La luz de Medina –III–
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–III–

El tiempo transcurría lento e inexorable en el reloj de arena, con la misma cadencia que el convencimiento maduraba en Yafar al-Mushafí como un fruto amargo y pesado.

«No hay otra posibilidad...», se repetía.

La autorización, susurrada por el califa en un momento de pánico, lo consumía: «Ojalá pudiera delegar esta tarea en ti».

Unas palabras que eran ahora su espada y su coartada.

El hombre había inventado las sequias para regar los campos cuando la lluvia no llegaba a tiempo, se recordó a sí mismo.

Gracias a eso, el mundo llevaba miles de años garantizando cosechas imposibles.

No era oponerse a la voluntad de Dios, sino ayudar a la naturaleza.

«A veces», se dijo, «hay que molestarse en construir pozos subterráneos, y qanats, para que, invisibles desde la superficie, ayuden a que el agua llegue a los oasis y germine la semilla...» .

Oasis. Le gustaba la metáfora.

Todo se había calculado con la precisión de un orfebre.

Recabar voluntades hubiera significado dar tiempo para la reflexión, y sólo él debía decidir sobre el tema.

Dos guardias de los llamados «mudos», elegidos por su lealtad absoluta, su desconocimiento del árabe y su incapacidad para testimoniar, recibieron la orden.

Escoltaron a Subh, con la excusa de que el califa la esperaba en una estancia privada, lejos de los oídos del harén.

Ella acudió, aun con el corazón encogido por un presentimiento que le helaba la sangre.

Vestida con sus propios ropajes, era sólo una muchacha asustada en la oscuridad de un corredor desconocido.

La estancia no era la del califa, tampoco la de su háyib. Una habitación neutra, pequeña, anónima y sin ventanas, iluminada por un único candil que arrojaba sombras danzantes y grotescas sobre los muros desnudos. El aire olía a tierra húmeda y a aceite rancio.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, el que emergió de las sombras no fue al-Hakam.

Abi Amir estaba pálido. Sus ojos, usualmente llenos de una certeza férrea, reflejaban un pánico apenas contenido.

Aquella muchacha con la que se encontraba a solas en una estancia cerrada, en una situación reprobable por la sharia, no era una esclava cualquiera, sino la favorita del califa.

Nunca antes la había visto de cerca, una silueta etérea cantando en los jardines.

Y ahora, ante él, podía vislumbrar la realidad de su belleza: unos ojos verdes desorbitados por el miedo, una piel de lirio que parecía emitir su propia luz en la penumbra.

–¿Quién eres...? ¿Qué es esto? –La voz de Subh fue un hilillo de terror. Retrocedió hasta chocar con la fría pared.

Abi Amir abrió las manos en un gesto de impotencia. Había acudido allí a instancias de Fader, para encontrarse con el háyib. ¿Él habría orquestado aquello para castigar su insolencia? Se alejó de la cristiana todo lo posible, rezando porque no hubiera testigos.

–Es una trampa –susurró–. Para los dos.

La puerta se abrió de nuevo y entró Yafar, seguido por su guardia, que de inmediato se cercioró de que quedaba bien cerrada. Una fuerza gélida y dominante imbuyó la estancia.

Con un gesto, Yafar ordenó a los soldados que se apartaran a un recodo, mientras él contemplaba la escena con deleite, como la trama de un poema compuesto por sí mismo: la paloma acorralada, el joven halcón... Los dos tan bellos y perfectos como si él mismo los hubiese creado.

–Bueno –casi entonó, con voz serena–. El tiempo se agota. Las posibilidades, también. El califato necesita de vosotros para perpetuarse. –Hizo un gesto explícito juntando los índices–. De los dos.

Subh, entendiendo, miró a los soldados y lanzó un gemido ahogado.

–¡Es una locura! ¿Pretendéis engañar al califa?

–Se ha acabado el tiempo de los disfraces y los artificios, muchacha –le advirtió Yafar, demostrando que conocía la farsa–. Pueden continuar, si así lo deseas, claro, pero debemos asegurarnos otras opciones.

–¡No! –gritó la joven, asustada–. Si quedo encinta, será una afrenta contra Dios y contra el califa... Un pecado visible. ¡Me matarán!

–Nadie te tocará –le prometió el háyib–. Te protegeremos. Serás la madre del heredero. Y la dueña del harén.

–¿Y yo? –preguntó Abi Amir, procurando no traslucir su miedo.

–¿Tú? Bendita inocencia... –sonrió Yafar con ironía–. Mi virtuoso alfaquí..., ¿de verdad tengo que explicarte cuál es tu papel en todo esto?

–Imagino mi papel –recalcó él, tratando de aparentar seguridad–. Mi pregunta es: ¿qué pasará después, cuando sea... prescindible?

–Vamos, habibi –soltó una risotada–, no te crezcas...

Ya eres prescindible. Pero yo no he llegado hasta aquí por ser un hombre sin palabra, así que te aseguro que recibirás una generosa compensación por tus...

servicios. Y, si mantienes la boca cerrada, continuarás siendo de utilidad al califato. Vivo –recalcó–. Y a mi lado.

–También podéis decidir libraros de mí si doy a luz al heredero que tanto ansiáis –constató Subh con tono helado.

El háyib alzó las manos en un gesto de sorpresa e impotencia.

–¿Pero qué clase de monstruo sin entrañas pensáis que soy? ¿Por qué iba a provocar un terremoto en el califato, levantando sospechas con muertes innecesarias? Todos seguiremos con nuestras vidas. Vosotros dos, previsiblemente, con muchas más prebendas.

