La luz de Medina –III–
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–III–

La mente de Abi Amir procesó la revelación con la velocidad del relámpago.

Y sí, también pensó en sí mismo.

En su tío, y en los contados dirhams que lograba enviar a la alquería para ayudar a su madre y sus hermanos pequeños; en las túnicas remendadas, en los dedos permanentemente manchados de tinta por tratar de ganarse un sobresueldo como escribano en los soportales del alcázar,

y pagar así a los maestros de gramática y literatura, dos materias que su tío no consideraba necesarias.

En la obligación constante de demostrar que cada esfuerzo invertido en él daba sus frutos.

Pensó que ser portador de una noticia que pudiera interesar al califa, una que oliera a Bagdad, a futuro, no era sólo un acto de compasión.

Se había quedado asombrado al ver la blancura inmaculada y la textura prometedora.

En ellas adivinaba ríos de tinta fluyendo sin obstáculos, copistas multiplicando libros sin parar, decretos viajando ligeros a los confines del califato, bibliotecas enteras naciendo donde antes sólo cabían unos pocos volúmenes costosos.

Vio poder. El poder del conocimiento, acelerado y generalizado.

Y vio, con una claridad brutal, la oportunidad que se posaba, temblorosa y cubierta de polvo, frente a él.

Ese muchacho, cuyos ojos destellaban miedo y orgullo a partes iguales, era el portador de un secreto que podría trastocar la cultura, el futuro.

Y la carta para al-Mushafí, el hombre que había sido un pilar en la corte, era la llave para abrir todas las puertas.

Una llave que, tal y como le acababa de revelar, se había perdido.

Pero las llaves, pensó Abi Amir, podían duplicarse... , de conocer a un buen cerrajero.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó, neutro.

El muchacho dudó un instante. Sus ojos, del color del ámbar oscuro, parpadearon.

–Khalid –mintió, con una voz que intentaba ser ronca pero que se quebraba en los bordes–. Me llamo Khalid.

Khalid. «El Eterno». Un nombre común, demasiado común. Abi Amir asintió como si se lo creyera.

–Bien, Khalid. Sígueme.

Le sonó como una instrucción suave, y Liuva, con el mundo desmoronándose a su alrededor y perdida la esperanza de encontrarse con al-Mushafí, supo que no tenía opción. Siguió al joven de túnica blanca como un náufrago sigue el destello de un faro en la costa.

Abi Amir caminaba con paso seguro, como si Córdoba le perteneciera.

Caminaron a través de callejuelas que olían a pan recién horneado y a especias hasta una puerta discreta de madera tallada de la que emanaba un vapor cálido y húmedo, perfumado con alcanfor y romero.

El vapor se escapaba por la puerta como un aliento antiguo.

El hammam. Mientras pagaba al encargado, deslizó un par de monedas y unas palabras rápidas en el oído de un chico descalzo que rondaba la entrada.

El niño asintió y salió disparado como una flecha.

Dentro, el mundo pareció transformarse. El sol se filtraba por los tragaluces de la bóveda, creando columnas de polvo dorado que bailaban sobre el vapor.

El aire era denso, tibio, cargado de los suspiros del agua sobre la piedra y el eco lejano de voces.

El hammam olía a jabón y a piel caliente, y las estancias recogían el murmullo de las voces y lo devolvían luego multiplicado, como si las palabras también se purificaran allí.

Hombres de todas las edades caminaban desnudos o apenas cubiertos por lienzos blancos, ajenos unos a otros, con una naturalidad que a Liuva le pareció obscena.

Carne pálida y carne morena, cicatrices, musculaturas flacas o poderosas, todo expuesto sin pudor.

Liuva se aferró al lienzo que le habían dado como si fuera una armadura, se envolvió en él hasta el cuello y avanzó con pasos cortos y torpes, la mirada clavada en los mosaicos azules y verdes del suelo, notando la quemazón en las mejillas.

Abi Amir, a su lado, se despojó de su túnica con la sencillez de quien se quita una capa.

Su cuerpo era delgado, pero bien formado; la piel, levemente aceitunada; el pelo, libre del turbante, oscuro y ondulado, le rozaba los hombros.

