La luz ante mis ojos Capítulo 33
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Capítulo 33

Almudena

Y llegó el día de la boda. Estaba de lo más nerviosa, más incluso que la primera vez que me casé, porque, en esta ocasión, tenía la madurez que me había faltado cuando contraje matrimonio con Santi.

Todo era opuesto a aquella boda, desde el escenario hasta los invitados, pasando por el vestido.

Por supuesto que invitamos a Toñi y a Jonás, pero declinaron la invitación. No fue porque me casara, ni tampoco porque me hubiera vuelto a enamorar, simplemente lo hicieron porque eso les traía de nuevo los recuerdos de su hijo en el día de nuestra boda.

Los entendía, por supuesto que sí, pero no compartía su decisión. Tanto que me dijeron que avanzara, que tenía que abrirme de nuevo al amor, pero no a una boda, por ahí no pasaban.

Sabía que esto iba a abrir una grieta en nuestra relación. Me refiero a la que había entre los padres de Santi y yo, pero, me daba igual. Por primera vez desde que me quedé viuda, iba a pensar en mí y en lo que sentía.

Pero bueno, vamos a lo importante. Al final, decidimos no casarnos en la playa, porque pensamos que, como nos cogiera un día de viento de levante fuerte, nos desluciría todo lo que habíamos preparado.

Decidimos hacerlo en el jardín de uno de los hoteles más bonitos de la ciudad, donde también íbamos a celebrarlo.

Éramos unas veinte personas, no más, pero no era la cantidad, era la calidad, pues estábamos rodeados de las personas de las que realmente queríamos rodearnos.

El entorno era una divinidad, con el mar de fondo y un arco de flores delante del cual nos daríamos el sí quiero.

Para esta ocasión, había elegido un vestido estrecho, con una abertura en la pierna derecha que la mostraba mientras que iba andando.

Tenía escote en V, bastante pronunciado, y la espalda completamente al descubierto, con tan solo unos tirantes finos que la unían a la parte delantera.

El cuerpo del vestido tenía un drapeado muy sutil, que le daba un toque de lo más elegante. Recogí mi melena, pues quería que se viera la espalda tan bonita del vestido, y lo adorné con una pequeña tiara en la parte baja del recogido.

Como joyas, tan solo llevaba unos pendientes largos de oro blanco que me habían regalado mis padres y un brazalete a juego que me regaló mi prometido.

Mi niño también iba de lo más bonito, con un pantaloncito celeste cielo, una camisa blanca y la pajarita y el fajín en un tono un poquito más oscuro, y que hacía juego con el de su padre.

—¿Lista, mi niña?

—Más que nunca.

—Pues vamos, que tu hombre te está esperando en el altar.

—Vamos, no vaya a ser que se arrepienta.

—Ese hombre no se movería de ahí, así tuviera que esperarte durante toda la noche.

—Mami, guapa, guapa —me dijo mi niño, que ya hablaba mucho más.

—Tú sí que eres guapo, mi vida.

—David, casa con mami —dijo, haciéndonos reír.

—No, mi amor, mami se casa con papi —le expliqué.

—Y con David.

Me miró muy seriamente, como diciéndome, «O te casas también conmigo, o no sigo andando», y me hizo un montón de gracia su postura y su gesto.

—Vale, y con David, también.

Mi hijo me miró, sonriente, y continuó andando hasta llegar al jardín en el que ya estaban todos esperando.

Suspiré hondo, intentando calmar mis nervios, miré a mi padre, que asintió, y entramos juntos, con mi hijo por delante, saludando a todos, como si fuera el auténtico protagonista de la historia.

Cuando levanté la mirada y lo vi ahí, tan guapísimo, con mi madre ejerciendo de madrina, no pude evitar que una lágrima cayera por mi rostro, pero esta vez era de felicidad.

—No puede haber una novia más bonita que tú.

—Mami, guapa, novia mía —dijo David, con su media lengua.

—Ah, ¿sí? Entonces, ¿se casa con los dos? —le preguntó su padre, agachándose a su altura.

—Claro, los dos, casa con mami.

Esta conversación enterneció a todos porque, sin haberlo llevado en mi vientre ni ser de mi propia sangre, me quería como a una madre, y eso, para mí, valía más que todo el oro del mundo.

