La luz de Medina
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–I–
Torrox, al-Yazirat, 343 H. / 955 d. C.
El sol pesaba como una sentencia pronunciada.
Las mujeres culebreaban rápidas por el patio de la alquería, ya cubierto con esteras, para extender paños y encender las hierbas del brasero, y enmascarar así el olor que empezaba a insinuarse.
Todo debía ocurrir deprisa, como mandaba la ley y como imponía el calor que se anunciaba: lavar, amortajar, rezar, enterrar.
No había espacio para la demora, ni siquiera el que marca el respeto.
Fuera, la luz fundía los contornos de los campos de olivo en un temblor plateado y opresivo.
Mohammed lo observaba todo de pie junto al umbral, inmóvil, como un centinela de sí mismo.
El dolor le parecía una cosa extraña y lejana, un nudo en la garganta que no lograba deshacerse en lágrimas.
No sabía qué hacer con las manos; se las llevaba a la túnica, las apretaba, las soltaba.
De fondo, escuchaba su nombre repetido en susurros: «Pobre Mohammed, que Alá le dé sabiduría. Ahora es el hombre de la casa».
Palabras que pretendían consolar y, sin embargo, se le atascaban como piedras en el estómago.
Su padre yacía sobre las tablas, envuelto en lino, con el rostro descubierto apenas lo suficiente para el adiós.
La barba, aún húmeda, le parecía más oscura de lo que recordaba; también la piel, que intuía que alguien había tratado de algún modo para evitar el deterioro.
Pese al afán de las mujeres, en las uñas aún le quedaba tierra: de Trípoli, decían, del camino de regreso, del último puerto.
Tras dos largos años, había vuelto a casa, sí, pero convertido en noticia.
–Murió como mueren los justos –murmuró una anciana, llevándose la mano al pecho–. De vuelta de la peregrinación... Alá lo ha llamado con honra.
Frente al cadáver, Buraya gemía con la precisión de quien conoce el peso de las miradas.
Sus sollozos eran hondos, sonoros, alimentados por el coro de las plañideras que se golpeaban los muslos y se rasgaban el velo.
A ratos se desplomaba sobre el pecho de una vecina; a ratos levantaba los brazos al cielo en un gesto de protesta y súplica a la vez.
Mohammed la miraba casi sin ver. El llanto de su madre lo había acompañado desde el alba, como el zumbido de los insectos en los cañaverales: constante, inevitable.
Y, sin embargo, lo que más lo impactaba no era el ruido del duelo, sino el silencio cuando se volvía hacia el cuerpo de su padre: silencio en él, silencio en la casa, silencio en su propio pecho, donde no hallaba nada –una rabia, un aullido, una certeza–, sólo una especie de vacío pegajoso.
De repente, Buraya se enderezó con una nueva dignidad.
–Que lo acoja el Misericordioso –dijo en voz alta, para que la oyeran todos–. Que Alá tenga en cuenta su piedad y provea a mis hijos.
Y todas las mujeres, vecinas, parientas, plañideras, respondieron: «Amín».
Al instante, el rumor del patio se desplazó hacia la entrada. Las mujeres fueron a buscar agua fresca, y un hombre cruzó el umbral para consultar con el imam la hora exacta del rezo. Buraya se quedó sola con el difunto.
Fue sólo un parpadeo. Una grieta en su máscara.
Mohamned la vio acercarse al cuerpo, sigilosa, como quien se acerca a un enemigo dormido. No posó la mano en su pecho ni la pasó por la oscura barba. No lloró. Sus ojos se estrecharon, secos.
Y entonces escupió.
El salivazo, breve y denso, cayó sobre la mejilla del cadáver y comenzó a resbalar hacia la toca que le envolvía el rostro.
–Maldito –murmuró entonces por lo bajo–. Maldito seas por dejarme así. Por preferir a Dios antes que a tus hijos.
Mohammed sintió un golpe en el estómago. Era el único que se había dado cuenta de todo, y quiso pensar que había oído mal, que el dolor le había trastocado el juicio. Pero la mirada de su madre no admitía dudas: el odio era real.
Buraya se volvió, y sus ojos encontraron los de su hijo. Durante un instante, el muchacho creyó ver a una desconocida bajo el velo. Pero ella enseguida recuperó el gesto aprendido, la máscara del duelo.
–No me mires así –silabeó–. No sabes nada.
Mohammed quiso preguntar. Quiso gritar. No le salió.
El imam entró en el patio, y ella volvió a echarse a llorar con una facilidad aterradora.
Al poco, se dejó caer, desmadejada. Las mujeres se precipitaron a sostenerla, y su propio hermano, acercándose a ella con un par de zancadas, la apoyó contra su pecho y le recolocó los velos del luto.
Sólo Mohammed siguió mirando el cuerpo. El escupitajo se había detenido en el filo de la tela, minúsculo, imperceptible.
* * *
Lo enterraron antes de que el sol empezara a declinar.
El dulzón hedor a carne vencida ya se colaba por la casa pese a los ramilletes de hierbas aromáticas.
Tras una ceremonia breve, austera, como había sido su vida, Mohammed ayudó a cargar el cuerpo, envuelto en el lienzo blanco.
Sintió la rigidez a través de la tela. Ya no era su padre; era un extraño, algo que su padre había dejado atrás.
En el cementerio, la tierra cuarteada por la ausencia de lluvias y las piedras guardaban el calor como una maldición.
