Capítulo XXXV
La Hermandad que Nadie Esperaba
Los Bosques de Asterhall La Mañana de la Inspección Oficial
Nathan no tardó mucho en descubrir que pedir perdón era mucho más difícil que cabalgar hacia la batalla.
Menos de dos horas después del desayuno, cabalgaba hacia el campamento de los Caballeros de Elaria con un único propósito: reparar el daño que había causado.
No llegó muy lejos.
En cuanto cruzó el claro del bosque, media docena de hombres vestidos con armaduras improvisadas salieron de entre los árboles y lo rodearon.
—Has venido solo.
—Como prometí.
—¿Y desarmado?
—También.
Uno de ellos sonrió.
—Eso está mejor.
Aun así, le cubrieron los ojos con una capucha y lo condujeron más adentro del bosque.
Nathan dejó escapar un suspiro resignado.
—Debería recordaros que apenas puedo ver. Todo este teatro es bastante innecesario.
—Los rituales nunca son innecesarios.
La respuesta le arrancó una sonrisa involuntaria.
Por primera vez, empezaba a comprender a aquella gente.
No eran ridículos.
Simplemente creían profundamente en algo.
Cuando por fin le quitaron la capucha, se encontró rodeado por una docena de hombres y mujeres que portaban espadas de entrenamiento y escudos pintados a mano.
En el centro del círculo estaba Cedric Hawthorne.
—Has solicitado admisión en nuestra hermandad.
—Así es.
—¿Por qué?
Nathan permaneció en silencio unos instantes.
La respuesta fácil habría sido hablar del castillo.
La audiencia.
El ducado.
Pero ninguna de esas era la verdadera razón.
Respiró hondo.
—Porque fui injusto.
Os desprecié antes de conoceros.
Y porque necesito vuestra ayuda.
Esas últimas palabras pesaron más que todo lo anterior.
Necesito vuestra ayuda.
Nunca las había pronunciado con tanta honestidad.
El silencio se extendió bajo los robles centenarios.
Uno de los caballeros dio un paso adelante.
—¿Y cómo sabemos que no volverás a burlarte de nosotros mañana?
Nathan bajó la cabeza lentamente.
—No lo sabéis.
Solo podéis decidir si merezco una oportunidad.
Otra voz habló.
—¿Has leído las Crónicas de Elaria?
—Las he escuchado.
Y eso bastó para comprender por qué significan tanto para vosotros.
Una sonrisa discreta asomó en varios rostros.
Cedric, sin embargo, permaneció serio.
—Entonces dime el juramento que ningún caballero debe olvidar jamás.
Nathan recordó la voz de Berthe leyendo junto al fuego.
Aquellas tardes.
Aquellas madrugadas.
Y respondió lentamente.
—Nunca dudes.
Nunca dudes de tu valor.
Nunca dudes de tu palabra.
Y nunca dudes del corazón por el que eliges luchar.
Los presentes intercambiaron miradas.
No era la cita exacta.
Pero comprendía su significado.
Cedric dio un paso adelante.
—¿Y por quién lucharás?
Nathan no vaciló.
—Por Berthe.
Si pierde este castillo, perderá el único lugar al que ha podido llamar hogar.
Y yo...
Se quedó en silencio un momento.
—No permitiré que eso suceda.
Esa confesión bastó.
Cedric desenvainó lentamente una espada ceremonial y la apoyó sobre los hombros de Nathan.
—Desde este día, eres un hermano de nuestra Orden.
Protege lo que amas con la misma lealtad que exiges para ti mismo.
Los demás golpearon el suelo con las empuñaduras de sus espadas.
El sonido resonó entre los árboles como un único latido.
Entonces Cedric extendió la mano.
Nathan permaneció inmóvil.
El viejo orgullo que siempre le había impedido aceptar ayuda aún latía en su interior.
Entonces recordó las palabras de Madoc.
Nadie sostiene una fortaleza solo.
Tomó la mano de Cedric.
Por primera vez, Cedric sonrió.
—Ahora eres verdaderamente uno de nosotros.
Mientras caminaban hacia el campamento, Nathan preguntó con verdadera curiosidad:
—Dime algo... ¿qué hacéis cuando no lleváis armadura?
Cedric soltó una risa breve.
—Soy abogado.
Nathan se detuvo en seco.
—¿Un abogado?
—Y bastante competente, según los jueces.
El duque guardó silencio unos segundos.
Luego se echó a reír.
Una risa franca, sin rastro de amargura.
Quizá el destino tenía un extraño sentido del humor.
Había cabalgado hasta el bosque en busca de aliados.
En su lugar, bajo un traje de armadura imaginaria, había encontrado al mismísimo hombre capaz de defender su causa.
Por primera vez desde que todo aquello empezó, la audiencia de esa tarde ya no le parecía una sentencia inevitable.
Quizá la esperanza también sabía ocultarse tras los disfraces más inesperados.