La luz de Medina –I– #3
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–I– #3

–Ya lo verá mañana, o cuando sea –zanjó al-Mushafí con cierto desinterés–.

Tú ocúpate de él, que esté entretenido, lo más alegre posible y bien alimentado.

Te hago responsable de su bienestar. Habla con sus instructores mañana para poder informar al califa de su programa de estudios y llévatelo a montar a caballo o a tirar con el arco.

–No sé hacerlo, señor –reconoció Abi Amir.

–¿Qué no sabes hacer?

–Montar a caballo. Me sostengo en la silla, por supuesto, pero no puedo enseñarle ningún tipo de técnica. No soy buen jinete –admitió–. Y tampoco sé tirar con el arco, señor, ni pelear con espada. No he sido instruido en el uso de las armas.

El general Galib sufrió un ataque de risa que le hizo escupir el contenido de su copa.

Tenía más de cincuenta años y el prestigio y orgullo de quien ha arrastrado a los ejércitos del califato a una victoria tras otra.

Para él, de origen eslavo, firme y fuerte como una torre, resultaba del todo inconcebible que un hombre no supiera manejar un arma.

Y no iba a callarse su opinión. Quizá porque estaba tan borracho como al-Mushafí.

–¿Es cierto eso? Yafar, espero que no le pagues por guardarte las espaldas...

–se rio de su propia broma y se levantó, tambaleante–.

¿Así que no sabes de armas? A los árabes os educan como a mujeres.

Como ellas, preferís pagar a otros para que os hagan el trabajo sucio.

Escúchame, muchacho: para cabalgar sin descanso, para atacar una plaza enemiga, para empuñar una espada que pesa como una maldición o para rebanar una garganta y sentir que la sangre te salpica en la cara, hay que valer –lo increpó–.

Hay que sudar, pasar hambre y sed, ensuciarse las ropas y dejarse el culo en la silla.

¡No sabes montar a caballo! ¡Mis jinetes bereberes –presumió– podrían dormirse ahora mismo encima de sus monturas sin equivocar un paso!

–Déjalo, Galib –protestó al-Mushafí, divertido–. Tiene tiempo, si desea aprender. Y posee otras virtudes: entiende de leyes y recita como los mismos ángeles. ¿No es cierto, Abi Amir? Obsequia a mis invitados con uno de tus poemas...

–¿Pensáis combatir contra Tulaytula con poemas si se levanta de nuevo?

¿O si el fantasma de ese malnacido de Ibn Hafsun se revuelve en Bobastro?

–se encendió Galib–. ¡Seguid engañándoos con el sueño de una Córdoba culta y refinada, que ya lloraréis cuando veáis a los ejércitos enemigos en vuestras puertas!

Es con metal desenvainado y no con frases cortesanas con lo que se debe defender Medina Azahara.

–Hay un momento para cada cosa, general –admitió al-Mushafí, conciliador, ávido de cambiar el tercio–. Adelante, habibi, ¿por qué no recitas la moaxaja del cazador y el joven ciervo? La que yo mismo compuse el otro día. ¿La recuerdas?

Le ofrecí agua

y bebió obediencia.

Le ofrecí sombra

y aprendió a inclinar el cuello...

Abi Amir había memorizado el poema; amenazador y oscuro, le recordaba la jerarquía entre ambos y sugería una intimidad humillante. Paseó una mirada fría por el salón. El eco de las risas, las poses relajadas, el vino tinto derramado sobre los manteles.

–No soy vuestra concubina, señor, como para recitar moaxajas en vuestras fiestas.

Un coro de murmullos y risas sorprendidas coreó sus palabras. El propio al-Mushafí las recibió con una carcajada. Le tendió una copa.

–Vamos, alfaquí, no seas tan condescendiente. Suenas como un ulema resentido. Bebe conmigo, por el nuevo califa y los nuevos nombramientos –señaló a su alrededor–. Por la nueva era.

Abi Amir permaneció de pie, erguido como una lanza, sin apartar los ojos de Yafar.

–El Corán prohíbe el vino, háyib –le recordó, enfrentándose abiertamente con él–. Y la memoria del Comendador de los Creyentes, que Alá lo haya perdonado, merece más respeto que un brindis de borrachos en la noche de su partida.

El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse.

Algunos de los asistentes carraspearon, avergonzados, tocados en su fe y sus principios; otros miraban a uno y a otro con curiosidad; todos conscientes de la insolencia del joven secretario.

Yafar bajó lentamente su copa. No había enfado en su rostro, sólo sorpresa. Sorpresa mezclada con algo peligroso.

–¿Estás seguro de que no quieres celebrar los nuevos nombramientos con nosotros? –insistió en un susurro sedoso–. Quizá no me interese promover a quien no desea siquiera sentarse a mi mesa.

–No hay nada en la tierra que puedas ofrecerme, háyib –afirmó Abi Amir con firmeza–. No hay absolutamente nada que justifique manchar la memoria del califa ni insultar nuestra fe.

Y, antes de que el hechizo de aquel momento pudiera engullirlo, tomó la copa que Yafar le había tendido y la estrelló contra el suelo de mármol, que quedó salpicado por el líquido color rubí, como sangre de una herida simbólica. Sin añadir una palabra más, se marchó de la estancia.

El silencio se deshizo lentamente. Las conversaciones y las risas volvieron a llenar la sala. Galib movía la cabeza significativamente, entre sorprendido y admirado.

–Con ese carácter –bromeó–, casi prefiero que no sepa manejar una espada.

Yafar al-Mushafí permanecía inmóvil, paladeando el trago de su propia humillación, la mirada fija en la puerta por la que había salido Abi Amir.

Luego, la volvió hacia el charco de vino en el suelo, y una sonrisa lenta, de admiración y deseo feroz, se dibujó en sus labios.

Había encontrado algo más interesante aún que el poder: el reto.

–Vigílalo –susurró al oído a Fader, quien, a su lado, aguardaba instrucciones–. Desde lejos –puntualizó–. Quiero saber con quién habla, dónde reza, qué libros toma de la biblioteca... Todo, absolutamente todo. Nadie puede ser tan virtuoso todo el tiempo.

En la austeridad de su celda, Abi Amir repasaba nerviosamente las cuentas de madera de su misbaha.

Intentaba rezar, pero las palabras del Corán se mezclaban en su mente con la mirada del háyib, cargada de una curiosidad depredadora.

Los latidos de su corazón lo golpeaban como a un pájaro preso.

Se había afirmado como un hombre de principios en un palacio en el que empezaban a danzar las sombras, pero ¿a qué coste?

¿Cuánto tiempo más podría seguir jugando a mirar al león a los ojos sin ser devorado?