De Lubna, la escriba
Madinat al-Zahira, saffar del 400 H. (1009 d. C.)
A Abi, Amir, Almanzor el Victorioso dondequiera que mis palabras te encuentren.
En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.
He vuelto a Córdoba. Tenías razón. Siempre la tuviste.
He tardado más de veinte años, pero he vuelto al fin. Tenía que verlo con mis propios ojos.
Madinat al-Zahira ya no existe.
Si yo misma no hubiera caminado antes por sus calles, habría dicho que sólo fue un sueño. A veces me planteo si lo fue.
No queda nadie. No queda nada de lo que conocimos.
Se aprecia brevemente la línea de las murallas que mandaste alzar, los arranques de algunos edificios.
Los interiores han desaparecido. Se han llevado las puertas, los muebles, las alfombras, las lámparas y los arcones.
Han arrancado los mármoles de los suelos, los sillares de piedra y las fuentes.
Han quemado los artesonados y reducido los mocárabes a polvo.
Han pisoteado los parterres de flores y han dejado sólo la sombra en yeso y en ceniza de lo que un día fueron.
Memoria borrada, arrancada a pedazos. Como si nunca hubiera existido.
Como si no hubieras osado levantarla frente a Medina Azahara. Desafiarla, duplicarla, soñarla.
Fátima dijo una vez que nadie sería capaz de llorarla cuando desapareciera.
Jamás habría pensado que lo haría, pero lloré.
Por la ciudad convertida en polvo.
Por el califato, que se deshace como tinta en agua.
Por Córdoba, que jamás volverá a ser la perla de Occidente.
Por ti.
He vuelto a Córdoba, sí. Han pasado veinticinco años, largos como veinticinco vidas, y he vuelto confiando en que el tiempo habría hecho su trabajo.
Me equivoqué.
No se olvida una ciudad en la que se ha aprendido a nombrar el mundo.
Tampoco una biblioteca que fue hogar, ni el rumor de las oraciones marcando el pulso de los días.
Ni el sueño, tan grande que parecía posible, de reunir todo el saber bajo un mismo cielo.
La primavera en Medina Azahara, el olor de los naranjos húmedos al amanecer, el chapoteo en las fuentes, el tintineo de las pulseras en los pies descalzos, los dulces almendrados, la tibia cadencia del laúd, las risas en el harén cuando ni siquiera sabíamos que éramos felices.
Me fui el año que decidiste que ya no necesitabas a nadie. Los registros dejaron de hablar de mí. Muchos pensaron que había muerto. Nunca sabré si les contaste la verdad o preferiste abrazar esa opción antes que aceptar que podía vivir lejos de tu orden del mundo.
¿Fui feliz? Tal vez sí, tal vez no, pero fui lo único que sabía ser.
En aquella abadía que me dio refugio, seguí siendo escriba, porque no se deja de ser una misma aunque se cambie de lengua, de rito, de credo o de paisaje.
Copié textos, corregí códices, puse palabras ajenas en orden.
Y eché de menos demasiadas cosas: la caligrafía mágica que se derramaba en zéjeles, como las rosas en la celosía; el murmullo de una lengua que había sido la mía, y cuyas canciones sonaban a llanto; el olor a barro del papel, aquel soporte secreto que los reinos francos aún no conocían...
A veces, sin saber bien por qué, me recorría un escalofrío, como si mi cuerpo me mandara una alerta, como si el recuerdo del rezo me marcara los tiempos.
Yo seguía aquellos pálpitos que la luz me dictaba.
Me arrodillaba y daba gracias a Dios cinco veces al día.
A mis compañeras las tranquilizaba ver que en mis rezos espontáneos no miraba hacia el este, como los mahometanos.
Pobres. No podían saber que, desde los tiempos del primer Abderramán, como él hacía en Damasco, los cordobeses rezamos siempre mirando hacia el sur.
Desde allí, mi sur era Córdoba.
No pude no recordarla ni un solo instante de mi vida.
¿Sabes? Los burgos germanos de paredes grises no tienen murallas doradas que se enciendan con la luz del sol, ni caminos polvorientos que llenen de calima el horizonte, ni acequias, canales o fuentes cantarinas.
En aquellas tierras, morada de las nubes perpetuas, el agua no es cada día un regalo de Dios.
Intenté olvidar Córdoba, Dios lo sabe. Intenté olvidar el sueño del califa. Intenté olvidar que el reino más hermoso de Occidente se abocaba al abismo sin el peso de la legitimación que tú buscabas. Intenté olvidarte incluso a ti.
