Capítulo 30
Ismael
Cuando la escuché hablar de Santi con aquel fervor, con aquel cariño con el que lo hacía, no voy a negar que me entraron muchos celos, porque así fue.
De repente me sentí un hombre insignificante, incapaz de darle a Almudena todo el amor que se merecía, y ella pareció darse cuenta de eso, porque echó a todo el mundo de la habitación para que habláramos a solas.
Una vez que estuvo todo aclarado, y que nos declaramos el amor que nos profesábamos, no pude hacer otra cosa que besarla, como a nosotros nos gustaba, dejándonos el alma en cada beso.
Y así nos encontraron sus padres, que venían con nuestro hijo, porque sí, mi hijo no había conocido a otra madre que ella, y pintaron una sonrisa en sus labios.
—Esto sí que es una buena noticia, pues doy por hecho que nos iremos de boda pronto —dijo mi suegro.
—En el mismo momento en el que Almudena se encuentre con fuerzas, empezaremos a organizarlo todo.
—No quiero una boda tradicional, quiero que nos casemos en la playa, bajo un arco de flores, tan solo con nuestra familia, la de sangre y la elegida —dijo Almu, completamente convencida.
El niño venía dormido, algo completamente normal cuando salía de la guardería, así que, lo dejamos en su cochecito, durmiendo, hasta que él considerara que había tenido suficiente, como hacíamos cada tarde.
Me encantó que quisiera hacerlo así, que no quisiera recrear lo que había visto en su mente, era como si hubiera entendido que tan solo se tenía que quedar con el concepto, no con la forma.
Mientras que hablábamos, mi niño abrió los ojos, y cuando vio a Almudena, la cara de alegría y de sorpresa, fue digna de haberla grabado, como lo que vino a continuación.
—Ma-má.
—¿Ha dicho lo que he escuchado? —preguntó Almudena, con lágrimas en los ojos.
—Eso mismo me pregunto yo. Porque, hay que ser cabrito, el niño. Todo el día conmigo, con tus padres, y la primera palabra que dice, es mamá.
—Ma-má —volvió a decir.
—Ya voy, hijo mío, ya voy.
Lo cogí de su cochecito, y le faltó tiempo para tirarle los brazos a ella, que lo recogió con todo el amor del mundo.
—Mi niño, cuántas ganas tenía de verte.
El niño se abrazó a ella, como había hecho desde que la conoció, como si hubiera reconocido en Almudena al alma de su madre, no sé explicarlo.
Se suele decir que los niños son los que escogen a las madres, y a mí me dio por pensar que en el mío estaba el alma de ese que perdió a la vez que a su marido.
No sé por qué, pero eso era lo que se me había metido en la cabeza, porque no era ni medio normal que mi hijo, después de que hiciera más de siete meses que no la veía, la siguiera reconociendo con esta facilidad.
—¿En qué piensas?
—En que mi hijo es un traidor. Con diez meses, y lo primero que dice es mamá.
—Pa-pá —dijo el niño, señalándome.
—No me jodas, no lo ha dicho antes porque estaba esperando a llamarte a ti primero.
—Es inteligente, qué le vamos a hacer.
—Pues a ver cuándo dice abuelo y abuela, que somos los que nos encargamos de él más a menudo, oye.
El niño los miró y empezó a reír, como si entendiera lo que estaba diciendo, pero no hubo manera de separarlo de Almudena.
—Miedo me da cuando nos tengamos que marchar, cómo se lo va a tomar.
—Bueno, ya encontraremos la manera de hacerlo. Mientras, déjalo aquí, sobre mi regazo, aspirando su olor, que es el más bonito del mundo.
—¿Sabes que no duerme sin tu Dudu?
—¿Todavía lo tiene?
—Y cualquiera se lo quita. Hace unas semanas, se lo dejó en el coche, y su padre quiso darle otra cosita para que hiciera sus veces, pero no hubo manera.
