La luz ante mis ojos Capítulo 32
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Capítulo 32

Ismael

Había llegado el día en el que le darían el alta a Almudena, y en casa le habíamos preparado una sorpresa.

Esta semana se había esforzado tanto, que salía con una muleta, en vez de en la silla de ruedas, como tenían pensado los doctores que lo haría.

Había puesto muchísimo de su parte, pues decía que quería salir lo más pronto posible y, a parte de los ejercicios que hacía con el fisio por las mañanas, ella, por su cuenta, también los practicaba por la tarde.

Tanto hizo, que el mismo médico nos dijo que no hacía falta que volviera, que, con lo que ella había hecho por su cuenta, si seguía haciéndolo en casa, no tardaría en soltar la muleta también.

Le dijimos que no podíamos ir ninguno a recogerlo, pues teníamos mucho trabajo, que tan solo lo haría su padre con el coche, pero lo cierto es que todos la estábamos esperando en casa, con una fiesta sorpresa.

—Venga, vamos a terminar de llenar los globos, que deben de estar a punto de llegar —dijo mi suegra, mientras que terminaba de poner todo en la terraza.

—Sí, vamos, y esperemos que al niño no le dé por gritar antes de tiempo —dijo Marta.

—No, porque yo lo tendré en brazos e intentaré distraerlo.

—Será mejor que lo pongamos en el parque, allí se distrae mucho más con sus juguetes —le contesté.

Nos esconderíamos todos en la terraza, y echaríamos la cortina, para que no nos viera. Mi suegro sería el encargado de abrirla para que nos viera a todos y le pudiéramos dar la sorpresa.

A parte de todo esto que habíamos organizado, yo también tenía otra sorpresa más especial preparada para ella, y que guardaba en mi bolsillo.

Habíamos hablado de casarnos, de cómo queríamos la boda, pero no se lo había pedido oficialmente, y sería ese el momento elegido.

Marta me había acompañado días antes a elegir el anillo, pues era la persona que más la conocía.

Esto era solo para nosotros, pero al día siguiente, y en el restaurante que había debajo de nuestra casa, habíamos preparado una cena para todos los que nos habían estado preguntando por ella, además de para Bárbara y Samuel, nuestro jefe.

Samuel, me dio todas las facilidades del mundo para poder atenderla mientras que estuvo en el hospital ingresada, a pesar de todo el trabajo que había.

—Cuando escuchemos el claxon del coche de mi marido, debemos pegarnos a la pared o agacharnos, para que mi hija no se dé cuenta de lo que hemos preparado —dijo Anita.

—Sí, porque ya sabéis que tiene la mala costumbre de mirar hacia arriba —dijo Marta, haciendo alusión al momento en el que nos vimos por primera vez.

Justo estábamos diciendo esto, y lo escuchamos, por lo que nos agachamos todos casi a la vez, y tuvimos que aguantar la risa.

Vivía en un primero, por lo que, desde la calle, se nos podía escuchar fácilmente.

Por suerte, David se había quedado dormido dentro de su parquecito de juegos, abrazado a su Dudu, del que no se separaba nunca, así que no corríamos el riesgo de que nos estropeara la sorpresa.

Tampoco tenía problemas en que se asustara cuando le gritáramos eso de «¡Sorpresa!» porque mi hijo, cuando se quedaba dormido, ya podía caer una bomba a su lado, que no se despertaba.

Escuchamos la llave de la cerradura, y nos preparamos para cuando llegara hasta nosotros, además de escucharla hablar.

—Qué manía tiene este hombre de cerrar las cortinas, con lo bien que se está cuando entra el aire —dijo ella, refiriéndose a la puerta que daba a la terraza.

—No te preocupes, que ya la abro yo.

—No hace falta, ya estoy aquí.

Hice gestos con los dedos, marcando el uno, el dos y el tres, y coincidió que, justo cuando abrió la cortina, gritamos todos.

Se pegó un susto que casi me da con la muleta a mí, que estaba el primero, mientras que todos empezaron a reír.

—Me cago en la leche que habéis mamado todos, desde el primero hasta el último. El susto que me habéis dado —nos dijo, riendo.

—Si es que era yo el que tenía que abrir la cortina, pero como tú eres Manolita la primera —le dijo Pedro, que se había acercado a darle un beso a su mujer.

—Ya sabía yo que todos no podíais estar trabajando, entre otras cosas porque es viernes, y a esta hora, ya estáis todos de cervecitas, que eso no creo que haya cambiado en estos meses.

