La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XVII
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Capítulo XVII

Pasos que llegaban con el alba

Las mañanas se habían convertido en una curiosa costumbre.

Antes de que el castillo despertara por completo, Berthe bajaba en silencio al gran salón. Siempre encontraba el fuego aún vivo bajo las cenizas y, poco después, la voz áspera del duque rompía el silencio con alguna queja que, contra toda razón, ella empezaba a encontrar bastante entrañable.

Nathan, por su parte, encontraba la rutina cada vez más inquietante.

Había intentado convencerla de que se quedara en su habitación. Le había proporcionado mantas más gruesas, un brasero, un escritorio, incluso una estancia más cómoda. Nada lograba disuadirla de su costumbre de buscar el calor del hogar mientras la noche aún pesaba sobre el castillo.

Cada amanecer la encontraba allí.

Y cada amanecer descubría que la había estado esperando antes incluso de abrir los ojos.

—Hoy traigo una corrección importante —anunció Berthe alegremente mientras dejaba una taza de té junto a él.

Nathan suspiró.

—Empiezo a temer esas palabras.

—Hace unos días intentaste advertirme de un peligro, pero usaste la expresión equivocada. He descubierto una forma mucho mejor de decirlo.

Él se llevó una mano a la frente.

—¿De verdad has pasado varios días pensando en eso?

—Siempre me pasa lo mismo. Las mejores réplicas llegan cuando la conversación ya ha terminado.

La confesión le arrancó una sonrisa resignada.

Solo Berthe podía considerar urgente una discusión de hacía días.

Mientras hablaba, dejó el té a su alcance con la naturalidad de quien lo hubiera hecho toda la vida.

Luego, casi sin pensar, apartó una diminuta mota de polvo de su cabello.

El gesto fue fugaz.

Inocente.

Pero bastó para perturbar el frágil equilibrio que Nathan se había esforzado en mantener durante días.

Él le sujetó la muñeca con suavidad.

—¿Qué haces?

Ella lo miró sorprendida.

—Molestarte, por lo visto.

Con un movimiento casi instintivo, la atrajo hacia sí.

No había fuerza en el gesto.

Solo una necesidad contenida durante demasiado tiempo.

—Cada mañana apareces junto al fuego, me preparas el té, ordenas mis papeles y corriges mis palabras como si hubieras vivido aquí toda la vida.

Ella sonrió.

—Me gusta darte los buenos días.

Él negó despacio con la cabeza.

—Nadie hace eso sin esperar algo a cambio.

Berthe le sostuvo la mirada con una calma desarmante.

—Quizá ese sea el problema. Te has acostumbrado a creer que toda amabilidad esconde un trato.

Las palabras quedaron flotando entre ellos.

Él apartó la mirada.

Había pasado demasiados años rodeado de relaciones fáciles y superficiales en las que el afecto siempre parecía ocultar algún interés.

Sin pretenderlo, aquella mujer estaba desmantelando todas sus certezas.

—No deberías acercarte tanto a mí.

Ella permaneció inmóvil.

—¿Por qué?

Nathan tomó aire antes de responder.

—Porque cada mañana me cuesta un poco más recordar por qué intento mantenerte alejada.

El silencio ocupó el lugar de las palabras.

Le soltó la mano despacio.

Sin darse cuenta, uno de los rizos oscuros de Berthe se había enredado en sus dedos.

Intentó liberarlo con torpeza.

Cuanto más lo intentaba, más tercamente se aferraba el rizo a sus nudillos.

Ella dejó escapar una risa queda.

—Parece que mi cabello ha decidido no obedecerte.

Él se sorprendió sonriendo también.

—Empiezo a sospechar que ha salido a su dueña.

Era uno de esos pequeños momentos que nunca parecen cambiar una vida...

y sin embargo la desvían en silencio hacia otro camino.

Entonces ambos callaron.

No porque hubieran dejado de mirarse.

Sino porque algo más reclamaba su atención.

Una vibración profunda recorrió el suelo de piedra.

Al principio, apenas un leve temblor.

Después llegaron los ecos.

Caballos.

Muchos.

Ruedas de carruaje chirriando sobre la grava.

Voces.

El castillo entero parecía despertar con la llegada de una gran comitiva.

Nathan volvió la cabeza despacio.

—Eso no pinta nada aquí.

Berthe ya había palidecido.

El bramido de un cuerno de caza rasgó el aire de la mañana.

Después, otro.

El patio estalló en movimiento.

Ella retrocedió por instinto.

Toda la serena confianza que había mostrado durante la última semana se desvaneció en un instante.

Nathan percibió el cambio antes de comprender su causa.

Se acercó a ella con presteza.

—¿Qué ocurre?

Berthe tardó unos instantes en responder.

Miraba hacia las ventanas como si contemplara un pasado que había esperado no volver a encontrar.

—Sabía que este día llegaría.

Su voz era apenas un susurro.

Nathan le posó una mano en el brazo.

—¿Quiénes son?

Ella cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba nada de la joven despreocupada que discutía sobre castillos y corregía expresiones olvidadas.

Solo quedaba una mujer ante él—

obligada una vez más a enfrentarse al mundo que había intentado dejar atrás desesperadamente.

—Han venido a por mí.