosa? Y, si él moría, si nadie entonces conocía la vergüenza, ¿respetarían al niño?

, ¿seguiría siendo su hijo el heredero de los Omeya?

Fingió juguetear con los dedos, cuando en realidad trataba de destapar el pequeño tapón de corcho que cerraba la ampolla.

–Yo diría que no, sayyid. –La frase le tembló en los labios–. Quizá deseen serlo, pero son débiles.

–He pensado en algunas medidas..., digamos, drásticas –prosiguió el califa, asintiendo levemente–.

Desarraigar las viñas o acabar con el cultivo de la uva, pues sirve a apetitos demasiado mundanos.

Mis consejeros afirman que esa medida me haría impopular entre mis fieles.

Sin embargo, yo creo que me haría grato a los ojos de Dios. ¿Debo elegir a quién deseo servir?

Las pupilas de Abi Amir destellearon, confusas.

–Creo que... que debéis servir a ambos, sayyid.

–Mi conocimiento de las leyes es muy inferior al tuyo, Abi Amir. ¿Qué harías tú? –preguntó de repente, con interés genuino–. ¿Prohibirías la producción de vino para asegurarte de que se cumplan los preceptos de Dios?

Abi Amir pensaba a toda velocidad, dudando si aquella pregunta era una preocupación real o una metáfora de hasta qué punto los apetitos prohibidos provocaban la perdición de los hombres. Un hilo de sudor le rodó lentamente, frío, por la espalda.

–No, sayyid –repuso al fin–. No lo haría.

Esa medida os haría, en efecto, impopular.

Gobernáis para todo al-Ándalus, no sólo para los creyentes.

Judíos y cristianos son gentes del libro y tienen permitido beber alcohol.

Si prohibís el vino, quien desee embriagarse fabricará aguardiente de higos.

Dejad que cada hombre decida libremente si desea cumplir con los preceptos de Dios, y que responda luego ante él.

–¿Y yo, el Comendador de los Creyentes? ¿Dios no me exigirá ninguna responsabilidad por no saber imponer la contención a mi pueblo?

–Imponed una tasa a la producción y la venta de vino. Con esos beneficios, podréis construir más y mejores mezquitas y madrasas. Le serán más útiles a Dios que el sacrificio de nuestros apetitos de pobres pecadores.

El califa asintió muy despacio, sin mirarlo, y al fin dibujó una amplia sonrisa. Abi Amir contuvo el aliento.

–Subh, la madre de mi heredero, me ha hecho una petición inusual, pero también inteligente, como es ella.

Sabe que los bienes que he asignado para ella y el pequeño Abderramán necesitan de una gestión impecable, discreta y, sobre todo, leal.

Un ojo que vele no sólo por el oro, sino por el futuro que ese oro debe proteger.

Hizo una pausa deliberada y se volvió para clavar sus ojos oscuros, inteligentes y extrañamente lúcidos, en los de Abi Amir. Éste escondió la minúscula ampolla tras su dedo pulgar.

–Es ella quien te ha recomendado para el cargo. Afirma que eres de la máxima confianza del háyib. El harén conoce todos los rumores, imagino. Serías secretario de los bienes del príncipe heredero y gestor de los de su madre. ¿Qué te parece?

Abi Amir sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

–Señor, es un honor que no merezco... Hay hombres mucho más experimentados que yo... El háyib...

–Yafar tiene el peso de un imperio sobre sus hombros –lo interrumpió al-Hakam con suavidad–, y cuarenta y dos años. Yo necesito a alguien brillante y joven que crezca junto a mi hijo... Alguien cuyo interés por el niño sepa ir más allá del deber. ¿Eres tú ese hombre, Abi Amir?

El alfaquí se llevó disimuladamente la mano a los labios, como si con ello pudiera acallar el galope de su corazón en el pecho.

El califa dio otro paso, acortando la distancia entre ellos. Su voz bajó aún más, hasta convertirse en un susurro casi íntimo:

–Yo estoy convencido de que sí. De que nadie en esta corte –continuó, y cada sílaba parecía más pesada que la anterior–, absolutamente «nadie», se preocupará tanto por el pequeño Abderramán como tú. Sólo hay que ver cómo cuidas de mi hermano, al-Muguira.

El mundo se detuvo. El aire se espesó. En el gesto de Abi Amir, más que sorpresa, había un estupor helado.

El califa no le estaba tendiendo una trampa.

Le estaba entregando, con una ironía tan monumental que resultaba tan divina como demencial, la custodia oficial de su propio hijo.

¿Lo sabía todo o quizá sólo intuía la sombra de una devoción que podía serle útil? ¿Era aquello un premio o una condena?

Al-Hakam le dio la espalda, puso las manos atrás y miró de nuevo hacia el valle, tranquilo.

–Éste es un nombramiento oficial y directo.

Por supuesto, el háyib será oportunamente informado por mí mismo.

Puedes continuar a su servicio mientras te integras en tus nuevas tareas –añadió–.

No deseo privarlo tan repentinamente de tus...

habilidades, pero recuerda que, a partir de este momento, los intereses de mi hijo y de la reina madre, la um-Walad Subh, son tu prioridad. ¿Lo has entendido?

Abi Amir veía luces flotando ante los ojos. Se preguntó si sería la luz del sol a contraluz o la tensión que le agarrotaba los músculos.

–Perfectamente, mi señor.

–Los documentos de nombramiento estarán en tus manos al atardecer –le apretó cariñosamente el hombro–. No me defraudes.

El califa se dio la vuelta y comenzó a caminar por el sendero que lo llevaba de vuelta al Salón Rico.

Abi Amir lo siguió unos pasos por detrás.

Exhaló el aire que había estado conteniendo.

Cerró los ojos y dio gracias a Dios por permitirle conservar la sangre fría.

Luego, cruzó las manos a la espalda y dejó que el líquido de la ampolla se vaciara, íntegro, sobre la tierra ávida y rojiza de Medina Azahara.