–VIII–
Medina Azahara 346 H. / 958 d. C.
Lubna esperaba en los jardines, junto a la alberca rectangular, donde los peces dorados dibujaban destellos fugaces.
Pretendía hacerse la encontradiza cuando Abi Amir se dirigiera hacia la biblioteca, en lugar de limitarse a verlo, con sus compañeras, en el interior.
Cuando se informó a las escribas de que recibirían clase de un maestro en leyes, todas habían pensado en un anciano de barba rala y verbo aburrido.
Quizá por eso la llegada del atractivo alfaquí había revolucionado a las alumnas de tal manera que no había manera de conseguir intercambiar un par de palabras con él.
Al-Hakam había aceptado con entusiasmo la propuesta de Yafar y, desde hacía un par de meses, el joven instruía a las muchachas tres horas a la semana, ante la atenta mirada del propio al-Mushafí y la vigilancia precisa de Talid, el encargado de la biblioteca,
y los eunucos que velaban por la estricta observación del protocolo de las muchachas del harén.
Para el alfaquí del arrabal, era un sueño caminar por los mármoles de Medina Azahara, tener la posibilidad de que sus logros, su encendida oratoria y sus razonamientos llegasen a oídos del príncipe heredero.
Era bien sabido que al-Hakam siempre valoraba la pasión de sus subordinados para con su trabajo, y Abi Amir parecía derrochar inteligencia, emoción y conocimientos.
Al príncipe le había sorprendido gratamente que atesorase tanto saber y aplomo pese a su juventud, y le divertían el revuelo y los suspiros que el roce de la túnica del joven maestro, sus rizos aceitados y sus ojos oscuros causaban entre las muchachas.
Y no sólo entre ellas. No le había pasado desapercibida la intensidad con la que su chambelán miraba al alfaquí, aunque la disculpaba como se perdona la travesura de un niño.
Su buen Yafar, igual que sus admirados filósofos griegos, sentía debilidad por las bellezas jóvenes, pero su lealtad estaba a prueba de toda duda.
En ese momento de su vida, con Córdoba pacificada y su padre aún en el poder, pocas cosas preocupaban a al-Hakam más allá del empeño por conseguir que su biblioteca fuera la más importante del mundo.
–Abi Amir...
El joven se detuvo en el sendero de los naranjos al ver a la muchacha a la que había conocido como un niño.
Habían pasado casi dos años desde aquel momento.
¡Tantas cosas y tanto tiempo! Apenas la podía reconocer vestida con aquel kaftán verde de mangas amplias.
El pelo, rizado y cobrizo, le había crecido hasta los hombros, y ahora lo lucía enmarcado por un pañuelo que subrayaba el color de oro de sus ojos.
Parecía mayor. En realidad, parecía lo que era: una mujer, y no un chiquillo.
Sus ojos se posaron un segundo en su talle, y desvió la mirada, preguntándose una vez más cómo había sido tan necio de no darse cuenta.
–El pequeño Khalid, bromeó. –Le tomó las manos con cariño, como habría hecho con una prima cercana–. ¡Cómo has crecido!
Ella sonrió, encantada, pero retiró las manos y las entrelazó con modestia. Tal gesto no estaba permitido en público entre una mujer del harén y un hombre.
–Aquí me llaman Lubna.
–Lo sé. Me lo han contado –sonrió él–. Pero no quiero olvidar cómo nos conocimos.
Ella bajó la mirada, pero sin perderlo de vista.
La luz, tamizada por las hojas, jugaba sobre su túnica con bordados dorados, cuyos brillos realzaban sus ojos oscuros.
Se había afeitado con cuidado, y llevaba el cabello ligeramente humedecido y alisado con una esencia de sándalo.
No era el muchacho asceta y austero que ella recordaba; había una elegancia deliberada en su porte, una conciencia de sí mismo que lo hacía parecer mayor, más seguro.
Aun así, en sus ojos, al encontrarse con los de ella, brillaba la misma perplejidad inocente.
–Pareces distinto... –le confesó.
–Soy el mismo –mantenía la sonrisa–; quizá mejor asesorado.
–Siento no haberte contado la verdad...
–Yo no. Agradezco que no me la contaras. Alá sabe bien que soy imperfecto. No estoy libre de prejuicios. Quizá, de haber sabido que eras sólo una niña, no hubiera molestado a alguien tan importante como el cadí supremo. Y entonces ni tú ni yo estaríamos ahora aquí.
–Aquí, sí –suspiró ella–. En un juego de alianzas y poder que tal vez nos viene muy grande...
–Aprenderemos –afirmó él.
–Tú, seguro –dijo ella con énfasis–. Te lo mereces.
