La luz de Asterhall (Honor y destino nº 4) Capítulo XI
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Capítulo XI

La luz podía ser una trampa

Castillo de Asterhall A la mañana siguiente

Nathan despertó antes del amanecer con la inquietante certeza de que la noche no había terminado cuando cerró los ojos.

El recuerdo del beso aún perduraba en él.

No como un pensamiento, sino como una presencia.

El calor de sus labios.

El aroma a lluvia aún atrapado en su cabello.

La inesperada dulzura de un abrazo que había pretendido ser una advertencia y que, sin saber cómo, se había convertido en un refugio.

Se incorporó bruscamente.

Esto tenía que terminar.

El agua helada golpeó su cuerpo con la fuerza de un castigo. Permaneció inmóvil bajo el torrente gélido, esperando que la razón regresara allí donde el deseo había empezado a reinar.

No lo hizo.

Simplemente lo despertó por completo.

Cuando Caradoc se acercó a su lado, Nathan acarició distraídamente la cabeza del gran perro. Nadie comprendía mejor sus silencios.

Entonces oyó pasos.

No necesitaba darse la vuelta.

Ya conocía ese ritmo.

—Buenos días.

La voz de Berthe aún conservaba la suave aspereza que la mañana no había logrado disipar.

Nathan levantó lentamente la cabeza.

Muy pocas personas conocían la verdad.

La lesión no le había robado toda la luz.

Solo le había dejado fragmentos.

Algunos días el mundo se disolvía en una niebla interminable. En otros, un ojo aún podía captar contornos borrosos, manchas de color y destellos de luz suficientes para guiar su camino. El otro permanecía casi inmóvil, fatigado, como si finalmente hubiera renunciado a su deseo de ver.

Esa visión incompleta nunca le permitía reconocer un rostro en su plenitud.

Solo imaginarlo.

Quizá por eso había aprendido hacía mucho a confiar más en las voces que en los ojos, en los pasos más que en las apariencias.

Pero esa mañana el sol eligió ser generoso.

Berthe cruzó el patio justo cuando la luz se derramaba bajo el arco oriental.

Durante un instante fugaz quedó envuelta en su resplandor.

Su sencillo vestido brillaba con reflejos dorados, mientras el viento encendía sus rizos oscuros.

No podía distinguir sus rasgos.

Nunca podía.

Sin embargo, esa silueta luminosa bastó para robarle el aliento.

Apartó la mirada antes de permitirse un segundo más.

Solo entonces comprendió que las sombras lo habían protegido durante meses.

La luz, en cambio, podía volverse peligrosa.

—Te has levantado temprano.

—Quería conocer mejor la casa.

Pronunció esa última palabra con tanta naturalidad que lo inquietó.

Casa.

Asterhall nunca debía convertirse en eso para ella.

Entraron juntos en el gran salón.

Mientras Berthe reavivaba el fuego y reunía pan, leche y lo que la despensa aún ofrecía, sonidos olvidados fueron regresando lentamente al castillo.

El tintineo de los utensilios.

El crepitar de los troncos ardiendo.

Una voz queda tarareando para sí mientras disponía la mesa del desayuno.

Durante un momento imposible, Nathan tuvo la absurda impresión de que la fortaleza volvía a estar viva.

El pensamiento lo asustó mucho más de lo que lo reconfortó.

—Después del desayuno, Madoc te acompañará al pueblo.

Ella siguió arreglando la mesa.

—Necesito ir. Hay algunas cosas que debo comprar.

Él negó lentamente con la cabeza.

—No me entiendes.

El silencio se instaló entre ellos.

—No puedes quedarte aquí.

Ella dejó la hogaza de pan sobre la mesa.

—¿Por el beso?

Nathan no respondió de inmediato.

—Precisamente por eso.

Berthe le sostuvo la mirada.

—Un beso no decide el destino de dos personas.

—A veces lo cambia todo.

Ella sonrió con esa tranquila compostura que siempre parecía desarmar cualquier intento de autoridad.

—Entonces asegurémonos de que no vuelva a suceder.

La respuesta lo desconcertó más de lo que habría logrado un desafío abierto.

Había esperado vergüenza.

O timidez.

Quizá incluso arrepentimiento.

En cambio, encontró a una mujer capaz de poner un momento de emoción en su justo lugar, sin permitir que gobernara el resto de su vida.

Mientras ella deambulaba por el salón, recogiendo horquillas olvidadas de los cojines y hablando ya de habitaciones, cortinas y ventanas que debían abrirse al sol, Nathan sintió que el castillo despertaba de su largo abandono.

Y precisamente por eso tenía que detenerla.

—No te quedarás aquí.

Ella se volvió hacia él.

—¿Por qué?

—Porque este lugar te destruirá.

Berthe negó suavemente con la cabeza.

—No son estas piedras las que me asustan.

Su respuesta fue serena, casi luminosa.

—Lo que destruye a una persona es renunciar a la vida antes de que la vida haya renunciado a ella.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Sin pretenderlo, había descrito perfectamente al hombre que tenía delante.

La voz de Nathan se endureció.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces demuéstrame que me equivoco.

Su orgullo se agitó como un animal herido.

Durante meses había aprendido a caminar de nuevo, a medir los pasillos con sus pasos, a orientarse por la memoria y los ecos, a reconstruir una vida en la que la luz ya no era una certeza.

Nadie había presenciado esa lucha.

Nadie sabía lo que le había costado simplemente mantenerse en pie.

Y sin embargo, aquella mujer había descubierto en silencio la única derrota que él se había negado a reconocer.

No era su vista.

Era la rendición.

Antes de que pudiera responder, una voz alegre resonó en el patio.

Instantes después, una joven de cabello dorado irrumpió por la puerta con una cesta en la mano y energía suficiente para ahuyentar cualquier melancolía.

Su entusiasmo se volcó de inmediato en Berthe.

Conocía las historias escritas por el padre de Berthe.

Las había leído hasta gastar sus páginas.

El entusiasmo con que saludó a Berthe contrastaba de forma graciosa con la facilidad con que regañaba al duque, como si discutir con él se hubiera convertido en una segunda naturaleza.

Nathan comprendió demasiado tarde lo que estaba sucediendo.

Había apelado a las convenciones sociales con la esperanza de persuadir a Berthe de que se marchara.

Una mujer soltera no podía permanecer bajo el mismo techo que un hombre soltero.

Era un argumento irrefutable.

O eso había creído.

Berthe sonrió con la serena calma que siempre precedía a sus mejores ideas.

—Entonces el problema tiene una solución muy sencilla.

Deslizó el brazo con afecto por el de la joven.

—Quédate aquí conmigo unas semanas.

Así ninguna de las dos tendrá nada que temer.

El silencio que siguió fue casi tan perfecto como el plan en sí.

Nathan se dio cuenta, con admiración y desesperación a partes iguales, de que acababa de perder otra batalla.

Y tenía la incómoda sospecha de que la guerra no había hecho más que empezar.