La luz de Medina –VI–
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–VI–

Medina Azahara, 345 H. / 957 d. C.

Si el párroco de Xatiba le hubiera pedido que describiera el paraíso, Liuva habría imaginado algo parecido. Siempre que la imaginación le hubiera dado para tanto.

El harén de Abderramán III en Medina Azahara no era la prisión que se había temido.

Era un universo inmenso suspendido en mármol y agua, un lugar donde la belleza se cultivaba con la misma minuciosidad que los arrayanes de los jardines.

Allí, el tiempo parecía fluir más lento, más denso.

Constituía casi una ciudad aparte, con sus eunucos, sus guardias, sus sirvientes, sus esclavas y su clase dominante; un mundo laberíntico y pulcro de aromas y miradas sutiles, de corredores, celosías, patios abiertos y estancias cerradas que daban cobijo a más de cinco mil personas.

Aterrador y fascinante a partes iguales.

El mayor miedo de su madre, allí en Xatiba, siempre había sido que alguna de sus preciadas hijas acabase formando parte del serrallo del califa.

Eso, ahora, se había hecho realidad. Aunque en verdad esa realidad poco tenía que ver con lo que el párroco de su aldea había equiparado con la antesala del pecado y con lo que ella misma había imaginado, con horror, en el momento en que el príncipe al-Hakam, una vez conocida su condición de mujer,

había ordenado que la trasladaran al harén de su padre.

La habían llevado allí casi a rastras, debía confesar, con la única compañía de un eunuco calvo de mofletes redondos que enseguida había dado las ordenes pertinentes para que un ejército de mujeres de piel oscura y ojos silenciosos la desnudase, la restregase de arriba abajo,

la aceitara y masajeara.

La corte de esclavas se había reído de su figura desgarbada, de su corte de pelo y sus minúsculos pechos, fajados durante dos meses, y hasta el momento nadie la había requerido sexualmente.

Comparada con la mayoría de mujeres que habitaban aquellos corredores, con sedas coloridas, ojos seductores y melenas brillantes, ella no era más que un polluelo recién salido del cascarón.

Pronto aprendió que para los musulmanes la idea de jardín era en sí misma la idea del yanna, el paraíso.

Porque el agua y el verdor que faltaba en las tierras donde había nacido el islam se garantizaban en la vida eterna, y cualquier patio debía encarnar esa idea.

Quizá por eso el corazón del harén era una gran piscina central de mármol blanco, donde el agua, siempre fresca y perfumada con esencias, reflejaba los arcos de herradura de las galerías y las celosías que filtraban la luz en patrones geométricos y florales.

El aire vibraba con el gorjeo de pájaros de colores brillantes que dormían en jaulas de plata, el susurro constante de las fuentes y el leve roce de sedas.

En el patio abierto, palmeras datileras, limoneros y fragantes naranjos componían una muestra de color y abundancia.

Eunucos eslavos, altos, imberbes y de movimientos fluidos atendían en silencio cada gesto, cada deseo tácito de las mujeres.

Era un mundo de sensaciones puras, una burbuja de indolencia y lujo, aunque, y Liuva no tardó en comprenderlo, ocultaba un laberinto de voluntades en conflicto.

Había sido Fátima bint Zakariya, la hija de un librero judío, uno de los más afamados de la ciudad, quien se había apiadado de ella como para explicarle las normas básicas, casi implícitas.

Fátima, sólo un par de años mayor que ella, era descarada y rebelde.

También estaba en formación con otras escribanas y estudiosas de poesía y lengua.

Asistían juntas a unas clases que ella se esforzaba en seguir, deleitándose en la belleza de las novedosas formas métricas que descubría con asombro.

Todo era nuevo, una caricia para los sentidos.

Jamás, ni en sus deseos más ocultos en las riberas del al-Baida, se hubiera imaginado estudiando poesía árabe en un entorno tan bello que con sólo mirarlo entraban unas ganas irremediables de llorar.

–Eso es nostalgia –diagnosticaba Fátima, cáustica–. Se te pasará enseguida.

Nostalgia, sí. De su tierra, de su familia, de sus hermanas y su madre, del trabajo en el molino, de la venta de las resmas de papel en el zoco, de la traducción de las cartas de los vecinos a la administración.

También del anciano al-Nasri, que la había ayudado a amar la lengua árabe; de don Alfonso, el párroco, que le había permitido leer en latín sus volúmenes sobre martirología...

Había enviado cartas a todos ellos explicando las buenas nuevas, pero aún no había recibido ninguna respuesta.

Pero también algo más, otro tipo de nostalgia presentida que la invadía cuando su mirada rozaba la silueta inalcanzable del al-Wali al-Ahd, el príncipe heredero.

Una emoción que la llenaba y vaciaba a un tiempo.

–No esperes que el Comendador de los Creyentes vaya a venir a reclamarte para sus aposentos –se rio Fátima un día–.

Esto no funciona así, querida. Para él eres una escriba en formación.

El califa ni siquiera sabe que existes. Y aquí dentro hay como quinientas mujeres que matarían por ser elegidas.

Y, cuando digo «matarían» –subrayó–, es que, literalmente, estarían dispuestas a matar...

–¿Por el califa? ¡Si es un anciano...!

–No seas impertinente, cristiana –la reprendió–.

