La luz de Medina –VI– #2
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–VI– #2

–Altiva. Fría. Desprecia todo lo que no sea de origen árabe. A las judías como yo, a las mozárabes como tú, a los eunucos eslavos, a las esclavas bereberes... –Se encogió de hombros–. Tiene una altísima percepción de sí misma, pero...

–¿Pero?

–Se le acaba el tiempo –le susurró al oído.

No era la primera vez que escuchaba eso.

El hammam hervía en murmuraciones y secretos que no eran tales.

Objeto de buena parte de ellos, Radhia, la prometida de al-Hakam, de veinticinco años, belleza evidente y alta cuna, desprendía una tensión palpable.

La esperada boda nunca se celebraba, y su futuro esposo, sumido en libros y debates, no se preocupaba por ella.

La desesperación la sumía en una amargura ácida que salpicaba a cualquiera que pudiera parecerle una rival.

Los odios y las alianzas en el hammam eran tan sutiles como los dibujos que las celosías trazaban el suelo, pero Liuva se propuso entenderlos.

Muzna y Hind, aunque se despreciaban mutuamente, sentían curiosidad por ella, y la protegían.

Para ellas, esa niña cristiana era una reliquia extraña, un juguete nuevo e inocente en un tablero viejo y cansado.

Y, sin ser hermosa, el interés del príncipe por su formación representaba una amenaza para Radhia.

Incluso para la segura Mustaq, cualquier nueva mujer joven era, por definición, una rival.

Tras el vértigo inicial, Liuva se sorprendió a sí misma adaptándose a los ritmos del harén.

Los eunucos dispusieron para ella vestiduras de lino y seda fina, en colores suaves que no había visto nunca.

La propia Hind le aconsejó taparse con un velo ligero, como las mujeres nobles, mientras su pelo, en un cerquillo desastroso, creciera en lo que parecían bucles cobrizos.

Fue Fátima quien, con una mezcla de burla y complicidad, la sentó frente a un espejo de plata pulida y le pintó por vez primera los ojos con khol, acentuando de manera exquisita su mirada de ámbar.

–Así, al menos, no parecerás el mozo de las cuadras –le dijo, con su franqueza habitual.

Muzna, que la observaba sin verla apoyada en su bastón de marfil, asintió con lentitud.

–El nombre también debe cambiar. Liuva...

suena a espada bárbara. Aquí serás Lubna.

Es un nombre árabe, y no es tan diferente al tuyo.

Significa «la de la esencia dulce», huele a almendro en flor.

Quienes hemos sido conversas o no procedemos de las familias fundadoras no podemos adoptar los grandes nombres de la dinastía o de la familia del profeta, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él.

Seremos siempre Flor, Noche, Perla, Rocío, Lluvia...

, como yo misma... –admitió con tristeza marchita–.

Nombres de objetos. Bellos, pero prescindibles.

Lubna. El nombre cayó sobre ella como una lluvia suave.

Aceptó el velo, aceptó el khol, y poco a poco comenzó a aceptar la nueva piel.

El miedo inicial al harén, al califa, al poder omnipresente se transformó en una extraña serenidad.

Se acostumbró a calzar unas babuchas de piel finísima, a la caricia de la henna, a los vapores perfumados del hammam, a la indolencia de las tardes bordando, escuchando poemas o saboreando pasteles entre el tañido del laúd y el rumor del agua.

Y, en lo más profundo de su ser, una parte de ella que no se atrevía a nombrar empezó a florecer.

Se descubrió casi bella, y, con vergonzosa impaciencia, empezó a desear que el príncipe al-Hakam la reclamara.

Aunque sólo fuera, se decía, para observar sus avances de niña aplicada.

La había visto ya una vez con sus nuevas vestiduras.

Un día, en el jardín interior, cuando ella leía bajo una enredadera, mientras paseaba junto a su chambelán, su mirada se había detenido en ella, con curiosidad, pero también con una atención nueva.

Lubna había sentido que se le aceleraba el pulso.

Él había sonreído, educado, antes de continuar su camino.

Desde entonces, ella aprendía el arte más difícil de todos: el de esperar.

