La luz ante mis ojos Capítulo 31
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Capítulo 31

Almudena

Cuando escuché a esa mujer hablar, mientras que entraba en la habitación, os prometo que no sé lo que me entró por el cuerpo, sobre todo cuando la vi.

¿Habéis visto esos anuncios en los que salen esas mujeres morenas de piel y con unas pestañas que enmarcan unos ojazos verdes?  Sí, esas que todas pensamos que no existen y que están creadas por inteligencia artificial, pues no podía describirla mejor, os lo aseguro.

—Chica, no me mires así, que voy a terminar o fulminada o embarazada.

—Pues todavía no lo he decidido, la verdad.

—Hola, soy Bárbara, y tengo que reconocer que Ismael se ha quedado muy corto al describirte.

—¿Tan fea me pintó?

—Mira chica, deja el drama. Si yo tuviera a un hombre así de enamorado a mi lado, ten por seguro que no lo dejaría escapar, mucho menos cuando no ha hecho nada malo.

—Bueno, yo me marcho, os dejo que habléis a solas.

—No te marches, quiero que estés delante, que escuches esta conversación —le dije, pues era cierto.

—¿Estás segura? No quiero que pienses que lo que diga Bárbara sea porque está coaccionada de algún modo por mi presencia.

—Completamente segura. Quiero que ella me cuente, con pelos y señales, cómo os conocisteis y qué es lo que ha habido entre vosotros. Sin mentiras.

—Me parece justo, y así lo haré.

—Creo que tengo derecho a saber y decidir.

—Por supuesto, pero yo no intervendré en la conversación.

—No hace falta que lo hagas, pero quiero ver tu cara cuando me cuente la historia. Eres transparente para mí, Ismael, y sabré si me está mintiendo o no.

—Tía, te has vuelto una paranoica.

—Veo que mi novio no te ha contado nada de mi historia.

—Pues no, porque no me interesaba tampoco, la verdad.

—Claro, porque tenías más interés en meterte en su cama que en su vida.

—Mira, esa es una gran verdad, la pena es que estuvieras tú y no lo consiguiera.

—Bárbara, te estás pasando un poquito.

—¿No dijiste que no te ibas a meter en la conversación? Pues déjanos hablar a nosotras.

—Empieza, ¿cómo os conocisteis y dónde?

—Un sábado por la noche, a principios de enero, en un bar de copas.

—¿Se acercó él a ti?

—¿Él? Venga ya, si casi se cae de la silla por huir cuando me senté a su lado.

—Continúa.

—Eso, me acerqué y le dije que me invitara a una copa, me la pidió y se cambió de mesa, pero yo fui detrás.

—Una mujer insistente.

—Pues sí, suelo serlo cuando la otra persona merece la pena.

—¿Qué pasó entonces?

—Nada, me dijo que no tenía ánimos para ligoteo ni para nada más que para llorar sus penas. Pensé que era mal de amores, y me ofrecí a escucharlo.

—¡Qué buena samaritana!

—Piensa lo que quieras. Desde esa noche, en la que me contó que el amor de su vida se estaba debatiendo entre la vida y la muerte, quedábamos todos los viernes, para cenar, para bailar y para que me contara todos tus avances.

—Lo dices como si hubiera estado preparando unas oposiciones.

—Lo tenía que ver así, no podría ser de otro modo. Le insistí mil veces en que estaba confundiendo amor con agradecimiento por lo que habías hecho por él, pero me demostró que no.

—¿De qué manera lo hizo?

—Con ese baile del que has visto la foto, lo hice de la manera más sensual, le susurré al oído que podríamos hacerlo igual, pero en mi cama.

—¿Cuál fue su respuesta?

—Que lo sentía mucho, pero que jamás me vería de esa manera, porque su corazón ya tenía dueña, y que no concebía acostarse con otra persona que no fueras tú.

—¿Es eso cierto, Ismael?

—Completamente cierto, ya te lo dije. Entiendo que ha sido mucho tiempo, y que puedes estar confundida, sobre todo después de haber visto esa foto, pero te juro por mi vida que no quiero estar con nadie que no seas tú.

—¿Y si ella tiene razón, y has confundido el amor con agradecimiento?

—Por agradecimiento te llevaría a cenar, como he hecho en estos meses con ella, pero no te hubiera pedido que nos casáramos.

—¿Nos vamos de boda? Ole, voy buscando un modelito, que dicen que de una boda sale otra boda…

—Todavía no he decidido si estás invitada o no —le dije, medio en broma medio en serio.