Eres la persona más generosa que que he conocido.
Y estudiante de leyes, hábil para la diplomacia...
Le hablé de ti a al-Mushafí, y él se dio cuenta enseguida también.
Se nota en cómo le habló de ti al príncipe después de conocerte.
–Un destello de picardía asomó a sus ojos–. Parecía... muy interesado.
Abi Amir desvió la mirada, un rubor tenue tiñendo sus pómulos.
–Gracias por hablarle de mí. Es un hombre de gran influencia –musitó–.
Gozar de su... protección es un regalo valioso, pero también una gran responsabilidad.
–Hizo una pausa–. ¿Sabes? Hace tres años no había salido de mi alquería junto al Mediterráneo, y ahora estoy aquí, en la mismísima Medina Azahara, codeándome con el círculo de los Omeya –se rio–.
Mi madre diría que el destino me ha traído al lugar al que pertenezco...
–O Dios...
Él la observó con una intensidad irreverente.
–Yo quiero pensar que has sido tú. Mi llave. Mi baraka. Mi fortuna. –Se acercó un poco más a ella–. Que nada malo puede pasarme si apuesto por ti.
–Yo siento lo mismo.
Las palabras flotaron entre ellos cargadas de una verdad que los sobrecogió.
El mundo exterior –el bullicio de la ciudad palatina, el peso de la historia que se escribía en sus salones– pareció desdibujarse.
Ella se acercó un paso, no para exponer su perfume a jazmines, sino para que se mezclara con el de él, a tinta, a libro nuevo y a sándalo.
Él alargó la mano, pero se detuvo a breves centímetros de la de la muchacha, recordando los miles de ojos y abismos terrenales que los separaban.
–Me gustaría que volviéramos a vernos... –susurró.
De repente, la realidad caía sobre ellos como un manto frío. Lubna sacudió la cabeza en un gesto de dulce tristeza.
–Es casi imposible, Abi Amir. Tú eres un hombre libre, y yo soy una esclava. Propiedad del califa –le recordó con tristeza–. Mis salidas, mis momentos no son míos. Hoy es un milagro de planificación y suerte.
La frustración nubló por un segundo los ojos de Abi Amir. Pero enseguida se iluminaron de nuevo, con una chispa de audacia desesperada.
–Entonces, tal vez –bajó la voz aún más, sonrió y se acercó a ella como para compartir un secreto prohibido–, debería desear convertirme en propiedad del califa también...
–¿Abi Amir? –El joven se apartó con un respingo al escuchar la voz de al-Mushafí.
Supo al instante que llevaba un buen rato espiándolos–.
¿Te has perdido en tu camino a la biblioteca?
Deberías permitir que te acompañen siempre.
Acabas de llegar a Medina Azahara, y ésta es una ciudad inmensa y compleja para alguien de provincias –le advirtió, recordándole cuál era su sitio–.
Podrías perderte en uno de estos recovecos y no te encontrarían nunca...
El chambelán caminaba junto a Fader, un esclavo nubio grande como una torre. Sólo Abi Amir captó la amenaza velada, el amargor de sus palabras.
–Tenéis razón, señor –su sonrisa se dulcificó como si destilara almíbar–. Me ha podido el deseo de pasear por estos jardines. ¡Son tan inspiradores...! Afortunadamente, la joven Lubna iba a mostrarme el camino, puesto que ella también se dirige hacia allí.
La muchacha bajó imperceptiblemente la mirada, y Abi Amir sintió el jardín más frío, más oscuro.
–Yo sólo soy una esclava, alfaquí –se despidió–. Os dejo con mi señor el chambelán. Estoy segura de que él guiará oportunamente vuestros pasos.
–Que Alá guíe los vuestros –le deseó con dulzura.
Ella se retiró tras una inclinación de cabeza.
Al-Mushafí observó su silueta, mucho más arreglada de lo estrictamente necesario, mientras desaparecía silenciosamente entre los setos de arrayán.
Luego buscó algo en la mirada del joven que permanecía inmóvil a su lado.
Un vínculo, un destello de deseo, una información que pudiera utilizar cuando fuera necesario.
–¿Te gusta esa esclava, Abi Amir? –le preguntó, ahora con una mirada gélida–. Tiene mucho valor para el príncipe. No sé qué opinaría si se enterara de que pierdes el valioso tiempo que él te concede en andar enamoriscando a tus pupilas...
–Señor –respondió éste de inmediato, envarado–, no estoy aquí para enamorar a las pupilas, sino para instruirlas. Además, vos sabéis bien que mi corazón no es libre. Me debo en cuerpo y alma a Dios y al califato.
