La luz de Medina –II–
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–II–

Córdoba, 343 H. / 955 d. C.

El nombre de Liuva pesaba como una losa de mármol sobre sus hombros menudos. No era suyo siquiera. Lo había heredado, como sólo se heredan las deudas y las culpas.

Había pertenecido a un hermano mayor que nunca llegó a respirar, un fantasma al que sus padres, en su duelo obstinado, habían revestido de esperanza: Liuva.

Un nombre guerrero, visigodo, que sonaba a choque de espadas en los bosques del norte, no al susurro del agua en la acequia del río al-Baida, en las tierras de Xatiba donde había nacido.

Llevarlo era como portar una ausencia, una promesa incumplida que sus padres, sin darse cuenta, le habían reclamado desde siempre.

A sus trece años, Liuva sentía esa responsabilidad con una claridad desgarradora, especialmente ahora, cuando notaba el polvo de cuarenta jornadas a pie incrustado en la piel, en el cuero del zurrón, en el alma.

Córdoba se alzaba ante la exigua caravana no como la ciudad de las tres culturas de la que hablaban los poetas, sino como un monstruo de piedra y cal que respiraba rumor de multitudes, chirrido de carros y un aroma complejo a humo y especias, a estiércol y azahar marchito.

Se había enrolado en aquel minúsculo ejército de mercaderes sin despedirse de nadie, porque sabía que, si hablaba, si dudaba, jamás se marcharía.

Y quedarse era aceptar la ruina. Había aprendido que la duda y el miedo eran lujos que no podía permitirse, pero en ese momento, al poner el pie en la capital, un terror ancestral le recorría el cuerpo.

Trató de calmarse y convertir ese frío antiguo en una llama controlada en el centro del pecho, bajo las ropas bastas de lino.

Se pasó la mano por la cabeza para asegurarse de su aspecto.

El cabello, otrora una cascada de cobre oscuro, era ahora un cerquillo áspero y desigual que le dejaba la nuca al sol, bajo un turbante sucio y deshilachado que nunca sabía bien como anudar.

Si cerraba los ojos, aún veía el fuego, aún adivinaba la silueta convulsa de su padre bajo los escombros carbonizados del que fuera su hogar.

El viejo molino harinero de la familia se había transformado, gracias a la ayuda del haj al-Nasri, en un taller de papel; éste había recorrido Oriente durante su peregrinación a la Meca, había visto los finos pliegos que empleaba la corte abásida,

un milagro de blancura y ligereza comparado con el pergamino grueso y costoso que se usaba en al-Ándalus, y lo había replicado, junto con su padre, en su tierra natal.

Pero el sueño de presentar al califa un producto aún más exquisito, que elevara a Córdoba sobre el califato rival, se había convertido en ceniza, y con él, la fortuna de su familia.

Ni siquiera podían pagar la yizya, el tributo que les permitía, a ellos, dimmíes cristianos, vivir bajo la ley del islam conservando su fe.

La conversión o la indigencia se cernían sobre su madre y sus hermanas pequeñas como buitres.

Por eso había ideado un plan desesperado.

Por eso había convencido a al-Nasri para que escribiera una carta con la que presentarse en la corte.

Estaba dirigida a un viejo amigo, el anciano y poderoso Uthman al-Mushafí, bereber de la zona de Balansiya, como él, que había había llegado a ser preceptor del príncipe al-Hakam en Medina Azahara.

En ella mencionaba el cariño para con Liuva, el «joven aprendiz del taller de papel», y la amistad que lo había ligado a su difunto padre; en ella, pedía su ayuda para hacerle llegar al califa una muestra de un papel más exquisito aún que el de Bagdad,

lo que sin duda sería un motivo de prestigio para el reino.

Liuva había aprendido todos los secretos de su padre: la pulpa de lino, los moldes, el prensado.

Y ahora varias resmas viajaban envueltas en un lienzo aceitado dentro de su mugriento zurrón.