—Lo siento, pero yo voy de parte del novio, te guste o no.

Al final entendí el motivo por el que Ismael se había abierto a ella, porque no decía las cosas que uno quería escuchar, y eso, en el estado en el que yo me encontraba, quizás era lo más acertado.

No sabía si nos haríamos grandes amigas o, por el contrario, nos llevaríamos a matar, pero no iba a permitir que Ismael se apartara de ella, no cuando había estado ahí en sus peores momentos. No lo consideraba justo, para ninguno de los dos, por muchos celos que sintiera de su presencia.

Después de un buen rato, Bárbara se marchó, pues había quedado con unos amigos para cenar, y nos dejó a solas.

Ismael me miró, pero no dijo absolutamente nada. En lugar de palabras, lo que hizo fue recostarse a mi lado, y besarme, como tanto lo necesitaba.

Estaba completamente insegura, no sabía lo que me sucedía, pero no me iba a quedar así para siempre, pues tomé la decisión de que hablaría con un profesional.

La noche se me hizo eterna, pues no conseguí pegar un ojo. Cuando lo hacía, la foto de ellos dos bailando venía a mi cabeza una y otra vez, aun sabiendo que no tenía nada que temer, pero era inevitable.

En cuanto que entró la primera enfermera para ayudarme a lavarme y a sentarme, le pedí si podía hablar con un psicólogo, y me contestó que hablaría con mi doctor.

Media hora después, estaba delante del psicólogo que había pedido, y por eso, no dejaron entrar a nadie a visitarme, no hasta que yo no hubiera terminado con mi sesión.

Me sirvió de mucho, porque dejé salir todos mis miedos, todas mis inquietudes, hasta el punto en el que consiguió que hablara hasta de mi bebé muerto, y del sentimiento de vacío que me quedó.

En el momento en el que terminamos, me sentí como si fuera una mujer nueva, pues volví a sentir la misma seguridad que sentía antes de todo esto.

—Gracias, doctor, ahora me siento muy bien.

—Es mi trabajo, y no dude en llamarme cuando lo necesite.

Al abrir la puerta de mi habitación, Ismael, mis padres y el niño, entraron en tropel.

—¿Se puede saber qué ha sucedido aquí? —dijo Ismael.

—Llevamos más de dos horas ahí fuera, esperando, sin que nadie nos dijera nada y muertos de miedo —dijo mi padre.

—Necesitaba hablar con un psicólogo, no me encontraba anímicamente bien, eso es todo.

—Y ahora, ¿cómo te encuentras? —me preguntó Ismael.

—Mucho mejor, en todos los sentidos. El doctor me ha dicho que, si sigo así, me darán el alta a principios de semana, pero haciendo los ejercicios en casa, por supuesto.

—De eso me encargo yo, no lo dudes.

—Vale, ahora, dame un beso y dame al niño, que me muero por olerlo y abrazarlo.

—No, verás, si al final voy a tener que cambiar mi perfume por la colonia infantil.

Solté una carcajada, de esas que nacen de la manera más natural, y que mi hijo se contagió, pues empezó a reír también.

Mi madre lo puso en el suelo, y pensé que se estaba equivocando, pero lo que no me esperaba es que, de la mano de la yaya, como le decía él, vino andando hasta llegar a mí.

—Queríamos darte la sorpresa, dio su primer paso esta mañana, agarrado a la mesa de café del salón —me dijo Ismael, con una sonrisa.

—Mi vida, a partir de ahora, ya no me perderé más ninguna de tus primeras veces, te lo prometo —le dije al niño, que me miraba con devoción.

Estuvieron conmigo toda la tarde, y me trajeron una Tablet, tal y como les había pedido, para poder leer o ver alguna que otra película y que no se me hiciera la noche tan larga.

Esperaba poder dormir algo, aunque fuera un buen rato. Echaba de menos mi cama, las sábanas, pero, sobre todo, la compañía.

Estaba deseando que me dieran el alta y poder sentarme en la terraza a que me diera el aire, a volver a oler el mar, que llevaba mucho tiempo sin hacerlo.

A escuchar las risas de mis vecinos, y a ver como Marieta se colaba por el muro de la terraza.

A echar la persiana y cerrar la puerta, que era nuestro código para cuando queríamos intimidad, me moría por hacer todas y cada una de esas cosas, y esperaba que fuera muy pronto, o terminaría volviéndome loca.