La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XIII
35%

Capítulo XIII

La Casa que Comenzaba a Despertar

La revelación quedó suspendida entre ellos.

Nathan no negó la verdad.

—No veo como antes —dijo al fin—. Hay días en que todo desaparece. Otros... quedan algunas formas. Un poco de luz. El movimiento de una sombra. Nunca sé cuánto durará.

Berthe escuchó sin interrumpir.

Solo entonces comprendió que el mayor sufrimiento del duque no era la incertidumbre de su vista, sino la esperanza misma. Cada amanecer traía la promesa de una mejoría, solo para que el atardecer se la arrebatara en silencio.

—Muy pocas personas lo saben.

—¿Por qué ocultarlo?

Él volvió lentamente el rostro hacia las ventanas.

—Porque la compasión acaba convirtiéndose en vigilancia. Todos esperan un milagro. Todos hacen preguntas. Todos creen saber lo que debo hacer. Al cabo de un tiempo, el silencio resulta más fácil.

Ella no dijo nada.

Había conocido otras clases de pobreza.

Esta era diferente.

Era la pobreza de alguien que había dejado de esperar algo del mañana.

El duque señaló las cartas.

—Basta de hablar de mí. Continúe.

Las horas volvieron a deslizarse entre sobres amarillentos y cuentas olvidadas.

Berthe leía despacio y, sin darse cuenta, daba a cada remitente una voz propia. Un administrador de fincas sonaba severo; un comerciante, apresurado; un anciano vicario parecía detenerse a tomar aliento entre cada frase.

Nathan cerró los ojos.

Ya no necesitaba ver los documentos.

Escuchar era suficiente.

Su voz transformaba la rutina en historia, y el polvo en memoria.

De pronto, Berthe dejó de leer.

—Hay algo extraño aquí.

Él abrió los ojos.

—¿Qué es?

—No es una cantidad grande... y precisamente por eso destaca.

Comparó dos informes financieros.

Las cifras coincidían casi a la perfección, excepto por un gasto doméstico que había aumentado constantemente sin explicación.

Verduras.

Carne.

Carbón.

Pequeñas compras diarias.

Nada que pareciera sospechoso por sí solo.

Sin embargo, juntas formaban un patrón.

Nathan guardó silencio.

Años atrás, nunca habría reparado en cifras tan insignificantes.

Ahora comprendía que los grandes robos rara vez comenzaban con grandes sumas.

—Compruebe los meses anteriores.

Ella obedeció.

Los mismos números se repetían en los registros.

Pequeñas discrepancias.

Cantidades insignificantes.

Siempre las mismas categorías.

La sospecha fue tomando forma lentamente.

No era una prueba.

Solo una grieta.

Pero toda ruina comienza con una grieta.

Antes de que pudieran seguir comparando documentos, unas voces llenaron el vestíbulo.

Héloïse había regresado.

Su entusiasmo parecía capaz de romper los siglos de abandono que se aferraban a aquellas paredes.

Entró junto a Madoc y varios aldeanos que llevaban escobas, mantas, cubos y herramientas.

La quietud del castillo retrocedió en silencio.

—Es hora de devolver la vida a esta casa.

Berthe dejó las cartas sobre la mesa.

—Continuaremos mañana.

Nathan frunció el ceño.

—La correspondencia no puede esperar.

Ella sonrió con la calma que comenzaba a inquietarlo.

—Estas cartas llevan meses esperando. Pueden esperar una tarde más.

—La contraté para ordenar documentos, no para mover muebles.

—Y precisamente por eso mañana necesitaremos una mesa limpia, habitaciones habitables y un techo que no deje entrar el viento.

Él estaba a punto de objetar.

Nunca tuvo la oportunidad.

Desde la galería, Héloïse llamó alegremente:

—¡Señorita Albray! Venga a ver esto. Encontraremos la habitación perfecta para usted.

Berthe le ofreció una sonrisa de disculpa.

—El deber me llama.

Luego desapareció escaleras arriba.

Nathan se quedó solo.

Escuchó los pasos que recorrían los corredores, las ventanas que se abrían de par en par, las escobas que barrían los suelos de piedra.

Durante años, Asterhall solo había hablado el lenguaje del abandono.

Ahora resonaba con voces.

Risas.

Instrucciones.

Vida.

Debería haberlo irritado.

Sin embargo, una pequeña y obstinada parte de él advirtió que el propio castillo parecía respirar de otro modo.

Héloïse recorría las habitaciones con el deleite ansioso de quien finalmente camina por un sueño largamente esperado.

Donde otros solo veían polvo, ella imaginaba cortinas.

Donde veían paredes agrietadas, ella veía salones.

Donde quedaban ruinas, ella ya hablaba de un hogar.

Berthe la seguía con una sonrisa.

Las dos mujeres pertenecían a mundos diferentes.

Héloïse había sido educada para dominar el delicado arte de pertenecer a la sociedad.

Berthe había aprendido a sobrevivir fuera de ella.

Sin embargo, compartían el raro don de descubrir la belleza donde a casi nadie se le ocurría buscarla.

Juntas subieron a la torre.

La habitación seguía desnuda.

La luz del sol entraba por la estrecha ventana como un pilar de oro.

Héloïse la examinó con ojos prácticos.

—No hay chimenea. Será incómoda en invierno.

Berthe caminó hacia la ventana abierta.

Las colinas se extendían hacia la niebla mientras la hiedra abrazaba lentamente los antiguos muros.

—No será para siempre.

Con las yemas de los dedos rozó la piedra.

—Pero es aquí donde quiero empezar.

No explicó por qué.

No dijo nada sobre el beso.

Ni sobre el amanecer.

Ni sobre la extraña paz que había encontrado entre aquellos muros.

Algunas habitaciones se eligen.

Otras parecen elegirnos.

Al fin, Héloïse sonrió.

—Entonces empezaremos con esta.

Durante unos momentos permanecieron juntas, recorriendo con la mirada la estancia vacía.

No parecía gran cosa.

Solo una torre olvidada por el tiempo.

Pero Berthe comprendió que los hogares nunca nacen de los muebles.

Comienzan el día en que alguien decide quedarse.

Y por primera vez en muchísimo tiempo, sintió que el futuro ya no era un camino incierto.

Era una habitación vacía que esperaba, paciente, a ser habitada.