Liuva desvió la mirada. Sintió sus mejillas encenderse y quiso pensar que era el calor. Abi Amir observó su rubor, divertido.

–¿No piensas quitarte el lienzo, Khalid? –le preguntó con sorna–. No se limpiará la suciedad de semanas a través de la tela.

La muchacha sacudió la cabeza con vehemencia y apretó aún más la tela contra su pecho. Un hombre obeso pasó rozándolos, su desnudez rotunda e insultante. Al ver que su acompañante contenía la respiración, Abi Amir se rio, un sonido suave que se mezcló con el gorgoteo del agua.

–Tranquilo –susurró–. Conozco tu secreto.

El corazón de Liuva pareció detenerse. Se aferró al lienzo con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y lo miró con ojos aterrorizados. Si había descubierto su mentira, todo habría sido en vano.

Abi Amir se inclinó un poco hacia delante. Acercó el dedo índice a su pecho, en la base del cuello, justo en el borde de la tela.

–Aquí. Hay una marca más blanca que el resto.

La marca perfecta de una cruz que ha estado colgando de un cordel durante años.

–Sus ojos brillaban, con una chispa de inteligencia–.

¿Te la quitaste para entrar en la capital del califato?

–Su tono no era cruel–. Hermano, aquí puedes ser lo que quieras: cristiano o judío. No es necesario ocultarte.

Un suspiro, largo y tembloroso, escapó de los labios de Liuva. El alivio, de lo agudo, casi le dobló las rodillas. Sólo había visto la señal de la cruz.

–Es... vergüenza –musitó, excusándose en la verdad a medias–. Los cristianos no estamos... acostumbrados a esto. A mirarnos..., a exponer nuestros cuerpos así, como vosotros. Es pecado...

Abi Amir asintió, comprensivo, y se reclinó contra el mármol caliente, dejando que el vapor abriera sus poros.

–Para nosotros es limpieza, purificación, respeto...

Es estar limpios para Dios y para nuestros semejantes.

Pero aquí, en Córdoba, el hammam no es sólo un lugar para lavar el cuerpo, igual que la mezquita no es sólo para rezar.

Son... plazas claves. Lugares donde los hombres se encuentran, hablan y tejen favores.

Quien no entra en ellos no existe. Un recién llegado como tú, sin amigos, es como una hoja suelta en el viento.

Puede volar alto un momento, pero acabará pisoteada en el fango.

Necesitas raíces, Khalid. O, al menos, la apariencia de tenerlas.

Cuando se sintieron limpios, con la piel enrojecida y los espíritus algo más ligeros, el rapaz ya los esperaba en la entrada.

En los brazos sostenía un atuendo sencillo pero apropiado: una túnica de lino fino de color arena, un viejo cinturón de cuero y un turbante modesto.

Liuva se vistió pudorosamente en un rincón.

La gratitud le nubló la vista por un instante.

Aquella ropa era el primer regalo que le otorgaba Córdoba.

Antes de que pudiera darle las gracias, Abi Amir la arrastró hasta el barbero, un hombre parco que, por una moneda, igualó el desastre de su cabello.

Aún no tenía asomo de barba, pero la transformación era asombrosa.

El zarrapastroso Khalid se había convertido, de repente, en un muchacho serio, de facciones finas y ojos dorados, que podía pasar por el hijo de algún mercader venido a menos o el aprendiz de un erudito.

–¿Por qué haces esto por mí? –preguntó–. Yo no puedo..., no puedo pagarte ahora.

–No hace falta. Y no te engañes: también lo hago por mí...

–Te compensaré en cuanto pueda. Lo juro.

–No jures. Alá es el único que sabe por qué suceden las cosas.

Habían salido a la calle y, como si Alá así lo hubiera previsto, repentinamente, al doblar un recodo de la judería, la mezquita se alzó ante ellos.

Desde las puertas abiertas al patio, un bosque de arcos de herradura policromados en blanco y rojo parecían susurrar oraciones en piedra.

En la fuente de las abluciones, entre el rumor del agua, Abi Amir le mostró cómo lavarse manos, boca, nariz, rostro, brazos y pies con movimientos pausados, didácticos.

