La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XXIII
62%

Capítulo XXIII

La distancia entre los sueños y la verdad

La luz de las velas transformaba el viejo comedor.

Las paredes aún mostraban las cicatrices del abandono, pero el resplandor dorado las suavizaba hasta convertirlas en recuerdos.

La plata, rescatada tras años de descuido, reflejaba un brillo cálido; la porcelana que había sobrevivido parecía celebrar su regreso a la mesa, y el aroma del pan recién horneado se mezclaba con el del cordero asado.

Durante unas horas, Asterhall volvió a sentirse como un hogar.

Héloïse esperó con paciencia a que todos hubieran probado la sopa antes de volverse hacia Berthe con una sonrisa cómplice.

—Ahora que somos amigas... ¿puedo preguntarte algo?

Berthe ya conocía aquella expresión.

—Solo una pregunta.

—Lo prometo.

Se inclinó ligeramente sobre la mesa.

—Si pudieras terminar las historias de tu padre... ¿qué final elegirías para sus personajes?

Berthe dejó la cuchara junto al plato.

Había respondido a esa pregunta cientos de veces.

Y nunca había encontrado una respuesta que de verdad le perteneciera a alguien.

—No creo que las historias terminen cuando el escritor deja de escribir.

Continúan dentro de quienes las recuerdan.

Cada lector imagina un final diferente.

Quizá sea la única forma en que una historia puede seguir viva de verdad.

Héloïse suspiró.

—Eso es hermoso...

—...y terriblemente frustrante.

Madoc sonrió en silencio mientras servía el siguiente plato.

En ese momento, la puerta se abrió.

Todos levantaron la vista.

Nathan estaba en el umbral.

Vestía de negro.

Había conseguido afeitarse, aunque no sin esfuerzo, y un pequeño corte junto a la mandíbula delataba la batalla que había librado con la navaja.

El chaleco no combinaba del todo con el resto de la ropa.

La corbata había sido anudada con mucha más determinación que precisión.

Sin embargo, nunca había parecido más digno.

Durante varios momentos, nadie habló.

Madoc fue el primero en romper el silencio.

—Me complace mucho verlo aquí, Su Gracia.

—No se acostumbre.

Nathan tomó asiento con la misma incomodidad de un soldado entrando en un salón de baile.

Aceptó solo una copa de vino.

No parecía haber venido por la comida.

Había venido por otra razón.

Berthe lo comprendió de inmediato.

No quería que se enfrentara sola a las preguntas.

Aquel pensamiento la conmovió mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

La conversación se desarrolló lentamente.

Héloïse intentó volver al mundo de las novelas.

Nathan la detuvo con una calma inesperada.

—Démosles a los héroes una noche de descanso.

Hablemos mejor de personas reales.

—Pero las historias también hablan de personas reales.

Negó lentamente con la cabeza.

—Hablan de quiénes nos gustaría ser.

No de quiénes somos.

Nadie respondió de inmediato.

El silencio no resultó incómodo.

Solo honesto.

Pasados varios minutos, Héloïse se aventuró una vez más.

—No entiendo cómo alguien puede vivir sin creer, al menos un poco, en el amor.

Nathan dejó la copa sobre la mesa.

—Porque la vida enseña rápido.

Las promesas se rompen.

Las personas cambian.

Los sueños exigen un precio demasiado alto.

Al final, aprendes que la realidad suele llegar antes que los finales felices.

Berthe lo observó con atención.

No estaba discutiendo con ella.

Estaba discutiendo con un recuerdo.

—No todas las historias terminan así.

Él se volvió lentamente hacia ella.

—¿Estás segura?

Ella le sostuvo la mirada.

—Completamente.

El amor existe incluso cuando algunas personas no logran conservarlo.

Igual que la luz sigue existiendo, aun después de caer la noche.

Nathan sonrió con ironía cansada.

—Suenas como los libros de tu padre.

—No.

Sueno como alguien que no se ha rendido.

Las palabras quedaron flotando entre ellos.

Madoc fingió concentrarse en trinchar el asado.

Héloïse apenas se atrevía a respirar.

Nadie quería interrumpir la conversación silenciosa que tenía lugar ante sus ojos.

Al fin, Berthe se levantó de la silla.

—Me gustaría mostrarte algo.

Salió de la habitación unos minutos.

Cuando regresó, llevaba una carta cuidadosamente doblada.

El papel mostraba el desgaste de haber sido leída muchas veces.

—Recibí esto hace meses.

Nunca la he olvidado.

Desdobló la hoja.

No leyó deprisa.

Cada palabra seguía cargando con el peso de una confesión.

Era la historia de una joven obligada a un matrimonio sin amor.

De una vida elegida para ella por conveniencia.

De un miedo tan profundo que solo los libros podían aliviarlo.

Aquellas novelas le habían enseñado una verdad sencilla.

Que vivir sin esperanza era otra forma de rendirse.

La joven escribía que había decidido huir con el hombre al que realmente amaba.

No pedía permiso.

Solo ofrecía su agradecimiento.

Porque alguien le había recordado que la felicidad también podía ser una elección.

Cuando Berthe terminó de leer, el silencio se adueñó del comedor.

Los ojos de Héloïse brillaban anegados en lágrimas.

Madoc mantuvo la mirada clavada en la mesa.

Berthe respiró hondo.

Había esperado que incluso Nathan pudiera encontrar, en aquellas líneas, una razón para creer.

Él permaneció completamente inmóvil.

Demasiado inmóvil.

Luego se levantó lentamente.

No había ira en sus movimientos.

Solo tensión contenida.

—¿Quién escribió esa carta?

Berthe bajó los ojos hacia la firma.

Hasta ese momento, nunca había mirado realmente el nombre.

Se le fue el color del rostro.

De repente, todo significaba algo completamente distinto.

No era la carta de una desconocida.

Conocía esa firma.

Y conocía la historia oculta tras ella.

Demasiado bien.

Nathan percibió el cambio antes de que ella pronunciara una sola palabra.

—¿Qué ocurre?

Berthe dobló la carta con manos temblorosas.

La emoción que apenas unos momentos antes había parecido tan luminosa se había convertido en algo más oscuro.

Algo turbador.

—Creo...

Apenas le salió la voz.

—Creo que acabo de comprender algo que nunca vi antes.

El duque dio un paso hacia ella.

—¿Qué has descubierto?

Ella alzó lentamente los ojos.

El entusiasmo anterior había desaparecido.

Solo quedaba una verdad incómoda.

Una de esas verdades capaces de convertir un hermoso recuerdo en el comienzo de una tragedia.

—A veces... —susurró.

—...las historias terminan mucho antes de que las cartas lleguen a nuestras manos.