–I– #2
–Pensó que era su hija. –Buraya sonrió–. Su hija, en lugar de su esposa. ¡Mira si no sería yo niña...! Y le pidió a tu padre que me cediera, como los poderosos piden una joya o un caballo de raza. Un favor, un capricho. Y tu padre..., tu padre se negó.
Mohammed abrió la boca, pero continuó en silencio.
–¿Quién es capaz de negarle algo al califa?
Se hizo un silencio que aún hoy resuena en mis oídos.
Tu padre susurró que era su esposa, y el califa asintió y entendió.
Dijo que él tampoco se habría desprendido de alguien como yo ni por todo el oro del mundo.
Oh, todo el mundo pensó que aquel acto de tu padre fue por amor –continuó ella, cada palabra más afilada que la anterior–.
Se había arriesgado a caer en desgracia, a que le rebanaran el pescuezo allí mismo...
Pero nuestro señor Abderramán acababa de erigirse en califa, en príncipe de todos los creyentes, y no podía tener esas pasiones terrenales a la vista de todos.
¿Qué ejemplo habría dado? No quiso mostrar su escarnio en público y prefirió ofrecer piedad.
Le dio a tu padre una bolsa de monedas. ¡Una bolsa!
Como si pagara por una mercancía devuelta. Como si lo premiara por su audacia.
Abdallah alzó una mano.
–Buraya...
–¡No! –La voz se le quebró al fin–. Tú no lo entendiste, Abdallah. Tampoco mi esposo. Nadie lo entendió. Amor hubiera sido dejarme marchar, en lugar de condenarme a esta existencia...
Mohammed se quedó helado.
–¿Condenarte...? –logró balbucear.
Buraya lo miró como si, por primera vez, lo viera de verdad.
–El destino, en la figura del hombre más poderoso de la tierra, me ofrecía un palacio y me señalaba como digna de él.
Sin embargo, tu padre, con su piadosa mezquindad, me devolvió a esta almunia, al barro.
Aun así, esa noche.... –susurró con un deleite prohibido–, esa noche soñé con él.
Con el califa. Con su mirada de agua. Fue la primera vez que acudí de buen grado a tu padre.
Buscaba los ojos del gran Abderramán en él; sus manos, que imaginaba fuertes; su cuerpo, que imaginaba ardiente...
–se mordió la lengua, como si la verdad tuviera sabor a sangre–.
Esa noche, y todas las que vinieron después, me entregué a tu padre, sin culpa ninguna, soñando con el califa...
–bajó la voz, y el gesto se le trocó en rabia–.
Por eso cuando, nueve meses después de al-Khandaq, de esa derrota que todos sintieron como un castigo, te di a luz, supe que eras una señal.
Y jamás he dudado de que tenías algo suyo...
–¿Qué estás diciendo...? –preguntó el joven, aunque la intuición era un animal que le mordía las entrañas.
Buraya se inclinó hacia él.
–Que tú deberías haber sido hijo del califa –musitó, hiriente–. Que quizá naciste porque yo yací con él en sueños. Que viniste al mundo para redimir su derrota, para vencer a los cristianos en su lugar. Lo veo en sueños, hijo mío. Eres «el Victorioso». Al-Mansur.
–Estamos en paz con los reinos cristianos –le recordó su hermano con desgana.
–¡Desde entonces! ¡Porque el califa tiene miedo! –exclamó Buraya–. Mohammed, tu padre y el destino me negaron a mí, una pobre mujer, la oportunidad de ser alguien, pero tú debes aprovecharla.
En el patio, la vida seguía su curso. Alguien llamó a una cabra, un niño lloraba, una olla hervía. Pero, entre todo ese ruido, Mohammed podía escuchar el latido de su propia sangre como un tambor.
–¿Cómo puedes pensar eso? –espetó al fin–. ¿Quién crees que eres para cuestionar las decisiones del creador?
Buraya sonrió sin alegría.
–No fue el creador quien me robó la oportunidad de meterme en el lecho del califa... ¿Qué habría sido de mí en tal caso, Mohammed? ¿Y de ti?
–Buraya... –los interrumpió Abdallah en voz baja, tras respirar hondo–, estás trastornada por el duelo.
Ella lo fulminó con la mirada.
–No estoy trastornada. Estoy bien despierta –replicó–. Y tú también vas a despertar, Mohammed.
El muchacho sintió un escalofrío. Su nombre, en la boca de su madre, había sonado amenazador.
–Tu padre no nos ha dejado nada. ¡Nada! Todo se ha evaporado con el despropósito de su viaje.
La Meca fue sólo la excusa de su corazón ambicioso.
Buscaba el saber. ¡El saber!, ¿puedes creerlo?
Entre nuestros enemigos, además: entre los herejes fatimíes de al-Qahira, en la Casa de la Sabiduría de Bagdad...
, como si no se debiera a los Omeya y a sus propios hijos.
