La luz de Medina –VI– #3
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–VI– #3

–Y busca una ilusión más allá de aprender –la aconsejó Muzna–. Nutre tu corazón, como tu cuerpo o tu cerebro. Encuentra algo inofensivo que haga que tus pulsos latan más deprisa. Mientras sea así, te sentirás viva.

–No se busca una ilusión como una hogaza de pan en el mercado –había protestado ella.

–Cierto –coincidió la anciana–. Las ilusiones son más bien como pájaros. Pero, si no dejas las ventanas abiertas, ni siquiera sabrás que están ahí fuera.

Poco a poco, comenzó a sentirse cómoda con la contradicción, con la personalidad distinta de aquellas mujeres.

Encontró consuelo en las historias de Muzna, en la ironía de Hind, incluso en las mordaces lecciones de Fátima.

Poco a poco, empezó a culebrear en el laberinto del harén, a elogiar a Mustaq sin adulación y a respetar a Radhia sin acercarse a ella.

Y se sintió útil, al fin. Y aprendió a hacerse valer sin resultar una amenaza para nadie.

Estudiaba a todas horas mientras el mundo seguía su curso.

Abrazó el sueño de al-Hakam y se involucró, junto con Fátima, en formar parte de su preciosa fantasía: la de levantar en Córdoba una biblioteca sólo comparable a la que mil años atrás había existido en Alejandría.

Se enamoró no ya del heredero al trono, sino de su inteligencia feroz, de su sed de conocimiento y su pasión por compartirlo.

Y, cuando al fin estuvo predispuesta a escuchar, encontró incluso una faceta desconocida en al-Mushafí: la de poeta.

El apuesto chambelán poseía una exquisita sensibilidad de la que únicamente hacía gala en las reuniones de formación, cuando diseccionaba los versos de los grandes maestros.

Sólo entonces, bajando la mirada, se atrevía a declamar aquellos poemas de amor cortés compuestos por él mismo que, estaba segura, tenían el mismo destinatario que sus tristes casidas.

Y encontró una ilusión. Sin buscarla. Un día, simplemente, acudió a ella, como un pájaro.

Era una imagen que había estado sepultada en su mente bajo las novedades de los últimos tiempos: la del muchacho de los ojos oscuros y la túnica blanca.

Abi Amir, recordó. Él había sido el primer eslabón, la llave, la primera persona en aquella ciudad inmensa que la había ayudado sin pedirle nada a cambio.

Le había proporcionado un contacto en la corte, ropas dignas e incluso la había alojado en su casa.

Y ella, pese a haberle prometido que le devolvería el favor, nunca había vuelto a buscarlo.

Le debía, al menos, una explicación. Y, en lo más secreto de su corazón, anhelaba ver una mirada que no fuera la de un eunuco, un cortesano o un príncipe inalcanzable.

Una mirada que, paradójicamente y pese a sus disfraces, la conociera como era en realidad, al principio, antes de todo.

Trató de hacerle llegar una nota al arrabal, pero el joven estudiante de leyes había dejado la casa de su tío.

Ya no mendigaba un trabajo en los alcázares, sino que se había convertido en el asistente del gran cadí de Córdoba.

Sonrió al enterarse, agradecida por el giro de los acontecimientos, y deseó más que nunca volver a verlo y celebrar juntos esa suerte compartida.

Pero ¿cómo salir de la jaula dorada que era el harén?

Sus movimientos estaban limitados a los jardines interiores, las galerías, los baños.

Las puertas, custodiadas por eunucos leales a Mustaq, a Radhia, a la misma Muzna.

Sólo podían acudir a otras partes de la ciudad cuando eran requeridas para ello.

Para encontrar una salida, tendría que convertirse en una maestra de la caligrafía, pero también del arte más peligroso y necesario de todos: el de la intriga.

Y Lubna, la niña del molino, la que hablaba varias lenguas, la de la caligrafía prodigiosa, empezó a observar, a escuchar, a aprender, no sólo los versos de los poetas, también los silencios elocuentes,

las miradas furtivas y los susurros que trazaban mapas de poder en el murmullo del agua de las fuentes.

Y a adivinar cuándo era mejor callar y cuándo mejor intervenir.

Llegó el día en que vio su oportunidad. Era el propio al-Mushafí quien observaba sus avances y los de Fátima en aquella inmensa sala que al-Hakam estaba acondicionando como biblioteca, cuando, en un momento dado,

insinuó que dos recién conversas como ellas debían contar con una mínima formación en textos sagrados para poder reescribirlos con propiedad.

Y, entonces, Lubna no se lo pensó ni un momento.

–Yo conozco a un alfaquí que podría instruirnos, señor –se atrevió a decir–. Hasta a mí, que aún no conocía la fe islámica, me conmovió su manera de declamar las suras. Es joven y muy válido. Se llama Mohammed ibn Abi Amir. He oído que trabaja para el cadí de Córdoba...

Yafar la miró con sorpresa mal disimulada, evaluando si castigar su osadía por haber hablado sin ser preguntada.

Pero ella le sostuvo la mirada. Había aprendido ya que el apuesto chambelán sentía una especial predilección por aquellos que se atrevían a cuestionarlo, por el talento en estado puro y los jóvenes atractivos.

Abi Amir, por lo que recordaba, podía ser todo eso a la vez.

Dejó caer su nombre. Y dejó que el destino se encargara del resto.