Ante aquel hueco abierto con esfuerzo en la tierra, Mohammed retrocedió un paso, como por inercia.
El rezo, las fórmulas, las manos extendidas...
Todo era exacto, necesario, antiguo. Y, sin embargo, él no conseguía apartarse de la mente la imagen de su madre maldiciendo al hombre que había sido su esposo.
Cuando el último puñado de arena cayó, se hizo un silencio que no pertenecía al rito, sino a la vida. Enseguida, el mundo retomó su costumbre: la gente tosió, se acomodó el velo o el turbante, comentó el calor, la prisa, la piedad del difunto, el viaje, Trípoli, La Meca.
Al regresar a la casa, ahora vacía, los más pequeños, asustados y exhaustos, se durmieron apiñados en un jergón.
Buraya se quedó fuera, con la espalda rígida apoyada contra la pared, aprovechando una franja de sombra, como si el sol la hubiese exiliado.
No lloraba ya. Sus ojos eran dos brasas apagadas.
Su hermano Abdallah se quedó junto a ella.
Era un hombre seco, de barba cuidada y manos limpias a quien él apenas había visto tres o cuatro veces en sus catorce años de vida.
Todo el mundo lo respetaba por su conocimiento de la ley y su posición en Córdoba, pero a Mohammed siempre le había parecido frío y distante.
Aun así, era su tío materno, y lo sabía juriconsulto de prestigio, como la mayoría de los varones de la familia Maafir.
Él mismo soñaba con iniciar esa carrera desde Torrox.
En ese momento, Abdallah se volvió a mirarlo, como si hubieran estado hablando de él hasta ese mismo instante.
No había venido por cariño, Mohammed lo leyó en sus ojos, sino por deber.
–Siéntate –le ordenó Buraya sin mirarlo.
Mohammed se arrodilló frente a ella. La estera quemaba.
Buraya esperó a que una vecina se alejara, a que el murmullo del patio se desplazara hacia la cocina. Sólo entonces comenzó a hablar:
–Tu padre ha muerto en Trípoli de vuelta de su peregrinación.
–Sus palabras parecían acusarlo–. Ahora para todos es un hombre piadoso, un santo.
Da igual lo que haya hecho en su vida. Él sube al paraíso y yo me quedo aquí, en la mierda –escupió con rencor–.
Sólo soy la viuda. La que debe bajar la mirada, la que debe vivir como si su vida se hubiese terminado hoy.
–Madre... –empezó Mohammed, pero tragó saliva, sin saber cómo seguir.
–Tu padre nos ha dejado –continuó Buraya–, pero su muerte no ha sido un designio de Alá, sino una decisión propia.
Nos ha dejado por un orgullo mal entendido, por un egoísmo que él llamaba fe.
Se marchó a La Meca como si aquí no existiéramos, como si pudiéramos vivir sin noticias, sin dinero, sin él...
Como si sus hijos no fueran también su responsabilidad ante Dios.
Abdallah carraspeó, incómodo, e hizo un gesto para intervenir, pero Buraya lo atravesó con la mirada.
–No, hermano. Déjame hablar. Es la primera vez que puedo hacerlo.
Mohammed sintió que el mundo se tambaleaba. Había crecido oyendo hablar del viaje sagrado como de una cima. La peregrinación era honor, limpieza, victoria. ¿Cómo podía blasfemar su madre de ese modo? Pero Buraya cortó sus pensamientos; inclinó la cabeza hacia él, y el velo le sombreó la cara.
–Yo no fui siempre esta ruina, este despojo, ¿sabes? –bajó la voz como si contara un secreto, y su gesto se tornó soñador–. Cuando fuimos a Córdoba...
Mohammed frunció el ceño. Le habían hablado de aquel viaje el año anterior a su nacimiento.
Del destello de la muralla, del ruido del mercado, de las sombras de palacio y en la noria, sobre el río, la música de un agua que nunca se agotaba.
Incluso del minarete que rozaba los cielos, de la mezquita, la más grande del mundo después de La Meca.
Habían ido, le contaba su padre, a apoyar a las tropas que marchaban hacia el norte, hacia la gran batalla que los musulmanes no habían vuelto a nombrar.
al-Khandaq, murmuraban entre dientes los cronistas.
Simancas, repetían con orgullo los cristianos.
Una palabra que a Mohammed le sonaba contundente porque podía haber sido el principio del fin de todo.
Y sin embargo... Se fijó en el gesto de su madre y le pareció que sonreía.
–Cuando fuimos a Córdoba –repitió Buraya, y en su voz se filtró lo que a Mohammed le pareció un temblor que no era llanto, sino deseo–, el califa..., el mismísimo califa, me miró.
Abdallah bajó la vista, como si el simple nombre del soberano pudiera manchar la estera.
–Me miró –repitió Buraya con orgullo–, entre cientos de mujeres.
Me miró como no me había mirado nadie nunca.
Yo tenía quince años y me acababan de casar con tu padre.
Y aquel jinete de turbante blanco con los ojos del color del mar, situado al frente de sus tropas, me atravesó con la mirada.
Yo no pude bajar el rostro, ¡que Alá se apiade de mí!
Acabábamos de nacer como califato, y aún no conocía el protocolo.
Sentí que él se quedaba prendido de mis ojos, de mi cara... , de la joven que yo era entonces.
Mohammed se estremeció. Su madre estaba hablando de otro hombre en el funeral de su esposo. Del mismísimo Comendador de los Creyentes.