Se lo apretó contra el pecho. Era su única moneda de cambio.

El arrabal de Rusafa era un hervidero de miseria y vitalidad, de casas apretujadas y calles sin empedrar donde los niños medio desnudos jugaban entre los desperdicios.

Y, sin duda, Liuva, con su aire de forastero perdido y su preciado zurrón, destacaba demasiado.

Primero fueron miradas. Después, silbidos.

Por fin, un grupo de muchachos, duros como la tierra que pisaban.

No los vio venir hasta que fue tarde.

Eran tres, quizá cuatro. Descalzos, flacos, con los ojos brillantes de hambre y diversión. Empezaron con risas, con empujones, con burlas por su aspecto desgarbado y su acento de fuera. Liuva apretó el paso, y su miedo los excitó, como a los perros.

–Eh, zalamí, ¿qué llevas ahí que abrazas como a una novia? –bromeó uno, mostrando una sonrisa con varios huecos.

Liuva agarró con más fuerza el zurrón. «No hables», se dijo.

«La voz te delata». Sacudió la cabeza y trató de huir, pero fue como intentar esquivar una tormenta.

Recibió un empujón, cayó al suelo y, tras sortear una patada, forcejeó en silencio, con los ojos muy abiertos, con un pánico animal.

Manos ávidas le tiraban de las correas, de las ropas.

Sintió el crujido del cuero, y el zurrón se abrió como una fruta madura.

Los documentos, la preciada carta con el sello de al-Nasri, los diseños cuidadosamente dibujados volaron como palomas blancas y quedaron al alcance de unas manos sucias que los ondearon como trofeos, sin entender su valor, sólo por el placer de robar.

–¡Devolvédmelos! –gritó entonces, y su voz, aguda y desesperada, le sonó extraña.

La risotada fue general. «¡Tiene voz de niña!»

, exclamó uno. La humillación le quemó las mejillas.

Hizo un esfuerzo por no llorar y se arrodilló en el polvo, intentando recoger los papeles pisoteados y las esperanzas hechas jirones, mientras los pilluelos comenzaban a dispersarse, aburridos de un botín inexistente.

En ese momento, una sombra se interpuso entre el sol y su desesperación.

–¿No tenéis nada mejor que hacer que molestar a los que llegan a la ciudad?

La voz, juvenil, tenía una firmeza serena.

Liuva alzó la mirada. Era un muchacho alto, delgado y vestido con una túnica limpia, aunque modesta, de un blanco que parecía desafiar el polvo del arrabal.

Llevaba un zurrón de cueros con libros colgado al hombro.

Su rostro mostraba inteligencia, y sus ojos oscuros y profundos brillaban por el reproche.

No encajaba allí. No debía haber encajado nunca, pensó Liuva, porque los muchachos se rieron de él también, aunque con algo menos de convencimiento.

–¡Anda, míralo, es el alfaquí de los arrabales! ¡Eh, manos sucias, aquí tienes a otro estudioso como tú! ¡A ver si va a quitarte tu puesto de desarrapado!

–¡Marchaos! –ordenó sin alzar la voz, como si enunciara un hechizo.

Los pilluelos protestaron, pero él no retrocedió.

Estaba acostumbrado a las burlas, a que se metieran con él por su pasión por el estudio.

No podía permitirse los largos debates en la madraza ni las indolentes charlas de estudiantes en la alquería junto al río, el wadi al-Kabir.

No tenía tiempo para el ocio ni para la cobardía.

Día tras día debía justificar su existencia, cada dicham que su tío invertía en él.

Los chiquillos obedecieron, rezongando y dejando los documentos desparramados.

El muchacho no los siguió con la mirada.

Se agachó y, con unos movimientos cuidadosos, casi reverentes, comenzó a recoger los papeles y a alisar los pliegues.