—Tuve que llamar a tu padre para que bajara al coche y me lo subiera, pues llovía y no quería bajar con él.
—Joder, me he perdido su primera Navidad —dijo Almudena, con mucha tristeza.
—Estas navidades no han existido para nosotros, Almu. Ni siquiera pusimos el árbol. Incluso cenamos aquí, en la sala de espera de la UCI, todos, nuestros amigos incluidos.
—Pues no me parece justo para él…
—¿Cuántas Navidades pasaste metida en la cama tú, Almu?
—Pero era diferente, pues no había niños.
—El niño no entendía todavía, mi amor. Te prometo que esta la celebraremos por todo lo alto.
—Por cierto, ¿dónde están los demás?
En ese momento, se abrió la puerta y entraron los cuatro, seguidos por mi jefe, que me traía un bonito ramo de flores y una caja de bombones.
—Aquí estamos, amiga. ¿Pensabas que no íbamos a venir a verte? —Me dijo Marta, fundiéndose en un abrazo conmigo, mientras que mi hijo la empujaba.
—Chico, que es para ti, que yo no la quiero para nada —le dijo ella, y reímos todos.
—Amor, cuidado con los bombones, que este pequeñajo es un adicto al chocolate.
—¿Qué me estás contando? ¿Quieres uno, mi vida?
El niño empezó a tocar las palmas en cuanto que vio que Almudena abría la caja y cogía uno. No me dio tiempo de coger el babero, menos mal que llevaba el babi de la guardería que, al ser viernes, lo traía para casa para lavarlo.
Cuando terminó de comerse el bombón, le llegaba el chocolate hasta el codo, y no pudimos evitar reírnos.
Después de un buen rato, se marcharon todos, y el momento en el que tuvimos que separar a David de Almudena fue un poquito complicado, pero lo logramos, y todo gracias a ella.
—David, cariño, tienes que ir a casa con los abuelos, ¿vale? Te prometo que mañana vendrás a verme de nuevo. ¿Sí?
—Sí —dijo el niño.
Pero lo más sorprendente de todo fue cuando acercó su carita a la suya y le dejó un beso de esos sonoros en la mejilla que nos sacó una sonrisa a todos.
A eso de las ocho, cuando le quitaron el gotero del suero, pues había tolerado la comida muy bien, Almudena me miró a los ojos, muy seria, y sabía que algo me iba a pedir.
—Me muero por un sándwich de pollo, con su mayonesa, su lechuguita, su pechuguita de pollo…
—Calla, que se me está antojando hasta a mí.
—Eso tiene fácil solución, coge el teléfono y haz un pedido.
—Pues yo tengo otra mejor, bajo un momentito ahí enfrente, a la calle Brasil, y me subo dos, con una bandejita de patatas fritas y dos refrescos.
—Si haces eso, te saco a hombros, como los toreros, te lo juro.
—Bueno, pues no sé yo si estás en condiciones de hacerlo, pero, aun así, voy a bajar. Te prometo que no tardo.
Le dejé un beso en los labios, antes de coger mi cartera y salir de la habitación. Antes de comprar nada, le pregunté al médico si podía traerlo, y me dijo que no había ningún problema, que ella no tenía nada de estómago, más que el tiempo que se había visto obligada a no comer.
Tardé como media hora en volver y, cuando lo hice, la encontré ahí, con mi teléfono en la mano, pues se lo había dejado para que se entretuviera, y tenía la cara desencajada, y sabía por qué.
—¿Qué significa esta foto, Ismael?
—Nada, Almu, te lo prometo.
—¿Nada? Pues yo te veo bailando muy arrimadito a una morena, que te tiene cogido como si fueras un trofeo.
—Tan solo fue un baile, no he tenido nada con ella, ni la he vuelto a ver.
—Permíteme que lo dude, cuando te acaba de llegar un mensaje de alguien a quien tienes agregado como morena buenorra.