–Lo quiero por escrito –exigió Abi Amir.

–Ah, esa pasión por la palabra... ¿Me tomas el pelo, katib? No habrá nada por escrito. Es más, esto no habrá sucedido nunca.

–¿Y cómo sé que no me encontrarán dentro de tres días flotando en el wadi al-Kabir?

–Oh, ahí está la belleza de la incertidumbre. No lo sabes. –El háyib ensayó su sonrisa más lobuna–. Tendrás que confiar en mí.

–¡No! –chilló Subh.

Y, de pronto, la muchacha salvaje que habían domesticado con poemas y sedas pareció resurgir.

Se abalanzó contra Yafar no con la gracia de la cantora, sino con las uñas extendidas como garras y los dientes al descubierto.

Le arañó la cara antes de que los guardias, pillados por sorpresa, la agarraran con fuerza y tiraran de ella.

Abi Amir dio un paso adelante, instintivamente.

–¡Basta! ¡Dejadla! ¡Dejadla! ¡Esto no tiene ningún sentido! ¡El zina es un pecado, un atentado contra la ley de Dios!

Yafar se limpió una fina línea de sangre en la mejilla. Se volvió hacia él, exasperado, bloqueándole el paso.

–¡Olvídate de tu integridad, alfaquí! ¿Qué quieres? –Su voz era un susurro cargado de promesas venenosas–. ¿Ser cadí de Isbiliya? ¿De Labla? ¿Dirigir la ceca para acuñar el oro del califato? Dime tu precio. Todo hombre lo tiene.

Abi Amir lo miró fijamente. Por unos instantes, titubeó.

La frase le quemó la lengua: «Quiero ser tú. Quiero tu poder, no tus migajas».

La ambición se sobreponía a su humanidad.

Pero no se atrevió. La confesión lo habría aniquilado.

Y, cuando vio a Subh, forcejeando, llorando, convertida en un animal herido, algo se le quebró por dentro.

–No la tomaré por la fuerza –declaró con firmeza–. Es una princesa cristiana, no un botín.

–¡Es «exactamente» un botín! –rugió Yafar, perdiendo los estribos. Su paciencia de seda se rasgó–. ¡El pago que te ayudará a ascender!

Abi Amir negó con la cabeza, atrapado en la trampa de su propia integridad.

–No. No puedo.

La reacción de al-Mushafí fue rápida como un relámpago. Se abalanzó sobre él antes de que pudiera reaccionar. Lo agarró del pelo con una mano y, con la otra, sacó un puñal corto de su cinto, cuyo filo helado puso contra su garganta.

–No lo entiendes, habibi... Ésta no es tu elección.

¡Estás tan involucrado como si ya lo hubieras hecho!

¿O crees que te dejaría marchar impunemente después de haber llegado hasta aquí?

Oh, no importa... –se burló–. No te preocupes, buscaremos a otro candidato...

¡Estúpido! –le escupió en la cara, y Abi Amir sintió el aliento caliente en la piel–.

¿Tan listo eres y no te das cuenta? ¡Al alfaquí virtuoso lo paraliza el temor de Dios!

¿Crees que no sé que pagas por carne fresca en la alquería del puente?

Si no te excita el cuerpo de una mujer como ésta, tendré que pensar que acudes allí para verte con hombres.

¿Quieres que mis poetas escriban por toda Córdoba que tu cuerpo sólo gime en mi lecho como una joven virgen?

–¡Eso no es cierto! –clamó el joven, rabioso, en un esfuerzo por hablar con el metal en la yugular–. ¡Ni en vuestros mejores sueños!

–La verdad no importa. La verdad no existe, habibi –le susurró al oído–. La verdad es de quien la compra.

Yafar deslizó el puñal hacia sus labios, en un gesto de posesión y rabia.

Abi Amir sintió el corte, un dolor agudo y claro, y el sabor metálico y caliente de su propia sangre en la boca.

Escupió una mancha roja y brillante en el suelo de tierra.

Trató de revolverse, pese a todo, con fuerza, pero dos de los guardias, tras una rápida mirada de al-Mushafí, lo inmovilizaron contra la mesa.

–En cuerpo y alma, dijiste cuando aceptaste servirme –le recordó–.

En cuerpo y alma. Demuéstramelo ahora. Eres ambicioso, como yo lo era a tu edad.

¿Por qué crees que anticipo tus movimientos de cachorro inexperto?

Eres igual que yo, aunque te creas mejor.

Me necesitas. Y esta noche yo te necesito a ti.

Podría ser un trato beneficioso para todos.

No puedes permitirte el lujo de tener escrúpulos, porque no eres libre, Abi Amir.

Soy tu dueño. El dueño de tu triste alma de creyente, de tu cuerpo de semental joven...

, y hasta de la semilla que espero que germine aquí, esta noche.

No lo olvides. Nunca. –Hizo una pausa, para que calara en él el miedo–.

El califato se juega hoy su continuidad.

Jamás se le ha ofrecido un trabajo tan...

placentero... a un hombre al servicio de Medina Azahara... ¿Y tú te permites rechazarlo?

Se volvió hacia Subh, que los observaba paralizada.

–Y tú, mujer, también puedes elegir. ¿Qué prefieres?

¿Qué te monte el califa, con su desinterés, sus años y su melancolía, que todo lo ahoga?

¿O que te cabalgue este purasangre árabe, joven, fuerte y hasta apuesto, si se limpiara la sangre de la cara?

Decide ya. Porque, si no, pediré a mis hombres que lo hagan –la amenazó–.

O terminaré esto yo mismo. Pero, por Alá, que en esta noche nacerá el heredero de Córdoba.