Capítulo XIX
Donde Terminan las Leyendas
La inesperada recepción desconcertó al duque mucho más que cualquier batalla.
Había salido preparado para expulsar a una banda de intrusos.
En cambio, encontró un grupo de desconocidos que lo saludaban con la reverencia reservada a los héroes.
No podía comprender tal devoción.
Ni tal admiración.
Ni aquellas expresiones conmovidas que lo contemplaban sin el menor rastro de lástima.
Cuando la emoción finalmente comenzó a calmarse y los visitantes aceptaron pasear por los jardines en lugar de invadir el castillo, Nathan caminó junto a Berthe en busca de una explicación.
—¿Qué significa todo esto?
Ella sonrió con una mezcla de ternura y serena resignación.
—Acabas de conocer a los lectores que han vivido los libros de mi padre con demasiada intensidad.
Siguieron un sendero estrecho oculto bajo la hierba alta.
A lo lejos, unas jóvenes reían mientras recogían flores silvestres entre las ruinas antiguas.
—Para ellos, los personajes nunca dejaron de existir.
Algunos crecieron junto a esas historias. Otros encontraron en ellas el valor para sobrevivir tiempos difíciles. Poco a poco, dejaron de saber dónde terminaba la ficción y dónde empezaba el recuerdo.
Nathan permaneció en silencio.
La explicación aún parecía imposible de comprender.
—¿Y qué tengo yo que ver con todo esto?
Ella no respondió de inmediato.
—Mucho más de lo que imaginas.
Se detuvo frente a él.
—Guardas un parecido extraordinario con el caballero que todos llevan en la mente desde hace años.
Él la miró sin comprender.
—No por la cicatriz.
No por tu título.
Ni siquiera por este castillo.
Es otra cosa.
Tu forma de caminar.
Tu voz.
La fuerza que sigues intentando ocultar bajo tu cansancio.
Durante varios momentos ninguno de los dos habló.
El viento agitaba las rosas silvestres que trepaban sobre las piedras antiguas.
—Entonces, cuando me miran...
—No ven solo a un hombre.
Ven el rostro que imaginaron mientras leían esas historias.
Él bajó la cabeza.
La revelación no le trajo orgullo.
Solo un extraño cansancio.
—Entonces quizá tú tampoco me has visto nunca de verdad.
Berthe negó suavemente con la cabeza.
—Ahí es exactamente donde te equivocas.
Él alzó lentamente los ojos.
—Nunca estuve buscando al héroe de esas novelas.
Te encontré a ti.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Nathan quiso alejarse.
No pudo.
Durante demasiado tiempo se había convencido de que cualquier afecto nacido después del accidente solo podía ser lástima...
o fantasía.
Ella acababa de destruir ambas excusas.
—No sabes quién soy realmente.
Una sonrisa tenue, casi triste, asomó a sus labios.
—Mejor de lo que crees.
Sé que eres impaciente.
Terco.
Orgulloso.
Que ocultas tu miedo detrás del sarcasmo.
Que finges no necesitar a nadie cuando es lo que más anhelas.
Y sé que nunca traicionarías a quien depositara su confianza en ti.
Se le escapó una risa queda.
—Has creado una versión de mí demasiado generosa.
—No.
Simplemente he aprendido a mirar donde otros nunca se detienen.
Nathan permaneció inmóvil.
Desde su lesión, había aprendido otra forma de ver.
Reconocía a las personas por el ritmo de sus pasos, por el peso de su respiración al entrar en una habitación, por el susurro de una falda sobre la piedra, por la fragancia húmeda que la lluvia dejaba en sus ropas, o por el leve temblor oculto bajo una voz.
Toda defensa parecía inútil ante esta mujer.
—¿Por qué me besaste aquella primera noche?
Ella dirigió la mirada hacia las ruinas.
Su respuesta llegó lentamente.
—Porque había pasado demasiados años esperando sentir que alguien me veía como una mujer.
No como la hija de un escritor.
No como un personaje de cuento.
No como una niña que necesitaba protección.
Simplemente... como una mujer.
Respiró hondo.
—Y cuando me besaste... me di cuenta de que nunca había estado esperando a un hombre en particular.
Había estado esperando ese momento.
Nathan sintió que sus palabras se asentaban en un lugar que había permanecido vacío durante meses.
Se acercó más.
—Entonces ninguno de los dos estaba buscando una leyenda.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Las leyendas son demasiado perfectas.
Nunca cometen errores.
Nunca sienten miedo.
Nunca dudan.
Nosotros sí.
Y quizá por eso somos más reales.»
Las voces alegres de las jóvenes llegaban tenues desde el jardín.
Estaban lejos.
Lo bastante lejos.
Nathan tomó el rostro de Berthe entre las manos.
Esta vez no había urgencia.
Solo una decisión que había postergado demasiado tiempo.
—Mírame.
—Lo hago desde el primer día.
Apoyó lentamente la frente contra la de ella.
Durante unos instantes permanecieron así, respirando el mismo aire.
Entonces la besó.
Sin prisa.
Como quien por fin ha dejado de luchar contra una verdad demasiado obvia para negarla.
El tiempo pareció detenerse.
Las ruinas.
El viento.
La herencia.
Las cartas.
Todo desapareció.
Solo quedó el calor compartido de dos personas:
dos almas que, por primera vez, dejaron de esconderse tras las historias que otros habían escrito sobre ellas.
Cuando el beso terminó, Berthe apoyó la cabeza en su pecho.
Escuchó el latido constante que había aprendido a reconocer incluso en el silencio.
—¿Sabes qué es lo más curioso?
Él enrolló distraídamente uno de sus rizos en los dedos.
—¿Qué?
—Todo el mundo cree que las novelas de mi padre trataban de caballeros.
Ella alzó la vista hacia él.
—Creo que siempre trataron de personas que temían amar.
Nathan sonrió.
Esta vez no discutió.
Porque mientras la sostenía bajo la luz del sol que calentaba las antiguas piedras de Asterhall, comprendió que las leyendas jamás le habían enseñado lo único que de verdad importaba.
El amor no nace de la perfección.
Comienza en el instante preciso en que dos corazones heridos dejan de ocultarse el uno del otro.