—Yo no lo guardé así, fue ella.
—Todavía más a mi favor. Déjame sola, por favor. Y contéstale, que te pregunta si vas a ir a buscarla hoy o no tienes con quién dejar al niño.
Se me cayó el mundo encima. No tenía nada con ella, se había convertido en una buena amiga, nada más, por mucho que ella hubiera insistido en que le gustaba.
Siempre se lo dejé bien claro, estaba enamorado y, si Almudena no se despertaba nunca, como nos dijeron más de una vez a sus padres y a mí, me daba igual, porque no iba a volver a estar con nadie.
—No me pienso mover de aquí, y me vas a tener que escuchar.
—¿Qué quieres que escuche? ¿Que fue un error de una noche?
—No, porque ni siquiera fue eso. Durante estos siete meses me he sentido muy mal, Almudena. Me culpaba de todo lo que te había sucedido.
—Claro, porque yo estaba en una playa en las Bahamas, no te jode.
—No, tú te estabas debatiendo entre la vida y la muerte. En Bárbara encontré una válvula de escape, pero no de la forma que te imaginas, le puedes preguntar a tus padres.
—¿Mis padres sabían de su existencia?
—Por supuesto, y eran ellos los que me animaban a salir, al menos, un día a la semana, porque tenían claro que mi corazón era tuyo, y que ella tan solo era una amiga.
—No, verás, si eran ellos los que se quedaban con el niño, para que el que se suponía que era mi novio, el que lloraba a mi lado de lunes a viernes, pero los sábados se quitaba las penas con otra, pudiera follar a gusto.
—Te repito que no me he acostado con ella. Y te lo voy a demostrar.
—A mí, todo lo que me tenías que demostrar, ya lo has hecho.
—Para nada, te queda mucho por aguantarme, te lo aseguro.
Salí de la habitación y llamé a Bárbara, a la que le pedí que viniera al hospital, pues quería que conociera a mi mujer. Entendía la postura de Almudena, pues no era plato de buen gusto, despertarte después de siete meses y encontrarte con esa foto.
A ninguno nos había dado tiempo de contarle nada, ni a sus padres, ni a mí, y ver eso, cuando pusiste tu vida en juego por la otra persona, debía ser, cuanto menos, chocante.
—Bárbara viene para acá.
—Claro, como que me va a decir que se acostó contigo.
—No sé lo que te va a decir, porque te voy a dejar aquí, con ella, y me voy a marchar.
—¿La vas a esperar abajo? No hace falta, te puedes quedar a escuchar el cuento que me explique, total, tú ya lo sabrás.
—Lo que habléis entre ustedes, tan solo será eso, una charla entre dos mujeres. Pero no me iré hasta que no comas.
—Se me ha quitado el hambre.
—Me importa un carajo, come, o te tendrás que quedar aquí más tiempo.
—Si lo dices porque tengas que venir a diario, tampoco es necesario.
—Vengo porque me sale del alma, y deja ya los celos, porque me pones mucho de esta manera, y no podemos hacer nada.
—No importa, porque tu morena buenorra viene para acá, así que, podrás desquitarte con ella.
No me pude resistir, me acerqué a ella de dos zancadas, le puse la mano en su cuello y le devoré la boca.
Al principio como que se hizo la ofendida, y se resistió un poco, pero, luego, cuando comprobó que yo no iba a despegarme, decidió corresponderme, y os prometo que fue el mejor beso que había dado en mi vida.
—¿Te has enterado ya de que la mujer con la que quiero estar eres tú?
—Pero…
—Pero nada, Almudena, estoy enamorado de ti y, Bárbara, tan solo ha sido una amiga, una persona ajena al grupo y con la que me he desahogado, he llorado y le he contado mis miedos.
—Chica, y por mucho que he insistido, no he logrado que me dé ni un mísero beso de pico. Así que, cuídalo, o seguiré en mi empeño.