La luz de Medina –V–
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–V–

Córdoba 344 H. / 956 d. C.

–¿Una mujer?

Las palabras resonaron en la cabeza de Abi Amir con el eco de una bofetada.

Su tío le había escupido la noticia con un sarcasmo mal disimulado.

Sabía que Khalid no era el verdadero nombre del muchacho de ojos ámbar y manos finas, el portador del papel milagroso.

Durante los días que había pasado junto a ellos, en la casa de su tío, esperando la prometida audiencia en Medina Azahara, había llegado a sentir cierto vínculo con él, quizá nacido de la mutua orfandad, de esa sensación compartida de ser forasteros en Córdoba.

No le había interesado su verdadero nombre, como no le había importado su credo, pero era... ¿una mujer?

–Había algo raro en él... –masculló como para sí mismo. Aquella fragilidad bajo las ropas anchas, el pudor excesivo en el hammam, la voz quebrada, supuestamente por timidez y vergüenza... Ahora todo encajaba con una claridad humillante.

–¡Algo raro! –bufó su tío, dándole una palmada brusca en la nuca que lo obligó a cerrar los ojos–.

Algo raro dice. Toda Córdoba habla ya de la muchacha cristiana que se ha plantado delante del heredero de los Omeya sin que ningún eunuco, ningún guardia, ningún «hombre» listo se diera cuenta –soltó una risa áspera, cargada de desprecio–.

Somos el hazmerreír del arrabal. No sé cómo accedí a que entrara en esta casa...

, ¡como un perro apaleado! ¡Quién sabe qué oscuras intenciones tenía, si llegó enarbolando tamaña mentira como un estandarte!

–Quizá fue sólo para protegerse. Viajaba sola –le recordó–. Y quiero pensar que fue Alá quien te inspiró a acogerla...

–No metas a Alá en todos tus caprichos... –respondió su tío–. ¿No eres tan sagaz para todo, sobrino? ¿O sólo para los libros, aunque aún no te den de comer? Vete a los soportales del alcázar, anda. ¡A ver si alguien necesita un poco de tu sabiduría!

El sol de la mañana lucía implacable. La Córdoba que lo rodeaba, tan familiar, le pareció hostil, llena de ojos que lo juzgaban.

Mientras se dirigía hacia el puente, se encontró con aquel mismo grupo de muchachos que siempre se burlaban de su devoción por los estudios, de la túnica blanca que intentaba mantener limpia en un mundo de polvo.

–¡Eh, mira, el alfaquí! –gritó uno–. ¡El que estudia tanto que no ve más allá de su propia nariz!

–¿Qué ha pasado? –preguntó otro, provocando una risotada general–. Cuentan que metiste a una muchacha en tu casa, que te arrimaste a ella en el hammam y ni te diste cuenta.

–Vio sólo lo que deseaba ver –soltó un tercero con acritud.

–¡Alá no quiera que tengas que representarme en un pleito!

Abi Amir apretó la mandíbula. No respondió.

Siguió su camino, mirando al frente y recitando para sí: «Bismillah al-Rahman al-Rahim».

Sólo las palabras sagradas podían ofrecerle un ancla contra la ira que lo instaba a volverse y enfrentarse a ellos, a golpear hasta que la humillación se lavara con sangre.

Pero no lo hizo. En lo más recóndito de su ser, creía que tenían razón.

Se lo merecía. Una vergüenza abrasadora, más intensa que el sol, lo aconjogaba.

Se había dejado engañar. Había visto un proyecto, una oportunidad, y había pasado por alto todo lo demás.

¿Y si todo aquello resultaba ser una mentira aún más elaborada?

¿Y si aquel papel no era tan valioso, si la historia era un cuento, y él, Abi Amir, se convertía en el necio que había movido los hilos para introducir a una impostora en la corte palatina más preciada de Occidente?

La furia del háyib caería sobre él. Sobre el cadí Ibn al-Salim, que había confiado en él. Y las consecuencias...

Entonces, una fruta podrida, lanzada con fuerza desde atrás, le impactó en el hombro.

El jugo agrio y pardusco manchó la impecable blancura de su túnica, extendiéndose como un estigma.

Se detuvo. Respiró hondo. «Al-hamdu lillahi rabbil ‘alamin».

No se limpió. Y tampoco se volvió. Su única reacción fue clavarse las uñas en las palmas de la mano, y reanudó la marcha.

La contención era una disciplina. Como la escritura. Como la memoria.