Liuva, aún temblando, lo imitó. Cuando tuvo un pequeño fajo en las manos, se puso en pie y se sacudió la tierra con una dignidad que le nació de lo más hondo.

–Gracias –murmuró, tratando de que la voz sonara grave. Sostenía unos cuantos documentos, ya limpios. Haciendo acopio de coraje, añadió–: Debo acudir a Medina Azahara. Tengo una carta de presentación y algo que mostrar al califa.

Su joven salvador sonrió. No con burla, sino con una especie de lástima cansada.

–¿Medina Azahara? Llevo más de un año en Córdoba y aún no he estado allí.

¿Crees acaso que las puertas del paraíso en la tierra se abren para cualquiera que llega con una carta?

El califa es el sol, forastero. Nadie mira al sol directamente.

Y nadie, y menos aún un recién llegado...

–señaló su aspecto desaliñado–, se presenta ante él sin un ejército de intermediarios. Y de tiempo.

Liuva sintió que el último soplo de esperanza se desvanecía.

Miró fijamente al muchacho. La túnica blanca, pero desgastada en los bordes.

La bolsa de libros, pesada. Los dedos manchados de tinta.

Quizá no pertenecía a la administración, pero tampoco era un niño de la calle.

Un estudioso, habían dicho los otros, casi como un insulto.

Si se dedicaba a las palabras, al conocimiento, quizá... , quizás él pudiera entenderlo.

Sin decir nada, casi con solemnidad, le tendió una de las resmas de papel. Era una pieza de un blanco cremoso, inmaculado, de una textura fina y uniforme, y la luz del atardecer se reflejó sobre ella con una suavidad aterciopelada.

Abi Amir contuvo el aliento. Su mano, automáticamente, se extendió.

Sus dedos, acostumbrados al tacto rugoso del pergamino y la frágil aspereza del papiro, rozaron la superficie.

Suave, perfecta. Un soporte para la palabra de una pureza que no había visto jamás.

Sus ojos oscuros, antes llenos de escepticismo, se iluminaron con un asombro genuino, casi voraz. Levantó la mirada hacia Liuva.

–¿Qué... qué es esto? –preguntó, apenas un susurro.

–Papel –dijo Liuva, y por primera vez desde que saliera de Xatiba una chispa de orgullo encendió su mirada–. Se puede hacer aquí. En Córdoba. El anciano al-Nasri trajo la idea desde Oriente. Mi padre la puso en práctica.

Entonces, sin pensárselo, le ofreció la carta.

En cuanto Abi Amir leyó el nombre del destinatario y el sello, hizo un gesto de sorpresa y comenzó a leerla despacio.

Luego la miró de nuevo. Comprendía el valor de esa hoja, el camino que pretendía abrir.

Su mente, ágil y calculadora, ya vislumbraba las implicaciones: libros más baratos, copias más rápidas, el conocimiento multiplicándose como un río.

Un poder inmenso se condensaba en algo aparentemente muy simple.

Al fin, asintió levemente. La llama de determinación en el pecho de Liuva volvió a arder, más caliente.

–Sólo hay un problema –habló al cabo Abi Amir, en un tono de realidad áspera, aunque sin rastro de la burla anterior. Posó su mirada en Liuva con una pena sincera–. Al-Mushafí, el viejo preceptor del príncipe, a quien va destinada esta carta..., ha muerto. Hace dos meses.

Esas palabras cayeron como piedras en el estanque de la esperanza de Liuva.

El nombre de su hermano muerto, el peso de su disfraz, el fantasma de su padre, la ciudad inmensa y hostil...

Todo se venía abajo. Había caminado cuarenta jornadas, había mentido, había dejado atrás a su familia...

No podía rendirse ahora. Por eso se quedó mirando al muchacho de la túnica blanca como si sostuviese su futuro entre las manos.

Y eso era exactamente lo que sucedía.

Encarnado en él, esperaba el futuro.

El de ambos.