Capítulo VI
El precio de un hogar
Durante unos instantes, ninguno de los dos habló.
El propio castillo parecía escuchar el silencio con la misma atención que sus habitantes.
Fue Berthe quien finalmente lo rompió.
—Supongo que ninguno de los dos esperaba que el día terminara así.
Él soltó una risa breve, sin rastro de alegría.
—Hay situaciones incómodas. Y luego están las traiciones.
Ella apretó con fuerza el documento de la herencia.
—Nunca pretendí quitarle nada.
—No es usted quien me lo arrebató.
Las palabras surgieron de un lugar mucho más profundo que la ira.
Ella lo estudió en silencio.
Al principio, la cicatriz atraía la mirada.
Luego desaparecía.
Lo que quedaba era el hombre: orgulloso, contenido, tan acostumbrado al crepúsculo que parecía casi reconciliado con él.
Cuanto más lo miraba, más difícil le resultaba creer que la desgracia hubiera logrado quebrantarlo de verdad.
—No quiero que abandone esta casa.
Él se volvió hacia el sonido de su voz.
—Pero ahora le pertenece a usted.
—Los documentos lo dicen.
—Mi conciencia no.
Él guardó silencio.
La compasión le resultaba casi tan insoportable como la derrota.
Cruzó el salón con la certeza de quien conocía cada piedra sin necesidad de verla. Con los años, la fortaleza se había convertido en la memoria de sus propios pasos.
Se detuvo junto al equipaje de Berthe.
—Entonces debería marcharse.
El suelo pareció desvanecerse bajo sus pies.
—No puedo.
—Todo el mundo tiene algún lugar al que regresar.
La respuesta escapó antes de que pudiera detenerla.
—Yo no.
El silencio cambió.
Algunas verdades eran demasiado simples para sonar dramáticas.
No tenía hogar.
Ni fortuna.
Ni nadie que la esperara.
Solo una maleta gastada y el cansancio de haber perdido todo lo que alguna vez había llamado suyo.
Él no dijo nada.
En ese preciso instante, el sabueso comenzó a gruñir.
El duque frunció el ceño.
—¿Qué lleva ahí dentro?
—Nada peligroso.
Demasiado tarde.
Él abrió el cierre de la bolsa.
Un chillido rompió la quietud cuando una pequeña criatura pálida se lanzó contra su mano con el valor temerario de algo completamente inconsciente de su propio tamaño.
El lebrel respondió con una andanada de ladridos.
El salón estalló en movimiento.
—¡Mist!
Berthe corrió hacia ellos.
El armiño, aferrado obstinadamente al dedo del duque, parecía absolutamente convencido de estar librando una batalla heroica.
—No se mueva —suplicó ella, atrapada entre la risa y la alarma—. Cuanto más se resista, peor será.
—No me estoy resistiendo.
Su voz permaneció grave y serena, aunque el dolor contradecía cada palabra.
Con infinita paciencia, Berthe logró separar las diminutas mandíbulas.
Solo entonces el pequeño guerrero soltó su presa a regañadientes, aún visiblemente ofendido.
El gran sabueso contempló a la criatura con una mezcla de desconcierto y desdén.
—¿Qué clase de dama lleva un armiño escondido en su bolsa?
Ella acunó al animal contra su pecho.
—Un viejo amigo.
—Parece más bien un asesino muy pequeño.
Una sonrisa se le escapó.
—Solo protege lo que ama.
Acomodó a la pequeña criatura en su cesta de mimbre y regresó de inmediato junto al duque.
La sangre goteaba lentamente de uno de sus dedos.
—Déjeme ver.
—No es necesario.
Ella ignoró la protesta.
Le tomó la mano con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de aquellos dedos curtidos y examinó la herida.
Él vertió un poco de whisky sobre la mordedura sin el menor signo de dolor.
Ella hizo una mueca.
—Eso debe de haber dolido.
—He soportado cosas peores.
Mientras improvisaba un vendaje con su pañuelo, se encontró estudiando sus manos.
No eran las manos de un hombre acostumbrado al ocio.
Viejas quemaduras.
Pequeñas cicatrices.
Callos recientes.
Manos que habían aprendido a sobrevivir sin pedirle ayuda a nadie.
Cuando terminó, ninguno de los dos retiró la mano de inmediato.
El contacto se prolongó apenas un latido más.
Lo suficiente para que el silencio se llenara una vez más de significados que ninguno se atrevía a nombrar.
Él fue el primero en hablar.
—¿Quién le regala un armiño a alguien?
Ella sonrió con tranquila resignación.
«Uno de los devotos lectores de mi padre.»
Por primera vez desde su llegada al castillo, comenzó a hablar de él.
Del escritor cuyas historias habían poblado la infancia de miles de niños con héroes, castillos y criaturas legendarias.
Del pequeño compañero imaginario que había acompañado a la joven heroína de aquellos relatos.
Y del admirador que había creído que convertir la ficción en realidad sería el regalo más extraordinario que pudiera concebirse.
«La imaginación suele ser más amable que la vida.»
Él inclinó la cabeza casi imperceptiblemente.
«Eso explica muchas cosas.»
Berthe acarició distraídamente el suave pelaje de Mist.
«Mi padre dejó historias que todos recuerdan.»
«Pero olvidó dejar un hogar para su hija.»
Las palabras brotaron con una calma que ocultaba años de decepción.
«Cuando murió, todo pasó al heredero de la familia. La casa. Los muebles. Los libros. Incluso los ingresos de sus obras.»
Alzó lentamente los ojos.
«Todo lo que heredé fueron recuerdos... y este viejo terco.»
El armiño asomó la cabeza de la cesta, como si comprendiera que hablaban de él.
El duque permaneció perfectamente inmóvil.
Por primera vez desde que se conocieron, comprendió que la mujer que el destino había llevado hasta su castillo no buscaba riquezas.
Simplemente buscaba un lugar donde no tuviera que sentirse una extraña.
Y, con inquietante claridad, se dio cuenta de que aquel anhelo se parecía demasiado al suyo.