Frente al alcázar, en los sombríos soportales donde los escribanos públicos ofrecían sus servicios, apenas había clientes. Abi Amir desplegó un pequeño taburete y el tintero. Trató de concentrarse en la lección que repasaría más tarde con su maestro bagdadí, pero la mancha en el hombro le quemaba.

–¿Eres tú Abi Amir? –Un esclavo norteafricano lo sacó de sus pensamientos–. El cadí Ibn al-Salim te reclama. Inmediatamente.

El joven alfaquí sintió que la boca se le secaba por completo.

«Aquí está», pensó. La represalia. Ya habrían llegado las noticias a Medina Azahara.

La vergüenza de la impostura habría salpicado al cadí, y éste, para lavar su honor, descargaría toda la culpa sobre el mensajero, ese joven iluso que le había presentado al falso Khalid.

Se levantó, las piernas débiles, recogió sus enseres y siguió al sirviente como de camino al cadalso.

La casa de Ibn al-Salim no era un palacio, pero rezumaba una riqueza serena y sólida.

Patios con fuentes murmurantes, paredes enlucidas de blanco, alfombras que ahogaban los pasos.

Con una nostalgia presentida, sintió que aquel universo, el sueño de un futuro más próspero, se le cerraba para siempre mientras aguardaba a que lo llamaran.

El cadí estaba sentado junto a una mesa baja, en la que reposaba una bandeja con una infusión de hierbabuena.

–Acércate, hijo mío –murmuró Ibn al-Salim, fijando la mirada en la mancha de su túnica.

A Ami Amir le sorprendió el tono: no sonaba a ira, sino a una calma casi paternal. Se acercó unos pasos, predispuesto para la reprimenda, para la pérdida del favor. Pero, en lugar de eso, el cadí le indicó que se sentara frente a él y, con sus propias manos, le sirvió una taza humeante.

–Siempre digo –comenzó Ibn al-Salim, acercando la taza a Abi Amir– que hacer el bien tiene su recompensa en la otra vida. Y a veces, por gracia de Alá, incluso en ésta.

El joven lo miró, desconcertado, sin atreverse a beber.

–Ha llegado un mensaje –continuó el cadí, y una sonrisa genuina, cargada de satisfacción, se extendió por su rostro afilado–.

De Yafar al-Mushafí en persona. Agradece mi gestión –remarcó deliberadamente– por hacerle llegar a «vuestro amigo»...

, esa muchacha cristiana..., a la corte.

El príncipe al-Hakam, al parecer, está fascinado.

No sólo con el quirtas, el magnífico papel, sino con su sabiduría, su caligrafía exquisita y sus conocimientos de idiomas. La ha integrado ya en Medina Azahara.

Abi Amir apenas podía respirar. ¿Aquello era un elogio?

–No le he dicho –prosiguió Ibn al-Salim, astuto, inclinándose un poco hacia delante– que el mérito no era mío.

Pero reconozco que así es. Quizás otro se hubiera dejado llevar por prejuicios, pero tú, por lo que sea, por encima de sexos o religiones, supiste reconocer a quien podía ser útil al califato.

Un talento puro. Una herramienta valiosa.

Y actuaste con celeridad. Y eso –tomó un sorbo corto– te hace valioso a tu vez.

Abi Amir bajó la vista, a la taza de té.

–Yo... no sabía que era una muchacha –confesó, sincero y con la voz ronca.

Una incomodidad repentina, cálida y confusa a la vez, lo invadió al recordar el casi imperceptible temblor de Liuva en el hammam, su mirada al tiempo temerosa y determinada, la cercanía involuntaria entre el vapor,

las risas en casa de su tío al tejer en sueños las posibilidades de la audiencia en la ciudad palatina, su excesiva rigidez en el camastro que habían compartido...

¿Había imaginado, aun sin darse cuenta, que no era un muchacho? El rubor le sombreó el rostro.

Ibn al-Salim asintió, comprensivo.

–Te honra tu sinceridad al admitirlo. Pero mira el resultado... Alá, en su infinita sabiduría, ha decidido recompensar tu perspicacia, aunque fuera ciega. –Hizo una pausa efectista–. Te he investigado, joven Abi Amir.

Las palabras flotaron en el aire cargado de aroma a hierbabuena. El joven alzó la cabeza lentamente.

–¿Investigarme..., a mí?

–Sí. Reconozco que, si te hubieras acercado a pedirme una prebenda para ti mismo, te habría despachado sin contemplaciones.

