–I– #2
En la penumbra de los aposentos privados, vestida con pantalones y chaquetilla corta, con el cabello recogido, moviéndose con gracia felina, logró por primera vez tocar una fibra en el alma del príncipe, melancólica y sensible.
La primera cena íntima había sido un pequeño milagro: al-Hakam la había mirado con arrobo, había acariciado sus rizos, su cara lavada de afeites, y le había confesado sentir «ese amor que sólo se lee en los libros».
Incluso el háyib, que contemplaba la escena desde una celosía oculta, vio en sus gestos, pese a ser todo un ardid, los recuerdos de su propia juventud.
Y parpadeó para evitar una humedad incómoda en los ojos cuando, al atraer a la concubina entre sus brazos, los labios del califa susurraron su propio nombre: Yafar.
* * *
Las honras fúnebres por Abderramán al-Nasir, el tercero de su nombre y primer califa de Córdoba, se retrasaron lo suficiente como para que los reinos aliados y vasallos pudieran enviar a sus representantes.
En las exequias, la ciudad más espléndida de Occidente se rompió en un duelo tan vasto como su río.
Medina Azahara se vistió de luto, y las condolencias llovieron desde todos los confines de la tierra conocida.
Para Yafar al-Mushafí, aquel torrente de dolor perpetuo mandaba el mensaje equívoco de que Córdoba, emocional y apasionada como una novia, se rompía con la muerte del anciano monarca.
El viejo poder veía sombras donde el nuevo aún lloraba.
–Enviad mensajes a los reinos cristianos: a León, a Bizancio, a los francos...
A las facciones bereberes del norte de África...
–ordenó al-Mushafí a sus consejeros–. Invitadlos a Medina Azahara.
Que envíen a sus embajadas para dirimir sus relaciones con Córdoba y presentar sus respetos al nuevo califa.
–La corona de Córdoba es pesada –suspiró al-Hakam.
–La corona es pesada, mi señor, pero se afianza con hijos –le respondió al-Mushafí–. Los enemigos huelen la debilidad, aunque sea la de un duelo legítimo. Deben veros. Deben contemplar un árbol firme. Y debería haber un vástago fuerte, por si, dios no lo quiera, os sucediera algo.
–¿Estás anticipando mi propia muerte, Yafar?
–Alá es el único que sabe, señor, pero sería mucho más fácil si la sucesión estuviera ya garantizada.
–Pues saca a mi hermano al-Muguira del harén –ordenó–. ¿Cuántos años tiene ya? ¿Once? Que llore la muerte de su padre a mi lado, no pegado a las faldas de su madre.
–¿Creéis que es el momento? La sayyida Mustaq dirá que le arrebatáis al niño en medio del dolor por la muerte de su padre.
–A todos nos duele la pérdida del califa y seguimos viviendo. Mustaq sólo quiere un peón para asegurar su juego en el harén. ¡Sacad al niño de allí antes de que lo atonten entre todas! Ponedlo a cargo de vuestro katib, ese alfaquí de ojos negros. Se entiende bien con él.
Yafar al-Mushafí suspiró.
–Es muy generoso presentar en las ceremonias fúnebres al pequeño al-Muguira, señor, pero nadie debe confundirse –le advirtió–: él no es vuestro heredero.
–Era el favorito de mi padre –zanjó al-Hakam con una mirada helada–. En su lecho de muerte, me pidió que velara por él. Debería ser califa, si yo no puedo proporcionar un heredero para Córdoba.
Al-Mushafí tensó la mandíbula para reprimir el impulso de estrellar el puño contra la mesa, como cuando hablaba con sus subordinados.
–Señor, con todos los respetos, creo que no estáis siendo consciente de la inestabilidad en que podríais sumir al califato –susurró, agotado–. Nadie os pide que os lancéis a caballo en una razia suicida contra el reino de León, sólo que engendréis un hijo. ¡Por Alá, no puede ser tan difícil!
Al-Hakam miró largamente a su háyib con gesto culpable. Asintió, resignado.
–Lo intentaré –prometió al fin–. Encargaos de que mi pequeño Yafar me visite esta noche.
El verdadero Yafar asintió. Una mezcla de afecto y frustración le encogían el estómago.
* * *
La noche que siguió a las exequias del gran califa fue una criatura de sombras largas y susurros acortados.
En Medina Azahara, el dolor era una coreografía de lutos y murmullos, pero, bajo los arcos de herradura y tras las celosías de madera de cedro, la vida, áspera y ambiciosa, seguía su curso imparable.
Subh preparaba su papel en el espacio que compartía con otras cantoras, cerca de la biblioteca, lejos de los mil ojos del harén.
Lubna y Fátima la asistían en silencio, con la solemnidad de las sacerdotisas en un rito.
El vestir a la muchacha como hombre era ahora un ritual depurado.
Le envolvieron los pechos, todavía jóvenes y firmes, con una faja de lino tan apretada que le hacía perder el aliento.
«No es sólo para aplanar», musitó Fátima, ajustando los nudos con manos expertas, «es para contener tu corazón y que no te salte del pecho».
La ayudaron a ponerse los bombachos de seda color ciruela y la chaquetilla corta bordada con hilos de plata, a la manera bagdadí que tanto fascinaba a al-Hakam.
No podían permitirse fallo alguno. Lubna recortó la cascada de cobre de su cabello y dejó escapar apenas unos rizos rebeldes bajo un turbante de lino oscuro.
