La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XXVII
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Capítulo XXVII

La Luz Que Ya No Podía Ocultarse

Berthe abrió la puerta de su habitación y se detuvo en seco.

La estancia se había transformado.

Donde antes acechaban las sombras, ahora ardían pequeñas llamas por toda la torre. Las velas descansaban sobre la repisa de la chimenea, junto a la ventana, alrededor de la cama y en los viejos nichos de piedra, bañando la habitación con un resplandor cálido y suave.

No era una iluminación práctica.

Era un abrazo.

Oyó pasos apresurados subiendo por la escalera de caracol.

Nathan apareció sin aliento, con la respiración agitada y el rostro endurecido por el miedo.

—¿Qué ha pasado?

Ella no respondió de inmediato.

Simplemente lo miró.

Luego volvió la vista hacia las velas.

—¿Has sido tú?

Él dejó que el silencio se posara en la habitación antes de responder.

—Pensé que así podrías dormir aquí.

Sin tener que bajar cada madrugada.

Sin necesidad de buscar el fuego en el gran salón.

Sintió que el corazón se le derretía poco a poco.

Durante semanas, él había fingido indiferencia.

Se había quejado de cada silla que ella movía, de cada objeto que cambiaba de sitio.

Y sin embargo, en secreto, había ido llenando su mundo de pequeños gestos de cuidado.

Una mesa.

Mantas más cálidas.

Un brasero.

Y ahora esto.

Una habitación entera que ahuyentaba la oscuridad.

—Creía que solo intentabas alejarme.

Él sonrió con cansancio.

—Lo hacía.

Pero me di cuenta demasiado tarde de que ambas cosas eran imposibles.

Berthe dio un paso.

Luego otro.

Hasta quedar frente a él.

—No sabes cuidar de alguien sin discutir antes con esa persona.

—Es la única forma que conozco.

Ella apoyó una mano en su pecho.

Podía sentir el ritmo acelerado de su corazón bajo la tela.

No era el latido de un hombre tranquilo.

Pertenecía a alguien que había pasado demasiado tiempo en guerra consigo mismo.

—Gracias.

Nathan apartó el rostro.

Como si esas dos palabras fueran más difíciles de soportar que cualquier reproche.

—No me des las gracias.

Solo intentaba resolver un problema.

—¿Y lo resolviste?

Se tomó su tiempo antes de responder.

—No.

Ahora tú eres el problema.

El silencio que siguió estaba lleno de todo lo que ninguno de los dos sabía aún cómo nombrar.

Berthe alzó lentamente la mano y recorrió la cicatriz que le cruzaba la frente.

Ya no parecía una herida.

Era simplemente parte de él.

Nathan cerró los ojos.

—No hagas eso.

—¿Por qué?

—Porque cuando me tocas así...

olvido todas las razones por las que debería mantenerme alejado de ti.

Ella sonrió con suavidad.

—Entonces olvídalas.

Él abrió los ojos.

Ya no quedaba ironía.

Ni distancia.

Solo una honestidad desnuda.

—Si doy este último paso...

no sabré cómo volver atrás.

—Yo tampoco quiero volver atrás.

Esas palabras bastaron.

Nathan la besó despacio.

Sin prisa.

Como un hombre que había contenido un único gesto durante demasiado tiempo, como si ese beso perteneciera a otra vida.

Sus manos fueron aprendiendo, poco a poco, el lenguaje de la otra.

Sin urgencia.

Sin miedo.

Cada caricia parecía una pregunta.

Cada respuesta nacía en el silencio.

Él la miró largamente.

La luz de las velas envolvía su rostro en un resplandor que él nunca antes había conocido.

Solo entonces comprendió el verdadero significado de aquella habitación llena de luz.

No había encendido esas velas para derrotar la noche.

Las había encendido para proteger el miedo que ella nunca había confesado del todo.

—Eres extraordinaria —susurró.

Berthe negó con suavidad.

—No.

Solo soy una mujer que esperó mucho tiempo a sentirse elegida.

Nathan apoyó la frente en la de ella.

—Y yo esperé demasiado a dejar de esconderme.

No hicieron falta más palabras.

Las velas siguieron ardiendo a su alrededor.

El castillo entero pareció contener el aliento, como si no quisiera perturbar aquel momento.

El mundo se redujo al calor compartido, a las manos que ya no dudaban y a la certeza de que la ternura podía ser su propia forma de valentía.

Cuando todo volvió a aquietarse, permanecieron abrazados sin hablar.

No había prisa por abandonar aquel refugio.

Berthe acarició distraídamente el cabello de Nathan.

Él apoyó la cabeza contra su pecho con una confianza que jamás habría imaginado poder ofrecer.

Durante un largo rato, solo escucharon el latido del corazón del otro.

Entonces ella habló muy suavemente.

—Creo que me estoy enamorando de ti.

No esperaba respuesta.

Ni promesas.

Solo necesitaba que aquella verdad dejara de vivir únicamente dentro de ella.

Nathan permaneció inmóvil.

Sus dedos encontraron los de ella y se entrelazaron con suavidad.

No hizo ninguna declaración.

No era un hombre acostumbrado a esas cosas.

Sin embargo, aquel simple gesto encerraba más sinceridad que todos los juramentos que había escuchado en su vida.

Las velas continuaron consumiéndose.

Afuera, el viento vagaba por las almenas del castillo.

Adentro, por primera vez en muchos años, dos corazones dejaron de defenderse del mundo.

Y Asterhall, que durante tanto tiempo solo había sabido albergar fantasmas, por fin comenzó a albergar esperanza.