Capítulo XXIV
Donde la ira se parece demasiado al deseo
En cuanto Nathan abandonó el comedor, Berthe comprendió la magnitud de su error.
No había leído una carta cualquiera.
Había abierto una herida que nunca había sanado del todo.
Sin decir palabra, entregó el papel a Madoc y salió tras él a toda prisa.
Lo encontró ya cruzando los largos pasillos del castillo.
—Nathan.
Él no se volvió.
—Déjalo.
Su voz no admitía réplica.
Era la voz de un hombre acostumbrado a ser obedecido.
Y también la de alguien que apenas lograba mantenerse entero.
Berthe continuó tras él.
No para defenderse.
Solo porque sabía que el silencio podía herir más profundamente que cualquier explicación.
Nathan finalmente se refugió en la vieja biblioteca.
Los estantes vacíos parecían reflejarlos a ambos.
Un lugar construido para preservar historias que ya no estaban allí.
Ella cerró la puerta en silencio tras de sí.
—Nunca quise hacerte daño.
Él permaneció inmóvil unos instantes.
Luego habló sin alzar la voz.
—Sabías quién era esa mujer.
—Solo lo descubrí hace poco.
Nunca relacioné esa carta contigo.
Si lo hubiera sabido...
jamás la habría leído.
Nathan soltó una risa seca.
—Todo el mundo acaba enterándose.
Mi desgracia siempre encuentra a alguien dispuesto a contarla.
—Nadie se ha burlado de ti.
Él dio un paso.
Luego otro.
Hasta quedar a solo unos centímetros.
—¿Y tú?
¿También me compadeces?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
Siento pena.
No es lo mismo.
Su respuesta pareció enfurecerlo aún más.
La compasión podía rechazarse.
La pena exigía que un hombre se mirara por dentro.
—No necesito que nadie me comprenda.
—Todos lo necesitamos.
Durante varios instantes, ninguno de los dos habló.
Solo el viento golpeaba contra los cristales.
Él apoyó una mano a cada lado de ella.
No la tocó.
Sin embargo, la distancia entre ambos desapareció.
—¿Qué ves cuando me miras?
Berthe contuvo el aliento.
—A un hombre que ha sobrevivido demasiado tiempo creyéndose culpable de todo.
Una sombra cruzó el rostro del duque.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente.
Sé que sigues persiguiendo un pasado que ya no existe.
Y que sigues castigándote por una mujer que nunca te vio de verdad.
Aquellas palabras destrozaron los últimos fragmentos de su compostura.
La sujetó con suavidad por la cintura.
Con firmeza.
No con violencia.
Como si necesitara convencerse de que aún tenía el control.
—No hables de ella.
Ella no lo hizo.
En su lugar, alzó lentamente una mano.
Las yemas de los dedos apenas rozaron la cicatriz que le atravesaba la frente.
Él cerró los ojos.
No por miedo.
Por agotamiento.
—No fue ella quien te destruyó.
Fue todo lo que elegiste creer después.
Los ojos de Nathan se abrieron de golpe.
Había demasiada cercanía.
Demasiado perfume.
Demasiado silencio.
Y demasiado deseo contenido durante demasiado tiempo.
La atrajo hacia sí.
Sus frentes casi se tocaron.
—Deberías irte.
—No quiero.
—No sabes lo que dices.
—Sé exactamente lo que digo.
Él respiró hondo.
Cada palabra que Berthe pronunciaba derribaba otra de sus defensas.
Eso lo asustaba mucho más que cualquier caricia.
Porque estaba empezando a creerla.
Y no podía permitírselo.
Sus labios encontraron los de ella.
No fue un beso suave.
Fue una batalla.
Toda la ira.
Toda la culpa.
Todo el deseo que se había ido acumulando durante semanas.
Ella respondió sin retroceder.
Sus manos ascendieron hasta su rostro.
Luego hasta su cuello.
Después hasta sus hombros.
Como si quisiera convencerlo de que seguía siendo un hombre digno de ser amado.
Él se apartó apenas unos centímetros.
Su respiración era entrecortada.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Mirarme como si aún hubiera esperanza para mí.
Berthe sonrió con una ternura que le arrancó hasta la última defensa.
—No es así como te miro.
Te miro tal como eres.
Esas palabras destruyeron lo que quedaba de su resistencia.
Nathan la besó de nuevo.
Más despacio esta vez.
Con menos ira.
Y mucha más verdad.
Sus manos fueron olvidando la cautela.
El tiempo pareció olvidarlos también.
Solo quedó el calor del otro.
El roce de la respiración compartida.
Latidos que ya no se distinguían entre sí.
Entonces un crujido profundo rasgó el silencio.
Ambos se quedaron inmóviles.
Otro crujido.
Mucho más cerca.
Berthe alzó la vista.
Una de las viejas estanterías, debilitada por el tiempo y años de abandono, comenzaba a inclinarse peligrosamente hacia ellos.
—Nathan...
No llegó a terminar.
La estantería cedió de golpe.
Él apenas tuvo tiempo de rodearla con los brazos antes de apartarla de un empujón.
Libros olvidados y madera podrida se estrellaron contra el suelo en una nube de polvo.
El impacto atronador sacudió toda la biblioteca.
Y durante varios segundos interminables, ninguno de los dos supo si el latido que resonaba en el silencio pertenecía al otro...
...o a sí mismo.