Capítulo IV
La Herencia de las Sombras
La llama se alzó lentamente entre ellos.
Él no intentó ocultar su rostro. Permaneció inmóvil, dejando que la luz revelara la marca que el destino había tallado en su piel.
Ella no apartó la mirada.
No hubo sorpresa ni piedad excesiva.
Solo un silencio lleno de preguntas.
—Gracias por la luz —murmuró.
Él inclinó levemente la cabeza.
—Nunca imaginé que la oscuridad pudiera sentirse tan pesada.
—Solo para quien ha conocido algo distinto.
El peso de aquella respuesta era más de lo que ella se atrevía a indagar.
Pero la curiosidad pudo más.
—¿Fue la guerra?
Él negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Un accidente?
—Hace mucho tiempo.
Ella comprendió que esa puerta permanecería cerrada.
—Perdone mi indiscreción.
—No es indiscreción. Es simplemente una historia que ya no deseo contar.
Una leve sonrisa asomó a los labios de ella.
—Entonces tendré que inventar una.
Por primera vez, creyó captar algo parecido a una sonrisa en el rostro de él.
—Invente lo que quiera. Solo intente no convertirme en un hombre mejor de lo que soy.
El comentario quedó flotando entre ellos como una confesión involuntaria.
Después regresó el silencio.
Ella recogió sus pertenencias mientras él permanecía de espaldas, concediéndole una intimidad que ya no necesitaba fingir que requería.
Varias cartas sin abrir descansaban sobre una mesa cercana.
—¿Nunca responde su correspondencia?
—Rara vez trae buenas noticias.
Distraída, ella rozó el pequeño monedero que contenía poco más que un puñado de monedas.
La realidad regresó en toda su crudeza.
—Si abandono el castillo esta noche... no tengo adónde ir.
Apenas fue un susurro.
Él permaneció inmóvil.
Había aprendido hacía mucho que sobrevivir significaba ignorar el sufrimiento ajeno. Era la única forma en que había logrado soportar el suyo.
Sin embargo, algo en la voz de ella despertó una compasión que creía extinguida desde hacía años.
—Mi administrador puede escoltarla hasta el pueblo. El vicario...
Se detuvo.
El sabueso levantó la cabeza antes que ninguno de los dos.
Un sonido distante rompió el silencio.
Cascos de caballo sobre la piedra mojada.
Alguien se acercaba.
Momentos después, una voz resonó en el patio.
—¿Señorita Albray?
Ella respiró aliviada.
—¡Estoy aquí!
El recién llegado cruzó el gran salón con la seguridad de quien espera ser bien recibido.
Valdren, sin embargo, agarró el atizador de la chimenea.
—Ni un paso más.
El visitante se detuvo.
La sorpresa sustituyó enseguida a la confusión.
—¿Valdren?... Te creían muerto.
—Los rumores siempre han preferido la tragedia a la verdad.
Ninguno de los dos se movió.
Viejas heridas parecían reconocerse sin necesidad de explicación.
Por fin, el desconocido habló con calma.
—Creo que este malentendido puede resolverse.
Poco a poco, la tensión se disipó.
El recién llegado se volvió hacia Berthe con cortesía impecable.
—Soy lord Merrow. Le ruego acepte mis más sinceras disculpas por haberla hecho venir hasta aquí en circunstancias tan desafortunadas.
Ella respondió con una leve inclinación de cabeza.
Él encarnaba el mundo que acababa de dejar atrás: refinamiento, salones, reglas conocidas. En aquella fortaleza gobernada por el silencio, parecía casi irreal.
—Conocí a su padre —dijo Merrow—. Sus historias llenaron la infancia de mis sobrinas durante muchos años.
Una nostalgia callada suavizó la sonrisa de Berthe.
El nombre de su padre aún despertaba afecto allá donde fuese, mientras que ella solo parecía encontrar ausencia.
Como siempre, siguieron las mismas preguntas.
Los personajes.
Los relatos inacabados.
Los finales que nadie había leído jamás.
Respondió con paciencia, ocultando el cansancio que esas conversaciones siempre le provocaban. Todos lamentaban el destino de héroes imaginarios.
Muy pocos se preguntaban qué había sido de la hija del hombre que los había creado.
Cuando la conversación terminó, Merrow abrió una cartera de cuero.
—Ha llegado el momento de cumplir los últimos deseos del difunto conde.
Extrajo un documento cuidadosamente doblado.
—Su padrino le dejó una herencia.
Berthe sintió que la esperanza volvía a latir en su pecho.
Había imaginado una modesta suma de dinero.
Suficiente para empezar de nuevo.
Merrow leyó despacio.
—La propiedad conocida como Castillo de Asterhall se transfiere en su totalidad a la señorita Berthe Clarisse Albray.
El silencio pareció extenderse por todo el salón.
Creyó haber oído mal.
—¿El... castillo?
Incluso Valdren perdió, por un instante fugaz, su compostura habitual.
—Eso es imposible.
Merrow examinó el documento una vez más.
No cabía duda alguna.
No había heredado una fortuna.
Ni un refugio.
Había heredado aquellas piedras antiguas, aquella inmensa fortaleza desgastada por el tiempo...
Y con ella, cada secreto que aún respiraba entre sus muros.
Berthe comprendió entonces que la esperanza rara vez llegaba con la forma que uno había imaginado.