La boda fue preciosa, pero el momento que más recordaré toda la vida fue ese en el que nuestros amigos salieron para dedicarnos algunas palabras.

La primera que lo hizo, como no, fue Bárbara, que, en su línea, nos hizo reír a todos con sus palabras.

—Cuando conocí a Almudena por primera vez, no estaba en su mejor momento, pero, aun así, pensé, vaya tía más borde, no pega con Ismael ni con cola, a ese hombre le pega una mujer como yo…

—¡Que yo no me entere, o lo despido en el acto! —exclamó Samuel, desde donde estaba sentado, y todos reímos.

—No, amor, eso ya está superado.

—Eso espero, que con ser cornudo una vez, ya he tenido suficiente.

—Bueno, a lo que iba. Esa fue la primera impresión, pero después, cuando la conocí bien, fuera de ese hospital y lejos de la inseguridad que sentía en esa época, no puedo encontrar una mejor mujer para mi amigo, porque sí, chica, por mucho que te pese, seguirá siendo mi amigo.

—No lo dudo, mucho menos ahora que tengo la sartén por el mango, que tu novio es mi jefe —le respondí, y esta vez la que hizo reír a todos fui yo.

Así, fueron pasando uno tras otro por ese micro, en el que nos dedicaron unas bonitas palabras a los dos, e incluso para el pequeño David, que se sentía como el rey de la fiesta.

Y llegó el momento en el que nos declaramos nuestro amor a través de las palabras que nos dedicamos, y en las que dejamos el alma, desnudando nuestro corazón.

—Almu, mi vida, decirte que eres la mujer de mi vida es algo más que evidente para todos, por eso no te lo diré.

—Ya se lo has dicho, chaval, lo acabas de hacer —le dijo Felipe, riendo.

—¿Te quieres callar y aprender? Que, en nada de tiempo que llevan y ya están en el altar, y yo no tengo en el dedo ni una mísera latilla de refresco.

—No te preocupes, mi amor, que ahora te la pongo cuando entremos al salón a comer.

—¿Habéis terminado ya? Para continuar, digo, que parecéis Pepa y Abelino —le dijo Ismael, riendo.

—Venga, amor, que, al final, en vez de comer, vamos a terminar cenando.

—Como te iba diciendo, no encuentro a una mujer que me pueda hacer más feliz que tú y con la que quiero formar una familia.

—Yo, mi amor, te he querido desde el primer minuto en el que te vi. Fuiste el motor que me hizo despertar de mi letargo, y te convertiste en la luz ante mis ojos, la que me permitió ver todo lo que me estaba perdiendo. Te amo, mi vida.

Nos intercambiamos los anillos y nos besamos, ante el aplauso de todos y el enfado de mi hijo, que le jalaba al padre del pantalón para que lo cogiera en brazos.

Cuando lo hizo, se enganchó a mi cuello y empezó a darme besos por toda la cara, una imagen que el fotógrafo capturó y que pensaba poner en mi casa, en grande, para que todo el mundo fuera testigo del amor que nos sentíamos.

Después de eso, pasamos al salón de la celebración, donde comimos, bebimos y bailamos hasta que nos dolieron los pies, pero fue el dolor más bonito de mi vida, porque era el reflejo de todo lo que estábamos viviendo.

Para el primer baile escogimos una canción que nos encantaba a los dos y que era una bachata que reflejaba nuestra historia, con sus luces y con sus sombras.

Después de eso, todos nuestros amigos se reunieron con nosotros, bailando juntos, incluso mis padres lo hicieron, de la mano de nuestro niño.

En determinado momento, y sin saber nadie nada, me fui a por el ramo de novia, y les dije a todas que se pusieran a mi espalda, pero no lo iba a tirar, ese ramo ya tenía dueña.

Me giré, se lo puse a Marieta en las manos y me aparté hacia un lado, ya que Felipe estaba allí, de rodillas y con un anillo en la mano, dispuesto a pedirle matrimonio a su chica.

Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, empezó a dar saltos de alegría, puesto que, por mucho que ambos dijeran, los dos estaban locos por formalizar la relación.

Por supuesto, le dijo que sí y ahora teníamos otro motivo más para celebrar, el amor de nuestros amigos.