Pero usaste la atención y el momento para pedir un favor para otra persona.

Supiste explicarlo de forma resumida y antepusiste el interés del califato a tus intereses personales.

Podría contar con los dedos de una mano la gente capaz de hacer algo así en la administración de Córdoba...

Abi Amir guardó silencio, halagado. No sabía muy bien qué decir, y eso no hablaría bien de su elocuencia.

–No es ningún secreto –afirmó el cadí de repente, con desgana–.

Los saqalibas, esos eslavos manumitidos, se están haciendo dueños de la administración.

Los bereberes se hacen fuertes en el ejército.

¿Qué nos queda a los árabes? ¿Sólo la tierra?

Sé que tu familia procede de Yemen, tus antepasados entraron en al-Ándalus con el gran Tariq para enfrentarse al rey Rodrigo.

Sí, tu familia es fiel al islam y a la tradición, no como ese hatajo de recién conversos que interpretan los hadices a su antojo.

Tu abuelo fue cadí de Isbiliya, si no me equivoco, y tu padre murió cuando volvía de su peregrinación a La Meca, que Dios lo tenga en su gloria...

El olor dulzón de la alquería el día del entierro. La legión de moscas que las comadres espantaban con abanicos de caña. Abi Amir cerró los ojos, turbado.

–He hablado con tus maestros. Todos tienen una gran opinión de ti, muchacho.

Brillante, aseguran. Si no fuera huérfano...

Si no tuviera que enviar la mitad de su jornal a su familia...

Si alguien apostara por él más de lo que lo hace su tío, que lo trata a palos...

Todo eso han llegado a decirme. ¿Es cierto, Abi Amir?

Éste tragó saliva.

–Mi tío cumple con su deber –afirmó con lealtad inquebrantable–. No es fácil para él mantener otra boca ni hacerse cargo de un extraño, aunque sea de su sangre. Alá no se llevó a mi padre en el mejor de los momentos, pero sin duda sus designios obedecen a un plan que desconocemos.

–Sin duda –confirmó el cadí–. No podemos saber cómo hubieran sido tus estudios en Córdoba si tu padre no hubiera fallecido, pero sí sé cómo podrían ser a partir de ahora...

–Posó en él sus ojos afilados, surcados de incontables arrugas–.

Te vendrás a mi casa. Serás mi secretario personal y me asistirás en el desempeño de mis funciones.

Por supuesto, tendrás un sueldo. Aprenderás más aquí que entre los libros, pero...

seguirás estudiando. Soy muy exigente, Abi Amir.

Y sólo tendrás una oportunidad, porque no acepto a nadie que traicione mi confianza.

Si vales, te ayudaré. Si no vales, no me temblará el pulso a la hora de devolverte al arrabal. ¿Lo has entendido?

No, no lo había entendido, porque no podía ser cierto.

A sus sólo diecisiete años, uno de los hombres más poderosos de Córdoba le ofrecía que trabajara para él, que se instalara en aquel palacete de ensueño arrullado por el rumor del agua.

Lo miró con ojos húmedos de agradecimiento e incredulidad.

Quiso preguntar por qué, pero intuyó que hacerlo sería dudar de sí mismo.

–Si aceptas, mi sirviente te acompañará a casa de tu tío a recoger tus enseres. Le pediré que alquile un carro.

–No hará falta –reconoció Abi Amir casi sin voz, inclinándose ante él, humilde–. No tengo tantas cosas.

Ibn al-Salim lo entendió. No mostraba servilismo, sólo un pragmatismo feroz. Posó la mano en el hombro del joven, que se estremeció a su contacto. Hacía casi cuatro años que nadie se permitía un gesto de cariño con él.

–No me decepciones, Abi Amir.

–No, señor –aseguró, mirándolo a los ojos–. No lo haré. Nunca.

La vergüenza de primera hora de la mañana se disolvía como la miel en leche caliente en Abi Amir.

Ahora sentía un nuevo vértigo. Con elegancia, rechazó la propuesta del sirviente de proporcionarle ropa limpia, que aún olía a romero y al humo del planchado.

La mancha de la fruta podrida en su túnica ya no era un estigma, sino un signo de resiliencia.

Salió de allí con una sonrisa nueva y un juramento de lealtad; con la seguridad de que aquella cristiana de ojos de ámbar no había llegado a su vida por casualidad.

Quizás había sido su padre quien se la había enviado.

Desde el paraíso, como quien envía un ángel protector.