–III– #3
Sus pasos coincidían en innumerables momentos, pues compartían un ansia desmedida por el saber, la letra escrita y las palabras.
A veces le parecía encontrar un brillo especial en sus ojos, pero era consciente de que sólo reflejaban lo que ella deseaba ver.
Ella era una esclava del califa; alguien de su círculo de confianza, sí, la que ya comenzaba a ejercer como maestra de copistas para formar a un séquito de jóvenes que multiplicara el saber que albergaba su biblioteca, pero una esclava.
Una musarabat, una casi recién conversa.
Sin embargo, él pertenecía a una familia de origen árabe orgullosa de sus apellidos; era un observador de la ley islámica, y en esos momentos, con apenas veintidós años, se había alzado como el secretario de mayor confianza del háyib.
Salvo que el califa lo permitiera, ella jamás podría tener una familia propia.
Su vida era el servicio. Abi Amir, por el contrario, como el joven funcionario que era, debía ir pensando en contraer matrimonio con alguna muchacha de buena familia que lo ayudara a afianzar su posición en la corte.
Sus mundos se rozaban con cariño, se atrevía a decirse, pero jamás podrían coincidir.
Y en algún lugar profundo de su ser aquello le dolía un poco más de lo que se atrevía a confesarse.
–Lubna, habibta... –La alegre voz del califa la sacó de su trance–. ¿Has volado ya a Bagdad a bordo de una de esas alfombras mágicas?
–Sí. Es decir, no. Es que... aún estoy abrumada por la oferta. No he asimilado el alcance... ni el tiempo que podría llevarme. Soy... soy sólo una mujer.
–Eres una experta, Lubna. En tintas, en caligrafías, en soportes.
Deseo el manuscrito original, y sé que tu sabrás identificarlo.
En estos tiempos de confusión, además, creo sinceramente que una mujer que viaje con un pequeño séquito despertará menos suspicacias que un hombre, que siempre puede ser un espía en busca de información sobre operaciones militares o alianzas.
Nadie considera que las mujeres se sientan atraídas por el arte de la guerra.
Puede que te tomen por una rica viuda desinhibida, Lubna –sonrió–, pero jamás por alguien que pueda poner en peligro a un imperio.
Bagdad. Bagdad significaría una nueva huida, una huida gloriosa y legítima. Un destino. La emoción comenzó a brotar, pura y caliente, y ahogó por un momento su desazón. «Al otro lado del mundo, lejos de la gente que amo», pensó con tristeza.
Pero al otro lado del mundo quizá fuera la mejor opción.
* * *
Lo esperó a mediodía en la biblioteca. Sabía que él aprovechaba las horas de mayor calor, el momento en el que otros, indolentes, dormitaban, para dedicarse al estudio de las leyes.
Quería contarle la propuesta del califa, conocer su opinión.
Quería ver si un relámpago fugaz de dolor le cruzaba la mirada cuando le contara que tenía que marcharse en busca del sueño de otro.
Demasiada gente jamás volvía de aquellos viajes.
No lo halló en la zona de estudio ni en sus austeras estancias de secretario, sino, por indicación de un guardia de mirada evasiva, en una de las celdas de oración anexas a la mezquita privada. Y la escena con que se encontró al asomarse la dejó sin aliento.
Abi Amir estaba de rodillas sobre la alfombrilla de oración, de espaldas a ella, con los hombros apenas descubiertos, cruzados por unas finas líneas rojizas que desaparecieron en cuanto se las tapó al subirse la túnica.
Se volvió al sentir su presencia, y su rostro era una máscara tensa que trataba de no reflejar dolor.
Sus ojos brillaban como el vidrio, y en sus labios palpitaba una herida reciente, una línea oscura que le daba un aspecto feroz.
–¿Qué ha pasado? ¿Qué haces? –logró articular Lubna, con voz estrangulada.
–Rezo –respondió él, dedicándole una sonrisa triste–. Pero algunos pecados son más densos que el agua, Lubna. No se lavan con lágrimas. Necesitan sangre.
–¿Quién te ha hecho eso? –le preguntó entonces ella, acercándose y rozándole los labios sin pensarlo.
Él se estremeció.
–Una copa de vino que se quebró en mis manos –respondió parcamente.
–Tú no bebes –lo rebatió ella, extrañada.
–Todos hacemos cosas de las que nos arrepentimos, Lubna –le susurró él con una nueva gravedad–. Algunas son incluso necesarias.
Impulsada por algo que no entendía del todo, lo abrazó, ignorando el sudor y el olor a cobre de la sangre fresca. Él se puso rígido como una estatua.
–No sé lo que te pasa, Abi Amir, pero en mi religión Dios perdona siempre cuando hay arrepentimiento.
Él sonrió, conmovido por su arrebato. Posó una mano en sus rizos oscuros.
–El problema, habibta, es cuando uno no se perdona a sí mismo.
–Pues cuéntame ese pecado tan grande que crees haber cometido.
–No puedo –zanjó él, apartándose con brusquedad–. Pesan sobre mí el servicio y la lealtad al califato. O su sombra. Y, a veces..., a veces la sombra es más pesada que el trono.
«La sombra es más pesada que el trono». Lubna, intuyendo la profundidad de su desgarro, estudió de nuevo el corte en sus labios, que hablaba de un silencio asegurado con violencia. Una idea horrible, informe, comenzó a tomar forma en su mente.
–¿El háyib?
Él posó una mano sobre su boca para obligarla a callar. Ese simple gesto bastó para confirmar su corazonada.
–Déjalo –murmuró ella en voz baja–. No puede disponer de ti a su antojo. El califa me ha pedido que vaya a Bagdad en busca de un libro –confesó con precipitación–. Le suplicaré que te agregue a mi séquito, que te nombre mi tutor. El háyib no podrá oponerse.
–¿A Bagdad? –se sorprendió él, abriendo mucho los ojos–.
Sería un sueño, Lubna, pero el califa jamás permitirá que un hombre soltero que no es de tu familia te acompañe.