La luz de Medina –IV–
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–IV–

Medina Azahara, 344 H. / 956 d. C

La alfombra era tan espesa que parecía querer tragarse su pequeñez y su fraude.

Liuva –Khalid, tenía que recordar ser Khalid– se mantenía de rodillas, con la cabeza gacha y los ojos clavados en un intrincado dibujo de zarcillos y flores doradas que se enredaban en un fondo carmesí, tan profundo que parecía beber la luz del pasillo.

Cada hilo era una promesa de riqueza; cada dibujo, una afirmación de poder.

Una sola fibra de aquella lana teñida con tintes de Oriente debía de costar más que todo lo que su familia había poseído jamás.

A su lado, un ayuda de cámara con rostro de pocos amigos agarraba su zurrón de cuero, ya viejo y deslustrado, con sólo dos dedos, como si contuviera una serpiente.

Su gesto de asco era tan claro como una sentencia.

Liuva se esforzaba para que su temblor resultara imperceptible.

Un temblor que le nacía de las entrañas y le recorría el cuerpo.

Para acallarlo, susurraba entre labios una letanía tranquilizadora: «Pater noster, qui es in caelis...»

. Pero las palabras no iban dirigidas al Dios de los cielos o, al menos, no sólo a él.

También eran para su padre, cuyo amado rostro imaginaba de nuevo perdido entre las llamas y los escombros.

«Santificetur nomen tuum...». ¿Era una herejía rezar por un muerto, convertir el padrenuestro en un mensaje personal?

En aquel lugar, donde cada piedra cantaba la grandeza de Alá y de su profeta, probablemente sí.

Pero era el único anclaje que la ataba al mundo que había dejado atrás.

Medina Azahara, más que una fortaleza palatina, era un universo tallado en mármol, yeso y agua.

Desde el momento en que habían traspasado sus monumentales puertas, flanqueadas por guardias cuyas cotas de malla brillaban bajo el sol, Liuva se había sentido una parte mínima y prescindible de aquel gigantesco entramado.

Cada pasillo era una galería de arcos que se perdían en la lejanía; cada puerta, un monumento de madera taraceada con marfil; cada recodo, el murmullo de una fuente en un patio privado.

El aire olía a azahar y a agua fresca, en una pulcritud aterradora.

Por los jardines geométricos, donde los arrayanes podados formaban setos perfectos y los canales dibujaban líneas de plata líquida, paseaban hombres vestidos con sedas ligeras portando rollos de pergamino o tablillas de cera.

Se movían con una eficiencia silenciosa, los rostros serenos, los gestos calculados.

Todo era orden, belleza y poder. Todo funcionaba.

Todo encajaba. Menos su presencia allí. Su identidad era una farsa; sus ropas, prestadas.

Sólo sus dedos, ásperos y heridos por la cal y la pulpa de lino, contaban la verdad.

«Esto es una temeridad», pensó, y el miedo le oprimió el pecho.

¿Cómo había creído que podría mostrar al Príncipe de los Creyentes, al heredero de un imperio poseedor de todos los secretos del mundo, algo que no conociera?

La carta de al-Nasri, su plan desesperado, todo le pareció de pronto una fantasía infantil y ridícula.

La puerta se abrió sin ruido y, a un gesto del ayuda de cámara, entró.

La estancia, amplia, fresca, con altas ventanas que daban a un patio interior, claramente era un lugar de trabajo.

Mesas bajas repletas de libros y documentos, cofres de madera, mapas enrollados.

En el centro, sobre un diván cubierto de ricos cojines, un hombre la observaba.

Yafar al-Mushafí debía de rondar los treinta y cinco años.

Su barba era negra y cuidada, y escondía el cabello bajo un turbante inmaculado con un leve ribete dorado que resaltaba su piel morena.

De rostro anguloso y nariz aguileña, no resultaba un hombre bello en el sentido convencional, pero había en él una dignidad serena, una inteligencia vivaz en sus ojos de halcón que lo hacían profundamente atractivo.

El hijo del viejo preceptor, criado junto al príncipe al-Hakam, su sombra, su mano derecha, su filtro ante el mundo, podía despachar a cualquiera con un simple gesto.

Sin embargo, la historia que el cadí Ibn al-Salim le había hecho llegar había despertado su curiosidad.

–Acércate –dijo, con tono grave y calmado.

