–IX–
Medina Azahara, 347 H. / 959 d. C
La noche en que llegó la nueva se quedó grabada para siempre en el harén.
Ese mismo día se anunció el invierno. El frío siempre llegaba a las faldas de la sierra antes que a Córdoba, y a veces lo hacía así, de manera repentina.
Durante todo el día, las chimeneas funcionaron permanentemente para calentar el agua y los conductos que calefactaban las estancias.
Y al fin la madrugada llegó, acompañada de un manto de escarcha.
Por eso quizá, al principio, sus chillidos se confundieron con el ulular del viento a través de las rendijas.
–¿Qué es eso? –exclamó Fátima con ojos asustados.
Había sonado como el alarido de un fantasma, y, pese a su recién estrenada fe musulmana, Lubna se persignó.
Luego oyeron un golpe sordo, seguido de una maldición entonada en árabe por una voz de hombre.
Y, por si todo aquello no había sido suficiente para despertar a las habitantes del ala oeste, el aire perfumado del gineceo se rasgó de pronto con gritos agudos, exclamaciones cortantes como cuchillos y palabras oscuras e ininteligibles que sonaban a tierra áspera y montaña.
Muzna se incorporó como un resorte, con los ojos ciegos muy abiertos.
–¡Esa lengua! –murmuró–. Es de más allá de los montes... Es de mi tierra.
Los gritos se iban acercando, entremezclados con el tono firme y monocorde de los eunucos que trataban de contener la tormenta que traían consigo.
Muchas de las mujeres optaron por salir de sus estancias y agruparse en torno a la alberca central, como el que espera la llegada de una mala noticia.
Despeinadas algunas, envueltas en sus capas o mantas las más, se apiñaron entre sí, buscando el calor y la compañía.
De repente, las cortinas de seda se apartaron con brusquedad, y dos eunucos de fuerte complexión arrastraron, hasta tirarla a los pies de las mujeres, a una joven menuda que no parecía posible fuera la causante de tamaño alboroto.
Tendría unos diecisiete o dieciocho años y una belleza impactante, salvaje: piel de porcelana pálida salpicada de pecas como oro rojizo; cabello del color del fuego de leña, largo y enmarañado, y unos ojos verdes como el musgo de los bosques del norte, encendidos por una furia feroz.
Vestía harapos de viaje, una túnica de lana basta y sucia, e iba descalza.
Al sentirse libre, escupió una última palabra en su lengua gutural e hizo ademán de abalanzarse sobre los eunucos, que emprendieron una divertida huida, y empezó a arrancarse las finas gasas y sedas que una sirvienta, con miedo, intentaba ponerle sobre los hombros.
–¡Fuera! ¡Dejadme! ¡Putas! ¡Asquerosos apóstatas! –alzó la voz de nuevo, esta vez en romance, para asegurarse de que la entendieran, mientras lanzaba miradas de odio a su alrededor.
El harén, acostumbrado a la gracia sinuosa, a la dulzura calculada y a la voluptuosidad serena, se había quedado en un silencio gélido, absoluto, ante la presencia de aquella fiera. Hasta Lubna, la última incorporación del lugar, sintió un escalofrío de rechazo.
–¿Qué es esto? –quiso saber Radhia.
–Un regalo –contestó evasivamente, desde el otro lado de los cortinajes, uno de los guardias.
Hind frunció el ceño con desdén. La muchacha cerró los dientes en el aire, como si pudiera morderla.
–¿Y qué regalo envenenado es éste? –preguntó retóricamente–. Parece una loba hambrienta.
Sólo el pequeño al-Muguira miraba con curiosidad a la joven muchacha.
Fue Muzna quien se adelantó, hablando con calma en aquel mismo idioma áspero. Escuchar su lengua de labios de una mujer respetable y elegante en aquel entorno tuvo la virtud de calmar a la recién llegada.
–¿Qué le ha dicho? –preguntó Mustaq, abrazando a su hijo contra sí.
–Que se calme –tradujo Hind para sorpresa de la mayoría–. Que es la madre del califa y le asegura que nadie le va a hacer daño, salvo que se lo haga ella sola.
–¿Entiendes esa lengua?
–Como mi abuela, mi madre, Maryam, era vascona también. Puedo entender la mayoría.
La joven, ahora quieta, jadeante, clavó sus ojos verdes en Hind, y luego en Muzna.
El corrillo de mujeres que rodeaba a las dos interlocutoras confirmaba su lugar de privilegio.
Y, sin embargo, ellas hablaban su lengua.
La curiosidad le hizo bajar un poco la guardia, aunque la desconfianza seguía ardiendo en su mirada.
–No es raro llegar a al-Ándalus desde tierras del norte, muchacha.
Lo raro es regresar –le susurró Muzna con voz temblorosa–.
Te contaré una cosa... Antes de ser Muzna, fui Miren, y vine desde reino de Navarra.
Mi suegra, la madre de mi esposo, el emir Abdallah, a quien Dios tenga en su gloria, se llamó aquí Durr, pero antes aún fue Onneca, también de Navarra.
Las mujeres no defendemos las fronteras, querida.
