–III– #4
Conozco la sharia. Y nadie, absolutamente nadie, puede permitirse el lujo de dejar al háyib.
Tampoco sé si he terminado mi... mi trabajo aquí –añadió, nervioso–.
De todas formas, aunque el propio califa y al-Mushafí lo permitieran, yo...
yo no soy digno de acompañarte. No podría garantizar tu... tu seguridad.
–¿Por qué dices eso?
–Porque soy débil. Lucho por seguir el camino correcto, pero he hecho algunas cosas...
–Su voz era un rumor de autodesprecio. Negó con la cabeza–.
Soy tan prepotente que me he permitido juzgar a otros creyendo que estaba a salvo de la lujuria, pero no soy mejor que el peor de los soldados que saquea una aldea...
Y lo peor no es pecar, Lubna. Lo peor –admitió– es disfrutar con ello...
Que Alá me perdone, porque yo no puedo perdonarme a mí mismo.
Sus palabras la golpearon como hachazos. Aún arrodillada, Lubna retrocedió un paso, incrédula. Él evitó su mirada.
–¿Cuándo partes para Bagdad? –quiso saber.
–Aún no lo sé –tragó saliva, confundida–. Pronto.
Él le dirigió entonces una mirada desnuda, rendida, transparente.
–Y en el harén..., en ese nido de inquinas y de odios..., si no estás tú, ¿quién cuidará de Subh?
«¿Subh?», se sorprendió ella. ¿Cuándo había conocido Abi Amir a Subh, la joya más celosamente custodiada del califa?
Y, entonces, todo le encajó, como las piezas de un jarrón partido.
Las heridas de un posible rito de autoflagelación del que jamás habría creído posible a un malikí.
La tristeza pesada. La culpa. El pecado.
El desprecio ante el disfrute. La marca palpable de un corte en unos labios que silenciar.
La mirada huidiza de la navarra. La posibilidad de un embarazo del que, pese a ser un triunfo largamente esperado, ella no se enorgullecía.
La intervención del háyib para preservarla, para controlarla o para esconderla...
Todo se recolocó en su mente con el impacto de un golpe seco en el estómago. Sintió que le faltaba el aire.
–Pero... –logró balbucear, el horror dibujándose en sus ojos–. ¿Qué has hecho...? ¿Qué habéis hecho?
–¡Calla! –La orden fue un susurro feroz, urgente. La mano de Abi Amir silenció sus labios–. Cualquiera que lo sepa, cualquiera que lo nombre, se pone en peligro. Yafar tiene oídos en las paredes, ojos en las sombras –susurró–. No digas nada, Lubna. Ni siquiera lo pienses.
Ella asintió, aterrorizada, mientras notaba la fuerza de esas manos con las que tanto había soñado en secreto.
Se fijó en la herida abierta en esos labios que tantas veces había imaginado susurrándole poemas al oído.
Olió su rabia, su miedo, su dolor, su sensación de suciedad...
Y vio su corazón, el mismo que ella había soñado para sí, alegre y vivaz como un pájaro, preso en otra jaula.
Eso era lo peor. Por encima de un acto deleznable a los ojos de la sociedad, del califa y de Dios. Lo peor era que sus ojos le decían que la amaba. A ella. A la muchacha del pelo de cobre y los ojos de bruma. A la favorita del califa. A la mujer más inalcanzable de todas.
Abi Amir retiró la mano que le rozaba la boca, bajó la mirada, y con ese gesto, con el temblor que recorrió su mandíbula apretada, Lubna lo entendió todo.
Notó, entonces, que un grito silencioso le desgarraba el pecho por dentro.
Sin casi darse cuenta, se puso en pie, dio media vuelta y echó a correr.
No atendió a su llamada. Los pasillos del alcázar se le antojaron de pronto estrechos, asfixiantes, con ecos perversos.
Sólo pensaba en ir directamente a la estancia del califa, derribar la puerta y vomitar la verdad: «¡Vuestro háyib es un monstruo! ¡Vuestra favorita un engaño! ¡El katib a quien habéis ayudado a elevar, un traidor! ¡Vuestro heredero será un engendro de adulterios y mentira! ¡Todos,
todos a los que amáis os traicionan!» .
Pero donde se detuvo, jadeante, fue en su antecámara.
Los sirvientes anunciaron su presencia y la hicieron esperar, y, mientras, la ira, el dolor y el horror fueron remansándose.
Así, cuando las puertas se abrieron y la luz cálida de la biblioteca del califa la envolvió, y se lo encontró allí, rodeado de mapas y cartas, con una sonrisa afable y genuina, todo se había difuminado.
Él alzó la mirada, brillante por el entusiasmo del libro perdido.
Con la pasión de los que aún creen en la belleza.
–Lubna –la saludó sonriente–, ¿dispuesta a emprender ese viaje al otro lado del mundo?
La furia y la necesidad de justicia se estrellaron contra su muro de inocencia bondadosa.
Romper el corazón del califa, apagar su luz con la oscuridad que ella cargaba, le pareció, de pronto, el acto más cruel que podía cometer.
¿Para qué? ¿Para sumir a Córdoba en el caos?
¿Para que la sangre corriera sin remedio?
¿Para ver morir a la dulce Subh, a Abi Amir, quizás a ella misma?
–Por supuesto –sonrió a su vez, y notó en las sienes los latidos de su corazón roto–, mi señor.
Los Omeya tendrían a su heredero, pero ella no se quedaría para presenciarlo. Marcharía a Bagdad, a la cuna del califato abasí, donde Córdoba era sólo el sueño de un príncipe fugitivo y donde los pecados de Medina Azahara no le importaban a nadie.