Liuva sintió que las piernas le flaqueaban.

Al-Mushafí, contra todo protocolo cortesano, no le preguntó por su viaje ni por su salud ni por su familia.

Fue directo al grano: tipos de fibra, tiempo de maceración, métodos de prensado y secado.

Preguntas claras, técnicas, pensadas para separar el conocimiento real de la charlatanería.

Liuva, forzando una voz grave, supo responder con precisión; su padre le había enseñado todos los secretos del molino.

Le contó sobre el lino y los trapos limpios, sobre moldes de caña y cola de pescado.

Le explicó la molienda del trapo, el rumor incesante del agua, el batido paciente, el secado lento.

Habló sin alzar la voz, sin adornos, como si la verdad bastara.

Y Yafar escuchaba, preguntaba, corregía.

En un momento dado, extendió la mano, y su ayuda de cámara le entregó una de las resmas que Liuva había traído.

Con movimiento pausado, pero firme, la desplegó y la sostuvo a la luz vacilante de las velas.

Los dedos, largos y finos, acariciaron la superficie.

Un destello de asombro, rápido pero innegable, le cruzó la mirada.

–Traed tinta y cálamo –ordenó.

Lo mojó cuidadosamente en el tintero y con pulcritud trazó unas letras sobre el papel. Al-Mushafí contuvo la respiración. La tinta no se corrió, no se empapaba la pulida superficie; se quedó plasmada con una nitidez perfecta, suave. Miró el resultado, y luego a Liuva. Su decisión estaba tomada.

–Haced venir al príncipe. –El gesto del ayuda de cámara, sorprendido, evidenció que saltaba un protocolo centenario. Aquello lo merecía–. Decidle que alguien le ha traído un obsequio desde Balansiya.

La espera que siguió fue una agonía en silencio.

Liuva, con la mirada baja de nuevo, se aferraba a la percepción de los detalles para no desmayarse: el polvo de oro danzando en un rayo de sol, el canto lejano de un ruiseñor en los jardines, el suave crujido de las sedas de al-Mushafí al moverse.

Cada segundo, una eternidad, hasta que la puerta se abrió de nuevo.

–Por Alá, Yafar –rezongó el príncipe al-Hakam al entrar, con un deje de afecto–, me arrancas de un pasaje fascinante de Ptolomeo. Espero que lo que tengas que mostrarme valga la pena, o te condenaré a copiar el Kitab al-Zij entero.

Una energía, un carisma cálido y voraz emanaba de al-Hakam.

De rostro ancho y mirada inteligente, con ojos vivaces y oscuros, destacaba en su rostro una barba rubia y corta.

Parecía poco mayor que al-Mushafí, y Liuva detectó entre ambos una complicidad implícita; una familiaridad hecha de gestos mínimos, de roces permitidos, de gestos que no necesitaban palabras.

El príncipe le rozó el brazo con naturalidad.

El consejero, más discreto, respondió con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa contenida.

–Mirad, señor. –Al-Mushafí le mostró el soporte donde acababa de escribir.

Nada más verlo, la expresión de queja del príncipe se desvaneció. Tocó el papel. Lo dobló ligeramente, sopesando su flexibilidad. Leyó las palabras. Las rozó con los dedos y se miró las yemas. Luego, alzó la mirada hacia Liuva. Sus ojos destellaban con pasión.

–¿Qué es esto? –preguntó como en un susurro lleno de maravilla. Al-Mushafí hizo un gesto con la cabeza. Liuva no supo si debía hablar o no hasta que el príncipe insistió–: ¡Habla!

–Se llama quirtas, al-Amir al-Sayyid. Se fabrica con fibras vegetales –contestó Liuva al fin, sintiendo la voz extraña y la boca seca.

–¿De dónde lo has sacado?

–Lo he hecho yo. Bueno, mi padre... Pero yo lo ayudé. Conozco el proceso.

El príncipe se acercó y fijó su mirada, intensa y curiosa, en ella.

–Alza la cabeza.

Liuva obedeció, con miedo de enfrentarse por primera vez a la mirada del heredero del mayor poder de Occidente. Pero en aquellos ojos no vio la ira de un déspota, sólo la chispa febril del erudito que ha comprendido, que ha encontrado una pieza única.

–¿Qué pides a cambio de esto?

Liuva inspiró hondo. El momento que tanto había esperado...