Por eso yo creo que no deberían interesarnos patrias en las que no podemos intervenir.
La única patria de la que me siento orgullosa, la que guardo, venero y protejo, por la que mataría con mis propias manos, es mi descendencia.
Mi patria es mi hijo, el califa Abderramán al-Nasir li-Din Allah, a quien Dios guarde muchos años.
Y mi nieto, el heredero Mohammed al-Hakam, a quien Dios conceda claridad y sabiduría cuando su padre falte –enumeró la anciana con regia dignidad–.
Y ahora dinos tu nombre, muchacha del norte.
La joven la observaba con un nuevo respeto. El silencio de un amanecer frío y aletargado en el que los pájaros aún estaban dormidos se extendió sobre las mujeres.
–Su nombre es Amara –anunció uno de los eunucos, aún parapetado tras una columna, temeroso de la furia de la recién llegada–.
Regalo del señor de cierto valle navarro que busca el favor del califa.
Dicen que tiene una voz que confunde a las mismas sirenas, que es capaz de seducir a los hombres, hacer llorar a las piedras y detener a los pájaros en su vuelo.
–Y hacer huir a los castrados –ironizó Fátima–. Ya hemos visto parte de su repertorio.
Un murmullo de interés, mezclado con cierta ironía, recorrió la estancia.
–¿Una sirena? –preguntó una de las esclavas más jóvenes, riendo entre dientes–. ¿Y a qué hombres va a seducir aquí? ¿A los eunucos?
–Con esos gritos, a los eunucos sordos...
Ignorando los comentarios, Lubna se acercó lentamente a la muchacha, como quien se aproxima a un animal herido, como se habían acercado a ella cuando llegó al harén, confusa y asustada. Le habló en romance, muy despacio:
–Nadie te hará daño. Sólo hay que respetar ciertas reglas. Y no estarás sola. Yo también he sido cristiana, y ya has visto que hay mujeres de tu tierra, que vienen de más allá de la marca.
Amara la miró, sus ojos verdes fijos en el rostro inteligente de Lubna, su dignidad tranquila.
No asintió, pero dejó de forcejear. Volvió la mirada a su alrededor.
Un leve temblor, de furia o de miedo, la recorría.
Lubna extendió la mano y le ofreció un pañuelo de lino limpio para que se secara el rostro sudoroso.
La joven navarra lo tomó; con desgana, pero lo tomó.
Y con ese pequeño gesto Lubna sintió que algo se quebraba y recomponía a la vez en el aire estancado del harén.
Muzna se quitó su capa de piel y se la tendió para que se abrigara, una señal clara de que la recién llegada quedaba bajo su protección.
No le hacían falta los ojos para verse a sí misma en esa muchacha tanto tiempo atrás, cuando la enviaron a aquella extraña tierra en virtud de un acuerdo que habían firmado hombres de los que jamás volvió a saber.
Quienes la acogieron, había pensado siempre desde aquel momento, la habían tratado con más dignidad que quienes se habían desprendido de ella para rubricar una supuesta paz temporal.
–No llores por lo que has dejado atrás –le aconsejó en la lengua romance–.
A quien se desprendió de ti, sea un padre un hermano o un marido, no le importas lo suficiente.
Eres parte de un trato que seguramente desconoces.
Podrías haber sido una saca de oro o una yegua de raza.
Y esto no es tu fin, sino una oportunidad para empezar de nuevo.
Lucha por hacerte un hueco aquí. Y créeme, te lo digo por propia experiencia, puedes llegar a ser más libre en el serrallo del califa que en tu castillo de Navarra.
La muchacha se dejó envolver en la capa, hipnotizada por el acento y la mirada ciega de la matriarca.
Se aferró luego a la mano de Lubna, como si eligiera un ancla, y en la fiereza de su agarre Lubna supo que algo nuevo, impredecible y peligroso, como la tormenta que tronaba fuera, acababa de entrar en el harén.
Y que nada, absolutamente nada a partir de ese momento, volvería a ser igual.
–Aquí y en la intimidad puedes rezar a quien quieras –le explicó Muzna–, pero para mantener las apariencias será mejor cambiarte el nombre.
–¿Qué tal Huriyat? –propuso Fátima–. Sirena.
–Demasiado pagano para los ulemas –zanjó Muzna. Alzó el rostro hacia las celosías para sentir en su piel marchita el primer rayo del amanecer–. ¿Y Aurora? En árabe, es Subh. Y, en romance, se parece a tu nombre real, y así recordaremos siempre la madrugada en que viniste a nosotras.
–Un nombre nuevo para alguien nuevo –aprobó Hind. Con su posicionamiento al lado de su abuela, mandaba un mensaje a las más jóvenes y beligerantes: esta joven vascona es de las nuestras, queda bajo nuestra protección.
Lubna miró instintivamente a Radhia. ¿Sólo ella se había dado cuenta de cómo la prometida del califa se retorcía las manos?
–Serás Subh, entonces –afirmó la anciana Muzna, mientras ajustaba en los hombros de la recién llegada las pieles con una precisión sorprendente para alguien que no podía ver–. Así te llamaremos desde ahora. Subh: la que llegó con la aurora.