—Ah, no, amiga, eso es sagrado. Que me quiten lo que quieran, menos las cervecitas del viernes al mediodía, que no lo soportaría —le dijo Marta.

—Nosotros hemos pedido el día libre, que alguien tenía que llenar todos los globos —respondió Marieta.

—Tendrá poca vergüenza la tía, cuando ella ha llenado dos y casi tenemos que llamar para que le pongan oxígeno.

—Hija mía, son las consecuencias de fumar como un carretero, qué le voy a hacer.

—Dejar de fumar —le dijimos todos a la vez.

Esa era una guerra que manteníamos con ella, pero que era en vano, porque a ella le entraba por un oído y le salía por el otro.

Lo llevábamos intentando desde que teníamos menos de veinte años, y nada, ella decía que de algo había que morir y que, si todo el mundo dejaba de fumar, habría mucho más paro en el país, pues de esa industria comía mucha gente.

Nos sentamos a la mesa que había preparado Anita junto a Roberto, y en la que había absolutamente de todo, para disfrutar de la comida y de la compañía.

Mi hijo se despertó en el mismo momento en el que escuchó a Almudena hablar y, desde ese momento, no se separó de ella.

Le dejaba cada beso que nos dejaba a todos con la boca abierta, porque le salía del corazón, no era que nadie le dijera nada, y esos besos eran los más bonitos.

La velada transcurrió entre risas y comentarios graciosos, ante los que el niño, como si entendiera, también reaccionaba riendo.

Y había llegado el momento. Anita cogió al niño, con la excusa de que le iba a cambiar el pañal, y el niño, viendo que Almudena estaba ya en casa, no dudó en irse a los brazos de la yaya, como él le decía.

Cogí la mano de mi chica, que me miró un poquito extrañada, y empecé a hablarle.

—Almu, hemos pasado mucho para llegar hasta aquí. Hemos hablado de que queríamos casarnos, pero no ha habido una petición oficial…

—Entre nosotros no hace falta, cariño.

—Claro que hace falta. Te quiero más que a mi vida, y no encuentro otra manera de vivirla que no sea a tu lado.

Después de decirle eso, me arrodillé delante de ella, sacando la cajita de mi bolsillo, mientras que ella me miraba con los ojos llorosos.

—Almu, ¿me harías el honor de pasar el resto de tu vida conmigo, casándote conmigo?

—Sí, sí y mil veces sí. Eres el hombre de mi vida, Ismael.

Justo cuando decía eso, cuando mi hijo empezó a protestar, como si se sintiera ofendido porque su madre me hubiera dicho eso, y todos en esa terraza soltamos una carcajada.

—Os iba a decir que esta noche me quedaba yo con el niño para que tuvierais un poquito de intimidad, pero me parece que este va a dormir hoy en medio de vosotros dos —dijo mi suegro, sin parar de reír.

—No, este va a dormir hoy en su cuna, como todas las noches, porque su madre lo va a hacer a mi ladito, y abrazada a mí, eso lo tengo claro —le dije a mi suegro.

Mi hijo, en cuanto que me escuchó decir eso, le echó los brazos a Almudena, que lo cogió y lo sentó sobre su regazo, haciendo que todos soltáramos una carcajada.

Me miró, como diciendo, te jodes, papá, que ella me prefiere a mí, para después soltar una sonrisa, con esos dos dientes que le asomaban a la boca, y que le daba una impresión de lo más pícara.

La cena del día siguiente, en la que nos juntamos bastantes vecinos, fue de lo más interesante, entre otras cosas porque, desde que Bárbara y Samuel se conocieron, no se separaron más en toda la noche.

Samuel se había separado hacía ya tiempo, y tenía una hija de cinco años, de la que tenía la custodia, porque su madre los había abandonado porque se había vuelto a enamorar y ya no tenían cabida en su vida.

Intentó que la niña no tuviera carencias afectivas, porque materiales estaba claro que no las iba a tener, pero no se había cerrado al amor, y lo estaba demostrando.

—Chicas, si yo tuviera un jefe como este, me iba a pasar la vida entera en su despacho —les dijo a Almudena y a Marta.

—Cariño, es que mi jefe es mi prometido —le contestó mi chica.

—Desde luego, las hay con suerte —y se marchó, negando con la cabeza y haciendo que todos soltáramos una carcajada.