–Observa, pero no hagas nada que no sientas. Sólo entra conmigo. Si me aparto de ti, no me sigas, salvo que te lo pida.

Su acompañante asintió. Se descalzaron y entraron juntos.

Había visto otras mezquitas, pero ninguna tan grande.

La gran sala de oración era un océano de silencio y sombras frescas, roto por haces de luz que descendían de las lámparas e iluminaban las infinitas alfombras.

El imam declamaba los textos sagrados frente al mihrab, y los hombres seguían el rezo.

Liuva cerró los ojos y se dejó llevar por aquel murmullo adormecedor hasta que una voz cambió la vibración del aire, como una nueva corriente de agua en un arroyo.

Abrió los ojos. Abi Amir se encontraba ahora junto al imam, y, pese a su juventud, su voz se proyectaba por toda la estancia, llena de matices, de pausas, de suspiros.

No leía, declamaba las suras con tal intensidad que los fieles permanecían prendidos de sus palabras.

Hablaba del gesto de dar, de cómo se debe recibir a un extranjero en una comunidad y de cómo Dios devuelve siempre la generosidad multiplicada.

Liuva se dio cuenta de que él solo, con sus palabras, era capaz de erizar pieles y levantar corazones.

Cuando salieron, lo entendió todo. Ibn al-Salim, el cadí supremo de Córdoba, estaba junto a la puerta fundacional que había mandado abrir el primer emir, Abderramán I al-Dahil.

Liuva observó por unos instantes a aquel hombre de mediana edad con rostro afilado y barba entrecana, vestido con sencilla elegancia.

Saludaba, recibía respetos, y su mirada parecía escrutarlo todo.

Abi Amir no titubeó; se acercó y, tras inclinarse con un respeto que no era impostado, se dirigió al cadí en el mismo tono exquisito y templado que unos instantes antes había sido la voz de Dios.

–Con todos los respetos, venimos en busca de vuestra sabiduría, cadí.

–Medía los tiempos y las palabras para asegurarse su atención–.

Mi nombre es Abi Amir, alumno de leyes del maestro ben Mu‘awiya al-Qurasi.

Éste es Khalid, un hermano que llega de la kurah de Balansiya.

Trae una carta de recomendación para el venerable Uthman al-Mushafí, que Alá lo tenga en su gloria.

El cadí miró a Liuva con curiosidad. En el silencio que siguió hubiera podido escuchar su corazón martilleándole las costillas.

–Una lástima –murmuró el cadí–. Al-Mushafí era un roble. Su sombra protegía a muchos.

–Así es –convino Abi Amir–. Pero quizá, en vuestra infinita sabiduría, podríais mostrar a este joven como dirigirse ahora al...

al árbol adecuado. Tal vez el hijo de Uthman, Yafar, tan vinculado al príncipe al-Hakam, a quien me consta que tratáis, podría recibirlo.

Khalid ha viajado durante cuarenta días a pie desde Xatiba porque tiene algo que puede interesar en Medina Azahara.

Algo... que podría elevar la gloria de al-Ándalus por encima de sus rivales del norte, del mismísimo emperador de Bizancio, e incluso de los traidores abasíes que reinan en Bagdad y se creen los dueños del conocimiento.

La oración seguía fluyendo de fondo como un río antiguo, cuando Ibn al-Salim alzó una ceja, interesado. La mención de Bagdad, el rival intelectual y político, había despertado su interés. Los miró con cautela.

–Dejad que me despida y esperadme aquí –dijo, bajando la voz y apartándolos un poco del flujo de fieles–.

Quiero que me contéis con calma. –Su mirada se posó en el zurrón de Liuva–.

Si es un asunto que puede interesar al Comendador de los Creyentes y redundar en la gloria de Córdoba...

–hizo una pausa, y una sonrisa astuta asomó a sus labios–, estoy seguro de que será beneficioso para todos.

Abi Amir asintió, una chispa de triunfo controlado en sus ojos oscuros. Liuva sintió que el suelo dejaba de ser tan inestable. Por primera vez desde que el molino, su hogar, ardiera, veía un puente tendido sobre el abismo.