¡Que Alá le cierre las puertas del paraíso, por engreído!
No hay dinero para tus estudios ahora, pero sigues siendo el mayor –le recordó Buraya, y su tono cambió de nuevo, grave–: Te toca ayudarme, a mí y a tus hermanos.
Nadie va a sostener esta casa por nosotros.
Nadie va a venir a regalarnos misericordia.
–¿Me estás pidiendo que me olvide de estudiar leyes en Córdoba, como era su propósito? –le preguntó él, sorprendido–. ¿Que reniegue de la memoria de mi padre?
Buraya miró hacia donde el sol dibujaba una línea blanca en el suelo. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin temblor.
–No. Honrarás el nombre de tu padre, pese a todo. Porque eso nos conviene, porque eso nos protege. Y porque ésa es la historia que el pueblo quiere oír.
Mohammed sintió un asco súbito: por el cálculo, por la máscara, por sí mismo.
–A partir de ahora –continuó Buraya–, llevarás su nombre como un arma, como un escudo.
Te harás llamar Ibn Abi Amir. el «hijo de Abi Amir».
Procedes de las tierras de Arabia, como los primeros Omeya, de los Maafir de Yemen.
Te has criado en las tierras que el gran Tarik le dio a mi bisabuelo en al-Yazirat por su valor militar en la conquista de al-Ándalus.
No lo olvides nunca: llegamos aquí antes que nadie.
Mohammed asintió con gesto serio.
–Lo que te estoy pidiendo es que no titubees, hijo.
Aprovecha cada oportunidad y acércate a los poderosos.
Los Omeya ahora se rodean de bereberes y eslavos...
–exclamó con desprecio–. Sé mejor que ellos.
No dejes que los califas olviden sus orígenes.
Aún no lo saben, pero eres uno de los suyos.
Demuéstraselo. Serás al-Mansur, «el Victorioso».
Abdallah soltó un suspiro.
–Vendrás conmigo a Córdoba –dijo al fin, sin mirarlo a los ojos– y estudiarás con los alfaquíes. Nuestra familia se dedica a la ley, a la palabra, y eso nos da prestigio. Pero eso es todo lo que puedo ofrecerte. No podremos pagar una residencia en la madraza. Te quedarás en mi casa, con los míos.
Buraya asintió y apretó los puños, como si le doliera cada migaja de caridad.
–Y te ganarás cada bocado –añadió Abdallah, y esta vez alzó la mirada–. Mi casa no es un refugio para vagos ni soñadores. Es una obligación, y a partir de ahora también será la tuya.
Buraya se levantó y se acercó a Mohammed, y, por un segundo, el muchacho esperó un gesto de madre: una caricia, un consuelo, una bendición. Pero lo que recibió fue una presión firme en el hombro.
–No llores por tu padre delante de nadie –le susurró–. Guarda las lágrimas para cuando te toque llorar de verdad. Ya te tocará. A todos nos toca.
Mohammed se quedó solo de repente, con el sol quemándole la nuca. Todo su mundo había cambiado de forma en unas pocas horas.
En la distancia, una bandada de pájaros cruzó el cielo.
* * *
El camino hacia Córdoba se presentó ante ellos como una herida larga, polvorienta, bordeada de olivos y silencio. Abdallah caminaba o montaba a ratos, sin buscar conversación. Mohammed lo seguía con una bolsa ligera, lo imprescindible. Lo que quedaba de su pasado cabía envuelto en un puñado de tela.
Atrás quedaban la alquería, el patio, el olor de los rastrojos quemados, la voz de su madre. Atrás quedaba su padre bajo la tierra dura y el desconcierto de sus hermanos.
Poco a poco, el paisaje se transformó, a cada paso más ancho y seco.
El aire olía a polvo y a tomillo. Mohammed se descubrió a sí mismo observándolo todo con ojos nuevos, como si ya no le perteneciera.
Y, en ocasiones, se sorprendía repitiéndose el nombre que le habían impuesto, como si fuera la llave que le abría las puertas de la edad adulta.
Una puerta que no sabía si estaba preparado para cruzar.
Ibn Abi Amir.
Cuando la tarde empezaba a declinar y el cansancio hacía mella, la ciudad de Córdoba apareció extendida en la llanura, con el río envolviéndola como una cinta oscura.
Tras el puente, parecía un milagro de piedra.
Y, en lo alto, sublime y espigado, el minarete, recortado contra el cielo, firme y claro, como un dedo señalando lo alto.
Abdallah dijo algo: una explicación, un dato, una historia sobre el primer omeya que había convertido aquel lugar en su reino. Pero Mohammed apenas lo escuchó. Por el contrario, sintió un escalofrío.
No de miedo, de reconocimiento. Como si, sin saberlo, hubiera vivido esos catorce años para caminar hasta ese punto exacto del mundo. Y tuvo la impresión de que alguien –un destino, un nombre, una sombra– le susurraba al oído: «Aquí es donde empieza todo».