–I–
Medina Azahara, 349 H. / 961 d.C.
El rezo del mediodía terminaba, y su último eco, un suspiro colectivo, se disolvió en el aire espeso y dorado de Medina Azahara.
El silencio posterior, observó Lubna, no era de paz, sino la contención de un aliento universal.
Cerró los ojos, pese al rostro velado, mientras seguía con tristeza al séquito fúnebre para ocupar su sitio.
Subh, a su lado, le apretó la mano, y Lubna pudo sentir su vértigo y su miedo.
Dos años habían pasado desde que la princesa vascona, como a veces la llamaban cariñosamente, apareciera en el harén.
Tras la confusión y el temor de los primeros momentos, como les sucedía a todas, la muchacha del norte había aprendido a apreciar su fortuna.
Su aspecto había sido celosamente remodelado por Hind; su voz prodigiosa, modulada por los mejores maestros, se había teñido del deje andalusí que tan bien casaba con el laúd, en un acento que sonaba a luto y dolor perpetuo.
Había aprendido historia con los maestros bagdadís, quienes debían acordarse en sus lecciones de no encumbrar a los abasíes en aquella corte lejana y paralela, y también había ensayado caligrafía y oratoria.
Lubna la instruía en el abda, la técnica del debate tan disfrutada en las sobremesas.
Fátima había perfilado sus cejas rubias con khol para subrayar su mirada selvática y había hecho brillar sus cabellos como el cobre bruñido con un baño de henna.
Y, bajo la meticulosa dirección de Muzna, cada semana en el hammam, su blanquísima piel era limpiada de impurezas inexistentes, impregnada de aceites que durante días dejaban tras sus pasos un rastro de azahar y depilada con miel caliente hasta en los sitios más inverosímiles.
Aquella muchacha con los ojos del color de los bosques del norte que caminaba como envuelta en brumas había sido seleccionada cuidadosamente por la matriarca del harén para que fuera quien compartiera el lecho de su nieto al-Hakam cuando llegara el momento.
No soportaba a la prepotente Radhia y su corte de doncellas árabes, siempre manipulando a sus espaldas.
Por el contrario, aquella criatura le traía el eco de las tierras cristianas, más allá de la Marca, y le recordaba a la bella Maryam, que tan feliz había hecho a su hijo Abderramán hasta el día de su muerte.
Le recordaba, incluso, a ella misma. Esos dos últimos años le había pedido a Dios que no la llamase a su lado hasta ver su obra culminada, porque, si eran los califas los encargados de educar a sus herederos, ¿no debían ser las madres las encargadas de seleccionar a sus sucesoras?
Hacía apenas tres meses que la sayyida al-Kubra, la gran señora Muzna, había partido para siempre, dejando a una Subh repentinamente huérfana y un enjambre de luchas internas en el harén.
El fallecimiento de la matriarca de ojos de agua había sido un terremoto silencioso, presentido y casi deseado, pues sucedió apenas unas semanas antes de que su hijo, el califa Abderramán, comenzara a deslizarse hacia la noche.
Su partida fue interpretada como un último acto de misericordia divina.
Nadie, ni el pueblo ni el apiñado corazón del harén, podría haber soportado ver cómo se consumía, lenta y amarga, junto al lecho de su hijo agonizante.
Ahora, el gran califa Abderramán había muerto.
Y, en el mismo acto en el que se le lloraba, se encumbraba a su hijo, al-Hakam, como nuevo califa.
Junto a él permanecían, en pie, sus consejeros de confianza, envueltos en el blanco del luto, presentando sus respetos, algunos más pendientes de sus nuevas dignidades que del duelo por el monarca que había gobernado al-Ándalus durante cincuenta años.
«Demasiado tiempo», había susurrado el príncipe en el hombro de su chambelán, procurando que su tristeza no lo hiciera parecer débil.
La responsabilidad del califato le llegaba a los cuarenta y seis años.
«Tanto tiempo, tan buen gobierno», decía, «que no me ha dejado nada por hacer».
Pero Yafar al-Mushafí sabía que aquello no era cierto. Quedaba mucho por hacer, aunque lo más importante, sin duda, era asegurar un heredero.
La difunta Muzna y la princesa Hind le habían hablado en los últimos tiempos de la muchacha del norte, a la que ocultaban con celo a ojos del mundo hasta que llegara el momento oportuno.
El califa había prohibido a su hijo casarse o enredarse en las telarañas del concubinato mientras él estuviese vivo.
Tal vez, se rumoreaba, se había arrepentido al llegarle el final, pues en el último momento había llegado a pedirle perdón por vivir tanto tiempo.
Para al-Mushafí, claramente, posponer la paternidad de su heredero había sido un error. Ahora ya no había prórroga posible. Y, aun así, no iba a resultar una tarea fácil.
Él más que nadie conocía las preferencias del príncipe.
Él más que nadie sabía de la escasez de su apetito en momentos de dolor, cuando sólo deseaba refugiarse entre sus libros, como un niño en los brazos de su madre.
Y por eso él lo había planeado todo. Tras los fastos fúnebres, una cena ligera, un vino fuerte aderezado con canela china, jengibre y mandrágora que le estimularan el apetito sexual.