El califa es la imagen de Dios en la tierra y no tiene edad, pero, si la tuviera –apuntó con malicia–, rondaría los sesenta y tantos.

Pero eso no impide nada. La prueba anda correteando por los pasillos: ya has visto al hijo de Mustaq, su favorita, al-Muguira.

Liuva conocía a la bella Mustaq. La joven había conquistado el corazón del califa después de la muerte de su amada Maryam, la madre del príncipe al-Hakam.

Siempre pegado a su falda y a las de sus nodrizas, iba el pequeño al-Muguira, un niño de no más de cinco años, sonriente y feliz, de grandes ojos y cabello rizado, que hacía las delicias del harén.

Era la última gran debilidad del califa, se decía.

Su hermano al-Hakam lo adoraba, y el chiquillo en ocasiones se escapaba a la biblioteca, ese fascinante lugar que olía a polvo suspendido y a tiempo en el que su hermano pretendía atesorar todo el saber del mundo.

Mustaq vivía cada ausencia con la preocupación de una madre y la tensión de una mujer que sabe que la mera existencia de su hijo ponía en peligro al heredero al trono.

Quizá por eso, pese a su posición privilegiada, paseaba en sus ojos una sombra de infelicidad.

–Y, si esto es un... un simple lugar de placer para los califas, ¿por qué se molestan en que estudiemos?

–Querida, la mayoría de las mujeres que hay aquí jamás pasarán una noche de intimidad con el califa, pero tocarán la lira en sus cenas, recitarán moaxajas para sus invitados o cantarán y bailarán en sus fiestas.

Las más cultivadas en letras escribiremos sus cartas, corregiremos su caligrafía, la enlazaremos en estrofas cúficas, hermosas en forma y contenido, y seremos la voz que el califato desea proyectar al mundo.

Los poderosos deciden qué hacer con nosotras.

De momento, somos objetos valiosos, caros, de prestigio.

Como libros raros y miniados en anaqueles que nadie consultará jamás.

Somos doncellas cultas que Córdoba puede permitirse para demostrar que no necesita que sus mujeres se ensucien las manos.

Cuantas más seamos, mayor será la gloria del califa.

Y luego, ocasionalmente, de forma casual o forzada, alguna terminará llamando la atención de alguien y gozará entonces de la oportunidad de engendrar a un hijo varón.

–¿Y el príncipe? –preguntó Liuva, sintiendo un escalofrío–. ¿Él no busca aquí también a sus... concubinas?

–¡No! –Fátima compuso un gesto de espanto–.

El príncipe no tiene harén propio. Aunque aquí se encuentra su prometida, Radhia, aún no puede casarse ni tener concubinas.

Es el heredero. Su padre cree que las intrigas de harén roban mucho tiempo, y por eso no le permite disponer de uno propio hasta que no sea califa de pleno derecho.

«El anciano Abderramán no va muy desencaminado», observó Liuva para sí. Se contaba que lo había experimentado en carne propia.

–¿Y el príncipe acata esa decisión de buen grado?

–Bueno... –Fátima sonrió con malicia–. No parece que le importe mucho. Todo el mundo sabe cómo se alivia el príncipe...

Liuva parpadeó, sorprendida. No comprendió la insinuación, pero no le pareció oportuno seguir preguntando.

En ese momento, Fátima se esforzaba por colocarle con cierta gracia un pañuelo para ocultar su corte de pelo.

Y, entretanto, hablaba continuamente, empeñada en proporcionarle una guía rápida de amistades y enemistades para que pudiera saber a quién tratar de acercarse y por qué.

–A quien todos sirven y hacen caso es a Muzna.

Ella es la abeja reina de esta colmena –señaló–.

Tiene setenta y seis años, y cumple cada uno que pasa como un triunfo.

Es de origen cristiano, como tú, un relicario vivo, y la madre del propio califa...

: de ella ha heredado el Príncipe de los Creyentes sus ojos claros.

Tiene ese velo que ahora los físicos llaman agua.

El médico judío, Hasday ben Saprut, se ha ofrecido a operarla, pero ella no quiere.

Dice que para lo que le queda por ver no merece la pena...

Pero yo creo que es una farsa para poder mirarte fijamente y meterse en tu alma.

Sabe cómo taladrarte por dentro, con sabiduría helada...

Yo te aconsejaría que trates de acercarte a Hind, la hermana de al-Hakam.

La tiene en muchísima consideración. Es lista como ella sola, tan lista –sonrió– que no ha querido casarse, ha denegado cualquier enlace...

, y ha preferido quedarse aquí. Compone poemas, toca la lira y creo que se siente dolida porque considera que es merecedora de más.

No se arregla tanto como las demás y desprecia los afeites, que considera artificiales, pero a mí me parece que su belleza tiene un toque melancólico...

–Es mayor incluso que la mujer de su padre –observó Liuva.

–Sí. Y no se llevan especialmente bien, pero se soportan.

Hind es una mujer letrada y sabia. Mustaq es belleza vacía.

Su hijo al-Muguira es su único valedor. Si no fuera la madre de un hijo varón del califa, tendría poco valor.

Y luego... –señaló a través del espejo a una figura envuelta en gasas que pasaba por el corredor– está Radhia.

–¿La prometida de al-Hakam? ¿Cómo es?