La luz de Medina –II–
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–II–

No había funcionado.

Pese a que los encuentros de fantasía se habían sucedido de forma continua, y bajo la guía del médico judío, que calculaba los días fértiles de Subh, cinco meses después de la muerte del califa Abderramán seguían sin ningún resultado.

El salón de al-Hakam en Medina Azahara estaba envuelto en una penumbra dorada; la tenue luz de las lámparas de aceite proyectaban sombras danzantes sobre los estucados.

Él, reclinado en un diván cubierto de ricos tapices, mostraba un rostro cansado y marcado por la preocupación.

Había requerido ya en algunas ocasiones la secreta intervención de un físico.

El peso del califato y la presión por proporcionar un heredero a la dinastía lo estaban consumiendo.

Enfrente, sobre un cojín de seda, Yafar al-Mushafí reflejaba a su vez una mezcla de angustia y cálculo.

–No sé qué más hacer, Yafar –suspiró el califa, mientras jugueteaba con el borde de su túnica–. Sabes que he intentado todo lo que está en mi mano, pero nada funciona. La enfermedad me debilita, y la presión..., la presión es insoportable.

El háyib inclinó la cabeza, asintiendo despacio. Su mente trabajaba sin descanso para hallar una solución. La estabilidad del califato dependía de un heredero, y su posición de poder estaba íntimamente ligada a la del califa. Si al-Hakam caía, él caería con él.

–Y, sin embargo, mi señor –respondió con voz suave–, tengo que conminaros a insistir. Los cristianos huelen la debilidad como los perros.

–El miedo, como el que tú manifiestas ahora, Yafar, es lo que huelen. No podemos forzar la naturaleza ni los designios de Alá. A veces basta con que los astros se alineen una sola vez –sonrió, repentinamente divertido–. ¿Te he contado la historia de la esclava Maryam, Yafar?

El háyib parpadeó, confundido.

–No estoy seguro, señor.

–Si lo hubiera hecho, la recordarías –afirmó–.

Hace muchos años, cuarenta y siete, para ser más precisos, mi padre, el califa Abderramán, que repartía pródiga y equitativamente sus favores entre sus mujeres, requirió del harén a una de ellas para pasar la noche.

Era su esposa legítima, Fátima, la Quarisí, árabe y descendiente de la familia del profeta.

Las esclavas comenzaron a arreglarla para que se presentara más bella que nunca...

En un momento determinado, ella comentó con cierto fastidio la pereza que le daba abandonar la charla indolente del harén y la compañía de sus amigas para pasar la noche con su esposo.

Y entonces, Maryam, una concubina procedente de los reinos cristianos del norte, se escandalizó.

«¿Cómo puedes decir eso, desagradecida? Pasar la noche con el hombre más poderoso de Occidente sería un regalo. ¡Ojalá estuviera yo en tu lugar!»

, se lamentó. Su vehemencia despertó la ambición de Fátima y la curiosidad de todo el harén.

«¿Qué me darías si te cedo mi lugar y nos intercambiamos?»

, se le ocurrió, y Maryam no lo dudó: «Todo. Todo lo que tengo. Mi dinero, mis joyas. Absolutamente todo».

«Muy bien», respondió Fátima riendo, «pues adelante».

Esa tarde la actividad en el harén fue febril.

Mientras las esclavas de Maryam recopilaban todos sus bienes, arrancándole incluso las monedas cosidas a sus velos, ella se preparaba, sin joyas ni artificios, para enamorar al califa.

Cuatrocientos dirhams entregó la cristiana a Fátima a cambio una noche de amor con él.

Las dos estaban felices, convencidas de que habían hecho el negocio de sus vidas.

–¿Y qué pasó? –inquirió al-Mushafí con curiosidad.

–Que fue Maryam la que apareció en las estancias del califa, maquillada y envuelta en sedas, pero sin un pendiente ni una ajorca, ni brazaletes en los tobillos ni anillos en los pies.

Y, cuando el califa le preguntó por qué venía ella y no Fátima, y por qué iba vestida como una esclava, ella le contó la verdad: que lo había dado todo, absolutamente todo lo que tenía, por el privilegio de pasar una sola noche de amor con él.

–Hizo una pausa, deleitándose en su propia historia–.

El califa le sonrió, pues hasta al hombre más poderoso del mundo le halaga sentirse deseado.

Podía haberla rechazado por su osadía, pero, conmovido y encantado por su entrega, esa noche la pasaron juntos.

Es más, jamás volvió a llamar a la Quarisí.

Desde esa noche, Maryam fue la única mujer que reinó en su corazón, hasta el día de su muerte –calló unos instantes de nuevo, sumido en sus recuerdos, antes de concluir–: Y, según los cronistas, como ya habrás imaginado, el fruto de aquella noche fui yo...

Al-Mushafí sonrió. Era una historia perfecta, y él, enamorado del ritmo y de la métrica, pensó que podía componerla en una casida y regalársela.

–Es cierto, mi señor, que a veces basta con un solo encuentro. Sólo Alá sabe por qué los vuestros no germinan... ¿Quizá debiéramos cambiar a la elegida? ¿Buscamos a una Maryam en el harén?

–No, Yafar. Subh es... perfecta. Y la manera en la que se presenta en mis habitaciones lo hace más excitante aún. No creo que el problema sea ella. La responsabilidad y los años me bloquean, querido amigo. Quizá –trató de bromear– sería más fácil cambiarme a mí...

–No digáis eso, mi señor.

–Me has mal acostumbrado, querido –sonrió tristemente–. Eres tan eficaz e inteligente que no estoy habituado a tener que resolver mis propios problemas –suspiró–. Ojalá también pudiera delegar en ti esta tarea.

Al-Mushafí arqueó una ceja, sorprendido.

–¿Qué queréis decir, señor...?

–Nada. Divago –sonrió el califa. Posó una mirada cálida en la de su confidente y lo palmeó en el brazo–. Me siento... cansado. Probablemente todo fuese más fácil si la responsabilidad del califato no recayese sobre mis hombros, si tuviese las fuerzas intactas... o si fuera más joven...

Yafar al-Mushafí tomó aire lentamente. Se preguntaba si la idea que estaba cuajando en su cabeza era sólo suya o si era el propio califa quien se la estaba inoculando.

Tragó saliva y sintió un calor repentino.

Lo miró, interrogante, pero en su rostro sólo encontró una sonrisa sincera, sin asomo de ironía.

Repasó mentalmente la conversación. El califa era el hombre más inteligente que conocía.

Era imposible que no hubiera medido todas y cada una de sus palabras antes de pronunciarlas.

–Quizá deberíamos... –apuntó con voz ronca, recalcando un plural inexistente–. Deberíamos seguir intentándolo.

No añadió nada más, aunque la posibilidad empezaba a echar raíces en su mente. Hasta su cabeza podía rodar por insinuar algo semejante.

–Por supuesto, háyib. Sigamos intentándolo. Con la ayuda de Dios. Y con la tuya.