Y, entonces, aparecería por sorpresa aquella muchacha vascona, armada de su voz y de su música.
Luego, habría que esperar a que la naturaleza hiciera su trabajo.
Inshallah.
No había funcionado.
Subh había vuelto al harén de madrugada con el aire altivo de una novia despechada, para regocijo de Radhia.
«Es muy pronto», trató de consolarla Fátima.
«El califa acaba de morir, y el nuevo califa tiene la mente en otras cosas».
Subh negaba con la cabeza, envuelta en un llanto inconsolable.
Los últimos dos años le habían hecho creer que al-Hakam moriría de amor por ella nada más verla, pero el soberano le había dedicado la educada atención que se le reserva a una hermana pequeña.
Durante tres horas, ella había cantado, él la había escuchado con delicia, y habían hablado del dolor de la pérdida y del sabor a ruda de la nostalgia.
Y después, ya al filo de la madrugada, el Príncipe de los Creyentes se había apoyado en su regazo y había pedido que lo acunara hasta dormirse.
–La sayyida Muzna me entrenó para ser su princesa, no su nodriza –lloró, muerta de vergüenza y despecho.
Al día siguiente, Hind observó con preocupación el corro de las muchachas más jóvenes, solidarias en torno a ella, aburriéndola con consejos de lo que debería ponerse, beber o hacer para despertar el apetito del califa.
En las conversaciones ociosas del harén, hasta las vírgenes conocían métodos y posiciones que podrían enrojecer a las más entrenadas meretrices.
Cuando pensó que aquel tema trascendía de la intimidad a la razón de Estado, la princesa pidió ver a al-Mushafí, recién nombrado háyib, primer ministro.
En cuanto se presentó ante él, pese a ostentar en ese momento el puesto de mayor importancia en al-Ándalus tras el propio califa, el hombre no dudó en inclinarse, galante.
–Sayyida, vuestra belleza es sólo comparable a las rosas nuevas que se abren en la madrugada –sonrió, con la mirada baja y la mano en el pecho–, pero ni siquiera vuestra hermosura llega a medirse con vuestro intelecto.
–¿A qué pretendes jugar con esa retórica de poeta pobre, Yafar? –repuso Hind, inmune a los halagos cortesanos–. Aún recuerdo cuando preferías esconderte en las caballerizas con mi hermano antes que conmigo.
Se conocían demasiado bien, y desde hacía demasiado tiempo. Por eso les era fácil entenderse. Y discutir.
Cuando Hind le contó el rechazo sufrido por su protegida, el háyib suspiró.
–La muchacha vascona es perfecta –reconoció–. Joven, fuerte, con miembros elásticos y caderas anchas –enumeró, como si estuviera comprando una yegua–. Quizá sólo haya que adiestrarla un poco sobre cómo debe atender las necesidades de un hombre.
–Es una dama cristiana, Yafar, no una prostituta –le espetó Hind, implacable–. Me atrevería a decir que es mi hermano el que necesita algo de entrenamiento para saber cómo atender las necesidades de una mujer. Dame algo a lo que aferrarme... Dime, ¿qué es lo que lo excita?
El primer ministro parpadeó un par de veces, cohibido ante la franqueza de la princesa omeya.
–¿Por qué me lo preguntáis a mí?
–Vamos, Yafar...
–Ama la inteligencia –admitió al final con cierto orgullo mal disimulado– sobre todas las cosas.
Jamás concebiría una relación íntima con alguien que no esté a su misma altura intelectual.
No sé qué más deciros... Pensad vos en ello y proponedme una solución.
Éste es un problema que debe poder solucionarse en el harén, princesa.
Hay seis mil almas en el gineceo... ¿No encontraréis a nadie que encienda el deseo del califa?
–Es que no tenemos hombres –soltó ella con ironía, y enfadada por el hecho de que el primer ministro delegara en ella tan alta responsabilidad–. A lo mejor deberías ir vos mismo a caldear el ambiente...
El primer ministro abandonó el vestíbulo del harén con la misma indignación con la que hubiera interrumpido una charla diplomática ante una declaración de guerra.
Hind, irritada, rompió un par de frascos de su tocador.
Fátima le ofreció sharab de limón, con hielo del que se conservaba compactado en los sótanos, el que se traía en enero desde los pozos de nieve. No era un problema de fácil solución.
–¡Ya lo tengo! –exclamó Lubna repentinamente–. Está claro que el califa no tiene experiencia con mujeres. En ese terreno, quiero decir; que le resulta más fácil estar con un hombre...
–Ignoro qué parte de engendrar un heredero no te ha quedado clara, Lubna –observó Hind, sarcástica–. Es un acto que llevan a cabo dos personas. Y la que debe quedarse embarazada no puede ser un hombre.
Lubna esbozó una sonrisa traviesa.
–No, pero puede parecerlo.
* * *
El plan había sido una obra maestra, mezcla de intuición y desesperación. Entre las cuatro urdieron la fantasía. Subh se convertiría en un efebo bagdadí de ojos verdes y voz angelical que recitaría al oído del califa los versos de amor y devoción que el propio háyib y Lubna compondrían.