La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XV
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Capítulo XV

La fuerza de las manos que consuelan

Berthe olvidó lo que la había llevado a aquella habitación.

El miedo.

Los extraños ruidos.

La absurda expedición en busca de fantasmas.

Todo se desvaneció en cuanto lo vio.

Nathan estaba apoyado contra la pared, respirando con dificultad. Tenía el rostro lívido, y una tensión insoportable endurecía cada línea de su expresión, como si librara una batalla invisible contra un enemigo que nadie más podía ver.

Se acercó sin hacer ruido.

—¿Qué ocurre?

Tardó unos instantes en responder.

—Nada que pueda repararse.

Su voz era poco más que un susurro.

Intentó enderezarse, pero otro espasmo de dolor lo doblegó de nuevo.

Berthe comprendió que no se trataba de una herida reciente.

Regresaba de vez en cuando, como un viejo recuerdo que se negaba a concederle paz.

Se arrodilló a su lado.

—Déjeme ayudarle.

—No.

La negativa llegó de inmediato.

No nacía del orgullo, sino del hábito.

A algunos hombres los educan desde niños para soportar todo sufrimiento sin pedir compañía.

Él era uno de ellos.

—No me voy a ir.

Nathan cerró los ojos.

Otra oleada de dolor le atravesó la cabeza y se extendió por el cuello como hierro fundido.

Por un momento, dejó de resistirse.

Solo entonces sintió la mano de Berthe, que se posaba suavemente sobre su frente.

No había urgencia en su contacto.

Ni lástima.

Solo una calma serena capaz de sostener el dolor ajeno sin temerlo.

Lentamente, dejó que sus dedos se deslizaran por el cabello de él, siguiendo la línea de la cicatriz antes de descender con suavidad hasta la nuca, donde los músculos estaban tensos como cuerdas demasiado estiradas.

Él soltó un largo suspiro.

Sin darse cuenta, dejó que la cabeza le descansara contra el regazo de ella.

No recordaba haber descansado así junto a nadie.

Quizá nunca lo había hecho.

Berthe siguió acariciándole el cabello con la ternura paciente de quien no esperaba curar una herida, solo permanecer junto a ella hasta que doliera un poco menos.

El silencio cambió lentamente.

Ya no era vacío.

Se había convertido en un refugio.

Al cabo de un largo rato, habló sin abrir los ojos.

—Siga hablando.

Ella sonrió.

—¿De qué?

—De cualquier cosa.

Por unos momentos pensó que no tenía nada que mereciera la pena contar.

Luego comprendió que las vidas tranquilas también guardan historias propias.

Habló de su padre.

De las tardes pasadas ordenando manuscritos bajo montañas de papeles dispersos.

De los periódicos que leía a escondidas de niña.

De su fascinación por las carreras de caballos, y de cómo había aprendido, casi como un juego, a adivinar el caballo ganador fijándose en detalles que todos los demás pasaban por alto.

Habló de pequeñas victorias que apenas cambiaban el mundo, pero que les habían permitido comprar un libro más o afrontar el invierno con menos preocupaciones.

Nathan escuchaba.

No la interrumpió ni una vez.

Simplemente permaneció quieto, dejándose llevar por su voz con la calma constante de un río.

Poco a poco, el temblor de su respiración se fue calmando.

Cuando por fin abrió los ojos, el dolor seguía allí.

Pero ya no lo dominaba por completo.

—Ha pasado.

Ella retiró la mano con suavidad.

—¿Le sucede esto a menudo?

—Menos que antes.

Se quedó un rato mirando el techo.

—Después... todo queda borroso durante un tiempo.

—Como si el mundo tardara en regresar.

Intentó ponerse de pie.

Las piernas le flaquearon.

Sin pensarlo, Berthe le pasó un brazo por la cintura para sostenerlo.

Él aceptó su ayuda sin protestar.

Berthe comprendió que aquella rendición era una victoria mucho mayor que cualquier confesión.

Juntos caminaron despacio hacia la puerta.

Nathan dejó que parte de su peso recayera sobre ella.

Sonrió con cansancio.

—No se lo diga a Madoc.

—Preferiría llamar a un médico.

—Los médicos entienden las heridas del cuerpo.

Hizo una pausa.

—Esta pertenece a otro lugar.

Berthe no discutió.

Hay dolores que no tienen nombre que la medicina pueda darles.

Avanzaron en silencio por la galería.

El propio castillo parecía haber enmudecido, como si también quisiera proteger su frágil tregua.

Cuando llegaron al gran salón, Nathan se volvió hacia ella.

Su mirada, velada por la luz incierta que aún le quedaba, buscó el contorno del rostro de ella.

Por primera vez, pronunció su nombre sin distancia.

—Berthe.

Sintió que esa única palabra encerraba más gratitud que mil discursos.

—Deberías descansar.

Él respondió con una sonrisa apenas perceptible.

—Tú primero.

Ella soltó una risa queda.

—Ahora mismo no das nada de miedo.

—No te acostumbres.

Su sentido del humor iba volviendo poco a poco.

Buena señal.

Berthe se acercó de nuevo para ayudarlo.

Él alzó una mano y dejó que las yemas de los dedos le rozaran suavemente la mejilla.

Un gesto breve.

Casi tímido.

—Gracias.

Ella cubrió su mano con la suya.

—No tienes que dármelas.

—Sí.

Porque nadie había hecho esto antes.

Las palabras quedaron sin decir.

Pero ambos las entendieron.

Desde el otro extremo del pasillo llegó una voz.

—¿Señorita Albray?

Era Héloïse.

Berthe se volvió por instinto.

Cuando volvió a mirar a Nathan, todo rastro de vulnerabilidad había desaparecido.

La distancia, la compostura, el control con que se protegía del mundo ya habían vuelto.

Lentamente, él retiró la mano.

—Deberías irte.

No había dureza en sus palabras.

Solo miedo.

Berthe comprendió que no la estaba rechazando.

Intentaba volver a ocultar el lugar al que acababa de dejarla entrar.

Y supo, con una certeza que ya no necesitaba explicación, que ningún castillo había alzado jamás muros tan altos como los de un corazón que aprendió, demasiado pronto, a sufrir en soledad.