Al ver los mechones en el suelo de mármol, Subh sollozó.
–Hoy no cantes sólo versos de amor –le pidió Lubna, colocando en sus manos un laúd de cuello esbelto–. Canta la elegía: la que llora al padre, al guerrero, al constructor de palacios. Toca la cuerda de su orfandad, Subh. No la de su lecho.
Subh asintió y se miró en el espejo de bronce pulido.
No se veía a sí misma. Era un fantasma; hermoso, sí, pero una criatura de ficción nacida de la urgencia política y la ternura.
Un eco. «Soy su amor», susurró para sus adentros, y las palabras se le quedaron en la lengua como un grano de anís, dulce y mentolado.
* * *
En el salón personal del califa, el aire olía a cera de abeja, sándalo y una tristeza densa. Al-Hakam II, vestido con lana sencilla, estaba sentado en un diván, la mirada perdida en los arabescos del yeso. Parecía más pequeño, consumido por el peso de la corona y la tristeza.
La puerta se abrió sin ruido. El joven fantasma de Subh se movió con el andar ambiguo que tanto habían practicado: ni el balanceo de caderas de una mujer ni la pesadez de un hombre, sino la gracia flotante de un joven poeta.
Se detuvo en el centro de la habitación, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite.
–Mi señor –dijo, modulando la voz hacia un registro más grave, pero con su dulzura melancólica–. Traigo en las cuerdas y en la voz un llanto por lo que se ha ido y un susurro por lo que debe permanecer.
Al-Hakam la miró. En sus ojos oscuros brilló el alivio. Allí no había demandas ni reproches, tampoco el peso abrumador de la expectativa femenina. Tan sólo belleza y arte, una evasión perfecta.
–Canta, Yafar. Y, si consigues tocar mi corazón, quizás acabemos llorando juntos.
Subh comenzó a acariciar las cuerdas del laúd.
La elegía compuesta por Lubna y el háyib era una obra maestra del adiós.
Hablaba de la grandeza de Abderramán, del vacío que dejaba su sombra, de la «torre que se alza ahora en el desierto del alma»...
Su voz, limpia y conmovedora, llenó la estancia, trepó por las columnas como una enredadera de sonido puro.
Al-Hakam cerró los ojos. Una lágrima, pesada y sincera, se deslizó por su mejilla.
Así era: la vida seguía, y llegaba el momento de rendirle tributo.
Se aferró a las caderas de Subh y la meció contra su pecho, en un paréntesis de pura emoción, ajeno a los celos de Radhia, el odio de Mustaq, las razones de Estado y los ciento y un problemas que lo ahogaban.
Ella le besó los párpados, conmovida por su tristeza, y él desató con urgencia sus ropas para mitigar el fuego que de repente lo consumía.
Sus labios se enredaron, y ella sintió la fiebre de su aliento, sus manos firmes recorriendo su espalda, tensándola como a la cuerda del laúd.
Que Dios la perdonara, pero quizás incluso pudiera llegar a amarlo.
«Alhamdullilah», susurró Yafar al-Mushafí, oculto entre las sombras.
Alabado sea Dios.
* * *
Cuando el ayuda de cámara le franqueó las puertas de las nuevas estancias del háyib, Abi Amir tuvo la sensación de que se había equivocado. De sitio o de momento.
Miró a su alrededor, incapaz de digerir la escena.
La tierra que cubría el cuerpo del califa aún estaba removida en la rawda, pero allí, entre divanes y cojines de seda, entre gráciles bailarinas y atractivos coperos, compartiendo frascas colmadas de vino en franca camaradería, se encontraban algunos de los hombres más importantes de la corte.
Allí estaba Ibn Zayd, el jefe de la guardia del califa; el veterano general Galib, jefe de los ejércitos del norte y guardián de la Marca; el visir Mohammed ibn Zudayr, e incluso el que había sido su tutor, el cadí Ibn Salim.
Y, por supuesto, actuando como maestro de ceremonias, en un sillón plegable de cuero y madera taraceada que semejaba el trono del califa, se sentaba Yafar al-Mushafí.
–Bienvenido, joven Abi Amir –lo saludó éste con exagerada alegría, abriendo ampliamente los brazos–. Me han dicho que me estabas buscando. Un raro privilegio. Normalmente suele ser al revés.
Al-Mushafí era un hombre de probada inteligencia, de una lealtad y una sensibilidad extremas, pero tenía sus puntos débiles.
Consciente de la atracción que ejercía sobre él, tanto intelectual como físicamente, Abi Amir procuraba revertirla a su favor.
El háyib jugaba a seducirlo en la intimidad, aunque habitualmente le bastaba con el tira y afloja del juego del poder.
A veces, una caricia furtiva que él fingía tolerar.
Nunca más allá. Y Abi Amir sabía exactamente dónde poner la línea entre ambos para que el juego resultara siendo excitante. Salvo cuando al-Mushafí bebía.
En ese momento, no hacía falta más que mirarlo para saber que estaba borracho. Su cara se contrajo en una mueca de asco.
–Sólo quería informaros sobre el príncipe al-Muguira, como me pedisteis, señor. Disculpad la tardanza. Duerme por fin. Las esclavas le han preparado una infusión de hierbaluisa y camomila. Dejó de preguntar por su madre, pero empezó luego con su hermano, el califa.