Capítulo XX
La verdad de las cicatrices
Los jardines del castillo de Asterhall
Las antiguas piedras conservaban el calor del verano como si recordaran a todas las parejas de amantes que alguna vez habían buscado refugio entre ellas.
Berthe apoyó la espalda contra un muro cubierto de musgo y cerró los ojos.
Por primera vez en muchos años, dejó de imaginar cómo sería sentirse deseada.
Ya no tenía que imaginarlo.
Las manos de Nathan descansaban en su cintura con una mezcla de firmeza y contención, como las de un hombre que descubre un terreno sagrado que teme profanar. No había prisa en su contacto. Solo una serena curiosidad que despertaba en ella sentimientos desconocidos.
El jardín respiraba suavemente a su alrededor.
Los pájaros cantaban.
La hiedra abrazaba las ruinas.
Las flores se abrían lentamente bajo la luz de la mañana.
Todo parecía estar creciendo.
Ella también estaba creciendo.
Después de tantos inviernos interiores, su corazón finalmente empezaba a parecerse al verano.
Nathan levantó ligeramente la cabeza para mirarla.
—¿En qué estás pensando?
Ella sonrió.
—En todas las cosas que creía que nunca sucederían.
Los labios de él rozaron su frente.
—¿Como cuáles?
—Que algún día alguien pudiera encontrar hermosa mi torpeza.
Poder besar sin sentir que debía disculparme.
Reír mientras el mundo sigue girando.
Sentir que de verdad pertenezco a algún lugar.
Nathan guardó silencio.
Esas palabras pesaban más que cualquier declaración de amor.
Sabía demasiado bien lo que significaba renunciar.
Había abandonado la sociedad.
Las grandes casas.
La luz.
Y mucho antes de todo eso, había abandonado la esperanza misma.
—No hagas planes conmigo.
Ella arqueó una ceja.
—No estoy haciendo planes.
Solo estoy viviendo este momento.
Con eso basta.
La honestidad de su respuesta le despojó de sus últimas defensas.
La besó de nuevo.
Más lentamente.
Con una ternura que habría sido imposible imaginar solo unos días antes.
Ella respondió acercándose aún más, descubriendo que el silencio podía expresar lo que ningún libro había logrado explicar.
Durante largos minutos no hubo mundo más allá de ese refugio de piedra y verdor.
Hasta que el destino les recordó que el mundo todavía existía.
Un crujido agudo resonó sobre sus cabezas.
Ambos miraron hacia arriba.
Demasiado tarde.
Un fragmento de la vieja cornisa se desprendió y cayó.
Nathan apenas tuvo tiempo de proteger a Berthe con su cuerpo antes de que la piedra lo golpeara.
Se tambaleó hacia atrás.
Ella lo sujetó antes de que perdiera el equilibrio.
—¡Nathan!
Respiró lentamente, llevándose una mano a la frente.
—He tenido bienvenidas peores.
Intentó sonreír.
Fracasó.
Una fina línea de sangre se deslizó lentamente entre su cabello.
Berthe arrancó un trozo de su pañuelo y limpió la herida con manos temblorosas.
—No es grave.
Una leve sonrisa asomó a sus labios.
—Lo dices con voz de quien no se lo cree.
Ella continuó atendiendo la herida sin responder.
Solo cuando hubo terminado levantó la vista.
Él se había quedado muy quieto.
Pensativo.
—Dime algo.
Su voz había cambiado.
Ahora era más queda.
Mucho más seria.
—¿Qué viste realmente cuando me conociste?
Berthe comprendió de inmediato la pregunta oculta bajo sus palabras.
No estaba hablando del castillo.
Ni de la lluvia.
Estaba hablando de su rostro.
De la verdad que había evitado durante meses.
Nathan giró lentamente la cabeza, ofreciéndole el perfil marcado por la vieja herida.
—Apenas puedo verla yo mismo.
Necesito saber lo que ven los demás.
Su mirada siguió la cicatriz mientras descendía desde la frente hasta el borde de la mejilla.
Era inconfundible.
Imposible de ignorar.
Sin embargo, no disminuía nada.
Si acaso, hablaba menos de destrucción que de supervivencia.
Berthe levantó la mano.
No para ocultarla.
Sino para trazar su recorrido con las yemas de los dedos.
—Antes de esa herida, debías de ser un hombre extraordinariamente apuesto.
Una sonrisa amarga cruzó su rostro.
—Eso pertenece al pasado.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No.
Ahora eres otro tipo de hombre.
Uno mucho más interesante.
Nathan permaneció inmóvil.
Su respuesta lo había dejado indefenso.
—No sientes lástima por mí.
—Nunca.
—Entonces... ¿no te asusta?
Ella se tomó unos momentos antes de responder.
—Lo único que me asusta es pensar cuánto tiempo llevas creyendo que esta cicatriz es lo primero que ve la gente cuando te mira.
Él bajó la cabeza.
Nadie le había hablado así jamás.
Durante meses solo había conocido silencios incómodos, lástima o miedo.
Berthe veía algo distinto.
Veía al hombre que había sobrevivido.
La diferencia era casi insoportable.
Ella sonrió con suavidad.
—Las cicatrices cuentan una historia.
Nunca la reemplazan.
El viento volvió a deslizarse suavemente por el jardín.
A lo lejos llegaban las risas apagadas de las jóvenes que aún exploraban las ruinas, ajenas a que entre aquellas piedras antiguas había caído por fin la última barrera que protegía el corazón del duque.
Nathan respiró hondo.
Luego retrocedió.
Necesitaba poner distancia otra vez antes de olvidar quién era.
—Deberíamos volver.
Ella comprendió por qué, aunque él nunca lo explicó.
Se habían acercado demasiado.
Y el peligro ya no residía en el deseo.
Residía en algo mucho más difícil de dominar.
El afecto.
Mientras regresaban hacia el castillo, Berthe caminó a su lado sin intentar retenerlo.
Solo entonces comprendió una verdad que ningún relato de caballería le había enseñado jamás.
Las heridas visibles pueden sanar.
Las invisibles primero deben encontrar a alguien capaz de mirarlas sin apartarse.