–Te debes en cuerpo y alma a mí, Abi Amir. –Al-Mushafí le puso una mano en el pecho–. A mí. No te confundas.
El joven tragó saliva.
–Lo tengo presente, señor –murmuró, negando con sus palabras el destello de rebeldía en sus ojos.
–¿Lo tienes presente? Ten cuidado, habibi.
Si no equivocas tus pasos, yo puedo hacerte subir hasta lo más alto –le recordó–.
¿Quién crees que regirá los destinos de Córdoba cuando el califa, Dios lo guarde muchos años, nos falte?
El príncipe al-Hakam es un erudito, un sabio.
Y los sabios, querido, sólo desean mancharse las manos de tinta, del polvo de los siglos, pero no de la mierda y la sangre que hay que remover para regir un imperio.
–Abi Amir fingió no escandalizarse ante las claras aspiraciones del chambelán–.
Igual que estoy aquí ahora para allanar su camino, lo estaré entonces.
Y, cuando eso suceda, en Córdoba se hará mi voluntad.
Sírveme bien, y te llevaré conmigo hasta lo más alto.
Decepcióname, y haré que caigas a lo más profundo. ¿Lo has entendido?
–Perfectamente, señor.
Al-Mushafí alzó la mano derecha. Abi Amir no se movió, pero instintivamente cerró los ojos.
Aquel gesto evidenciaba su temor, su sumisión.
Satisfecho, el chambelán posó la palma abierta en su mejilla y le dio un par de palmadas pretendidamente amistosas.
Luego bajó la mano, le agarró la barbilla con ferocidad y acercó su rostro al del joven hasta que la cercanía se le hizo insoportable.
Al-Mushafí podía percibir su tensión, la chispa de rebeldía en sus ojos, su respiración acelerada.
–Ve. Y no me falles. Nunca. Me enteraré.
Abi Amir bajó la mirada, incapaz de sostenerla por más tiempo.
Al-Mushafí lo soltó entonces con un gesto brusco, observando con delectación la huella de sus dedos en el rostro del joven.
Sin mediar palabra, Abi Amir comenzó a caminar por el sendero que había seguido Lubna.
Con la mano derecha, acariciaba el rosario enrollado en la izquierda, nervioso, como si las cuentas de madera lo pudieran calmar.
Sus hombros evidenciaban la lucha que mantenía consigo mismo.
Fader movió negativamente la cabeza.
–Sois el chambelán de la casa del príncipe –se atrevió a reprocharle–. No podéis permitir que os desafíe alguien que apenas tiene la edad legal para presentarse a un cargo público.
–Me gusta que la gente a mi servicio tenga carácter, Fader –bromeó al-Mushafí–. Como tú...
–Pero ese alfaquí muerto de hambre... ¿No os dais cuenta, señor, de que es uno de esos árabes orgullosos de su raza? ¿De que se siente más que vos? Nunca os respetará ni os servirá de grado, pues desprecia vuestra sangre bereber.
–Puede. Pero soy yo quien se sienta junto al heredero de Córdoba –le recordó–. Y él lo sabe, y lo ambiciona. Lo sé porque fui igual que él. La humildad no es un don común a todos los hombres, Fader, pero puede aprenderse. De grado..., o por la fuerza.
–Os gusta jugar, señor. Lo sé y lo entiendo. Pero ese cachorro hijo de yemeníes no será fácil. Para vuestro esparcimiento, yo puedo conseguiros jóvenes menos... peligrosos.
–No has entendido nada, Fader –suspiró al-Mushafí, poniendo una mano en el hombro de su esclavo en un gesto de confianza–. ¿Sabes qué es lo que me gusta de la cetrería? –preguntó de pronto, sonriente.
El chambelán era un consumado cetrero. Fader lo ayudaba con eficiencia, pero nunca le había encontrado la gracia a aquella actividad.
–Lo ignoro, señor.
–El placer de domesticar un ave rapaz con mis propias manos –fue la respuesta–. De someterla a mi voluntad, de hacer que cace porque yo lo ordeno y no para satisfacer sus instintos naturales. ¿Crees que hay la misma grandeza en domesticar a una gallina que a un halcón?
Feder suspiró, no del todo convencido.
–Imagino que no, señor, pero, con todos mis respetos, a veces los halcones mejor entrenados se revuelven contra sus amos y les sacan los ojos.
–Muy cierto –admitió al-Mushafí, sus ojos aún fijos en la figura que se alejaba–. Por eso hay que enseñarlos desde polluelos. Y por eso –paladeó con satisfacción las palabras–, periódicamente, para que tengan claro hasta dónde pueden volar, hay que molestarse en recortarles las alas.