Y, con una calma sorprendente, expuso su propuesta: la producción en exclusiva para el califato a cambio de la reconstrucción del molino en Xatiba y la ayuda para su familia.

El suficiente dinero para sacarlos de la vergüenza de mendigar, de deber hasta la yizia, el impuesto que garantizaba su fe y que les permitiría volver a la iglesia y dejar de rezar en la clandestinidad.

–Mi madre ya no es dueña ni de su propia fe, mi señor –concluyó, apelando a su compasión.

Al-Hakam la escuchaba con atención, sin dejar de acariciar la pieza de papel.

–Nadie está por encima de la ley –afirmó entonces–. Xatiba sólo exige los impuestos que Córdoba le reclama, pero no temas: pagaremos vuestro tributo. Tu familia podrá conservar su fe.

–Gracias, mi señor.

–No hará falta molestar a mi padre, el califa –sonrió el príncipe–.

Yafar, ocúpate de los detalles: el préstamo y cómo se devolverá en un futuro, la partida necesaria para la reconstrucción del molino y el taller y la redacción de un contrato exclusivo para la producción de papel.

Aun así... –su mirada se volvió de nuevo a Liuva, afilada como la hoja de un cuchillo–, quiero una garantía.

Tú te quedarás aquí, en Medina Azahara. Te formarás con nosotros.

Nadie sentirá la tentación de vender a otros el secreto si su... «hijo» está aquí.

El suelo pareció abrirse bajo los pies de Liuva. En la corte. Entre hombres. Día y noche. Le sería imposible mantener la farsa. Aquello era una sentencia.

–Pero nadie se atrevería a venderlo a nadie más, mi señor –trató de argumentar, con la voz quebrada–. Es un privilegio serviros.

–Aun así –insistió el príncipe, en tono amable pero inquebrantable–, deseo que sirvas al califato. Personalmente.

–Yo no sé de armas... –balbuceó.

Al-Hakam dibujó una sonrisa amplia y llena de genuino interés.

–Eres avispado, resolutivo y, según parece, con cierta formación, pues hablas el árabe perfectamente, el romance, e imagino que sabrás latín y algo de griego, si te has criado entre curas.

Yafar pedirá al jefe de la cancillería que te busque un lugar.

Por el momento, residirás en la madrasa, junto a la mezquita, con los demás estudiantes.

Aprenderás literatura árabe y los textos sagrados.

La Córdoba que yo tengo en mente, muchacho, no necesita más soldados. Necesita hombres de letras.

«La madrasa, con los otros estudiantes». Esas palabras resonaron en la mente de Liuva como una campana fúnebre. Cerró los ojos. Era el fin, la deshonra, la ruina definitiva de su familia tras ella.

Una fuerza extraña, nacida de la desesperación y de un último rescoldo de dignidad, la recorrió.

Se irguió. Ya no era Khalid, el muchacho asustado que debía recordar modular la voz y fajarse el pecho.

Era Liuva. Su padre había sido el único fabricante de papel del califato, y ella había llegado hasta el corazón de Medina Azahara contra todo pronóstico para llegar a un acuerdo con el mismísimo califa.

Miró directamente a los ojos del príncipe al-Hakam, desafiando siglos de protocolo.

–Lamento decepcionaros, mi señor –dijo, y su voz, por primera vez desde que llegó al sur, sonó clara–. Pero, si Córdoba busca hombres de letras..., no os puedo ser de ayuda.

Se llevó las manos al cinturón y se lo desabrochó, para exponerse, en un gesto de rendición. Abrió los brazos ligeramente para mostrar su cuerpo delgado, modelado levemente por la túnica.

–Porque yo... soy una mujer.

El silencio que siguió fue absoluto. El ayuda de cámara, lívido, contuvo la respiración.

Yafar al-Mushafí arqueó lentamente una ceja.

El príncipe al-Hakam no apartó la mirada de ella.

Un instante después, su gesto se trocó en sorpresa, para luego mostrar no ira, sino una profunda curiosidad, mezclada con algo que parecía admiración.

Liuva había agachado la cabeza, esperando el grito, el arresto, el golpe. En el fondo, se sentía aliviada ante aquel silencio cargado, en el que la verdad, por fin liberada, pendía en el aire, tan fina y frágil como la pieza de papel que el heredero al trono de Córdoba aún sostenía en su mano.