Esperar su llamada, la oportunidad de mostrarle sus avances en poesía árabe, en caligrafía, en la compresión de los complicados registros de la cancillería.

Y también aprendía a navegar las corrientes del harén.

Se había hecho cercana a la anciana Muzna, cuya melancolía cristiana resonaba con la suya, y a Hind, cuya inteligencia afilada y solitaria la intrigaba, aunque era con Fátima con quien había entablado una amistad de chispas y confidencias.

Y ya sabía que debía evitar a Radhia, cuyos ojos la perseguían como los gatos a los pájaros.

Fue Fátima quien, una tarde, mientras compartían dulces de miel, la avisó:

–Ten cuidado, Lubna –le dijo, bajando la voz–.

Te veo suspirar por el príncipe. Radhia no permitirá que exista rival alguna.

Y en este lugar... pueden pasar cosas. Un sharab con un sabor extraño, un escalón resbaladizo en el baño, un rumor que llega a oídos equivocados...

Además –añadió, con una sonrisa socarrona y un brillo malicioso en los ojos–, ¿para qué te desvives por llamar la atención de al-Hakam?

Aunque sólo se diga en susurros, todo el mundo sabe quién calienta su lecho...

–¿Quién?

–Su chambelán, Yafar. Es él quien goza de su corazón, de su confianza... –arqueó sus cejas–, y de sus noches.

Las palabras de Fátima le cayeron como un jarro de agua helada, y Lubna notó que el rubor de su rostro delataba su ingenuidad.

¿Era posible? Pensó en cómo al-Hakam se dirigía a Yafar al-Mushafí, la confianza íntima, incluso aquellos roces casuales que ahora, repentinamente, adquirían un significado completamente distinto.

Un nudo de vergüenza y desilusión se le formó en la garganta.

Esa noche, en la intimidad de su pequeña alcoba, sacó de un cofre oculto unas piezas del mismo preciado papel que ahora su familia producía para el califato.

En ellos, con su mejor caligrafía, había escrito sus primeras casidas, poemas de amor que ya nunca se atrevería a enviar a su destinatario. Las releyó con los ojos nublados:

En el sueño en que tejo nuestra historia

y en comunión con la naturaleza,

si tú fueras el roble añoso y fuerte,

quisiera yo ser hiedra.

Lléname como el campo

se llena de tormenta.

Que quiero que me goces

como a un día de fiesta.

Eran poemas torpes, la adoración adolescente de una discípula por su maestro, de una joven por el hombre que le había enseñado el mundo.

Ahora, a la luz de la verdad de Fátima, le parecían ridículas, patéticas, incluso peligrosas.

Con manos temblorosas, acercó una lamparilla de aceite y les prendió fuego.

La llama devoró sus palabras, el humo negro manchó el aire perfumado, y sintió una tristeza profunda y compleja.

Algo de su alma, de su joven ingenuidad desaparecía con ellas.

Se arrepintió, y trató de apagar el pequeño fuego, pero ya era tarde.

Lloró ante el lienzo desperdiciado y las palabras consumidas.

Quiso pensar que era por el recuerdo que el aroma del papel quemado despertaba en ella.

Y se juró que jamás volvería a permitir que el fuego devorase ni una sola palabra. Por peligrosa que fuera.

Sin embargo, la tristeza se le había estancado en el alma, más si pensaba en la familia que había dejado atrás para siempre.

Le hubiera gustado poder hablar con su madre.

Explicarle que habitar el harén no significaba ser una concubina, que estudiar el islam no te convertía en una renegada.

Los sentimientos se le mezclaban: la culpa aguda por albergar emociones inconfesables hacia un hombre que jamás podría corresponderla, y la sorda humillación por haberlas vivido con tanta intensidad.

Y, al mismo tiempo, se sentía desagradecida.

¿No le había dado el destino una oportunidad única?

–Todas echamos de menos algo, niña –le advirtió Hind una tarde–.

Incluso yo misma. Vive con lo que tienes y lo que sabes.

Lo demás vendrá, o ya ha pasado. Te has criado en un molino, ¿no es así?

Las horas son como el agua: parece la misma siempre, pero siempre es distinta. Y va pasando, sin detenerse nunca.