La luz de Medina –III– #2
34%

–III– #2

El silencio que siguió fue absoluto, roto sólo por los sollozos de Subh y la respiración entrecortada de Abi Amir. La humillación tenía sabor a cobre en los labios del alfaquí. Asintió, casi imperceptiblemente. El guardia aflojó la presión y le permitió incorporarse.

Yafar alzó la mano. Los guardias soltaron a Subh y se guarecieron entre las sombras, cuatro siluetas imponentes con las armas desenvainadas.

El ambiente en la estancia se transformaba de repente del terror puro a una tensión latente, una excitación palpable, cruda y animal.

Uno de los soldados, aun en la oscuridad, soltó una risotada baja y forzada que les heló la sangre.

Subh se encogió al oírla. Sus ojos se dirigieron a Abi Amir, con la voz quebrada por el llanto.

–Por favor –susurró–, no me dejes con ellos.

Esa súplica, esa elección forzada dentro de la trampa, quebró algo en Abi Amir.

La rabia, el asco y la humillación se mezclaron con un instinto protector salvaje y distorsionado.

Dio unos pasos hacia ella, lentos. Le habló en voz baja, en árabe, y luego en un romance rudimentario, en un intento de acercarse a su alma.

Le acarició el pelo, enredado y húmedo de sudor y lágrimas, para calmar su temblor.

–Nadie más te tocará –le murmuró al oído. Y rezó por poder cumplir su promesa.

Ella se aferró a él; no por deseo, sino por desesperación.

Torpemente, se despojaron de las ropas, aún en pie, en la semipenumbra.

Sus cuerpos, ambos fríos como el mármol en invierno, se encontraron.

Él la condujo entonces hasta el lecho, que crujió bajo su peso, susurrándole las palabras que cantan los poetas.

Fue un encuentro urgente, nacido del miedo y bajo la presión brutal de los cuatro pares de ojos que los observaban.

Testigos imprescindibles para poder ser considerados culpables de adulterio.

Condenados a una muerte inmediata si se negaban, a una muerte futura si accedían.

No hubo amor, ni siquiera deseo. Sólo una fuga conjunta hacia un acto que los uniría para siempre en el secreto y la culpa.

Pero la fisiología, traicionera y poderosa, hizo su trabajo.

Primero, en él, excitado a su pesar por el miedo, por los ojos que escrutaban cada uno de sus movimientos.

Luego, en ella, el terror se transformó, en un punto de no retorno, en una sensación abrumadora.

Sintió que se deslizaba al vacío desde una gran altura.

Un momento aterrador, vertiginoso y de una claridad sensual que los dejó sin aliento.

No hubo placer, fue catarsis. Una liberación violenta de todas las tensiones, los miedos, las soberbias y las sumisiones que los habían llevado hasta allí.

Al fin quedaron desmadejados y temblorosos, con el sudor enfriándose en sus cuerpos.

Subh se echó a llorar en silencio, acurrucada en su pecho, murmurando una oración en latín de culpa y de arrepentimiento.

Abi Amir, con los labios aún hinchados por la herida, tiró de las mantas de piel con instinto protector para taparla a ella, a ambos; para evitar los ojos incisivos de Yafar, que recorrían sus cuerpos con codicia.

Notaba la piel aún erizada por un escalofrío de placer culpable.

Para su eterna vergüenza, se sentía profundamente vivo.

Yafar, desde la puerta, no había perdido detalle. No había triunfo en su mirada, sólo un gozo secreto y una calculadora satisfacción. «La semilla», pensó, «está plantada». Ya sólo quedaba regar la mentira y esperar a que creciera la legitimidad.

–Ahí tenéis unos baldes con agua para limpiaros. Recoged vuestras ropas. Y vosotros –ordenó a los guardias, sin emoción–, acompañad a cada uno por donde haya venido. Por separado. Y aseguraos de que nadie haya visto nada.

Salió de la estancia sin más palabras, dejando atrás el frío, el olor a sangre, sexo y tierra, y a dos almas que, en el fondo más oscuro de Medina Azahara, acababan de ser forjadas a fuego en el mismo yugo.

* * *

La escena se repitió varias veces más a lo largo de los meses siguientes, y siempre con Yafar como testigo.

Cada vez de una manera más silenciosa y mecánica.

Entre la culpa, el miedo y un deseo incipiente del que ninguno de los dos decía nada, ni siquiera al otro, porque la vulnerabilidad los ponía en peligro.

Aun así, pese a ellos mismos, se inició entre ellos la rutina cariñosa de los pequeños actos cotidianos.

Abi Amir parecía distraído, perdía el hilo a veces de su exquisita prosa, y sin pensarlo esperaba aquellos encuentros sórdidos y clandestinos como sólo los esperan los enamorados.

Subh fingió estar enferma para que nadie en el harén acusase sus cambios de humor, sus ojeras oscuras, su falta de apetito y esa melancolía que los andalusíes achacaban a las gentes del norte, faltos de sol y luz.

Por eso a nadie le extrañaron las primeras náuseas ni que su belleza, antes espectacular y dulce, pareciera ahora tallada en hielo quebradizo.

A nadie, salvo a Lubna.

–Subh –le susurró un día con suavidad, como se le habla a un pájaro herido–. El sol está ya alto, pero tú sigues pálida como la luna de invierno. ¿Qué noche te ha robado el color?

