Capítulo XXI
Las heridas que nadie ve
Castillo de Asterhall
Cuando el último carruaje desapareció en el camino brumoso, el castillo recuperó su viejo silencio.
Berthe regresó lentamente.
Llevaba el chal doblado sobre un brazo. La tela aún conservaba rastros de tierra, algunas hojas secas y una pequeña mancha de sangre que no era suya.
Entró por la puerta de servicio, esperando pasar desapercibida.
—Señorita Albray.
Se detuvo.
Madoc emergió del pasillo con la tranquila seguridad de un hombre que parecía detectar el desorden antes de que ocurriera.
Sus ojos se posaron de inmediato en el chal.
—Ha tenido una mañana bastante agitada.
Berthe ocultó instintivamente la prenda.
—Su Excelencia tuvo un pequeño accidente.
El mayordomo extendió la mano.
—Permítame.
Examinó la tela con la concentración de un artesano.
No frunció el ceño.
Al contrario.
Una expresión de auténtica satisfacción iluminó su rostro.
—Un desafío interesante.
Ella no pudo evitar sonreír.
—¿De verdad le entusiasman las manchas?
—Solo las difíciles.
Las fáciles no tienen gloria.
Unos minutos más tarde estaban juntos en la lavandería.
Mientras el agua comenzaba a hervir, Madoc colocó cuidadosamente jabones, cepillos y pequeños frascos con la misma reverencia que otro hombre reservaría para los instrumentos de un cirujano.
Cada movimiento parecía parte de un ritual antiguo.
Berthe observaba, fascinada.
Nunca había imaginado que limpiar una prenda pudiera parecerse a un arte.
—Ahora entiendo por qué este castillo sigue en pie.
Él alzó ligeramente una ceja.
—Porque alguien se ocupa de las pequeñas cosas.
Ella contempló el fuego durante un largo momento.
Luego habló con cuidado.
—Madoc...
Me gustaría entender un poco mejor al duque.
El anciano no respondió de inmediato.
Continuó trabajando sobre la tela, como si la respuesta necesitara tiempo para madurar.
—Un buen sirviente sabe guardar silencio.
Berthe asintió.
—Lo sé.
Y respeto ese silencio.
Es solo que...
A veces pienso que su ira no está dirigida al mundo.
Está dirigida a una parte de sí mismo.
Madoc dejó el cepillo a un lado.
Permaneció inmóvil durante varios momentos.
—Entonces quizá pueda contarle una historia.
No sobre el duque.
Sobre otro hombre.
Uno imaginario.
Ella sonrió.
—Los hombres imaginarios suelen decir las mayores verdades.
El viejo mayordomo aceptó el pensamiento con un leve asentimiento.
Luego comenzó.
Habló de un joven noble que había crecido demasiado solo.
Un muchacho al que le enseñaron a obedecer mucho antes de que aprendiera a confiar.
Un hombre que, tras una juventud imprudente, creyó haber encontrado finalmente un camino diferente.
Había elegido a una mujer.
No solo para cumplir con las expectativas de su nombre.
Sino para empezar de nuevo.
Todo estaba dispuesto.
El futuro ya tenía fecha.
Entonces, solo unos días antes de la boda, ella desapareció.
No había huido por miedo.
Huyó porque nunca había dejado de amar a otro hombre.
Berthe permaneció perfectamente inmóvil.
Detrás de ellos, el agua hervía suavemente.
—¿Qué hizo ese hombre?
Madoc suspiró.
—Lo mismo que hacen la mayoría de los hombres orgullosos.
Confundió el amor con la derrota.
Intentó recuperarla.
No para obligarla a volver.
Sino para demostrar que el final aún podía cambiarse.
Guardó silencio un momento.
—Fue un error.
El resto de la historia requirió muy pocas palabras.
Había habido un enfrentamiento.
Violencia.
Sangre.
Una herida que casi le costó la vida.
Y otra, mucho más profunda, que ningún vendaje podría sanar jamás.
El anciano volvió al chal.
—Desde entonces, está convencido de que algunas puertas es mejor dejarlas cerradas.
Por fin, Berthe comprendió.
El rechazo constante.
La ironía.
Su miedo a cada promesa.
Su necesidad de disfrazar cada gesto de ternura como una broma.
Nunca había sido desprecio.
Siempre había sido defensa.
—¿La amaba de verdad?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Madoc permaneció en silencio.
Fue un silencio largo.
Honesto.
Cuando finalmente habló, su voz sonó más envejecida que antes.
—No lo sé.
Quizá ni él mismo lo sepa ya.
Algunas heridas permanecen tanto tiempo que, con los años, ya no se parecen al recuerdo que las causó.
Simplemente permanecen.
Berthe bajó la mirada.
Comprendió que nadie podía devolverle al duque los años que había perdido.
Ni su confianza.
Ni la luz.
Pero quizá aún existía otra forma de aliviar una herida.
No intentando borrarla.
Sino permaneciendo junto a ella.
Madoc dobló el chal con cuidado.
No quedaba rastro de sangre ni de tierra.
Se lo devolvió con una leve inclinación de cabeza.
—Aquí tiene.
Como nuevo.
Berthe pasó los dedos sobre la seda.
Pensó que las telas eran afortunadas.
Con paciencia, agua y tiempo, podían recuperar su antigua belleza.
Los corazones, sin embargo, obedecían leyes mucho más difíciles.
Salió de la lavandería sosteniendo el chal contra su pecho.
Mientras caminaba por el corredor, comprendió que el hombre del que empezaba a enamorarse no solo había perdido parte de su vista.
Mucho antes de eso, había aprendido a cerrar los ojos por voluntad propia.
Y quizá esa era la oscuridad más profunda de todas.