La luz de Medina –VII–
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–VII–

Medina Azahara, 345 H. / 957 d. C.

El sol de la tarde doraba las cúpulas y teñía de miel los arcos de Medina Azahara mientras Abi Amir caminaba por los jardines junto a su mentor, el cadí Ibn al-Salim.

El rumor del agua en las fuentes y el canto de los pájaros creaban una atmósfera de ensueño, que él saboreaba, extasiado.

Había sido llamado por el chambelán del príncipe, uno de los hombres fuertes del califato, y sabía que era su oportunidad.

–No olvides, Abi Amir –el cadí rompió el silencio–, que tu talento es tu mayor virtud, pero también tu mayor responsabilidad. Al-Mushafí es un hombre de gran influencia, pero también de grandes exigencias. Sé prudente.

El joven asintió, pese a que sus pensamientos volaban más allá de la prudencia. Su mentor lo había elogiado ante los poderosos, y ahora llegaba su momento. Soñaba con un puesto en la corte, con la posibilidad de aplicar sus conocimientos en jurisprudencia al servicio del califato.

Al llegar al salón de audiencias, las puertas se abrieron con solemnidad.

El chambelán, sentado en un diván cubierto de ricos tapices, los recibió con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Abi Amir lo estudió con disimulo, pues siempre lo había visto de lejos, junto al heredero, en el espacio privado de la maq-sura durante el rezo de los viernes en la mezquita.

Era un hombre en la treintena, de rostro afilado y mirada calculadora, vestido con sedas bordadas en hilo de oro.

A su alrededor, cortesanos y sirvientes se movían en silencio, como sombras.

–Bienvenido, joven alfaquí –dijo el chambelán, alzando una mano engalanada de anillos–. He oído hablar mucho de ti. Dicen que tu conocimiento de la ley islámica es tan vasto como el desierto.

Abi Amir inclinó la cabeza con respeto, sintiendo el peso de una mirada que lo escudriñaba de arriba abajo.

–Aún no soy alfaquí, no he terminado mis estudios, y es un honor inmerecido estar en vuestra presencia, señor –respondió con voz firme–. Espero estar a la altura de vuestras expectativas.

El chambelán volvió a sonreír, esta vez con una chispa de interés que no pasó desapercibida para el cadí, quien intercambió una mirada fugaz con su pupilo.

La conversación comenzó con preguntas sobre jurisprudencia, a las que Abi Amir respondió con precisión, citando textos sagrados y opiniones de sabios.

Al-Mushafí asentía, acariciándose lentamente la barba.

Sus ojos parecían más pendientes de los labios del joven que de sus palabras.

–En verdad pareces tan brillante como dicen –murmuró, reclinándose en su asiento–. Pero el talento no es suficiente en la corte. Aquí se necesita compromiso, y lealtades. Lealtades inquebrantables. Hombres capaces de entregarse en cuerpo y alma.

Abi Amir sintió un escalofrío al presentir las insinuaciones veladas. El cadí, incómodo, intervino:

–Abi Amir es un joven de gran integridad, excelencia. Su lealtad al califato es incuestionable.

–Claro, claro –respondió el otro, sin apartar los ojos del joven–. Pero la lealtad puede, debe, demostrarse de muchas maneras, ¿no es así?

De pronto, el ambiente se había tornado denso, opresivo. Abi Amir notó el peso viscoso de aquella mirada y un nudo en el estómago. Dudó, dividido entre sus aspiraciones y su dignidad.

–Excelencia –dijo al fin, con una voz que apenas temblaba–, mi compromiso será siempre hacia los Omeya y hacia Dios. Así espero poder serviros.

El chambelán dibujó una nueva sonrisa, esta vez con una frialdad que heló la sangre del joven.

–Me serviréis, joven alfaquí. De eso no hay duda. Pero dejad que sea yo quien decida cuándo. Y dónde –silabeó con lentitud–. Y cómo.

Se levantó y comenzó a dar pasos por la estancia, como un depredador rodeando a su presa. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro cargado de intención.

–He visto a muchos como tú: jóvenes brillantes, llenos de sueños y ambiciones.

Pero aquí, en la corte, los sueños se desvanecen rápidamente.

Sólo los más fuertes sobreviven. –Entrelazó las manos a la espalda.

Ni siquiera podía llegar a rozarlo, pero su mera presencia, tan cercana, tenía el eco de una caricia obscena–. Y tú..., ¿eres fuerte, Abi Amir?

Percibiendo la tensión, el cadí se interpuso levemente entre ambos y se inclinó respetuosamente.

–Excelencia, tal vez sea momento de permitir que este joven reflexione sobre sus opciones. El camino del servicio al califato es largo y complejo. Requiere de... madurez, y de discernimiento.

Al-Mushafí lo miró con desdén, pero finalmente asintió.

–Que así sea, entonces. Pero recuerda, querido –arrastró la palabra, mientras tendía la mano hacia la copa colmada que le servía un esclavo–: las oportunidades no esperan a los indecisos.

Ya fuera de sala, Abi Amir respiró hondo.

Se frotó los brazos como si tuviera frío, pues aún podía sentir aquella mirada implacable en su piel a través de la túnica.

El corazón le galopaba en el pecho. Miró a su mentor como pidiendo una confirmación de lo que acababa de suceder.

El cadí lo tomó del brazo con expresión grave.

–Ten cuidado, Abi Amir. Al-Mushafí no es un hombre al que se pueda desafiar ni rechazar impunemente. Pero tampoco debes permitir que te use. Recuerda siempre que tu honor es mucho más valioso que cualquier puesto en la corte.

Abi Amir asintió en silencio, como si estuviera de acuerdo con su maestro.

Aun así, no estaba tan seguro.

Quizá todo dependiera del puesto.

Y del precio que cada uno le pusiera a su honor.