Subh apenas parpadeó. Se sentía culpable por anhelar aquellas caricias furtivas, forzadas por el interés político. Un estremecimiento leve, como si una telaraña invisible la hubiera rozado, le recorrió los hombros.

–No es nada –murmuró–. Son sueños. Sueños malos que no se van con el día.

Al cabo de unas semanas de encuentros furtivos, la navarra pidió hablar con Hind en sus aposentos privados.

Aun así, las sirvientas las espiaron tras las celosías, y vieron cómo la princesa la tomaba de las manos y la abrazaba como a una hermana pequeña y querida.

También hubo quien vio a Ibn Saprut, el médico judío, que se había trasladado al harén para reconocer a la favorita, asentir gravemente con la cabeza.

Rápidamente, se ataron cabos, y Radhia se encerró en sus aposentos a llorar.

Comenzaron los murmullos y el trasiego de mensajeros entre la corte y el harén.

Aún no había ninguna confirmación oficial, pero sí un mensaje del háyib, una orden precisa e impersonal en la que se refería a Subh como a un objeto de cuidado.

Se la trasladaría con presteza, junto con sus sirvientas de confianza, a un área vigilada por la guardia eslava de al-Hakam, donde no entraría nada ni nadie que no hubiese aprobado él mismo.

Debía descansar, ser alimentada con caldos sustanciosos y frutas dulces y no fatigarse con cantos.

«Está claro que existe la posibilidad de que esté embarazada», pensó para sí Lubna, contenta. Pero, entonces..., ¿por qué al despedirse de ellas, rumbo a sus nuevas estancias, su acento herido era el de una prisionera y sus ojos estaban empañados por una bruma verde?

* * *

En la biblioteca, entre anaqueles llenos de libros, el fluir de las líneas de las escribanas y el trabajo de traducción y clasificación de las nuevas adquisiciones, al-Hakam se sentía radiante.

Había mandado expresamente que buscaran a Lubna.

Todo eran rumores, aún no había ninguna comunicación oficial, pero ella supuso que la tan esperada noticia había influido en el ánimo del califa, ahora alegre, olvidado por un tiempo el peso del luto y la responsabilidad.

Se había dado cuenta de que sus ojos, habitualmente velados por la melancolía, brillaban con una chispa de curiosidad infantil.

–¡Lubna, mi katiba favorita! ¡Salgamos al patio! Ven. Déjame contarte la última novedad...

Para su sorpresa, esa novedad no tenía nada que ver con la sospecha que ya había revolucionado el harén.

Se trataba de una carta, escrita en fina caligrafía, procedente de Persia, de un importante armador de Almiriya que regresaba de comprar sedas.

En ella le explicaba una cruel y triste historia que acababa por transformarse en otra diferente, de amor conmovedora.

Hablaba del placer de escuchar un buen cuento y del poder de las palabras; de un sultán bagdadí, Shirar, y de una doncella de nombre Sherezade, que salvaba su vida y la de otras mil vírgenes en historias que iban enlazándose noche tras noche.

Historias dentro de historias, un laberinto infinito de palabras capaces de apaciguar la ira de un rey.

–La historia de amor más bella del mundo –exclamó al-Hakam, con fervor, los ojos oscuros centelleantes–. No es el amor de los cuerpos, sino el de la inteligencia, el de la palabra que desarma a la muerte. La necesito, Lubna. La quiero aquí.

Ella lo había escuchado fascinada.

–Él ha leído historias sueltas. Pasan de mano en mano, pero parece que existe una recopilación.

Sin embargo, debe continuar su camino con la caravana y no puede pararse a buscarla.

Cree que el libro original completo puede estar en Bagdad, en la biblioteca de algún sabio o algún visir avispado.

Quizás incluso en la del usurpador abasí, si es que ese gusano sin cerebro, a quien Alá confunda, tiene algún interés en los libros...

–La miró con resolución–. Y quiero que vayas a buscarlo.

Lubna parpadeó. «Bagdad». La palabra resonaba en su cabeza como el tañido de una campana lejana.

El otro lado del mundo conocido. Más allá del desierto, de los reinos enemigos, del nuevo pretendido califato de los fatimíes, de la mezquita sagrada de La Meca, del océano de arena y de los mil y un peligros que acechaban en el mar.

–¿Yo, señor? –tartamudeó, entre adulada y aterrada.

–Irás protegida, por supuesto –prosiguió él, leyendo su miedo–, bajo el sello del califa de Córdoba.

Y con oro suficiente para comprar la lealtad de cualquier hombre.

¿Qué digo? ¡De cualquier caravana! Y con un tutor, un hombre de mi confianza, que vele por ti.

¿Crees en verdad que es un viaje más duro que el que hiciste de niña, sola, sin dinero ni valedores desde tus tierras de la kurah de Balansiya hasta aquí?

La comparación la golpeó. Aquel viaje nacido de una pérdida había culminado en una oportunidad.

Aquel viaje le había regalado a Abi Amir, el alfaquí de ojos oscuros que ahora medraba a la sombra de al-Mushafí.

Brillante, despierto, había sido la primera persona que la había acogido en Córdoba, alguien que la trataba aún con el cariño incondicional y el respeto de un hermano mayor.