No lo conseguí. Ni un solo día.
Revivía tus ojos hirvientes, y tu sonrisa, que, como un sortilegio, era capaz de templar voluntades y corazones.
Nunca pude borrar del todo al hombre que fuiste antes de convertirte en el demonio de las crónicas cristianas.
Los peregrinos de vuelta de Sant-Iacub, los mercaderes judíos de paso, los mercenarios a sueldo que hacían parada en el convento hablaban de ti con un terror casi supersticioso, sin imaginar que en un tiempo nos habíamos mirado como sólo se miran los seres destinados a entenderse.
El año mil acechaba, y había quien veía en ti a la bestia del Apocalipsis.
Yo nunca te vi así.
Vi ambición. Dureza. Estrategia y cálculo.
Miedo. Pero también inteligencia, disciplina y una fe torpe en que el mundo podía sostenerse a base de voluntad.
Cambiaste creencias propias y sacrificaste vidas y valores en pro de un reino en el que creías ferozmente, en pro de una ciudad que acabaría pisoteando tu memoria.
No has llegado a verlo, alabado sea Dios.
Los Banu Berzal, los más fieles de tu ejército bereber, afirman que descansas en una tumba excavada a toda prisa en un lugar de la Marca Superior.
Los seguidores del profeta están seguros de que nadie como tú merece el paraíso.
Los cristianos confían en que reposes para siempre en el infierno, tal vez porque jamás consiguieron vencerte.
No han sido ellos quienes han regado Córdoba de sangre.
No hay un lugar en el que llorarte. Tu cuerpo ni siquiera volvió a Madinat al-Zahira, la ciudad que levantaste.
Mejor así. Ni siquiera tú, con esa capacidad para ver más lejos que nadie, podrías haber imaginado que ninguna de tus creaciones –tus palacios, tus murallas, tus mezquitas, tus hijos– te sobrevivirían más que un puñado de años.
Los expoliadores siguen arrancando fragmentos de tu ciudad como quien busca oro en un cadáver.
Desmontan columnas, levantan suelos, venden restos.
No buscan la memoria de lo que fue, sino el valor de lo que queda.
Y yo, una anciana a la que nadie recuerda, camino junto a ellos apoyándome en un bastón que no necesito tanto como finjo.
Lo hago despacio, muy despacio, porque cada paso es una despedida.
Y, sin embargo, no he vuelto sólo para llorar.
Me he reencontrado con Fátima. Aún conserva la mirada firme de quien ha sabido sobrevivir sin odio.
Nos hemos reconocido en la vejez como las hermanas que antaño decidimos ser.
Cada amanecer, tras la primera oración, nos mezclamos con todos aquellos que a diario recorren las ruinas de Madinat al-Zahira: saqueadores, cronistas, nostálgicos, ladrones y poetas.
Nosotras, sin embargo, hemos contratado a una exigua cuadrilla: dos muchachos capaces de palear la tierra, de remover las piedras y de adentrarse en los antiguos túneles donde empiezan a crecer las tunas y las higueras.
Como todos los que por aquí vagan, nosotras también buscamos el tesoro de la Ciudad Resplandeciente.
Pero nosotros no anhelamos el oro, los mármoles o las esculturas exquisitas, ni los lujosos artesonados o la geometría infinita de sus azulejos.
Buscamos los libros. Los que incautaste, los que escondiste, los que enterraste para salvaguardarlos.
Los que decidiste ocultar cuando comprendiste que el poder –tu propio poder– no siempre protege lo que dice defender.
Quizás ése fue tu último resquicio de lucidez antes de adentrarte en la oscuridad.
He vuelto para eso. Para recuperar la luz robada a Córdoba. Para devolver los libros a la ciudad que soñó con guardarlos. Para cerrar el círculo. Para morir aquí, si así lo quiere Dios, sabiendo que mi trabajo no fue en vano.
Mientras recorro estas ruinas, vuelvo a pensar en el hombre que fuiste antes de convertirte en el terror de tantos.
En leyenda. No te absuelvo, no te condeno.
Sólo Dios tiene esa potestad. Yo sólo te recuerdo, recupero retazos de tu historia y la escribo, como hice durante tanto tiempo.
Debo contar quién fuiste y evitar que mueras para siempre.
Y en el recuerdo –en esa estancia oscura y escondida de mi mente– dejas de ser el muyahidín de unos y el demonio de otros. Y vuelves a ser sólo alguien real. Ambicioso. Estratega. Idealista. Imperfectamente humano.
Lubna bint al-Hakam